Un momento...

18 de junio de 2026

18 de junio de 2026

30 de octubre de 2025

LARGO ADIÓS A EMILIO DE ÍPOLA

Nicolás Viotti

@jabuti69
In Memoriam
Tiempo de lectura: 14 minutos

Un pensamiento se construye sobre quienes pensaron antes, pero también sobre la coyuntura y el barro de la historia. Emilio de Ípola fue parte de un mundo que se pensó a sí mismo como un cambio radical, como una ruptura, y también quiso imaginar futuros mejores en un horizonte cultural y político cada vez más restringido. Fue de esos que pensaron las sucesivas transformaciones de la Argentina de finales del siglo XX y en cada una de ellas fue un innovador: joven estudiante seducido por la Nueva Izquierda a comienzos de la década de 1960 en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, autor de una tesis de grado sobre Emile Durkheim, becario en Francia para hacer una tesis sobre Claude Lévi-Strauss, frecuentador de los círculos de latinoamericanos en torno al filósofo de las ideologías Louis Althusser. Profesor en la Universidad de Montreal en Canadá y de FLACSO-Chile durante la experiencia política de la Unidad Popular, preso político en Argentina por la dictadura militar y exiliado en México. De regreso a la Argentina se involucró en los debates sobre la “transición democrática” y la revisión de la experiencia de la izquierda, fue investigador del CONICET, profesor en FLACSO-Argentina y titular en la recién creada Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Escribió mucho y variado: teoría de la ideología, epistemología de las ciencias sociales, discurso político, tango, cine, Borges, el rumor, la teoría de la creencia, las mutaciones de la teoría social. Su obra contamina esa mancha volátil de las llamadas ciencias sociales que hoy vive encerrada en identidades profesionales como la comunicación, la antropología y la sociología.

La biografía intelectual podría seguir o ser más detallada. Pero contra esa idea banal que reduce todo a generaciones y ciclos políticos, podríamos decir que Emilio de Ípola fue uno de los pocos que en Argentina se tomó en serio las innovaciones conceptuales de posguerra en las humanidades y las ciencias sociales y las llevó a sus últimas consecuencias, siendo al mismo tiempo muy argentino. Vayan unas notas sobre algunos momentos clave de su vida intelectual bajo la hipótesis de que de Ípola fue parte de algo mayor y, al mismo tiempo, una singularidad concreta. Vaya también una segunda hipótesis: el humor de Ípola no era sólo una característica personal, sino una estrategia de desacralización radical del mundo.

El libro, que indaga en las causas discursivas de la radicalización política de los 70s en base a las operaciones enunciativas de Perón, le permitió a de Ípola hablar del peronismo como algo más que un fenómeno discursivo: una adhesión ante-predicativa, un “pacto tácito”, una forma de conjunción que había constituido la experiencia de una buena parte del mundo popular argentino

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Los 60 que nunca terminaron

“Cada generación tiene una palabra. Hacia finales de la década de 1950 la palabra era totalidad y lentamente se fue cambiando por la palabra estructura”, decía. Recordaba acceder a la lectura de primera mano de los libros en francés de Claude Lévi-Strauss o Roland Barthes que traía la librería Galatea, en una cuenta a nombre de Masotta que “anda a saber si alguien pagó alguna vez”. La relación con el estructuralismo estaba en el aire. Se jactaba de guardar la “única entrevista en donde Lévi-Strauss define el concepto de estructura” que le había hecho Eliseo Verón y había sido publicada en la revista Cuestiones de Filosofía de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. La relación con Ferdinand de Saussure era anterior, ya que lo había leído en el curso de gramática hacia finales de la década de 1950 con la lingüista Ana María Barrenechea. Ese acercamiento al estructuralismo fue también el acercamiento oblicuo a las ciencias sociales que estaban consolidándose, la carrera de Sociología se fundó en 1958 y muchos estudiantes de Filosofía se interesaban por ese espacio nuevo frente a unas humanidades que en ese momento eran vistas como anticuadas. De Ípola fue parte de esa generación que entre finales de la década de 1950 y comienzos de 1960 se inventó a sí misma, arremetió con la cultura y la política del liberalismo por un lado y contra la del peronismo por el otro. Fue la generación hoy mitificada de las clases medias masivas en la universidad, de la “manzana loca”, del bar moderno, de la minifalda y del descubrimiento de que se podía pensar con el cuerpo, la que por primera vez producía una distancia irrevocable entre padres e hijos. La misma que, al menos en esa zona cultural de posguerra hiperletrada de las grandes ciudades como Buenos Aires, innovó con el existencialismo, el estructuralismo y los nuevos saberes del psicoanálisis y la sociología y que, luego del fracaso político y cultural de la década de 1970, se convirtió a la religión civil de la “democracia”, la “cultura ciudadana” y la promesa de una construcción colectiva menos radical pero más atenta a la diversidad, la heterogeneidad y los beneficios parciales del mercado.

