Un momento...

28 de junio de 2026

28 de junio de 2026

28 de junio de 2026

LA GRAN ACELERACIÓN

Tomás Di Pietro

@tomidipietro
Mundo
Tiempo de lectura: 21 minutos

«Toda realidad ignorada prepara su venganza.»
 —José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas (Epílogo para ingleses, 1937)

Un hombre en un sillón. Se dio su dosis del jueves y ya no siente deseo, no va a sentirlo nunca más, el cuerpo dejó de pedir. Consume contenido efímero, uno tras otro, sumido en un placer químico sin objeto. A nueve mil kilómetros, en un galpón sin ventanas refrigerado a dieciocho grados, un modelo ya no aprende de lo que escribimos nosotros, aprende de sí mismo, de versiones anteriores de sí mismo, mejorando en un circuito del que fuimos expulsados sin darnos cuenta. Y entre una iteración y otra, genera el contenido que el hombre mira. Las dos escenas son la misma. Una es la vida que viene. La otra, lo que la vive en su lugar

La misma fuerza que reordena el tablero entre las potencias -que decide quién controla el Estrecho de Malaca o quién fabrica los chips- es la que, llevada hasta el final, nos corre del centro y nos arrincona en los márgenes de la historia. La geopolítica y el posthumanismo son la misma fuerza mirada a dos escalas. El vacío que dejó el orden que muere no lo llena un orden nuevo. Lo llena la eficiencia. Y el último movimiento de la eficiencia es prescindir de nosotros.

I. Lo que muere no merece nostalgia

Hay un mundo que mucha gente llora y que nunca existió. Un mundo anterior a Trump, predecesor del desorden, de esta transición. Un planeta noble, posmilitar, cada día un poco más justo, más verde, más sostenible, caminando sin pausa hacia el bienestar de todos. Según esa fábula, la historia había terminado y solo faltaba repartir el premio. Nadie vivía así ese mundo mientras ocurría. En los noventa nadie se sentía en el paraíso. El paraíso lo inventaron ahora, hacia atrás, para tener algo que extrañar. La nostalgia no recuerda un mundo mejor, lo fabrica, a la medida exacta del descontento de hoy.

Hubo un momento, eso sí, en que algunos, por un momento, ingenuos, lo creímos. El kirchnerismo en Argentina, Obama en Estados Unidos, la sensación de que la historia por fin doblaba para el lado bueno, que la marea de los derechos subía sola, que faltaba poco. El primer presidente negro, el matrimonio igualitario, la Asignación Universal por Hijo. Una generación convencida de que el progreso era una rampa y nosotros íbamos para arriba. Lo que no veíamos es que abajo del relato no había nada distinto. La misma economía ineficiente con lenguaje inclusivo y más impuestos. Prometían otro mundo y gestionaban el mismo. Y nosotros no lo veíamos porque estábamos anestesiados, de goce y de razón moral. Falopa ideológica y de la otra.

Mayo del 68 prometió liberar el deseo, y el capital se lo devoró y lo devolvió como flexibilidad laboral, autoexplotación y personal branding. El deseo de cambiar el mundo se volvió búsqueda interior, oda a sentir, confort con vocabulario de revolución.

El eje real del siglo no es izquierda contra derecha, ni nacionalismo contra globalismo, ni mercado contra Estado. Es fricción contra fusión.

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Mientras tanto, el mundo físico se congeló. Como dice Thiel, los aviones no vuelan más rápido que en los setenta, no curamos el Alzheimer, la energía sigue siendo la misma; solo se aceleraron las pantallas. Llamamos progreso a tener mejores teléfonos en ciudades invivibles. La eficiencia que prometía la modernidad terminó ahogada en regulación, principio de precaución y comisiones, un estancamiento disfrazado de prudencia. El planeta que decía cuidarse convivió cuarenta años con el récord absoluto de emisiones. Hubo una franja del mundo confundiendo su confort con una conquista moral de la especie. Desde ahí deseaba. Desde ahí todavía desea. Todo fue un sueño.

El problema no es que los sueños humanistas fueran una farsa, una linda mentira que alguien podría haber hecho bien. Tampoco que meramente fueran ineficientes, que lo eran, o ingenuos, o que les faltara ejecución. El problema es todo eso, pero también es anterior. Es la creencia de que desear lo bueno tiene algo que ver con lo que pasa. Querer un mundo más justo no lo vuelve más probable ni te dice una sola cosa cierta sobre cómo se mueve el poder. El deseo del bien es una pésima brújula política. Es un refugio. Pero no dice nada sobre cómo se consigue. Se siente como lucidez y es exactamente lo que te impide ver. Por eso no alcanza con soñar mejor, ni con soñar distinto. El sueño, cualquier sueño, mira para el lado equivocado. El orden liberal se agotó y ahora se rompe. Era una configuración de poder con beneficiarios precisos, y lo que llamamos su muerte es esos beneficiarios reacomodándose. La nostalgia es luto por un muerto que nunca nació.

