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24 de marzo 2024

Ignacio Hutin

LA GUERRA MODERNA

Tiempo de lectura: 6 minutos

Un grupo de hombres armados entró en una sala de conciertos a 20 kilómetros del centro de Moscú. Hubo disparos, hubo decenas de muertos, explosiones, un edificio en llamas. Fue la noche del viernes 22 de marzo. Rumores de todo tipo: ¿terrorismo islámico? ¿Venganza ucraniana? ¿Falsa bandera? Fue el atentado más mortífero en Rusia desde el asedio a la escuela de Beslán, en el Cáucaso, en 2004. Entonces habían muerto 334 personas, incluyendo a 186 niños. Esta vez se cuentan, al menos, 133.

El presidente ruso Vladimir Putin recién habló públicamente unas 19 horas más tarde. Describió al ataque como un “acto terrorista bárbaro y sangriento” y dijo que las víctimas eran “docenas de personas pacíficas e inocentes: nuestros compatriotas, incluidos niños, adolescentes y mujeres”. Advirtió que su país “identificará y castigará a todos los que prepararon el ataque terrorista”. Y, más importante, apuntó a Ucrania. No dijo que el ataque había sido pergeñado por Volodimir Zelenski, líder de Kiev, pero sí que los perpetradores, los terroristas, huían hacia aquel país, que les facilitaba el cruce de frontera. “Rusia eliminará a los dirigentes de Ucrania si están implicados en el atentado de Moscú”, advirtió el expresidente Dimitri Medvedev, actual Vicepresidente del Consejo de Seguridad.

Fue el atentado más mortífero en Rusia desde el asedio a la escuela de Beslán, en el Cáucaso, en 2004. El presidente Putin recién habló públicamente unas 19 horas más tarde. Describió al ataque como un acto terrorista bárbaro y sangriento

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Clima enrarecido. Clima de guerra. Será un cliché, pero ninguna hipótesis puede descartarse, ni a esta altura ni, probablemente, en un futuro. En la mañana del sábado, se anunció la detención de 11 personas, entre ellas, los 4 responsables directos. Éstos últimos fueron capturados a unos 150 kilómetros de la frontera con Ucrania. Los medios rusos se vanagloriaron de la detención, del interrogatorio, de las torturas. A uno de los detenidos le cortaron parte de su oreja y lo obligaron a comérsela. “Lo que corresponde, bien merecido lo tiene”, pareciera ser el mensaje.

En el improvisado interrogatorio, en medio de la ruta y grabado con celulares, uno de los detenidos decía, en precario y lento ruso, que nació en 1998, que llegó vía Turquía, que disparó por dinero, por medio millón de rublos (unos 5.400 dólares), pero sólo recibió la mitad. No sabía quiénes lo habían contratado porque el contacto había sido a través de Telegram. Tampoco tenía mayores instrucciones, tan sólo disparar y matar.

Listo, tema resuelto: fue Ucrania, les pagó a unos cualquiera para vengarse por la invasión, crear caos en la capital rusa y mostrar la vulnerabilidad del país vecino.

A los pocos minutos, circulaban las fotos de tres hombres con sus respectivas identificaciones: ciudadanos tayikos, con nombre y apellido. Así que le tocó al Ministerio de Asuntos Exteriores de Tayikistán desmarcarse. Negó toda participación de sus connacionales y advirtió que dos de los tres individuos señalados se encontraban en Tayikistán y el restante, trabajando en Samara, Rusia, a más de mil kilómetros de Moscú.

En el improvisado interrogatorio, en medio de la ruta con celulares, uno de los detenidos decía, en precario y lento ruso, que disparó por dinero, por 5.400 dolares, pero sólo recibió la mitad. No sabía quiénes lo habían contratado

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La república centroasiática tiene razones para preocuparse: si bien las relaciones entre su presidente, Emomali Rajmon, y Putin son estrechas, también es cierto que existe una frontera extensa y porosa con la vecina Afganistán, en donde los tayikos representan casi un tercio de la población. Por si fuera poco, las remesas, casi siempre desde Rusia, significan un 30% del PBI de Tayikistán. Sí, hay razones para preocuparse.

También Kiev se desentendió del asunto: “Ucrania no tiene la más mínima conexión con este incidente. Ucrania tiene una guerra a gran escala con Rusia y resolverá el problema de la agresión rusa en el campo de batalla”, dijo el asesor presidencial Mijailo Podolyak.

¿Y si no fueron esos tayikos? ¿Y si no les pagó Ucrania?

Dos semanas antes del ataque, el gobierno estadounidense había advertido que “extremistas tienen planes inminentes de atacar grandes reuniones en Moscú, incluidos conciertos”. Tres días antes del ataque, Putin dijo que esas declaraciones eran “un chantaje”, que tenían la intención de “intimidar y desestabilizar a la sociedad rusa”. Les restó importancia, como le había restado importancia a los anuncios de la inteligencia estadounidense en 2022, cuando anunciaban que Rusia invadiría Ucrania (¿conocimiento o profecía autocumplida? Otro debate).

La misma noche del viernes, se difundió un comunicado del Estado Islámico atribuyéndose el ataque. Es plausible: Rusia apoyó al sirio Bashar al-Ásad, que, entre otros, se enfrentó al Estado Islámico; pero también ha habido choques entre rusos y ramas del ISIS en Afganistán y en la República Centroafricana. El sábado, en un nuevo video, el grupo anunciaba que el ataque se debe a “la guerra de Rusia contra el Islam y los musulmanes”. Y el gobierno estadounidense anunció que “ISIS es el único responsable de este ataque. No hubo participación alguna de Ucrania.”