De su paso por Francia quedaron su tesis sobre el problema de la política y la historia en Lévi-Strauss y un vínculo con Louis Althusser. La tesis iba a ser traducida y publicada por José Sazbón, celebre traductor y divulgador de obras claves del estructuralismo en la editorial Nueva Visión durante las décadas de 1960-70; pero, aunque nunca salió como libro, aseguraba que de todas formas lo que estaba allí le seguía siendo útil. “Histoire et ethnologie dans l’épistémologie structuraliste” (1970) publicado en la revista Cahiers Internationaux de Sociologie resume parte de su argumento: la idea de estructura pretende estar más allá de la historia, pero ella misma es parte de un proceso ideológico situado. De Ípola se cuidaba muy bien de las críticas ingenuas que asumían que no existía historia en la obra del antropólogo francés, pero ponía la propia “mirada distante” en un horizonte histórico-discursivo especifico. Sobre la relación con Althusser solía recordar su trato afable, su generosidad y el grupo de discusión que animó con otros latinoamericanos durante su estancia en París. Su lectura creativa de Althusser saldría a la luz en una serie de textos de corte epistemológico: “Lectura y política (a propósito de Althusser)” (1970), un ensayo compilado en un volumen organizado por Saúl Karsz, filósofo argentino emigrado a Francia; Metodología y epistemología de las ciencias sociales (1975) un libro escrito con el sociólogo Manuel Castells; y “Crítica a la teoría althusserista sobre la ideología” (1974), un artículo donde pasaba revista crítica a algunos de los postulados rígidos de la teoría de la ideología. Una reevaluación más contemporánea de esa experiencia intelectual puede encontrarse en un libro relativamente reciente: Althusser, el infinito adiós (2007),donde se actualiza la lectura del filósofo francés (como el propio Althusser había hecho con Marx), en una clave de lectura actual donde la idea de estructura se parece más a un régimen abierto de contingencia ontológica que a la idea de una cárcel rígida con que se lo sepultó.

Hay algo previo a la ideología que tiene que ver con su eficacia social, sus condiciones de reproducibilidad y de adhesión que es necesario entender y que es algo que no podemos ver a simple vista

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Luego de algunos años como profesor de la Universidad de Montreal y de moverse en los círculos del análisis discursivo de la ideología, que lo llevaron a diálogos con Alain Badiou, Jaques Rancière o Nicos Poulantzas, volvió a América Latina como docente en FLACSO-Chile en el contexto del gobierno de Salvador Allende. Esa fue una experiencia política y analítica, ya que desarrollaría una investigación sobre el concepto de “clase social” en Chile junto a Susana Torrado, célebre socióloga especialista en demografía social. Sobre su regreso a Buenos Aires, casi una década después de haberse ido, decía: “estaba todo igual, los mismos carteles de siempre”. Durante la dictadura fue secuestrado y puesto a disposición del Poder Ejecutivo Nacional en la Unidad 9 de La Plata. Una vez liberado se exilió en México donde se acercó a los emigrados argentinos, trabajó de cerca con Juan Carlos Portantiero en un proyecto sobre el populismo y participó ocasionalmente en la revista de discusión política Controversia. Muchos de los artículos elaborados en ese momento se concentran en un libro publicado en México: Ideología y discurso populista (1982). Allí republica su texto crítico sobre la separación radical entre ciencia e ideología en la obra de Athusser, sistematiza sus escritos sobre el populismo como ideología política, incluyendo su célebre “Lo nacional-popular y los populismos realmente existentes” en coautoría con Juan Carlos Portantiero, y establece un diálogo con Ernesto Laclau, otro célebre analista de la ideología como discurso político. Aparece allí por primera vez su análisis sobre el rumor carcelario: “La bemba”, donde echa mano a recursos del análisis de la sociología del lenguaje cotidiano en una reflexión más amplia sobre la confianza como régimen de conocimiento en la experiencia carcelaria. Ese conjunto de trabajos muestra un desplazamiento de la epistemología de las ciencias sociales hacia análisis concretos sobre el populismo como fenómeno ideológico y la incorporación de perspectivas más cotidianas en el análisis los procesos simbólicos y comunicacionales. Es inevitable subrayar que sus trabajos del momento están atravesados por su propia experiencia vital, que los temas y problemas son emergentes de preocupaciones dadas por su entorno inmediato, tanto por la macro política (el regreso de Perón en 1973, las clases sociales en Chile de la Unidad Popular) como la experiencia carcelaria (los rumores como formas de conocimiento cotidiano). Hay también allí una lección epistemológica y política.  