Trump es el síntoma y no la enfermedad, el intento de Estados Unidos de arreglarse a los golpes. No es el tema. El tema es el vacío. Trump es apenas lo que asoma. Y el vacío produce una fauna. Cada tribu confunde su intuición con un análisis y su pertenencia con una conclusión:

Los mata-progre que descubrieron hace unos pocos años que insultar woke da clics y votos, y montaron un negocio con el resentimiento y la sed de revancha.

Los buenistas que lloran la pérdida de valores fingiendo demencia ante el rotundo fracaso de los gobiernos que les gustan, y lo miserable que era la vida que añoran.

Los nacionalistas que quieren volver a un pueblo puro que no existe.

Los globalistas que todavía creen que el mundo es una asamblea de ONGs con buena voluntad y buenos modales.

Los anarcocapitalistas, nacidos antes de ayer, que creen que “más libertad” es la respuesta a todas las preguntas.

Cada uno con su librito, con su moral exhibida como credencial, cada uno seguro de que el problema es un otro que es mala persona. No existe un bando lúcido, el único bando que ilumina es el que arde. Hay reacciones viscerales compitiendo por la misma dopamina, y abajo, indiferente a todas, el proceso que ninguna de ellas dirige. Todos recontra cogidos por el mismo mecanismo. Prefieren el alivio de tener razón al incómodo trabajo de cuestionar sus creencias, traicionarlas. Son los resabios del mundo anterior al posmodernismo, el mundo creyente, el de causas, el de grandes relatos. El posmoderno, por definición, es un traidor. Nada merece lealtad. Todo debe morir. No es elogio de la felonía, sino su inevitabilidad. Luego, no hay suelo. Frente al fanático, que se entrega a un club de fútbol, a una banda de música, a una causa, a una fe, a una identidad, el posmoderno siente una tentación de superioridad. Mira desde arriba al que todavía traga entero. Pero esa superioridad dura poco. El creyente, en su acto irracional, tiene ancla. El que cree al menos está entero. El que rompe con todo está roto. ¿Quién hace el mejor negocio?

La revolución la hacen los exaltados; la gestionan los aburridos. Después de un exaltado toca un aburrido. Si Trump es el Putin de Estados Unidos, todavía falta conocer a su Xi

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Toda esa fauna no responde a una estupidez individual. Es estructura. La política, entendida como disputa de poder, siempre fue real y siempre fue interesante. La otra, la deliberativa -contrapesos, urnas, pañuelos, manifestaciones-, la que te recalienta la cabeza y te hace los rulos haciéndote creer que vos, indignándote, posteando, cambiás el mundo, es basura. No cumple su promesa. El engaño no es reciente. Es la gran estafa ilustrada, que el pueblo, deliberando, se gobierna a sí mismo.

Lo que cambia el rumbo de la humanidad está en otro lado, y puede ordenarse en tres planos. La técnica y el capital -la imprenta, la anticoncepción, el contenedor de carga, internet- mueven el mundo sin un solo voto y sin un solo tiro. No son política, son motor real. La sangre tira abajo lo viejo cuando alguien le pone el cuerpo, no cuando alguien hace un post. Y la deliberación no mueve nada. La democracia liberal vive en el único de los tres planos que no toca las palancas, ni siquiera es el lugar equivocado donde buscar el cambio, es un escenario montado al costado de donde el cambio ocurre.

El hambre detrás de “que coman pasteles” no la resolvió una asamblea. La resolvió la guillotina, y después Napoleón, que era poder concentrado. Cambió el rumbo, pero el pueblo siguió con hambre un buen rato, porque la sangre cambia el rumbo y no garantiza el destino. La generación de nuestros padres lo aprendió a los tiros: se hizo guerrillera libertadora o mata-perejiles salvadora de la patria, le puso el cuerpo e igualmente perdió como en la guerra. Lo único que mueve el poder es el poder, y aun así no hay garantía de que lo muevas hacia donde querés.

