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19 de julio de 2026

19 de julio de 2026

19 de octubre de 2025

LA RESERVA ERÓTICA (DE LA PATRIA)

Cynthia Berguier & Gabriela Carpineti

FE
Tiempo de lectura: 8 minutos

                                               A Manuel y Francisco, padrinos de esta conversación

1.

Una mañana calurosa de octubre compartimos un bautismo en una Iglesia de Mataderos. La escalinata blanca fue el punto de convergencia de la escena familiar: vestidos de sábado, olor a perfume, pelos electrizados por la humedad. Los chicos juegan, los adultos conversan, el fotógrafo pide que nos juntemos para la foto. El padre Leo reúne a los participantes del ritual, repasan las acciones, ajustan detalles. Entramos. Ahijado y sobrinos van a ingresar al universo polifacético de la fe cristiana. Y nosotras, paradas en el medio del agujero negro de un tiempo todavía indescifrable, elipsis en el relato que algún día va a contar el pasaje de un mundo a otro, somos asaltadas una vez más por las preguntas fundamentales.

Escuchamos al cura con diferentes oídos. Una viene de lejos en el culto cristiano, con sus idas y vueltas, sus conversaciones íntimas y abismales con ese interlocutor primero al que llamamos Dios. La otra, divorciada hace tiempo de los dioses laicos de su tradición, observa huérfana y atenta, como quien examina una piedra buscando en ella las huellas del big bang. Una va a ser parte activa del ritual, activa en el sentido literal, porque no se va a limitar a seguir los pasos señalados por el guión, va a tomar la palabra invitando a otros a hacer lo propio, colmando de sustancia la cáscara de las formas. La otra va a presenciarlo desde el banco en una observación productiva. “La fe es un regalo que le damos a nuestros hijos”, dice al tomar el micrófono. “Tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños de la fe”, responde una voz interior.

En esa alianza -entre al menos dos- de segundearse, también vive la oportunidad de la fe como acto erótico: inventar mundo con otros cuando la caída de los ideales nos lleva puestos

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Terminada la ceremonia, nos saludamos como conocidas de un mismo canal y nos pusimos a charlar sobre las palabras del cura. ¿La fe es representación o autorrepresentación? Una de las dos ensaya una hipótesis: “es como la contracorriente de la política moderna, la fe hoy vuelve a funcionar más que la política de la representación, porque no te vende una solución, dada por un otro, que además no llega. La fe es autoayuda, se representa a sí misma en cada persona. Es puro emprendedurismo, con antivirus en lo ancestral”. Pero, seguimos pensando, la fe existe en una comunidad que la significa y la ordena. La intimidad de la fe requiere de un pacto ficcional previo y colectivo, la aceptación de nuestro mito comunitario que le da nombre y relaciones de causalidad a los personajes de nuestro esquema constitutivo. El hombre se llama Adán, la mujer, Eva, la madre, Virgen, el hijo, Salvador, el padre, un embrollo que se debate en habladurías silenciosas.

Sagrada Familia , El Greco (1595)

2.

El eslabón perdido del cristianismo es el progenitor de Jesús. Ese es el primer gran desplazamiento, del cual derivan todos los demás en efecto dominó. La operación de corrimiento del padre santifica a la madre: sin padre biológico no hay coito. Inseminación artificial. Vientre subrogado. Yo soy inocente, dice la madre. Y en esa inocencia, su cuerpo pierde la voluntad que lo enciende y se transforma en un ente pasivo, receptor. Por eso a lo largo de los siglos se representó mayormente a las vírgenes completamente tapadas, dejando sólo libre la cara. Pero un cuerpo perdido o tapado, es un cuerpo que primero existió y luego se suprimió. Entonces en la forma que asume el acto de supresión está la punta de ovillo desde la cual se puede tirar para desarmar el tejido.