La democracia como ideología práctica

En la década de 1980, con la fundación de la Facultad de Ciencias Sociales en el UBA, su nombre estuvo asociado con una zona productiva que combinaba análisis político y una reflexión sobre la cultura más amplia que hoy ya paso a ser un momento trillado de la historia del presente. Movimientos sociales, cultura ciudadana, democratización eran términos que iban de la mano con unas nuevas ciencias sociales más sensibles a la cultura y la vida cotidiana. Reducir ese momento a las teorías politológicas de la transición democrática, e incluso a su colaboración junto a Portantiero en la asesoría del presidente Raúl Alfonsín, es no hacerle justicia a una preocupación amplia sobre las articulaciones entre sociedad, cultura e ideología y a un espacio intelectual heredado de la izquierda marxista que renovaba sus herramientas teóricas y repensaba sus alcances políticos. Bajo un paradigma centrado en la democratización, su voz y la de muchos otros, fue una correa de trasmisión entre el análisis ideológico y de las discursividades, que era una perceptiva relativamente marginal en las ciencias sociales desde la década de 1970, y un nuevo escenario donde las teorías de los discursos, la cultura, la comunicación y la ideología tendrían un lugar privilegiado.

Durante la dictadura fue secuestrado y puesto a disposición del Poder Ejecutivo Nacional en la Unidad 9 de La Plata. Una vez liberado se exilió en México donde se acercó a los emigrados argentinos, trabajó de cerca con Juan Carlos Portantiero en un proyecto sobre el populismo y participó ocasionalmente en la revista de discusión política Controversia

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Su trayectoria, junto con la de otros compañeros de ruta, fue el tema central de una conversación que se extiende desde el clima estudiantil en FFyL de finales de la década de 1950 y comienzos de la de 1970, la experiencia francesa y el trabajo con las ideologías como parte del mundo que cruza la experiencia personal, el clima intelectual de la nueva izquierda y el estructuralismo. Esas cuestiones eran vistas en general como una dimensión “superestructural” de procesos sociopolíticos más sustanciales y “reales”. La lección del llamado “estructuralismo”, impulsado en las ciencias sociales académicas por Eliseo Verón desde mediados de la década de 1960, había permitido desplegar, en el contexto de unas ciencias sociales atrapadas por la tenaza del funcionalismo y el marxismo duro, una lectura discursiva de la sociedad que pretendía disolver la separación entre “sociedad”, “política” e “ideología” como esferas separadas. Hacia finales de la década de 1970 y principios de la de 1980 esos enfoques fueron releídos en nuevas claves, recuperando su centralidad en el análisis social, pero incluyendo además aspectos más cercanos a los actores mismos y su dimensión pragmática de las personas concretas. De Ípola, una vez más, no fue ajeno a esa transformación. De hecho, no solo reflexionó teóricamente sobre ello, sino que también desarrolló análisis empíricos que mantenían los temas y las preguntas de su propia experiencia personal y su entorno.

De Ípola fue también el sociólogo de la transición democrática por su centralidad en unas ciencias sociales sensibles a los procesos del discurso y la comunicación como una mirada que se llevaba bien con el nuevo clima democrático. Si se releen sus trabajos sobre la teoría de la acción podría encontrarse una reflexión recurrente sobre el rasgo contingente de los consensos sociales en general. Su análisis de la creencia en la crotoxina es paradigmático. Ese escándalo público de finales de la década de 1980, que llevó a un movimiento de personas a confiar en las bondades terapéuticas del veneno de víboras de cascabel sintetizadas en un “suero milagroso” por un investigador del CONICET y a desconfiar de la ciencia legítima por “ocultar la cura del cáncer”, era interpretado en el ciclo novedoso de una sociedad movilizada inscripta en el “clima democrático”. La gramática de las movilizaciones por el derecho (en este caso a la salud) y el cuestionamiento de la opacidad del Estado era tanto un rasgo de la creencia en la crotoxina como del clima democrático. Ese trabajo anticipó una serie de análisis sobre los movimientos sociales y la acción colectiva que se desarrollaron con intensidad durante la década de 1990, no siempre con la sofisticación de articular acciones colectivas y creencias como el que le daba de Ípola.  Por otro lado, se anticipó en décadas a los análisis sobre la crisis de confianza y creencia en la ciencia y en los consensos básicos de las sociedades contemporáneas, sobre todo en el contexto posterior al COVID-19. Podría arriesgarse que su análisis de la crotoxina, del rumor carcelario y la transición democrática comparten algunos intereses en común: la estabilidad de la creencia y el problema del orden como un proceso compartido y capilar que se basa en regímenes de confianza prácticos (que reaparece como un problema en su atención a la obra especulativa de Borges y como problema socio-político en su mirada sobre la democracia como creencia política).

