20 de julio de 2026
La tumba de Karl Marx se encuentra en el Cementerio de Highgate, en Londres. El acceso cuesta 10 libras. 13,38 dólares. Al cambio de hoy (principios de 2026), sin sumar impuestos, son 19.616 pesos argentinos que pueden pagarse con tarjetas físicas o virtuales. No se aceptan billetes ni monedas: la experiencia es contactless, aséptica.
A pocos metros del puesto de cobro aparece el rostro gigante del padre del socialismo en bronce, sobre un pedestal con dos inscripciones talladas: la frase que corona el Manifiesto Comunista (“Proletarios del mundo, uníos”), y la Tesis XI de las Tesis sobre Feuerbach, tan familiar para cualquiera que haya pasado por Sociales y por Puan (“Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo; de lo que se trata es de transformarlo”).
Marx descansa junto a su esposa, Jenny von Westphalen; su hija Eleanor; su nieto Harry Longuet; y Helene Demuth, su ama de llaves ─también, muy probablemente, madre de un hijo suyo, cuya paternidad fue reclamada por Engels para evitar escándalos─.
Yace en Highgate desde 1883, originalmente en una zona menos céntrica del cementerio, señalado por una piedra austera que respetaba el rechazo de sus hijas a la pompa funeraria.
En 1924, los restos de Marx se salvaron de los intentos estalinistas de trasladarlo a Moscú –donde habría quedado atrapado en el frenesí funerario de la época─. Jean Longuet, su nieto, veía los sucesos rusos como una negación del legado de su abuelo. Aun así, ese impulso terminaría por alcanzarlo. No fue momificado como Lenin. Pero sí estatuado.
En 1956, el Fondo Conmemorativo de Marx –creado por el Partido Comunista Británico– inauguró el busto del escultor Laurence Bradshaw. Fue apenas meses antes de que la burocracia soviética aplastara sangrientamente la revolución política en Hungría.
El tamaño, el realismo del cincelado, el dineral necesario para lograr los detalles de la barba, las ojeras, las arrugas de la frente y el ceño fruncido contrastan con unos ojos fijos que no encuentran contacto, que ni siquiera intentan ver.
***
Marx solía recuperar una frase de Epicuro: “La muerte no es una desgracia para quien muere, sino para quien sobrevive”.
Días después del deceso de su esposa Jenny, en 1881, escribió a Nikolai Danielson: “Mi editor alemán me informa que se ha hecho necesaria una tercera edición de El capital. Esto llega en un momento nada oportuno. En primer lugar, necesito recuperar la salud y, en segundo, quiero terminar el segundo volumen (…) lo antes posible. Ahora tengo el interés adicional de (…) inscribir en él una dedicatoria a mi esposa”.
El duelo se traducía en urgencia, en obra, en materia. Su homenaje era la producción teórica al servicio de la liberación del proletariado: a ese acto trascendental quería estampar el nombre de Jenny. Sin consuelo metafísico, la muerte podía resignificarse a través del trabajo, de la causa. Pero lo que fue impulso terminó por precipitar el desenlace.
En enero de 1883 feneció Jennychen, su amada hija mayor. Fue el último eslabón de una cadena de desgracias que el cuerpo enfermo del fundador de la Primera Internacional no pudo tolerar. El 14 de marzo de ese año durmió una siesta de la cual no despertaría. Desde ese día, y en los que siguieron, Federico Engels –su gran compañero y coautor– envió misivas sin pausa. En sus palabras convivían el amigo y el revolucionario. En ocasiones superpuestos, en ocasiones en fricción.
A Theodor Cuno le confesaba que nadie que conociera realmente a su amigo lo llamaría Carlos, ni Marx, ni siquiera Karl, sino únicamente “Moor”. “Allí donde se agotaban los apodos también se extinguía la intimidad”, concluía. Con ese criterio podía distinguir los lamentos sinceros y estrechos de los generales. Sin embargo, era muy consciente de que la muerte de Marx no podía leerse en clave privada.
En una epístola dirigida a Bernstein, fechada el mismo 14 de marzo, auguraba las repercusiones políticas de la pérdida para la lucha por el comunismo: “Con él desaparecerá también, durante años, su gran amplitud de visión. Son cosas a las que nosotros no estamos a la altura. El movimiento seguirá su curso, pero echará en falta las intervenciones serenas, oportunas y ponderadas que hasta ahora lo habían salvado de tantos desvíos agotadores”.
Paradójicamente, Bernstein sería uno de los protagonistas centrales de ese giro contrarrevolucionario.
Al día siguiente, el 15 de marzo, Engels volvió a escribir, esta vez a Friedrich Adolph Sorge. Reflexionaba que la medicina quizá habría podido asegurarle a su camarada unos años de existencia vegetal, de extinción lenta.
“Pero eso era algo que nuestro Marx jamás habría soportado: vivir con tantas obras inconclusas ante él, con el deseo de terminarlas y la imposibilidad de hacerlo. Eso habría sido mil veces más amargo que la muerte suave que lo alcanzó”, razonaba.
Engels fijaba una ética compartida: sin consuelo metafísico ni lirismo fúnebre, la muerte constituye un hecho inevitable, más aún dentro de las trayectorias militantes. Solo los frutos de la vida –la labor, el sacrificio, la amistad, el amor– pueden proyectar posteridad.
***
En el invierno londinense, el Cementerio de Highgate, con sus senderos largos, sus lagunas y su vegetación frondosa, recibe pocos visitantes. Por la tarde, solo las flores acompañan la tumba de Marx.
