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19 de julio de 2026

19 de julio de 2026

15 de noviembre de 2025

LAS GENERACIONES QUE NO LEEN LIBROS (UNA DEFENSA A KARINA OLGA)

Jazmín Bazán

@jazminbazanok
Educación
Tiempo de lectura: 7 minutos

“Mirá que no pertenezco de la generación de leer libros”, espetó Karina Olga Jelinek, de unos 25 años, a un risueño Jorge Guinzburg. Fue durante una entrevista de Mañanas informales, en Canal 13, cuando la televisión era todo.

La frase circuló como lo hacían las cosas por entonces, cuando Fotolog prevalecía sobre Facebook: en inserts televisivos, comentarios indignados en la radio y un boca a boca que reconoció rápidamente en la respuesta de Karina un tono, un contexto y una sintaxis que le permitirían consagrarse en el podio de declaraciones de la farándula argentina.

Hoy, los coetáneos de la modelo rondan los 45 años. Y son, precisamente, los más asustados por el desinterés de los jóvenes por la palabra escrita: peroran, decretan y sancionan un declive del saber, el preludio del diluvio universal.

No son originales. Atravesaron la parábola de Abraham Simpson: “Yo sí estaba en onda, pero luego cambiaron la onda. Ahora la onda que traigo no es onda. Y la onda de onda me parece muy mala onda. Y te va a pasar a ti”. Diversas generaciones se han sentido sitiadas por la supuesta pereza intelectual de aquellas que las suceden.

Para Platón, en la Grecia clásica, la alarma tenía un carácter paradójico en términos actuales. En el tan citado Fedro, el filósofo deslizaba culpas –a través de la voz de Sócrates y el mito de Thoth– contra la difusión de la palabra escrita, porque entendía que esta atentaba contra la sabiduría y afectaba el ejercicio vivo de recordar, de transmitir, de escuchar con atención.

Otra constante en Voltaire es el énfasis en la brevedad. “Nunca veinte volúmenes infolio podrán hacer la revolución. Son los pequeños libros portátiles a los que más hay que temer”, escribía a D’Alembert en 1764

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El dilema se repite como un loop: cada soporte nuevo amenaza con adormecer el pensamiento. De los rollos de papiro, tela o piel, hasta el mayor avance de la modernidad: la imprenta.

En El arte del saber ligero, el investigador Xavier Nueno revisa el pasado para poner –y templar– la alarma actual en torno a la sobreinformación y la fragmentación del conocimiento. Explica que la literatura antigua, al igual que la tradición bíblica, advertía sobre el exceso de letras, pero en lugar de deplorar la dispersión, la inscribe en un linaje.

Nueno otorga a la síntesis y al recorte de las obras un carácter histórico, enlazado al progreso de la razón y al ideal ilustrado. Recuerda que, desde Aristóteles hasta Luhmann, pasando por Erasmo y Locke, la selección y el resumen se concibieron como un arte de precisión.

“La Ilustración leyó con tijeras y lo hizo de manera coherente con su ideal de progreso. Si la sociedad prospera, si la historia evoluciona y la ciencia avanza, ¿para qué cargar consigo el sobrepeso que suponen los millones de libros, los centenares de recuerdos, las infinitas bibliotecas?”, escribe el autor, para quien la Enciclopedia funcionó como un “breviario del saber universal” que permitía orientarse en un contexto de sobrecarga informativa.

Entre documento e hipótesis, el libro se detiene en anécdotas elocuentes. Como la de Voltaire, que irritaba a sus amigos al tomar prestados volúmenes que luego devolvía mutilados: arrancaba las páginas que le interesaban para incorporarlas a sus propios manuscritos.

Leer entonces, como hoy, implicaba una forma de intervenir. Ante las críticas, el filósofo podría haberse excusado con otra famosa frase de Karina Olga: “Soy una ser humano.”

Otra constante en Voltaire es el énfasis en la brevedad. “Nunca veinte volúmenes infolio podrán hacer la revolución. Son los pequeños libros portátiles a los que más hay que temer”, escribía a D’Alembert en 1764.

