16 de julio de 2026
Hasta la semifinal, España parecía un equipo de oficinistas eficientes: nadie le hacía un gol, cuidaban la pelota hasta la obcecación, le costaba el gol, todo en un plano de eso que algunos llaman solidez y por momentos de tanto hacer la plancha te planchan los ojos y te quedás dormido y al despertarte la tiene el mismo jugador en el mismo lugar de la cancha. ¿Qué es el gol, para España? Una consecuencia de tener la pelota, nunca una obsesión.
Como si el choque hubiera sido diseñado por un guionista de Marvel, del otro lado el exacto reverso: Francia. Aceleración para que “los tres genios” resuelvan con ese talento de los grandes jugadores de pensar a velocidad supersónica. Nadie logró despeinarlos y la vez jugaron los primeros seis partidos con una actitud más colonial que imperial, sobrando a los rivales haciéndoles saber que ellos desembarcan en la cancha con la misma arrogancia con la que antes desembarcaban en Argelia, Túnez y hasta a los que te aparecen y creíste destruir, como Senegal o Marruecos. (Queda para otra ocasión pensar por qué los nietos o bisnietos de aquellos países azotados y masacrados, como Mbappé, asumen esa misma actitud colonial.) ¿Qué es el gol, para Francia? Una consecuencia del vértigo.
Es extraño: todos sabíamos cómo juegan estos dos equipos con una identidad tallada a fuego. Y así y todo ese debate conceptual definió todo: el trabajo aparentemente sin brillo del mediocampo trituró el rapto del brillo vertical. ¿Qué fue de la genialidad? España ganó porque tuvo a los genios de la ubicación y el espacio, esos cracks que son Rodri y Fabián Ruiz, que producen receptores siempre, cualquiera sea el lugar de la cancha, porque posesión y posición se pronuncian casi igual. Rodri, por otra parte, parece un jugador de otra época, esos de los que se decía que la pelota parece ir siempre a donde él está. Todo es asociado y por eso el gol llega como consecuencia y no tiene goleadores y así los puede hacer cualquiera. Dicho de otro modo: ¿qué es una pared, en fútbol, sino la forma más pura del juego en sociedad? (Hay que ver el segundo de España. Para el diccionario subjetivo del fútbol: una pared en ataque es belleza, una pared en defensa es tenencia.) De la Fuente parece ordenar el trabajo, pero en ese liderazgo del silencio sabe que hay lugar también para el genio latente, Lamine, como si dijera: todo trabajo es para producir sociedades, pero toda sociedad necesita al menos un inventor, aunque sabiendo que el brillo en fútbol se da por momentos (salvo que tengas a Messi, que creó ese imposible que es el brillo permanente). Deschamps en cambio cree que se puede jugar sin mediocampo, porque enlentece, amodorra el ataque, pospone la explosión de “los tres genios”. Calcula que al tener ni uno sino tres (no solo Mbappé sino Dembelé y Olise) la posibilidad de que el genio aflore todo el tiempo es altísima pero no entendió que siempre lo importante es la pelota. Y la pelota fue de España desde que inventaron ese laboratorio para cuidarla llamado La Masía y que eso termina siendo una revolución a futuro mucho mayor que producir un cambio de tallas y destrezas derivados del melting pot simulando la amnesia post-colonial.
España y De la Fuente honran la pelota y la simpleza que parecía ser un mero aburrimiento hasta la semifinal, donde se volvió una construcción, un trabajo (felizmente, no en un sentido bilardiano), una aparente mecanización que encubre un respeto por lo artesanal. El espectáculo del fútbol como juego colectivo sin malas artes (por eso Guardiola elogia siempre al gran Marcelo Bielsa). Da la sensación de que son piezas de un engranaje, intercambiables (¡y tienen a Pedri y Merino en el banco!), pero esa idea no le hace justicia, porque parece convertirlos en obreros toscos siendo que todos son jugadores exquisitos. Enfrente, Francia y Deschamps, como en el 2022, no supieron pensar al rival, como si otra vez tropezaran con su exceso de confianza en el talento desmesurado de sus jugadores por sobre la pelota (iba a escribir soberbia en lugar de confianza, pero no lo voy escribir). Terminó todo con el olé en vez del allez aunque se pronuncian casi igual, pero se perciben muy diferente.



