Un momento...

20 de julio de 2026

20 de julio de 2026

20 de marzo de 2026

LA TARDE DEL POEMA DE CUMMINGS

Sergio Wolf

@serdwolf
La hora del lobo
Tiempo de lectura: 11 minutos

Desde el amplio ventanal que hacía que se fusionen tres árboles, tiñendo esa ochava con tantos tonos de verde que le permitían hundir su mirada y perderse cuando alzaba la vista para descansar de su escritura, iba midiendo, ya desde el amanecer, si el gris del cielo se decidía para el lado bueno, si la luz tan débil que se abría paso entre las nubes finalmente lograba derrotar a la lluvia potencial. Aunque sabía que era improbable que su amigo, el esoterista, estuviera despierto a esa hora igual le escribió un mensaje que respondió enseguida, diciendo que iba y podrían trabajar un rato. Algo le decía que ella iba a ir y hasta se le cruzó la idea -que reprimió de inmediato, como un pensamiento oscuro que se negaba a enfrentar, mintiéndose que no era por eso- de que no era que había planificado ese encuentro de trabajo porque le resultaba cómodo, pudiendo haberlo pospuesto sin problemas para otro momento y lugar- y que solo lo había armado para disimular que la extrañaba y tenía ganas de verla. 

No pensaba en nada mientras avanzaba hacia la combi que lo llevaba al club hasta que apareció de espaldas, justo adelante, a unos pocos metros, llegando al mismo lugar, con su vestido negro y muy suelto, el pelo atado, los infalibles bolsos que siempre la hacían ladear un poco el cuerpo, aunque él no supiera exactamente hacia cuál de los dos lados y el paso apurado por la avenida frente al parque. Se dio vuelta y lo vio: -Estaba segura que con este clima feo no ibas a venir. ¿Querés que me vuelva para mi casa? Él dijo que no y la saludó con un beso. Bajaron la cabeza y quizás ahí sí, los dos, ahí sí juntos, desearon que el chofer apurara el registro y los dejara subir. Ella volvió a mirarlo: -¿Qué te pasó en los ojos? La mirada de ella a él nunca le pasaba inadvertida, siempre se le quedaba un poco más de lo que duraba: -Nada. Un derrame.

La combi era estrecha y la opción de elegir asientos más bien limitada, pero se las ingeniaron para no sentarse juntos, aunque él no tuvo más remedio que sentarse delante de ella. Sacó un libro que intentó leer en estado desatento hasta que ella estiró su brazo por el hueco entre los asientos y le mostró un lapicito negro, rojo y diminuto, cuyos tres centímetros se ensanchaban en el tiempo y traían esa vivencia de los lápices chicos que él usaba y a ella siempre la habían conmovido. El lapicito quedó suspendido unos segundos y él le tocó el brazo mientras se le dibujaba una sonrisa, que ella no vio, recordando algo hermoso que ella había escrito sobre un lápiz que ostentaba su condición mínima. Y ahí se liberó un asiento más adelante y lejos y ella aprovechó para escapar hacia esa zona menos inquietante. A él el viaje le resultó interminable, batallando con su desconcentración por el libro, insistiendo varias veces, avanzando y dispersándose, porque perdía frente al afán por detectar entre los huecos de los asientos, como por la ranura de una puerta entreabierta, qué estaba haciendo ella y solo lograba ver una parte de la cabeza inclinada y los anteojos ámbar y la mano con el lapicito. Miró al pasar el cartel y leyó “Benavídez” y vio que venía la bifurcación. Quizás durmió uno de esos sueños intranquilos de los que nos despertamos con la sensación de estar en el mismo lugar y comprobar que solo pasaron cinco minutos.

El cuerpo de ella hacía mucho que no estaba tan cerca, a tan pocos milímetros bajo el vestido negro y suelto. Dos cables sueltos que de pronto miden la persistencia de la chispa

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Si el gris ventoso no cambiaba de color seguiría así, casi desierto. Todas las sombrillas que bordeaban la pileta estaban cerradas menos una. Era fácil para los dos verse y hacer contacto visual si querían, porque no estaba el habitual gentío que los podía ocultar ni otros grupos con los que ella podría haber ido a charlar, gran pasión paradójica de una solitaria como ella. Él se sumó a la mesa de roble maciza y larga, bajo ese techo de sombra que formaban los árboles, en la que su amigo y su mujer pusieron sus heladeritas y a la que enseguida se sumaron otras dos parejas. Él era el único sin pareja, el impar, pero de algún modo unía la suya a la distancia y haciendo que la mirada la reconstruyera con unos puntos suspensivos trazados en el aire, como en esas historietas o dibujos animados, aunque quizás no las había o era solo que él no conocía dibujos animados con historias de amor.

