19 de julio de 2026
Vivo en España desde hace veinte años. Lo digo y no me explica nada. No aparece una historia que lo sostenga. Me quedé. Ahora tengo hijos de acá. Y una abuela nacida en un pueblo que nunca fue suyo.
Hace unos meses con mi pareja decidimos viajar con los hijos por el norte en coche. Pocos días después caí en la cuenta de que pasaríamos a menos de una hora del pueblo de mi abuela materna: el Valle de Finolledo, en El Bierzo, provincia de León, en la frontera con Galicia. Apenas lo pensé empecé a imaginar la llegada como una escena.
Me vi llorando, arrodillado, agarrando un puñado de tierra, murmurando algo mirando al cielo. Quería que mis hijos me vieran así, en estado de gracia. Quería convertirme ahí mismo. Descubrir un orden, algo que no sea psicológico ni optimizable. Algo que venga de afuera. Un gesto de desesperación elegante.
Camino al norte pasamos por Burgos y frente a la Catedral compré un rosario fluorescente en una tienda de souvenirs. Le mandé una foto a mis padres por WhatsApp con el rosario y el texto: “me convertí al catolicismo”. Mi madre respondió: “un club deportivo y una religión, así hay que criar a los hijos, lástima que lo descubro ahora”.
Nos entendimos.

Once días después dejamos atrás Galicia y entramos en León por carreteras que atraviesan la Sierra de Ancares. Bosques densos. El aire cambia. Cruzamos el río. El camino desciende y el pueblo aparece en la ladera: piedra, pizarra, restos de molinos.
Todo es hermoso.
Fue llegar y sentir “no me pertenece”. Pregunté por la calle si alguien recordaba a mi abuela o a su familia. Me llevaron con un hombre de ochenta y cinco años. Mi abuela nació treinta años antes que él. No tenía idea de quién era Casilda.
—Álvarez somos todos aquí, me dijo.
Caminamos. Miraba las casas. Intentaba imaginarla bajando al río, caminando kilómetros, cargando agua. Me gustaba la idea del origen agarrado a una ladera, de una vida más chica. Me gustaba, especialmente, la fantasía de que esa vida me explique algo.
Pero no soy de ahí. Ni siquiera mi abuela lo era.
Fui a buscar un origen y encontré una fuga. Viajé en busca de una conversión y encontré un dato de ADN argentino: mi historia, como tantas, no está hecha de raíces quietas sino de desplazamientos
Se fue con trece años, después de una paliza de su padre. Huyó a Buenos Aires. Ahí hizo su vida. En Argentina amó, crió hijos, tuvo nietos. Mi abuela era argentina.
Fui a buscar un origen y encontré una fuga. Viajé en busca de una conversión y encontré un dato de ADN argentino: mi historia, como tantas, no está hecha de raíces quietas sino de desplazamientos. Cada uno hace patria donde puede. Y aun así, yo seguía deseando un suelo.

Desde hace un tiempo, cada vez que escucho música dedicada a Dios, lloro. No es lo único que me conmueve -la música de mi infancia también me quiebra, casi siempre por nostalgia- pero esto es distinto. No es el pasado, es la idea. Gente cantándole con esa pasión a su fe, que los ordena y sostiene.
Quienes creen y cantan lo hacen con una entrega absoluta, sin distancia. Me conmueve esa entrega. Me conmueve, también, saber que yo no puedo alcanzarla.
Creé una lista en Spotify llamada God donde acumulo temas para llorar cada tanto. Es un gesto miserable y contemporáneo: programar la emoción, abrir esa compuerta con un botón. Esta ridiculez delata algo de época: hoy incluso la tristeza pide interfaz. Lo que antes era plegaria ahora es playlist; lo que antes era silencio ahora es contenido; lo que antes era culpa ahora es una métrica.
La hipermodernidad nos entrenó para el perfil y la performance, para estar actualizados, para ser legibles, para producir señales. Pero no nos entrenó para pertenecer. Nos vendió audiencia y nos quitó arraigo
No llega como llegaba en la novela vieja -un hombre que abandona su vida y se busca una novia de veinte, se compra una moto, o más recientemente, se compra un bitcoin-. Llega como una suma de pequeñas pérdidas de soporte. Alcohol y drogas que ya no perdonan como a los veinte. Padres que envejecen y dejan de ser techo para convertirse en preocupación. Trabajo que ya no organiza la identidad. Una época que exige estar siempre disponible, siempre visible, siempre optimizado, como si la vida fuese un sistema que se regula a fuerza de ajustes.
Esta crisis no es de miedo ni de sentido. Es identitaria. En el sentido doméstico y feroz de “¿de qué estoy hecho?”. La hipermodernidad nos entrenó para el perfil y la performance, para estar actualizados, para ser legibles, para producir señales. Pero no nos entrenó para pertenecer. Nos vendió audiencia y nos quitó arraigo.
La identidad no es una esencia oculta que se descubre. Es un relato en construcción, siempre inacabado, que cambia con cada pérdida, con cada revelación. Lo que llamamos “ser alguien” no es más que el último borrador de esa historia. Y en algún momento el borrador empieza a tener demasiadas tachaduras.

