19 de julio de 2026
En Ñembi Guasu, área protegida del Chaco boliviano, un incendio se desató el 31 de agosto de 2025. Tras once días de combate –con bomberos, guardianes del monte, maquinaria, organizaciones de apoyo y unas lluvias oportunas– se lo dio por controlado. Con cautela: un foco bastaría para devolver el peligro. Se perdieron unas 1.700 hectáreas. Este es el relato de cuando las llamas se instalaron en el lugar.
Chaco Boreal: paisaje oprimido como sus habitantes, marginado, indígena. ¿O no fue, antes que escenario y motivo de disputas bélicas, otro combatiente muerto de sed? ¿Cuántas granadas duermen bajo ese suelo árido? ¿Cuántos huesos? El cartel junto a un mausoleo humilde: “Un soldado no muere frente a la batalla. Muere cuando su patria lo olvida”.
Dentro de esa amplia superficie, se abre Ñembi Guasu: una de las tres áreas protegidas bajo la jurisdicción del Gobierno Autónomo Guaraní Charagua Iyambae (“sin dueño”, “dueño de sí mismo”), constituido en 2017 como la primera autonomía indígena del Estado Plurinacional de Bolivia.

Refugio de ayoreos en aislamiento voluntario, jaguares y misterios del monte, este santuario de conservación se mantiene poco visitado. Está en el departamento de Santa Cruz, lindante a la localidad de Roboré, accesible solo por un camino difícil de transitar. Se extiende por más de 1,2 millones de hectáreas donde sobrevive una biodiversidad extraordinaria. Su nombre, en lengua guaraní, evoca potencia e identidad: “El gran escondite”. Un paraje resguardado, si bien codiciado, como hace cien años, por el petróleo de sus venas, la madera de sus extremidades y la piel de los dueños indómitos de la espesura –depredadores, ellos sí, por derecho.
Junto a los Parques Nacionales Kaa Iya y Otuquis, conforma un corredor biológico que enlaza las ecorregiones del Chaco y el Pantanal, donde confluyen las dos cuencas más vastas del continente: la amazónica y la del Plata. Un espacio que sostiene el yaiko kavi pave –el “vivir bien” de la nación guaraní– y alberga flora y fauna únicas.
En la Guerra del Chaco, las armas, los tanques y las radios habían provocado perturbaciones acústicas, geográficas y poblacionales que quebraron el equilibrio humano y natural. La escena se repite
Dentro del área, en la transición entre los bosques chiquitanos con mayor humedad y las formaciones espinosas del Chaco seco, asoma el abayoy: un ecosistema particular y rico, con epicentro en Bolivia. Poco estudiado, ya ofrece hallazgos singulares, como el tajibo de flores rosadas, reconocido recientemente como especie endémica, exclusiva de este lugar.
Pero ninguna descripción abarca la experiencia. Sobre todo cuando el cielo está despejado y la noche da un súbito pase al amanecer naranja intenso. Entonces, los rayos de luz apuntan caprichosamente a matorrales y árboles bajos; les otorgan un protagonismo momentáneo y revelan matices inesperados. Incluso los sonidos se tornan más nítidos: el de los monos, el de los loros labradores, que si bien se esconden, son abrazados por el sol naciente.
En 2024, una serie de incendios forestales –los más grandes de la historia boliviana en cuanto a extensión– arrasó gran parte de la Chiquitanía y la Amazonía. Los departamentos de Santa Cruz y Beni fueron los más afectados.

El esfuerzo descomunal de los “guardianes de la naturaleza” del gobierno autónomo, guardaparques, bomberos voluntarios y fundaciones logró evitar que las llamas entraran a Ñembi Guasu. Aun así, los trazos de una carretera proyectada para atravesar el área protegida –defendida por el Estado central– y los asentamientos ilegales exponen la fragilidad de esa barrera tenaz.
Mientras un grupo de chajás –una de las más de 300 especies que habitan el área– revolotea sobre el río San Miguel, el viento cálido agita las hojas. Un indicio, entre tantos, de que el Chaco nunca está en silencio, nunca se calla. Solo la mañana puede producir esa calma tan sospechosa; como si algo no encajara, aunque todavía no pueda nombrarse.
El mal agüero finalmente se manifiesta. En la hora de los espejos de agua, de las flores abiertas y el verde eterno, la tragedia del año anterior cobraba su revancha. Una quema iniciada en una hacienda perdía el rumbo, arrastrada por las ráfagas de viento, empujada por la atmósfera seca y alimentada por la gran biomasa chaqueña que sirve de combustible. La noticia tardaría unas horas en conocerse. Cuando finalmente llega, no hay margen: todo se vuelve urgente.
En un recorrido inverso –viajando en la tarde para hundirse en la noche–, los cuidadores del monte regresan al interior del escondite expuesto, con sus trajes y kits de primeros auxilios. Llevan drones, miran mapas satelitales, pero antes de eso ya se nota: el humo, inocultable, se torna cada vez más oscuro, más denso. El olor a bosque carbonizado y triste hiere los pulmones y los ojos.
Hay especies que antes de ser “descubiertas” por la ciencia ya son condenadas por el hombre. No eran desconocidas para el monte, pero sí invisibles para quienes lo lastiman. Es el caso de una serpiente del género Bothrops, familia Viperidae, que los locales llaman “zarca”...
Los senderos que recorren, cuentan, fueron abiertos por compañías petroleras en los sesenta y setenta: las mismas que, junto con tanineras y madereras, habían impulsado el conflicto bélico que enfrentó a Bolivia y Paraguay en la década del treinta. Entonces se miraban como fuego enemigo; después, tantas veces, sufrieron juntos el mismo fuego que no reconoce fronteras políticas y aniquila biomas compartidos.
En la Guerra del Chaco, las armas, los tanques y las radios habían provocado perturbaciones acústicas, geográficas y poblacionales que quebraron el equilibrio humano y natural. La escena se repite.
Otra vez, las empresas sacan sus dientes y quieren llenar con su saliva ponzoñosa la aridez del sitio: más salvajes que el jaguar, más sigilosas que las víboras. De nuevo, la inestabilidad del Estado, los intereses ajenos a la conservación y a la población originaria. Las cicatrices heredadas de la colonia emergen como pus.
El sol se retira, prescindible. Ahora el bosque ilumina con una iridiscencia antinatural, una propiedad que no le corresponde. Cuando la luna aparece, el suelo chispea. El naranja del sol, como por ósmosis, pasó a la vegetación. Mientras pierde volumen y muere, muta su coloración y ofrece el espectáculo más bello y temeroso: se vuelve roja, vomita centellas.
(Los Illya Kuryaki cantan para siempre: “Noche chaqueña, luna plateada, lo nuestro se encuentra, es una llamarada”).