Había dos mates que iban y venían en la dirección o al revés que las agujas del reloj y todos los relatos eran sobre lo que hacían o habían hecho juntos mientras él simulaba mirar la nada y pensar por qué estaba pasando eso, por qué al verla en la fila para subir no había dado media vuelta para su casa. Pero sí lo sabía, lo sabía bien: porque aún en esa angustia silenciosa de tenerla ahí enfrente, bajo esas sombrillas gigantes de mil brazos y cuerdas que había que tensar como un marinero de alta mar, aunque estuviera ahí sin él igual estaba más cerca de él, a unos pasos de poder hablarle y decirle. ¿Decirle qué, si en todos esos años no habían dejado nada por decirse? Sacó su librito de crónicas de viaje por Irán, Armenia, Montevideo, Varsovia… Probó con una, con otra y con otra más, pero se detenía en las fotitos y los epígrafes. Algo le dolía y no lo soltaba. Un dolor absurdo, pero quién puede arrogarse el rol de sommelier de dolores, pensó, si sentía lo que sentía, que se le había instalado ahí, en algún lugar del cuerpo. Recordó que una vez había visto en la tele a un filósofo que aseguraba que el dolor se podía tocar y que por algo las personas que sufren se agarran el corazón con fuerza, como si lo quisieran expulsar. Y ya empezaba a sentir que se mimetizaba con los personajes del filósofo y hasta se tocó un poco el corazón cuando su amigo le recordó que tenían que trabajar y que ese horario previo al mediodía era ideal.  

No habían avanzado ni la mitad de lo que tenían que escribir cuando ella apareció por la confitería, porque, aunque él creía dominar todo con un simple golpe de vista como si fuera un panóptico de pronto la veía aparecer, esta vez, lo más probable, en busca de agua caliente o café. Él le hizo una seña de que se acerque y le presentó a su amigo, a quien no conocía. -Cuidalo que tiene mal el ojo -dijo ella mirando a su amigo y luego a él. -Tomemos un mate a la tarde, no seamos ridículos-, fue su frase final mientras él asentía con la cabeza y hacía una mueca con la boca que ella no llegó a ver porque ya empezaba a perderse en el camino que serpenteaba alrededor de la pileta. -Decime algo -le dijo a su amigo, el esoterista. -Andá a tomar mate con la capricorniana– se apuró a decirle el amigo no como un consejo sino como una estrategia para traerlo de la mirada perdida en esa figura que su miopía ya tenía fuera de foco. Volviendo a la mesa con heladeritas le escribió a otro de sus consultores amigos, el poeta, que estaba en el día a día de sus dolores recientes y le devolvió un globo por elevación: -Si no te volviste, andá. Hay que pensar en la palabra cambio. No sabés qué hay ahí. 

Era fácil para los dos verse y hacer contacto visual si querían, porque no estaba el habitual gentío que los podía ocultar ni otros grupos con los que ella podría haber ido a charlar, gran pasión paradójica de una solitaria como ella

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Ya a la tardecita, en esa hora que el almuerzo cede a las siestas sobre el pasto, cuando su amigo se dormía y las otras parejas desaparecían en cosas que no tenía ningún interés en averiguar, hizo unos metros hacia los vestuarios y al volver la vio aparecer ahí, parada, como si lo esperara aunque sabía que no. -¿Caminamos? -él no le contestó y la miró debe ser que con amor porque ella se apuró a aclarar: -Si me prometés que no me vas a intentar chapar, vamos a caminar -dijo, advirtiendo, quizás previniendo algún embate, y hasta pensó si ese no, en verdad, escondía un sí, un hacelo, un animate de una vez, pero calculó que si ella le sacaba la cara la herida hubiera calado demasiado hondo, no había modo que no lo sintiera como una estocada.