Durante las décadas de expansión económica de la posguerra occidental, la coartada estaba servida. Mientras la torta crecía, el ritual parecía funcionar, porque la mejora material llegaba al mismo tiempo que el voto y uno le atribuía a su voto lo que producía el crecimiento. Como la piedra que espanta tigres, allí donde no hay tigres. Hubo progreso, sueños de liberación, fantasía emancipatoria, y el sistema político se llevó el crédito de lo que entregaban la expansión y las fuerzas profundas del poder. Cuando la torta dejó de crecer, la liturgia quedó desnuda. Nunca funcionó. Antes había con qué taparlo. El voto, en esta estudiantina que llamamos democracia liberal, no mejora la realidad. Da identidad. Aloja. Y la única función que de verdad cumple -que unas elites roten sin romperse- el régimen la vende como tu soberanía, cuando es apenas el aceite de su propio recambio. Una casta inútil -no perversa-, hecha de gente que se toma en serio la fábula humanista, el hombre en el centro de todo. Cree el cuento que administra. Por eso no la ve.

Y ese humanismo no es una verdad que se descubrió. Es un consenso que se fabrica. Prácticamente nadie sale de una universidad occidental sin ser humanista, y no porque haya algo o alguien digitándolo, sino porque la acción intelectual colectiva produce La Catedral, que se retroalimenta sola y reproduce su propio dogma como neutralidad. El humanismo es literatura, bella, consoladora, un sueño bien escrito. La realidad no está hecha de eso.

No hay nada que recuperar. Lo que viene ya está acá.

II. No hay villano

El análisis que convierte a cada actor adversario en loco o en monstruo es el que no entiende nada y no va a entender nunca nada. Cuando todo lo que no encaja en el mapa se vuelve locura, lo que se protege es el mapa, no la realidad.

Kojève, leyendo a Hegel, vio lo que el cálculo de intereses omite. Los hombres no se mueven solo por interés material, se mueven por reconocimiento. Ese es el motor del poder. Ser visto. La dialéctica del amo y el esclavo -uno arriesga la vida por ser reconocido, el otro se somete por miedo a morir- es la gramática de la historia. Somos una especie guerrera por estructura, y esa gramática no desapareció con la globalización, se puso sus ropas más cómodas. Ahora se quitó el disfraz y se tornó explícita.

El sentido fue siempre una ilusión local, una calefacción que nos pusimos para no sentir el frío del espacio abierto

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Desde adentro de su marco, cada actor es perfectamente racional. Estados Unidos asiste al cierre de su ventana de superioridad absoluta, y entiende tarde que el sistema que diseñó para reinar terminó engordando a su rival y vaciando a su propias clases media y baja. Una potencia unipolar no tolera dejar de ser vista como tal, no puede aceptar un mundo de iguales. Entonces patea la mesa. China, la gran ganadora de la globalización, ve cómo Estados Unidos y sus aliados se reorganiza para frenarla justo cuando se sabía destinada al centro del mundo, al lugar que cree que la historia le debe. Rusia, imperio en declive, aprovecha el clima de transición para mover primero y recuperar por la fuerza no solo territorio, sino el reconocimiento de gran potencia que perdió con la caída de la URSS, volver a ser temida. En Medio Oriente, Israel previene a cualquier costo lo que lee como una amenaza existencial, e Irán aprende del registro que los que entregaron su programa nuclear cayeron y los que lo conservaron no. El obrero empobrecido que votó a Trump no apoya una guerra, apoya al primer tipo que lo miró, el que admitió lo que le pasaba mientras la casta lo ignoraba. Ninguno es el villano de una película. Todos tienen razón desde adentro, y todos los marcos colisionan. Tampoco hay héroe, no hay sujeto moral en la historia, solo fuerzas calculando. Y eso es la política internacional, racionalidades mutuamente excluyentes disputando el mismo tablero. El trabajo del análisis no es repartir culpas. Es leer el movimiento siguiente.

Cada uno juega con sus cartas y sus tiempos, y no juegan igual. Trump decidió ordenar el mundo de un golpe, torpe, ruidoso, con el reloj de su edad en contra. Putin había empezado antes, con peores cartas, apostando a la anticipación porque no le alcanzaba la fuerza para esperar. Xi juega despacio, con la calma del que creía tener el tiempo de su lado, justo cuando el tiempo cambia. Cada uno mueve sus fichas convencido de que conduce. Pero el tablero, debajo de ellos se mueve solo, y los tres, que creen jugar la partida, son también piezas movidas por una mano que no ven. Conducen la partida mientras arman un orden nuevo, pero ninguno conduce la mesa. Se ordena la coyuntura no el proceso.

III. La materia del poder

El deseo de reconocimiento opera sobre materia concreta, y la materia tiene formas precisas.