Son bastante conocidas las sugerencias que se arman con las telas que cubren los cuerpos de las vírgenes. Pero no todas se representaron siempre completamente cubiertas. Las vírgenes nutricias, o vírgenes de leche son motivos de larga duración en la iconografía cristiana. Vienen desde las catacumbas y tienen antecedentes en culturas anteriores. En su mayoría, se trata de pinturas de vírgenes amamantando. Estas imágenes vuelven a dotar de vida el cuerpo de la virgen, que deja de ser solamente un escenario en el que se desenvuelve el suceso místico (madre lugar, madre iglesia, madre casa, madre cosa), para pasar a ser un cuerpo que produce su propia sustancia propagadora de la especie. Y que, además, la suministra en un acto de amor físico. Un acto que transporta al hijo al paraíso. ¿Cuál paraíso? El intrauterino. Trance interdimensional. Si hay un lugar, entre todos los que alguna vez habitamos que sirvió de modelo para diseñar el jardín del Edén, ese es el útero materno. Lo Uno de Plotino, causa de todo lo que existe.

La lactancia de San Bernardo. Manuscrito iluminado

Las pinturas de vírgenes amamantando también revelan otras potencias. En esas imágenes asoma la desnudez y en ese desliz, los cuerpos femeninos santos son investidos de erotismo. En el catálogo de La seducción fatal (muestra sobre el arte erótico del S XIX en el Río de la Plata) Horacio González hace referencia a una de estas, la Virgen de Melun, de Fouquet, y dice: “se podría considerar el erotismo como una cobija corrida (…) que en vez de atiborrarse del acto de cubrir, se sitúa en la frontera de lo velado, ocultando y desocultando a la vez”. La virgen es un motivo erótico. Su sexualidad la define, le da el nombre. Y a la vez nos repite en loop la pregunta de la suspicacia: ¿Se encamó con José? No, no, es virgen. Por algo el revés de la evocación a la divinidad frente a un suceso extraordinario (¡Dios mío! o ¡Por Dios!), es ¡La puta madre! El insulto más argentino de todos. Ahora ella se descubre el pecho. Después lo volverá a guardar. Pero ya vimos, corroboramos lo que ya sabíamos: debajo de tantos trapos, de tanta santidad, está su cuerpo.

Hay también otras versiones de vírgenes nutricias en las que se muestra a María rociando al pueblo o a algunos santos con su leche. Quizás el caso más curioso de todos estos, que además fue bastante iconizado a lo largo de la historia, sea el de la lactancia de San Bernardo. Parece ser, según el propio San Bernardo de Claraval (1090/1153), que la virgen se le apareció en sueños y desde lejos le tiró un lechazo en la boca que lo dotó de cualidades místicas (podemos pensar incluso que ahí se fundó ese motivo tan recurrido de nuestro imaginario erótico). Lejos de aquella madre quieta y tibia, pasiva incubadora, esta virgen tiene superpoderes: con su sustancia y su voluntad vuelve santo a un fulano del montón. Leche mágica es el mito fundacional de San Bernardo.

Aquella virgen de Fouquet que menciona González, ilustró la tapa de la primera edición de La Cosa y la cruz, un libro en el que Rozitchner desmenuza las Confesiones de San Agustín. Esa tapa fue probablemente la mayor vidriera local que tuvo esa pintura, hecha por un francés en el siglo XV. En ese libro Rozitchner analiza la arquitectura que elabora San Agustín en su propia biografía, para suprimir el cuerpo materno a imagen y semejanza de la supresión originaria (la santificación del cuerpo de la virgen). Él también desplaza a su padre físico y al hacerlo, vuelve santa a su madre. Se encomienda a su padre espiritual fantaseado por su madre y dice beber, en la leche materna, la leche espiritual de su Padre con mayúscula. Un padre sin cuerpo, Dios de palabras. La leche de su padre espiritual es la palabra dura del padre, su ley.

San Bernardo y la virgen. Alonso Cano (1656)

3.

La biblia es como una de esas películas contadas desde muchos puntos de vista, tipo Pulp Fiction, pero con un montajista colectivo y transtemporal: cantidad de concilios y tratados en los que se fue debatiendo qué evangelios dejar, cómo traducir ciertas palabras, imágenes sí o imágenes no, es decir, cómo armar el paquete. Y la lecheaparece mencionada muchísimas veces, desde muchísimas voces, como leche materna y como leche espiritual. La leche espiritual pura a la que se hace referencia es muchas veces asumida como la palabra, alimento materno: el lenguaje y sus significaciones.  

