19 de julio de 2026
Así como ocurrió con la invasión estadounidense a Irak hace más de 20 años, el ataque israelí al territorio iraní tiene todos los números para generar aún mayor inestabilidad en la región más volátil del mundo.
Desde la perspectiva israelí, el ataque en territorio iraní -que incluyó el bombardeo de infraestructura nuclear y el asesinato de líderes militares y científicos- fue una ofensiva preventiva destinada a acabar con las capacidades nucleares de Irán. Sin embargo, es poco probable que estos ataques logren desmantelar el programa nuclear iraní.
Las autoridades de la República Islámica han construido deliberadamente las instalaciones de Natanz en las profundidades del subsuelo, haciéndolas impermeables a todo, salvo a las bombas más potentes para destruir búnkeres. Israel no tiene capacidad para destruirlas, a menos que reciba ayuda directa de EE. UU.
Por el momento, el gobierno estadounidense se niega a suministrar ese tipo de armamento y aclaró públicamente que, aunque estaba al tanto de la operación, esta fue una acción unilateral por parte de Israel.
Israel necesita arrastrar a EE. UU., pero esto podría tener un costo dentro de la base de apoyo de Trump, quien aún no ha cumplido ninguna de sus promesas de campaña en materia de política exterior
El programa nuclear no puede ser destruido, y Netanyahu lo sabía antes de atacar Irán. Por eso, resulta difícil justificar el carácter preventivo de este ataque, ya que no hubo una agresión directa por parte de Irán y existía un mecanismo diplomático en curso para abordar la amenaza que implicaría que Irán desarrollara un arma nuclear.
Lejos de evitar el desarrollo de un arma nuclear por parte de Irán, la postura belicista del primer ministro israelí podría tener un efecto contraproducente: fortalecer a los sectores más duros del régimen de los ayatollahs que, junto con la Guardia Revolucionaria, concentran gran parte del poder en Irán. Estos grupos podrían endurecer su negativa a retomar negociaciones con Estados Unidos y reafirmar la idea de que el desarrollo de un arma nuclear es la única vía efectiva para lograr la disuasión regional.
Tanto la Guardia Revolucionaria como los sectores ultraconservadores del Parlamento consideran el Acuerdo Nuclear una amenaza directa a su influencia política y económica. Sostienen que Irán no debería restringir su programa nuclear a cambio de compromisos por parte de Estados Unidos, dado que estos pueden romperse en cualquier momento, como ocurrió en 2018, cuando el entonces presidente Donald Trump se retiró unilateralmente del acuerdo.
Además, en otros países de la región donde los intereses de Teherán habían estado retrocediendo, las acciones de Netanyahu corren el riesgo de revitalizar estas alianzas. Es cierto que un abandono por parte del régimen iraní de la vía diplomática sería una victoria parcial para Netanyahu, pero, aun así, no lograría ocultar la debilidad de su gobierno. En las últimas semanas, el endurecimiento de las posturas europeas ante la crisis humanitaria -aunque sea solo una puesta en escena, sin sanciones concretas contra Israel- fue mal recibido por el primer ministro y alimenta la percepción de su creciente aislamiento.
El programa nuclear no puede ser destruido, y Netanyahu lo sabía antes de atacar Irán. Por eso, resulta difícil justificar el carácter preventivo de este ataque
A esto se suma la amenaza de un colapso de su coalición de gobierno. Los partidos ultraortodoxos amenazaron con disolver el Parlamento y forzar elecciones. Aunque la moción fue finalmente rechazada por un estrecho margen, la situación dejó en evidencia la fragilidad de la coalición y la creciente tensión dentro del bloque oficialista.
La estrategia de regionalizar el conflicto aparece como una necesidad para el primer ministro: le permitiría continuar con la destrucción de Gaza, avanzar sobre Cisjordania y mantener dentro de su coalición a los ultranacionalistas religiosos -representantes de los colonos y abiertamente defensores de la eliminación del pueblo palestino- que lo sostienen en el poder.
En la estrategia de Netanyahu también parece haber un objetivo más ambicioso: forzar un cambio de régimen en Irán. El asesinato de altos mandos militares y científicos, junto con un mensaje directo al pueblo iraní para que “se levante contra un régimen malvado y opresivo”, buscó convertir un acto de guerra en una promesa de liberación, al estilo discursivo de EE. UU. en 2003 con su “Operación Libertad Iraquí”.

La situación del régimen iraní no es mucho mejor que la del gobierno israelí. La medialuna shií que tejió durante décadas y que debía protegerlo se fue desintegrando en el último año y medio: Hezbollah, su criatura predilecta, está debilitada por el asesinato de sus líderes militares, la reducción de su capacidad operativa en el terreno y una disminución de su presencia regional. Además, ya no cuenta con un régimen aliado en Siria, un corredor logístico clave para el suministro de armas y apoyo a Hezbollah y otras milicias. Los hutíes en Yemen están enfrascados en su conflicto interno y las milicias shiíes en Irak fueron perdiendo legitimidad entre la población que rechaza la injerencia extranjera.
Esto, sumado a la crisis económica, el descontento generalizado, el abstencionismo electoral en el plano local, llevaron a una pérdida de influencia regional y lo transformaron en un blanco más fácil de alcanzar. A pesar de todo el régimen no está cerca de colapsar, y una agresión desde el exterior puede reforzar el nacionalismo y la resistencia interna contra el invasor.
La postura belicista del primer ministro israelí podría tener un efecto contraproducente: fortalecer a los sectores más duros del régimen de los ayatollahs que, junto con la Guardia Revolucionaria, concentran gran parte del poder en Irán
Para escalar este conflicto, Israel necesita arrastrar a EE. UU., pero esto podría tener un costo dentro de la base de apoyo de Trump, quien aún no ha cumplido ninguna de sus promesas de campaña en materia de política exterior: no pudo poner fin a la guerra en Ucrania en 24 horas, no logró un acuerdo duradero en Gaza y debió recalibrar su política arancelaria. Las tensiones dentro del movimiento MAGA se profundizan: por un lado, históricamente han promovido una postura no intervencionista; por el otro, sienten la necesidad de reforzar su apoyo incondicional a Israel.
Además, las acciones de Israel ya están dañando otros intereses de Trump al elevar los precios mundiales del petróleo y complicar sus relaciones con sus socios del Golfo, que tienen mucho que perder si el conflicto interrumpe el comercio en el estrecho de Ormuz.
Si la pérdida de confianza entre el régimen iraní y el gobierno de Trump es total, el regreso a la mesa de negociación será imposible, hay que ver si en este caso Rusia puede presentarse como un mediador efectivo, algo que aparece difuso en el horizonte.