Fin del misterio: fue el Estado Islámico. Tiene razones, tiene herramientas.

Pero, ¿un grupo extremista islámico haría algo así durante el mes sagrado del Ramadán? Imposible descartarlo pues ya lo han hecho en el pasado.

Desde Moscú, no mencionaron el tema. Aún. Pero sí hubo cierto revuelo en medios y redes rusas, con argumentos del tipo “¿por qué Estados Unidos difundió tan rápidamente la idea de que fue ISIS? ¿Está protegiendo a alguien más? ¿Cómo lo sabía con tanta anticipación? ¿Acaso apoyan a los terroristas?”

De todas formas, ¿ISIS tiene capacidad para hacer un ataque en el corazón del mayor país del mundo? ¿Pueden sus miembros (o unos tayikos cualquiera) infiltrarse en una ciudad híper vigilada, con tantas cámaras y en donde, como dijo el ajedrecista Garry Kasparov, “no se puede decir ‘no a la guerra’ sin que te arresten en 30 segundos”? Quizás responsabilizar a Ucrania sea una forma de no hacerse cargo de los errores propios, incluyendo el desoír las, quizás, acertadas advertencias estadounidenses.

Allí aparecen dos alternativas: o los rusos no sabían, y entonces son vulnerables, débiles y su seguridad, incompetente; o sabían y no hicieron nada al respecto. Los terroristas circularon con patentes falsas, entraron y salieron con el mismo Renault blanco y nadie vio nada, ni se les ocurrió cambiar de auto. Dispararon y no hubo mayor resistencia de la guardia de la sala, que pertenece a la empresa unitaria del estado federal Okhrana. El incendio comenzó muy rápidamente, demasiado rápidamente considerando que los 4 atacantes estaban disparando. Las fuerzas de seguridad demoraron más de una hora en llegar al lugar, pese a que hay una base de OMÓN, las Unidades Especiales de la Guardia Nacional, a pocos minutos de allí. Y huir en dirección a Ucrania, hacia una región en guerra y una frontera híper militarizada, suena, al menos, curioso.

Aparecen dos alternativas: o los rusos no sabían, y entonces son vulnerables, débiles y su seguridad, incompetente; o sabían y no hicieron nada al respecto

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La inteligencia ucraniana destacó estas inconsistencias para concluir que “el ataque terrorista en Moscú es una provocación planificada y deliberada por parte de los servicios especiales rusos a instancias de Putin. Su propósito es justificar ataques aún más duros contra Ucrania y una movilización total”.

En septiembre de 1999, Putin era un Primer Ministro sin mayor encanto ni reconocimiento que se preparaba para una campaña electoral en la que contaba con el apoyo del presidente Boris Yeltsin. Esa era su única ventaja. Era un tipo seco, duro, desconocido, aversivo. Entonces, quizás, la suerte jugó a su favor: cuatro atentados en edificios residenciales en Moscú y otras ciudades. Murieron unas 300 personas. A los pocos días, se evitó un quinto atentado.

Poco importa que detuvieran a ciudadanos rusos del Cáucaso. Mucho menos importa la sospecha (por no decir certeza) de que las fuerzas del Servicio Federal de Seguridad ruso estuvieran involucradas. Sólo importa que fue la excusa perfecta que Putin necesitaba para hacer de su dureza, su mejor herramienta. Se mostró decidido, responsabilizó al terrorismo checheno y atacó con todo lo que tenía. La guerra en Chechenia duró poco y la popularidad del nuevo y victorioso líder estalló. Ya nunca dejaría el poder.

Putin acaba de obtener, oficialmente, 88% en las elecciones presidenciales y gobernará hasta, al menos, 2030. Quizás sea casual, pero esta semana, por primera vez en más de dos años, el Kremlin utilizó la palabra “guerra”, en lugar del tan mentado eufemismo de “operación militar especial”, para referirse a lo que sucede en Ucrania. Necesitará hombres, siempre necesitará más hombres mientras la guerra continúe. E involucrar a Ucrania en un atentado parece una estrategia muy similar a la que le funcionara en 1999.

Putin acaba de obtener, oficialmente, 88% en las elecciones presidenciales y gobernará hasta, al menos, 2030. Quizás sea casual, pero esta semana, por primera vez en más de dos años, el Kremlin utilizó la palabra “guerra”, en lugar del tan mentado eufemismo de “operación militar especial”, para referirse a lo que sucede en Ucrania. Necesitará hombres, siempre necesitará más hombres mientras la guerra continúe. E involucrar a Ucrania en un atentado parece una estrategia muy similar a la que le funcionara en 1999.

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¿Entonces fue un autoatentado, como dice Ucrania, aunque Estados Unidos diga lo contrario?

Como sucedió hace casi 25 años, seguramente apresen y condenen a alguien, tayikos o quién sea. Pero, repitiendo esa historia, es difícil que los verdaderos responsables se conozcan y que alguna de estas preguntas tenga respuesta definitiva.

En el medio, los civiles. Los muertos que no dejan de ser una herramienta irrelevante en la maquinaria de la guerra. Ellos no tendrán justicia ni tendrán respuestas. Queda la incertidumbre, los anuncios grandilocuentes, las acusaciones, el llamado a la venganza, la instrumentalización del miedo, las excusas, la imposición de narrativas. Queda todo el ruido, tanto que ya no hay lugar para el silencio en respeto a las víctimas.

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