No le faltaba razón. Si El capital condensó el desarrollo teórico de Karl Marx y la exposición más rigurosa de las entrañas del capitalismo, el efecto del Manifiesto comunista –como coronación del espíritu de los manifiestos– resulta más perdurable por su impacto, su repercusión y su masividad.

También Borges exploró el problema de los anaqueles infinitos, sofocantes. En “La biblioteca de Babel”, esa obsesión alcanza su forma definitiva: un espacio sin límites donde basta con que “un libro sea posible para que exista”.

Diversas generaciones se han sentido sitiadas por la supuesta pereza intelectual de aquellas que las suceden

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La biblioteca eterna no es una meta, sino una trampa: la acumulación por la acumulación. El escritor veía allí un infierno de desconocimiento y ruido, como también lo había hecho Michel de Montaigne en el siglo XVI, un escéptico de las bibliotecas-vitrina.

Autor de Los Ensayos y creador de ese género literario –donde combinaba reflexiones profundas con anécdotas triviales y referencias eruditas–, sus textos conservan una accesibilidad y una actualidad curiosa: versan sobre la cotidianidad y la trascendencia, la muerte, la ociosidad, la tristeza, la cobardía, la mentira… y la lectura, con la que mantenía una relación particular.

No reivindicaba la práctica de encerrarse por horas hojeando páginas. “Si un libro me aburre, cojo uno distinto y solo me dedico a él en las horas en las que el aburrimiento de no hacer nada comienza a apoderarse de mí”, anotaba.

No veía mal dejar un libro empezado o borrarlo de su mente una vez terminado. Para él importaba el deseo, la química con la obra. Creía que de nada sirve la erudición si no se transforma en pensamiento. “Sabemos muy bien decir: ‘Cicerón escribe así; ved cuáles eran las costumbres de Platón; tales son las palabras de Aristóteles’; mas nosotros ¿qué decimos? ¿qué juzgamos? ¿qué hacemos?”, preguntaba.

“Preciso es retirar la máscara, lo mismo de las cosas que de las personas, y una vez quitada no hallaremos bajo ella, a la hora de la muerte, nada que pueda horrorizarnos”, elucidaba Montaigne. Un verdadero pronunciamiento anticaretaje.

Y ya comprendía un problema vigente, citando a Séneca: “No nos instruyen para la vida, sino para la escuela” (Non vitae, sed scholae discimus). Cinco siglos igual.

Si los estudiantes secundarios leyeran a este señor, quizás hasta se verían reflejados en él: un hombre que citaba batallas y filósofos griegos, pero que hablaba, al fin y al cabo, de lo mismo que los inquieta a ellos. Y hasta podría quitarles un poco de la ansiedad de la inmediatez si supieran que el hombre se tomó veinte años en finalizar sus Ensayos (¡y que los empezó a los 38!).

Cualquiera que repase estadísticas, haya pisado un aula secundaria (incluso universitaria) o simplemente conozca a un adolescente reconocerá que los estudiantes tienen dificultad para procesar argumentos complejos. La crisis es –en términos de análisis historiográfico– antigua, moderna y contemporánea: su atención no soporta grandes exposiciones, pero tampoco textos extensos.

A las condiciones materiales y simbólicas de esta época (ligadas a la inteligencia artificial, la aceleración temporal, precarización económica, afectiva y cognitiva) se suma algo más hondo, ligado a las generaciones previas, que auguran el cataclismo cultural: nadie les enseñó que las palabras –las novelas, los cuentos, los manuales, las enciclopedias, incluso los recetarios– también tienen piel.

Su vocabulario se simplificó, se redujo. Pero tampoco abundan los ejemplos de la magia que la unión de vocablos y sintagmas puede lograr. Otra vez, un ciclo conocido.

En 1945, en medio de un debate generalizado sobre la pérdida de riqueza léxica en la lengua inglesa –que vinculaba el posible colapso de la civilización con el del idioma–, George Orwell razonaba que la decadencia idiomática tiene causas políticas y económicas.