Escribió mucho y variado: teoría de la ideología, epistemología de las ciencias sociales, discurso político, tango, cine, Borges, el rumor, la teoría de la creencia, las mutaciones de la teoría social

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Un ejemplo de esta sensibilidad por las condiciones de la creencia o de lo ideológico, tema estructuralista por excelencia, puede leerse en sus intervenciones en una de las presentaciones de un libro que produjo reacciones encontradas: Perón o muerte (1986) de Eliseo Verón y Silvia Sigal. La dedicatoria del libro es particularmente significativa: “A Juan Carlos Indart, Emilio de Ípola, Beatriz Sarlo y Jorge Lafforgue”, todos representantes de ese ejercicio de cruce ente cultura, ideología y política que atravesaba el paisaje intelectual desde la década de 1970 y reemergía florecido en el contexto democrático. El libro, que indaga en las causas discursivas de la radicalización política de los 70s en base a las operaciones enunciativas de Perón, le permitió a de Ípola hablar del peronismo como algo más que un fenómeno discursivo: una adhesión ante-predicativa, un “pacto tácito”, una forma de conjunción que había constituido la experiencia de una buena parte del mundo popular argentino. Esa idea del “pacto tácito”, más allá del peronismo como caso histórico, mostraba que había algo de las formas de adhesión social que funcionan en un régimen pragmático que no se sustenta unilateralmente en el discurso. Hay algo previo a la ideología que tiene que ver con su eficacia social, sus condiciones de reproducibilidad y de adhesión que es necesario entender y que es algo que no podemos ver a simple vista. Cuanto valor existe en esta simple idea hoy que las explicaciones sobre el “giro a la derecha” rondan entre la manipulación, los discursos de odio y el “voto bronca” sin captar el magma pre-ideológico de una Argentina que mutó antes de que sus intelectuales y expertos del análisis social se enteraran.

El gran mediador

Contra todo lo que pueda decirse del concepto de generación, hoy vilipendiado frente a la dispersión de la heterogeneidad y la incomodidad de quienes temen ser aglutinados bajo una categoría que puede pecar de ser demasiado homogénea, hay un aire de familia en las trayectorias de quienes desarrollaron un trabajo intelectual entre las décadas de 1960 y 1970. Me da un poco de vergüenza hoy hablar de “los intelectuales”, pero para muchos de quienes se vincularon como estudiantes o tuvieran algo que aprehender, los profesores como de Ípola tuvieron un lugar significativo porque funcionaron mediadores entre mundos.

Por lo menos en la década de 1990, donde el recambio generacional de los estudiantes de humanidades y ciencias sociales se hacía cada vez más claro en relación con esa cultura “setentista”, había un hiato cultural y generacional entre los docentes activos y los estudiantes. La sociología era una disciplina algo retro, no había conseguido aggiornarse del todo a nuevas formas de pensar las relaciones entre sentido y acción, a las relaciones entre cultura y política. En su mayoría dominaban posiciones remanentes de un marxismo mecánico que dejaba la “ideología” como un tema secundario y los coletazos de un funcionalismo que buscaba analizar “actitudes” y “valores”. También dominaba aún un cierto lastre del pensamiento de la “transición democrática” como un fenómeno institucional y burocrático. Por suerte en la carrera de Sociología había algunas materias díscolas, como la que enseñaba de Ípola, y estaba la carrera de Ciencias de la Comunicación que había sabido catalizar toda esa innovación con menos glamour intelectual, pero con muchos más recursos analíticos. La facultad de Ciencias Sociales de la UBA había condensado en un gesto innovador las viejas tradiciones con los nuevos lenguajes. En esa etapa, Historia y Antropología harían lo suyo en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, así como Filosofía lo haría mucho más tarde porque hasta muy recientemente era un espacio intelectualmente conservador y excesivamente exegético, con poco interés en problemas contemporáneos. Muchos profesores e intelectuales públicos representaban la inercia de un mundo derrotado que había quedado desubicado en términos políticos y culturales. Pero Emilio de Ípola era el ejemplo de que podía haber conexiones políticas y culturales con ese mundo, porque su relación con el pasado era una relación saludable y creativa.