Doblaron el caminito de piedras, avanzaron hacia la zona de las canchas y de pronto lo miró: -A verte los ojos… Él se sacó los lentes algo chuecos de tanta patilla inhábilmente enderezada. Ella se detuvo en la aureola roja que le envolvía el ojo derecho como una nube, como un blackout escarlata y arterial o una manta que ocultaba ese verdor que él sabía que a ella le gustaba. Pero ahora que ella le miraba los ojos y que él veía los de ella, de un celeste acuoso y transparente, esos ojos que había mirado tantas veces, con los que se había acostado y despertado, en los que se había perdido tantas veces, que tantas veces había visto achinarse con esas risas que lo contagiaban, que tantas veces habían delatado cómo mira una persona enamorada y otras tantas veces, siendo los mismos, del mismo color, con la misma forma de lágrima acostada se habían vuelto de una serenidad rabiosa, ahora que le miraba los ojos extrañó ese gesto, natural y cotidiano, de tocarle la cara. Deseó que lo hiciera, pero mantuvo esa distancia, quizás porque ya no había en ella el amor que él quería que todavía estuviera ahí, agazapado e intacto, invicto a todo el daño al que lo habían sometido durante años de peleas y llantos, esperando una señal para hacerse ver. Él no se animó a cruzar la interdicción, por miedo al despecho o porque sintió que ese fuego ya no ardía, porque esperaba un impulso de ella, ése que había irrumpido tantas veces, ese deseo de tocarlo y darle un beso sonoro y abismal, esos besos que no miden nada porque traen la fuerza que voltea al pensamiento como una ola. Él sintió que si daba ese paso y la besaba quizás pasaba esa frontera y ese glaciar que se había instalado entre ellos se resquebrajaba y se caía a pedazos, pero no como si el beso lanzara una dinamita sino como si lo rociara con una llamarada de fuego. Tuvo una imagen mejor: lenguas de fuego. Algo flamígero y erótico. -Tenés que hacértelos ver -y esa frase cortó el flujo de imágenes como un cuchillo de realidad y lo devolvió al camino, las piedritas, el lago artificial.

Caminaban como personas ajenas al tiempo o como si el tiempo no existiera y fuera todo de ellos, y él pensó que ese tiempo paralelo era el modo más perfecto de imaginar a dos enamorados, aunque ellos fueran los fantasmas de dos enamorados, alimentados a recuerdos que no se decían. Ella habló de las hojas de los eucaliptos y fue hasta la acequia, que ya empezaba a recibirlas como si se les hubiera adelantado el reloj del otoño y caminó chapoteando entre las hojas, que crujían y se hundían bajo su paso, acelerado y feliz de oír el propio ruido que producía. Él la miró hacer y disfrutó de verla reírse como una nena probando un instrumento nuevo y disonante, festejando que se le vaya la cabeza, para usar una expresión que repetía cada vez que recuperaba el verde de su infancia. Quizás si hubiera estado escondido, y no a la vista de ella, él hubiera dejado que unas lágrimas tímidas le nublaran la vista, si total ya la tenía nublada, así que el rojo apenas desteñiría un poco, pero no podía permitir que se vieran y las reprimió, y esperó que ella salga de entre la hojarasca y vuelva al pedregullo. 

Él arrancó una hoja de su libreta y ella la puso debajo del lapicito. Una leve brisa se despertó de golpe y hacía viborear la hojita y él se quedó con la vista clavada ahí, mirando cómo se agitaba uno de los bordes, mientras se daban el beso de la despedida

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Dieron una vuelta larguísima y él quiso creer que eso indicaba algo, que ese algo que los sujetaba no eran solo las raíces del pasado, nudosas y visibles como las de esos árboles añosos, que a los dos les gustaban. ¿Cómo saber a qué tiempo pertenece un sentimiento, si el futuro es el más importante y el único que no conocemos? -Vamos a estar bien -dijo ella y le dio unos golpecitos en el pecho, que a él le parecieron insoportablemente castos, antes de volver al libro que la esperaba. Él se sentó en la mesa larga, todavía con los manteles y las ensaladeras con frutas y los platos con restos de comida, como en una naturaleza muerta pintada por un pintor sin talento, y en vez de quedarse ahí sin pensar una vez más se dejó vencer por la ansiedad y le grabó varios audios entrecortados a su amigo, el poeta, que igual estaba en un asado y tardaría en oírlos, poniendo a prueba su necesidad de evaluaciones inmediatas. -Ella se fue y yo me quedé con la sangre en el ojo -pensó y por única vez en todo ese día pudo reírse de lo que sentía.