Necesitamos que nos miren. No por vanidad: por biología. El bebé necesita mirada para existir. De grandes seguimos buscando lo mismo en la pareja, el trabajo, las redes. Mientras tus padres están vivos, alguien te sostiene como se sostiene un origen. Cuando se van, aparece una forma nueva de anonimato. No el social: el íntimo.
La muerte de los padres es el ascenso que nadie desea. Dejar de ser hijo y pasar a ser el próximo. Ya no estás protegido por la idea de que los viejos se ocupan del mundo. Vos sos el viejo.
La abuela fue anterior a todo eso. Su mirada no administraba ni educaba ni pedía. Solo confirmaba: estás acá. No te perdiste. Y esa confirmación, una vez que desaparece, no la reemplaza nadie.
Cuando se carece de identidad definida, se la afirma por la negativa. No se dice “yo soy”, se dice “yo no soy”. Y en esa operación, el otro se vuelve un objeto que hay que rebajar para quedar un poco más alto. Si no tengo raíces, invento superioridad. Si no pertenezco, descalifico. Si no me sostiene nada, me agarro de una identidad de combate. Así de polarizada está la época líquida.

En este clima, “patria” se volvió una palabra incómoda, sospechosa. Fuimos criados bajo dogmas iluministas, progresistas, globalistas. El que ama la patria es chauvinista. Nos desvinculamos de la idea.
Pero la patria es mucho más que nacionalismo. En su versión íntima no es geografía ni Estado ni leyes. Es herencia. Es patrimonio emocional. Lo más valioso que recibiste, lo que te precede y te sostiene. Y ese patrimonio, si está vivo, no se conserva como reliquia. Se transmite, se deja crecer.
Mis hijos son catalanes de nacimiento pero se jactan de ser argentinos. Ni su madre ni yo inculcamos ideas patriotas. Con los años adoptaron el acento argentino solos. Por imitación, por escucharnos hablar entre nosotros, por los abuelos. La identidad viaja sola.
Viví 24 años en Argentina y 20 en España. No tengo una bandera como patria. Tengo el recuerdo de una buena abuela. Y la patria es la abuela porque la abuela es el primer lugar donde uno fue mirado sin condiciones. El amor de una abuela no juzga, no espera, no exige. La buena abuela solo está. Y ese estar es prueba suficiente de que uno está ahí.
Lo que antes era plegaria ahora es playlist; lo que antes era silencio ahora es contenido; lo que antes era culpa ahora es una métrica
Cuando era chico, iba a la plaza a jugar al fútbol durante horas. Cada tanto me invadía el miedo a quedarme solo, a que el mundo se hubiera ido sin avisar. Miraba alrededor buscando arraigo. Y ahí estaba siempre ella, mi abuela Casilda. A veces no hacía nada. A veces solo miraba. Pero su mirada decía: estás acá. No te perdiste. No te vas a perder.
Su muerte fue más que una muerte, fue un derrumbe. Y Finolledo se me representó como una posibilidad de recuperar algo. No su vida -prácticamente la desconocía- ni su legado en sentido clásico -no dejó herencia material, apenas había terminado primer grado la pobre vieja- sino el clima de pertenencia. Algo anterior a mí que, por un instante, me ordenara.
La fantasía de la conversión en Finolledo era esto: que mis hijos vieran que hay algo más grande que yo. Que también puedo arrodillarme ante algo. Que no todo depende de mi control, de mi razón, de mi identidad. Quería un gesto de humildad que, aun siendo escena, no fuera pura actuación. Y también quería que me miraran. Y eso es lo más honesto y lo más patético de esta crisis: incluso la búsqueda de Dios puede ser una búsqueda de escena.
La crisis de los cuarenta no es, como se la solía vender, un deseo de juventud. Es el fin de la improvisación. El fin de la idea de que el mundo te debe tiempo. Y en ese desamparo, lo que se extraña no es ser joven. Es tener identidad sin tener que fabricarla a cada minuto. Es tener suelo.

En el cementerio de Finolledo no encontré su tumba. Tampoco había ido a buscar una piedra. Fui a confirmar algo.
No lloré. No me arrodillé. No hubo epifanía.
Hubo otra cosa.
No una salida. Un suelo.
Rindo homenaje con estas palabras a mi abuela Casilda y a Marta, la abuela de mis hijos.
Estoy escribiendo una novela. Si esto te importó, seguime en Substack.