El periodismo, se dice, es un mar de conocimientos de dos centímetros de profundidad. Mejor entonces un saber pequeño llevado a su máxima temperatura. Escuchar a Davo Xeneize reconstruir una formación de Boca de hace cuarenta años o un gol imposible tiene una intensidad atrapante, para personas de cualquier edad

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Pero no por eso exculpaba a los escritores, comunicadores y demás partícipes de la esfera pública: su propia chatura, enfatizaba, no hacía más que reforzar los efectos de la causa original, intensificarlos, propagarlos, petrificarlos. Para Orwell, la situación no era “natural” ni intocable.

No asistimos a una desaparición espontánea de la lectura, sino a la pérdida de un modo de trasvasarla. No solo faltan letras, sino mediación y readecuación. Mientras los adultos se hacen cargo de esa parte del dilema, a las generaciones jóvenes les corresponde otra tarea: resignificar la tradición del recorte, la reinvención y la selección. Y que florezcan mil Montaigne.

El periodismo, se dice, es un mar de conocimientos de dos centímetros de profundidad. Mejor entonces un saber pequeño llevado a su máxima temperatura. Escuchar a Davo Xeneize reconstruir una formación de Boca de hace cuarenta años o un gol imposible tiene una intensidad atrapante, para personas de cualquier edad.

Cuando un pibe se acerca a una tradición desde el presente, deja testimonio de su época. Ese “impulso histórico” era una condición que Orwell distinguía en los escritores.

Compartir intereses; recomendar una obra; recitar un poema; intercambiar hipótesis en una mesa con amigos; cantar en una reunión. Esas formas simples de la palabra –hablada, imperfecta, colectiva– son la vía de regreso al pensamiento vivo.

En el reencuentro platónico con la voz, todos sus sucedáneos –escritura, lectura, deseo– recuperan vitalidad y el algoritmo pierde poder.

A diferencia del filósofo griego, Borges no ponía la capacidad de retener datos en un pedestal. En “Funes el memorioso” describía a un protagonista que podía enumerar las hojas de los árboles, los ladrillos de una pared, los caballos de una tropilla, el firmamento entero. Pero estaba condenado a la literalidad, a la incapacidad de abstraerse. “En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.”

Estudiar y producir textos entrañan un grado de despojo. La ignorancia es el impulso por encontrar, por saber: por eso el acceso a todas las fuentes del mundo a un clic de distancia es tan perjudicial. Se asimila a los miedos borgianos; y, fuera de la ficción, al de los enciclopedistas. Discurría Montaigne: “Los lugares y libros que veo por segunda o tercera vez se me ofrecen siempre como una novedad”.

En el juego de redescubrir la pólvora –de adentrarse en novelas antiguas, de insistir en las preguntas fundamentales de la humanidad y frenar el impulso de lo inmediato– puede que aparezcan fórmulas distintas… y que explote todo.

Siguiendo esa línea, en su “Elogio a la punta de la lengua” (dándole la derecha al griego, mucho mejor oído que leído), Hernán Casciari alude a la necesidad del olvido constructivo: esa amnesia transitoria –placentera y dolorosa– que borra fechas, nombres e ideas. Evoca la era preanalógica, cuando una duda mundana crecía hasta adquirir una importancia absoluta: imponía llamados telefónicos, consultas a familiares, búsquedas en revistas viejas.

Leer también es asimilar y reutilizar; un acto de humildad que recuerda que algunas ideas fueron expresadas mucho mejor por otros. Siguiendo el método de Voltaire de recortar y pegar pasajes ajenos para reforzar un argumento, resulta pertinente introducir aquí un tramo entero del relato de Casciari (cuya obra, por suerte, está librada del copyright):

“Entendíamos que lo intenso no consistía en conocer los datos perdidos, sino en buscarlos larga, desesperada, inútilmente durante toda la vida. Y era por eso que, cuando solos en la habitación o viajando en tren, recuperábamos sin querer la palabra olvidada, éramos capaces de dar nuestros mejores discos a cambio de volver al segundo anterior del hallazgo, y ubicarnos otra vez en ese terreno gelatinoso y vibrante: en la punta misma de la lengua. Donde no sabíamos nada y cada cosa era posible. Los tiempos en que Google no existía. Los años en que todas las respuestas del mundo dependían de la buena memoria de un puñado de amigos.”

Sin saberlo, Karina continuó una filosofía de la carencia: la conciencia de no saber y el desparpajo de decirlo en cámara.

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