Ya en las últimas horas que quedaban de luz apareció caminando por la zona de él, si es que puede hablarse de espacios protegidos, o que fueran de cada uno, en ese parque que de tan vacío él pensó que no estaba lejos de ser un set todo para ellos. Y aunque tenía un café en la mano ella le dijo de ir a tomar un café. -Ya tomé mate -dijo él y ella acotó: -¿Ahora tomás mate…? Y ahí él le vio los ojos, más acuosos, como si el celeste se hubiera derretido, aunque ese día él prefería decir “derramado”, y ella le contó, con la voz temblorosa y casi sin poder completar las frases, del llanto por teléfono de su madre por el primer cumpleaños del padre sin el padre. Y la imitó y se largó a llorar y él la abrazó, y quiso que ese abrazo atravesara la eternidad. Cerró los ojos y sintió que ese abrazo era los mil abrazos que le había dado y los mil que se había negado a darle, los mil que habían entrelazado y los mil que no supo darle y quizás hubieran atenuado o disuelto cientos de peleas y discusiones. El cuerpo de ella hacía mucho que no estaba tan cerca, a tan pocos milímetros bajo el vestido negro y suelto. Dos cables sueltos que de pronto miden la persistencia de la chispa. ¿Era eso lo que persiste? ¿Eso que está demasiado cerca? Lo estremeció un deseo que meses atrás no hubiera podido imaginar que renaciera, cuando las peleas parecían su único territorio en común, lo que los mantenía juntos apenas, como esos puentecitos desvencijados y medio temblorosos, que siguen uniendo, pero es mejor no pasar por ahí porque en cualquier momento se desploman. Deseó que los breteles del vestido resbalaran y cayeran y tenerla apretada desnuda contra su pecho. -Perdoname por hacerte esto -le dijo y se secó las lágrimas, que él hubiera querido que fueran a parar a su remera polo, pero ella eligió regalárselas a su propio vestido. Esa fragilidad lo depositó en una estrofa de ese poema de Cummings que amaba, el de las manos más pequeñas que la lluvia, y esa estrofa sobre la fragilidad se le vino encima hasta invadirlo:  

Nada que hayamos de percibir en este mundo iguala

la fuerza de tu intensa fragilidad, cuya textura

me somete con el color de sus países,

representando la muerte y para siempre en cada respiración.

Ella se apartó de él: -Andá a jugar que te esperan. Ahí recién se dio vuelta y vio a su amigo que le hacía señas para jugar al tenis con ellos y él no tenía idea de cuánto llevaba ahí esperándolo porque no había visto nada, cómo iba a ver algo si tenía los ojos cerrados. Se acercó corriendo y su amigo le preguntó de qué habían hablado. -Me preguntó por el ojo -dijo él y se la dejó servida a su amigo, el esoterista: -Hay algo que no querés ver. Los ojos inundados, pero inundados de qué, de ese todo en el que navegaban y convivían el dolor, la lágrima y la sangre cubriéndolo sin miedo, atropellándose, tapando el iris como si fuera un amor que no se quería ir, que se había estacionado en esa cortina roja, en ese velo que él quería y no quería correr. Los ojos, también los del poema de Cummings, esos ojos que tenían su silencio, la voz de esos ojos más profunda que todas las rosas… -¿Y? ¿Venís? El llamado lo hizo apurar el paso para alcanzar a su amigo. Creyó que un poco le dolía el ojo, pero no supo cuál de los dos derrames era el que le dolía.

Quizás durmió uno de esos sueños intranquilos de los que nos despertamos con la sensación de estar en el mismo lugar y comprobar que solo pasaron cinco minutos

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Era casi de noche y la vio ya de azul, leyendo, forzando la vista como tantas veces en las que la pasión por leer la hacía olvidarse de todo, hasta que sus ojos ya no resistieran una luz como ésa que se iba tragando el anochecer. Los ojos, esos ojos con derrame de celeste agua. -Vení, sentate. Él se cruzó de brazos y no pudo sostener la mirada cuando le dijo que se volvía con sus amigos en auto: –Así no tenemos que ir juntos en la combi. Ella asintió con la cabeza y le hizo un pedido: -¿No tenés un papel para escribir? No traje nada. Él arrancó una hoja de su libreta y ella la puso debajo del lapicito. Una leve brisa se despertó de golpe y hacía viborear la hojita y él se quedó con la vista clavada ahí, mirando cómo se agitaba uno de los bordes, mientras se daban el beso de la despedida. Caminó un rato hundido en momentos y frases de ese día cuando lo envolvió un sonido que no se decidía entre el bramido y el zumbido, un ulular grave y penetrante, y no alcanzó a taparse los oídos que cientos, miles de hojas secas le revolotearon alrededor como si lo hubieran elegido para una danza, a la vez amorosa y frenética, acercándose y alejándose, como ellos. No debió durar más que unos segundos, hasta que el jardinero se sacó los auriculares, bajó la aspiradora y le hizo un gesto de disculpa. Cuando él llegó a su casa encontró un mail de ella en su casilla. Le agradecía la caminata y el abrazo y terminaba diciéndole que en la hojita había escrito un poema.

La hora del lobo