Estas imágenes vuelven a dotar de vida el cuerpo de la virgen, que deja de ser solamente un escenario en el que se desenvuelve el suceso místico (madre lugar, madre iglesia, madre casa, madre cosa), para pasar a ser un cuerpo que produce su propia sustancia propagadora de la especie

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Pero la palabra también es pregunta. Esta semana estuvimos otra vez regados de tragedia. Nos taladra la conciencia esa lluvia, nos llena de cuestionamientos sobre cómo carajo estamos armando la vida en común. Cuerpos de mujeres suprimidos, vidas eliminadas que dejan su halo de vacío. Uno de los casos fue el doble femicidio. Entre todas las preguntas urgentes que dejan las secuelas del horror, una: ¿quién criará a ese niño? Su padre mató a su madre y a su abuela. Entonces aparece otra mujer: la otra abuela, que dice “yo”. Y jura que no tendrá vínculo con su hijo femicida. Todo roto. ¿Cómo se reconstruye la fe en la vida de ese niño cuando no queda palabra, alimento materno, para entender por qué? ¿Cómo encontrar en las formas que asumen esos actos de supresión, la punta del ovillo que nos permita desenredar este espanto?

En las últimas semanas la vida en Argentina padece de consumo problemático deescenas de terror en tiempo real. No alcanzan las horas del día para seguir la trama que llega minuto a minuto. A diferencia de esa novela icónica de Juan José Saer Nadie nada Nunca, donde matan caballos bajo la modalidad del crimen perfecto, acá vemos todo a la luz de las pantallas: la masacre de mujeres, semana a semana. Varones ensañados con cuerpos de mujeres que desaparecen por días y aparecen destrozados. Los mantos que tapan esos cuerpos son las bolsas de la morgue. Matanzas que avanzan como en una invasión de fantasmas. La obscenidad del cinismo y la violencia explícita de varones que hoy son régimen de gobierno. Erotismo gore.

“El apocalipsis ya comenzó. Ser piba es estar en guerra. La ciudad está invadida por zombies, los que aceptan, los que entregan, los que obedecen, los que saben qué está bien. ¿Cómo educar en medio de la batalla? (…) El apocalipsis es una evidencia, pero también una oportunidad única. Se trata de activar una educación para el fin del mundo, habrá que encontrar como hacer mundo”, así arranca, con tapa fuxia y negra, el librazo Eduqué a mi hija para una invasión zombie, de Diego Valeriano. 50 páginas que leés en 50 minutos sin desperdicio. “No se educa, no hay cómo hacerlo, no hay que hacerlo. Se segundea. Se construye un lazo tan fuerte como estar en las que hay que estar”, escribe Valeriano, en un testimonio de padre que deserta de la pulsión de bajar línea, pero nunca abandona a la hija frente a mundos acechados de peligros y sembrados de maravilla, que habrá que transitar. En esa alianza -entre al menos dos- de segundearse, también vive la oportunidad de la fe como acto erótico: inventar mundo con otros cuando la caída de los ideales nos lleva puestos.

Reconstruir un mundo sobre los escombros. Eros, eterno dios del impulso vital frente a tanta muerte. También vamos a necesitar de la buena leche espiritual como reserva en este apocalipsis: palabras que no sean santas, que no tiren la justa, que no bajen línea, que compartan lo que vivieron, que no enseñen lo que no saben. Palabras que sean preguntas.

Educación en la fe de acompañarnos. Una fe que interpele y asuma riesgos. Compromisos de la convivencia, arrojo. Fe como preguntas que formulamos juntos. Pero también formular preguntas sobre la fe. Cuántos sentidos posibles encierra esa palabra inscrita desde hace milenios en una tradición institucional. Al fin de cuentas, todo cae en el mismo barro problemático y febril: la fe puede ser el motor crujiente de esta vida, pero también una trampa moral para nuestro entusiasmo. Inventar para la fe un objeto siempre desconocido, invocar a la fe como curiosidad en marcha, como esas ganas rabiosas de que la cosa funcione, que el mundo se abra, que la vida florezca. Esa reserva erótica que nos embriaga la charla, alucinando escenarios fértiles en donde recibir a los que llegan y empaparnos de su sustancia nueva. Porque todos son nuestros hijos. Porque somos hijos de nuestros hijos.

(Imagen de portada: La Virgen y las ánimas del purgatorio, Pedro Machuca. 1517)

FE