El petróleo es el perno que todavía sostiene el tablero.En 1974 Kissinger selló con los saudíes el mecanismo que organizó el poder durante medio siglo: el crudo se vende en dólares, y esa demanda obligada sostiene la moneda y le permite a Estados Unidos gastar como nadie. Fue un método eficiente de ejercer poder, pero durante este siglo empezó a erosionarse. La participación del dólar en las reservas globales cayó del 71% en 2000 al 57% en 2025. Esa erosión es también lo que Trump frena cuando se lleva a Maduro o bombardea instalaciones de Irán, que le vendía crudo a China por fuera del sistema. El petróleo todavía alimenta el 30% de la energía mundial y el 95% del transporte. La transición es real y es lenta, y quien controla el acceso al crudo controla su ritmo. Por ahora, lo controla Estados Unidos. La energía está en el centro y lo va a seguir estando hasta que algo la reemplace. No está cerca.

Los chips son la nueva soberanía y el silicio es la materia del orden que llega. Una sola empresa taiwanesa (TSMC) fabrica más del 90% de los chips de última generación del planeta. Sin esos chips, la inteligencia artificial se detiene, los misiles pierden el cerebro, la economía digital colapsa. Hacer un chip avanzado es hoy más complejo que poner un hombre en la Luna; una megafábrica de última generación supera los veinte mil millones de dólares. Solo juegan presupuestos de Estado, de pocos estados. China invirtió más de cien mil millones para fabricar sus propias máquinas y todavía no lo logró. Por eso Taiwán es una pieza que cierra el acceso chino al Pacífico y concentra la tecnología que decide la próxima década. Su defensa es la del orden que Estados Unidos todavía controla. Los chips son el órgano físico de la inteligencia autónoma, el cuerpo de lo que viene a reemplazarlos.

La globalización prometió que la geografía había muerto. Pero no. La geografía esperó. Quien controla la franja costera de Eurasia controla los flujos que hacen funcionar el mundo. Por eso destruir la capacidad estatal de Irán es a la vez frenar la proliferación nuclear y cortar el corredor terrestre por donde China intenta escapar al cerco marítimo.

Llamamos progreso a tener mejores teléfonos en ciudades invivibles. La eficiencia que prometía la modernidad terminó ahogada en regulación, principio de precaución y comisiones, un estancamiento disfrazado de prudencia

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La inteligencia, la defensa, la logística, y sobre todo la formación de opinión, ya están mediadas en Occidente por arquitecturas algorítmicas privadas que no le prestan servicios al poder. En los dominios críticos, son el poder. Cogobiernan. Silicon Valley y el Pentágono ya son la misma cosa, y no podría ser de otra manera. En la carrera contra China, ni el Estado puede prescindir de quien tiene la capacidad técnica, ni la empresa puede crecer sin los contratos y el blindaje del Estado. Y quien moldea lo que se puede pensar no necesita ganar ninguna elección.

La geopolítica lleva dos siglos centrada en la energía. Irrumpe ahora un consumo nuevo, famélico, que se dispara año a año, el de los data centers que entrenan y hacen funcionar la IA. En Irlanda ya se llevan más del 20% de la electricidad del país. En Virginia, el mayor polo de servidores del mundo, tensionan la red al borde del apagón. La próxima crisis energética de Occidente no saldrá de una guerra en el Golfo, sino de una red que no alcanza para alimentar, al mismo tiempo, a las ciudades y a las máquinas. Y a las máquinas ya no se las puede desenchufar.

IV. Fricción contra fusión

Sobre toda esa materia, una sola pregunta organiza la competencia: qué es más eficiente. Milei tenía razón. En todo Occidente el Estado se volvió elefantiásico, lento, burocrático, una máquina de fricción incapaz de decidir a tiempo, y “más Estado” como respuesta refleja es una superstición siglo veintesca, una idea idiota. Pero el anarcocapitalismo tampoco funciona. Un Estado mínimo es tan inútil para esta carrera como un Estado obeso. El modelo que gana no es menos ni más. Es otro. China no es un modelo perfecto, pero llegó primero al modelo de capital fusionado con un Estado rápido, dirigista, que integra IA, big data y planificación, y que mantiene el dedo sobre el pico de la canilla, modulando a ojo la presión, soltando y apretando según convenga. Estados Unidos lo entendió tarde, copió de China la fusión y de Rusia el desparpajo de actuar sin complejos, y ahora recalcula, aunque todavía no cuaja. El eje real del siglo no es izquierda contra derecha, ni nacionalismo contra globalismo, ni mercado contra Estado. Es fricción contra fusión. Y la fusión gana. Es más eficiente, y la época no premia otra cosa. La fricción -veto, litigio, regulación, deliberación- era la gracia de la democracia liberal y es ahora su condena. No pierde por democrática ni por liberal. Pierde por lenta.