El ardor, como un niño furioso, salta de copa en copa. Los árboles están obstinados en ser magníficos hasta el final, como una Juana de Arco que se niega a rendirse. Se derrumban como edificios, estallan como explosiones. Como si reclamaran: si vamos a caer, que alguien nos oiga.
En medio de la situación cambiante, los bomberos coquean y piensan. No pueden esperar a la maquinaria, aunque la reclaman sin descanso. Conocen el monte como nadie: deciden dónde abrir cortafuegos, discuten por cuál frente avanzar. Sacan las motosierras, los machetes. Toman decisiones que duelen: eligen cuántos miles de hectáreas sacrificar para salvar a las personas y a la vida silvestre que aún resiste.
Y mientras hacen chistes, trazan mapas en la tierra alumbrados por linternas, escuchan música en las camionetas –Peteco, Tan Biónica, Tini–, comparten hipótesis y continúan trayecto.
Las masas de aire caliente se buscan en el Apocalipsis chaqueño. El crepitar escalofriante acompaña al humo que engulle, abriendo agujeros marrones en la tierra, contraparte terrenal de los agujeros negros del cosmos. Solo algunos, vigías sempiternos, se atreven a pisar el punto de no retorno. Arriba, la luna y las estrellas brillan con una hermosura insolente, como si espejaran el desastre terrestre y se abrieran en fiesta para recibir lo que abajo se extingue.
El incendio suena como meteoritos, como estertores, como balas pasadas y futuras. Espectáculo hipnótico, magnífico. Y también terrorífico. Para las ocho de la noche, la quema ganó siete kilómetros más, que pronto serán veinte.
En medio de la situación cambiante, los bomberos coquean y piensan. No pueden esperar a la maquinaria, aunque la reclaman sin descanso. Conocen el monte como nadie: deciden dónde abrir cortafuegos, discuten por cuál frente avanzar. Sacan las motosierras, los machetes
Hay especies que antes de ser “descubiertas” por la ciencia ya son condenadas por el hombre. No eran desconocidas para el monte, pero sí invisibles para quienes lo lastiman. Es el caso de una serpiente del género Bothrops, familia Viperidae, que los locales llaman “zarca” por su color pálido, distinto al de otras víboras de la región, y cuya definición aún espera estudios.
No es la única: en Ñembi Guasu se han registrado lagartijas y ofidios singulares. Todas estas variantes cuentan con altas probabilidades de convertirse en nuevos aportes para la herpetología boliviana o, quizá, especies desconocidas para la zoología mundial. El fulgor las borra sin esperar a que reciban un nombre.
A Moisés, dice el Éxodo, se le apareció una zarza que ardía sin consumirse: era Dios. Lo que allí fue revelación y anuncio de libertad, aquí es destrucción humana. La hoguera consume y no le importa si la tierra es sagrada. (¿Cuántos cuerpos más tolera el Chaco?)

Para el nuevo amanecer, lo que fue bosque parece cemento craquelado. Es el primer día de septiembre. Por donde se mire, todavía hay humareda y focos activos. Para los bomberos quedan semanas de tareas arduas, de insomnio, de enfrentamiento cuerpo a cuerpo para frenar la masacre. No van a parar: si las orugas no llegan, abrirán los caminos a mano; si no hay diésel por el desabastecimiento, se repartirán en las pocas camionetas y motos disponibles.
Los animales calcinados, desparramados por doquier, parecen gárgolas barrocas, reliquias perversas de la civilización.
Selva de mi venas,
tierra de jaguar
árbol sangre verde que tú quieres podar
Dame bendiciones,
hay que despertar
Chaco piel de indio,
nunca morirás en el Chaco

*El viaje a Ñembi Guasu se realizó gracias a una biodiversity grant de Earth Journalism Network.



