18 de junio de 2026
Como si fuese el epílogo de esa dulce agonía en Lusail, otra vez pita el árbitro polaco Szymon Marciniak. Termina el festival de la Albiceleste en Kansas City. Hat-trick de un Messi sideral, insaciable, aún insatisfecho con su colosal biografía. Festejamos. La barra se funde en un abrazo. Somos once amigos. Prometemos repetir alineación el lunes contra Austria. Y bajamos la persiana de Capitán Beto, el bar que elegimos como búnker para (sobre)vivir este extraño mundial XXL.
Con Nico volvemos en bici. Él, con la celeste y blanca; yo, de civil. ¿En bici?, se preguntarán. Sí, en las bicis públicas de la ciudad. Rarísimo. Pedaleamos en medio de la noche a nuestras casas. Una especie de Stranger things tardío y tercermundista. ¿Miedo? Nada de nada. El mundial enciende un sentimiento gregario que suspende por algunas semanas los mambos diarios. El cortisol y la adrenalina terminan cuando se apaga la pantalla. Afuera hay paz.
A las dos cuadras, al ver la camiseta de Nico, un rubio artificial interrumpe nuestro diálogo bicicletero sobre la longevidad del Diez. “¡Vamo, Argentina! ¡Vamo Argentina!”, aturde con un grito marcial. La ansiedad de Nico le gana a mis reflejos y le devuelve al pibe, que luce una remera del Diego: “¡Vamooo, Argentina!” No hay raciocinio alguno en el intercambio. Solo dos gritos tribales. Solo dos sapiens confirmando su origen en común.
Ahora, esta zona está plagada de turistas: ¿cómo carajo supo que yo era argentino? Misterio criollo.
Cruzamos la plaza de cemento. Sentados en círculo, pizza en mano, cinco, seis, siete, ocho —no llego a contarlos— chicos susurran sobre el partido. Más cerebrales, rompen el hechizo Messi y analizan el rendimiento de la Scaloneta. Todos llevan la camiseta de la selección. Cada uno con su modelo. Seguimos en dos ruedas.
Pienso en el sillón de casa. Quiero llegar, ducharme, acostarme y darme ese chute infinito de dopamina, viendo los videos en loop y escuchando los relatos de los goles en inglés, árabe, portugués, español, ruso e italiano. Y, por supuesto, empalagarme con De Paoli y Giralt. “Yo doblo acá”, desde atrás, Nico me desconecta con un alarido. Improviso un garabato de saludo con la mano. Continúo.
“¡Vamos, che! vamos por la cuarta, ¿eh?”, atolondrado, me compromete el primer transeúnte con el que me cruzo en soledad. Siempre hay un desubicado, sí, lo sé. Pero también hay lugar para él. Viene incluido en el menú de la fiesta de masas. Con cara de culo, y para no dejarlo de garpe, asiento dos veces. Más no puedo, posta. Bilardo is watching you. La cábala como doctrina nacional. Otra religión laica que nos congrega e iguala. A los de arriba, a los del medio, a los de abajo y a los que no vemos. El Amigo piedra ostenta la camiseta de la selección: trucha, desde luego.
Ahora, esta zona está plagada de turistas: ¿cómo carajo supo que yo era argentino? Misterio criollo.
Más adelante, saludo a un mareado en la boca del subte; entre serio y sorprendido por mi paciencia ciclista frente al semáforo, con un tono tan sincero como compungido, se acerca y se desarma: “Gracias, Messi. Gracias, gracias, en serio”. Mido 1,88, soy bastante morocho y, cuando suelto las harinas y la glucosa, como mucho, atajo. No sé qué habrá alucinado. Con la mirada fija, le pido algo más: quizá una anécdota o un flash existencialista. Qué bien le quedarían esas dos líneas ahogadas de Cadícamo: “¡Bebe! Que el alcohol adormece y que apaga los malos recuerdos”. Pero no hay poesía ni trascendencia. También lleva puesta la camiseta de la selección; creo que es la suplente del 94.
Llegando a la ancha avenida, justo en la esquina del McDonald’s, cuatro cordobesas —que distingo por su contagiosa cadencia— corean: “Muchachos, ahora nos volvimos a ilusionar. Quiero ganar la tercera…”. No actualizaron la lírica, pero todo bien. Agito con la mano derecha, balbuceo algo, espero la luz verde y pedaleo (por ahora, frené en todos los semáforos). Todas tienen pintada la cara. Y, obviamente, visten el uniforme celeste y blanco.
Un detalle geográfico: este texto se escribió en Madrid. O en Buenos Aires. O en Nueva York. O en Río. O en Roma. La verdad, no lo sé. ¿Importa? Poco. A cuarenta años de la mudanza de Borges al otro barrio, me acuerdo uno de los pocos versos que sé de memoria: “La patria, amigos, es un acto perpetuo como el perpetuo mundo”
Agarro la bicisenda. Me aíslo, como no puede ser de otra manera en ese fino apartheid de las grandes metrópolis. Latte, Iphone y bicisenda: la santa trinidad de la posmodernidad friendly. Dejo atrás el centro. Se calma el ruido. Y lentamente la percepción muta en actitud: la calle es nuestra. Hacía tanto que no sentía esto; la calle como una prolongación de mi casa. Como en los años de tierra, raspones y mocos. Como en el barrio, antes de las rejas altas y de saber de memoria el 911. Como en la infancia, cuando mi vieja me decía: “Volvé para la cena”.
Entro al departamento y paso por el cuarto de Íñigo, mi hijo de dos años y monedas. Está desmayado: no llegó ni a ver los himnos. Le doy un beso largo en la frente. Está todo transpirado, casi como si hubiese jugado. Tiene la 10 del Capitán, que le regalaron sus primos cuando lo visitaron y le queda gigante. Algo —no sé qué, o lo sé y prefiero ignorarlo— me humedece los ojos. Vuelvo a besarlo.
Voy a intentar dormir, aunque no creo que Messi me deje. Un futbolista que causa insomnio. Increíble. Otro récord.
Un detalle geográfico: este texto se escribió en Madrid. O en Buenos Aires. O en Nueva York. O en Río. O en Roma. La verdad, no lo sé. ¿Importa? Poco. A cuarenta años de la mudanza de Borges al otro barrio, me acuerdo uno de los pocos versos que sé de memoria: “La patria, amigos, es un acto perpetuo como el perpetuo mundo”. La distancia embellece todo, en particular lo que es esencial.