En medio de esta quietud administrada, del fetichismo conmemorativo, resulta difícil no pensar en Pier Paolo Pasolini, parado frente a los restos de Gramsci, en el Cementerio Protestante de Roma.
En Las cenizas de Gramsci, libro publicado en 1957 y redactado unos años antes, el artista, comunista herético, se enfrentaba al referente revolucionario como espejo de sus propias contradicciones, tensiones y dudas.
Un Pasolini aún autoproclamado marxista, aún votante del partido que lo echó por “inmoral”, interrogaba a quien no puede responderle: “¿Podré alguna vez por pura pasión actuar / si sé que nuestra historia ha concluido?”.
Mientras confirmaba que se había apagado “acabado entre los escombros el profundo / e ingenuo esfuerzo de rehacer la vida”, parecía buscar una aprobación para enterrar las convicciones por las que el otro fue enterrado.
Un Pasolini aún autoproclamado marxista, aún votante del partido que lo echó por “inmoral”, interrogaba a quien no puede responderle: “¿Podré alguna vez por pura pasión actuar / si sé que nuestra historia ha concluido?”.
También en Highgate, por momentos, solo se oye el crujido de la hojarasca y la desolación. ¿Dónde quedaron los himnos proletarios?, ¿quién canta hoy La Internacional? ¿Puede decirse que Marx, parafraseando a Pasolini, delinea el ideal que ilumina este silencio?
En el Manifiesto, Marx y Engels describían al comunismo como un “espectro” que recorría Europa. Seguidamente, acotaban: “Ha llegado el momento de que los comunistas (…) opongan a la leyenda del fantasma del comunismo un manifiesto del partido”.
En su batalla filosófica y política contra el idealismo, los creadores del materialismo histórico no dieron crédito a la fuerza del espectro. Jacques Derrida, en cambio, reconoció esta cualidad. Existe la continuidad, porque “un fantasma no muere jamás, siempre está por aparecer y reaparecer”. Para evocarlo, hay que soplar sobre cenizas.
Lo advirtió Terry Eagleton: “Realismo e imagen de futuro van de la mano en Marx: ver el presente tal como es, en verdad, es verlo a la luz de su posible transformación”.
En Highgate, durante el sobrio sepelio en el sitio original, Engels se refirió a su amigo como “la persona más odiada y calumniada de su tiempo”, el “hombre de ciencias”, el revolucionario cuyo nombre “vivirá a través de los siglos y, con él, su obra”.
***
La ironía de la locación actual se impone al girar la cabeza y comprobar que la cara inmensa, inmóvil, se enfrenta a la tumba del sociólogo Herbert Spencer –padre del llamado “darwinismo social”– del modo que menos le habría gustado estar a Marx: callado.
En 1975, Murray Rothbard, figura tutelar del libertarianismo, definía a Spencer como “uno de los grandes libertarios de la historia del pensamiento”. Y llegaba a afirmar: “En síntesis, más que ninguna otra figura, fue ‘nuestro’ Marx”. Un homenaje involuntario –Rothbard respetaba los rangos–, que sugiere la estatura del enemigo declarado.
En una carta a Engels de 1868, Marx se detuvo en Spencer, erigiendo una caracterización con resonancias cercanas: “Si te vieras obligado, como yo, a leer los artículos económicos de los señores (…) Herbert Spencer, (…) etc., (…), verías que todos ellos (…) intentan darle algo de sabor a sus garabatos mediante jerga pseudofilosófica o pseudocientífica. El carácter pseudo no hace en absoluto que la escritura (contenido = 0) sea más fácil de entender. El truco consiste en mistificar al lector y obligarlo a estrujarse los sesos, de modo que finalmente se sienta aliviado al descubrir que esas palabras rimbombantes no son más que disfraces para lugares comunes”.
La gran figura del socialismo sigue hablando.
***
Hans Morgenthau, teórico de las relaciones internacionales a quien nadie tildaría de izquierdista, relataba en sus memorias una escena de infancia. Antes de la Primera Guerra Mundial, acompañaba a su padre a barrios populares de Baviera, donde atendía pacientes tuberculosos.
En el lecho final, los obreros repetían un pedido: que los sacerdotes no les impusieran la Biblia; querían ser enterrados con el Manifiesto Comunista. Incapaz de ofrecer una cura, el médico se ocupaba de conseguir copias del texto para las familias.
Los obreros repetían un pedido: que los sacerdotes no les impusieran la Biblia; querían ser enterrados con el Manifiesto Comunista. Incapaz de ofrecer una cura, el médico se ocupaba de conseguir copias del texto para las familias.
Años más tarde, en el prólogo de una reedición del Manifiesto publicada en 2011, Marshall Berman retomaba ese episodio y señalaba un desplazamiento: si a comienzos del siglo XX hubo quienes estuvieron dispuestos a morir con el Manifiesto Comunista, tal vez el XXI encuentre a quienes estén dispuestos a vivir con él.
Contra los despliegues monumentalistas que algunos reclamaron tras la muerte de Marx y Engels, el militante y biógrafo David Riazanov sostenía que la obra de los amigos había dejado “un monumento más perdurable que el granito, más elocuente que cualquier epitafio”. Algo semejante ocurre con aquellos estertores anónimos de dignidad frente a instituciones en crisis que recordaba Morgenthau.
Quizás esa –si hay alguna– sea la persistencia del monolito de Highgate. Todo lo sólido se desvanece en el aire. De la lucha de clases venimos y hacia la lucha de clases vamos.