De Ípola fue también el sociólogo de la transición democrática por su centralidad en unas ciencias sociales sensibles a los procesos del discurso y la comunicación como una mirada que se llevaba bien con el nuevo clima democrático

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Una vez, un estudiante que era un activo militante universitario le dijo en clase que una de sus interpretaciones de la crisis del marxismo era “mentira”. De Ípola paró la clase y dio un breve discurso sobre el término “mentira” y sus efectos político-discursivos: “Si me decís mentiroso invalidás lo que yo digo, no discutís con lo que yo tengo para decir, me excluís de toda posibilidad de diálogo. Dame argumentos, pero no me llames mentiroso”. El estudiante, medio atontado, se arrepintió y pidió disculpas. De Ípola, que tenía el aura de los profesores que venían de la experiencia de las décadas de 1960 y 1970, nos dio una lección de lo que podía significar el diálogo político y de teoría del discurso, de sus efectos y condiciones sociales. También nos dio una lección de ética, sobre la necesidad de espacios que necesitaban de más diálogo y menos confrontación excluyente. Había en sus clases una forma de pensar sobre la democracia que no se reducía a la politología de las instituciones y los partidos o del eterno debate sobre la “crisis del autoritarismo”, sino a una forma capilar, encarnada, de lo que se había abierto en el horizonte democrático.

Al mismo tiempo era un mediador en términos teóricos, su pensamiento conectaba lo que ya en la década de 1960 y 1970 había sido una innovación en la teoría cultural y política: el estructuralismo, que de Ípola leía no desde la secta intelectual sino desde una concepción amplia que tenía sus bases muy bien puestas en su origen como teoría de la diferencia. Durante las décadas de 1980 y 1990 se empeñó en conectar la teoría de la ideología con otras tradiciones como las teorías del lenguaje cotidiano, el dialogismo, las teorías pragmatistas del sentido y el interaccionismo norteamericano, así como las teorías políticas de los herederos de Socialismo o Barbarie como Cornelius Castoriadis o Claude Lefort. En ese aspecto también fue un articulador entre el pasado y el presente, no solo de las formas de la política que estaban implícitas en el mundo previo y posterior a la crisis del marxismo y la caída de los socialismos reales, sino de diferentes maneras de pensar las relaciones entre ideología, cultura y política que se hacían ahora más abiertas y menos dogmáticas.

Fue nuestro profesor en la década de 1990, como antes lo fue de muchos otros a finales de la década de 1980 en ese clima entusiasta y refundacional de las ciencias sociales. Y en la década de 1970 de otros que se acercaban a las teorías de los discursos y eso que se llamó “estructuralismo” en Canadá, Chile, México y Argentina. Lo entrevisté dos veces para un proyecto sobre los usos de Claude Lévi-Strauss en Argentina: “La tesis en francés sobre los mitos de la zariguellla la perdí”, me dijo sin reírse. Me contó su vida, me hizo reír a carcajadas, me explicó que “nadie entendió la teoría del hau de Mauss, ahí está todo”. Muchos lo van a recordar por ser un gran analista del discurso político, otros por su althusserianismo de los 70, a los politólogos les encantará su rol en los discursos de Alfonsín y no se van a cansar de recordar su lugar en el “grupo Esmeralda”. Personalmente me parecieron siempre reveladores sus trabajos sobre la “creencia”, que están a años luz de la mayoría del sentido común socio-antropológico local que aun piensa que el estructuralismo es “demasiado abstracto”. Todo eso sería mucho, pero hay que decir además que su estilo personal era tan irónico, sarcástico e inteligente como empático y cándido.

Pensó a lo grande, de modo original, con rigor. No tenía vocación de profeta, ni de líder carismático, tampoco de gran intelectual. Tenía más bien el perfil de alguien simple, humilde y que usaba el humor para desactivar la pomposidad de los cargos, los roles prestablecidos y los rituales de institución. Me gusta pensar que hay una teoría de la burla allí, un gesto político de desacralización que no era solo un rasgo de carácter sino el plan secreto de puesta en cuestión de las convenciones que continuaba, de un modo pre-ideológico o en un pacto-tácito, su reflexión teórica y política por esos otros medios que son la risa y la ironía.  

In Memoriam