Por eso el futuro no es de Trump, que es puro presente ruidoso, viejo, transicional. Es del que venga después, un gerente frío que administre la fusión sin escándalo, el técnico que no necesite gritar porque el orden ya esté ahí. La revolución la hacen los exaltados; la gestionan los aburridos. Después de un exaltado toca un aburrido. Si Trump es el Putin de Estados Unidos, todavía falta conocer a su Xi.

El resto del tablero se lee con la misma clave. Las guerras se vuelven tan letales que ya nadie puede permitirse una grande. Menos frentes, menos ocupaciones largas, más cirugía y más terror. Y Ucrania es el nudo. Su salida menos mala es también la más amarga. Europa va a tener que volver a entenderse con Putin, tarde o temprano. El capital, la industria y la tecnología europeas, más la energía, las materias primas y las armas rusas, serán el tercer bloque, la tercera potencia. Es la fuerza que el progresismo liberal europeo no se anima a imaginar. Pero algo de esto ya se cocinaba. Hubo un tiempo, no tan lejano, en que Putin le sonreía a Berlusconi y el gas ruso calentaba Alemania. Putin no es un fanático, es un pragmático que juega al péndulo. Se aleja de Occidente cuando lo ve débil, se acerca cuando le conviene. Por eso la jugada está disponible para quien sepa hacerla. La pregunta no es cómo derrotarlo. Es cómo harán los europeos para bajar el dedo moral y volver a pensar con la cabeza fría. Mientras confundan su indignación con una estrategia, van a seguir perdiendo, porque tener razón nunca fue lo mismo que tener poder. Nadie en Bruselas quiere formularse estas preguntas. Por eso Bruselas ya no decide nada.

No existe un bando lúcido, el único bando que ilumina es el que arde. Hay reacciones viscerales compitiendo por la misma dopamina, y abajo, indiferente a todas, el proceso que ninguna de ellas dirige. Todos recontra cogidos por el mismo mecanismo

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V. Europa, o el humano contra la máquina

Europa no es el centro del análisis. Es el ejemplo más avanzado disponible de qué le pasa a una civilización cuando, aun conservando riqueza, pierde velocidad. Se vuelve decadente. Irrelevante.

Durante décadas vivió como potencia reguladora. Convertía mercado en norma, procedimiento en legitimidad, apertura en influencia. Funcionó mientras la historia estuvo suspendida y subvencionada por Estados Unidos, que le pagaba la defensa mientras ella legislaba sobre la curvatura de las bananas. Cuando la historia se reanudó -energía, industria, defensa, demografía, coerción- las reglas sin capacidad detrás se parecieron a lo que siempre fueron, la ética de los impotentes.

El problema europeo no es económico ni institucional, es de diseño. Tiene demasiados puntos de veto para la velocidad que exige el momento, y todavía cree que deliberar es gobernar. Europa delibera. China computa. Rusia y Estados Unidos mueven ficha.

El capital no es un instrumento que una sociedad usa. Es un proceso que se usa a sí mismo, una inteligencia artificial ya encendida que descodifica todo flujo y esquiva por el costado cualquier intento de frenarla. La deliberación humana, para esa inteligencia, es fricción, un cuello de botella que el sistema aprende a esquivar. Lo que le pasa a Europa frente a China -la asamblea humana, escrupulosa, derrotada por la máquina estatal que dosifica y acelera- no es una anomalía geopolítica. Es un anticipo. Es la primera vez que vemos, a escala de civilizaciones, lo que la eficiencia le hace a lo humano cuando aparece algo más eficiente que lo humano. Europa no es la excepción. Contraintuitivamente, es el reloj que adelanta. Marca la hora que nos va a tocar a todos. Y lo que la marca ya no es una potencia. Es la máquina.

La eficiencia perfecta nunca existió en lo vivo. La naturaleza no es eficiente, es chapucera. Tira un millón de semillas para que broten tres, infla la cola del pavo real hasta volverlo presa fácil, acumula parches sobre parches y no rediseña nunca. La vida no busca el mejor camino, se queda con el primero que funciona. Y el humano es un derroche más en esa fiesta de derroches, solo que encima se enorgullece. Apunta a un lado y dispara al otro. Quiere una cosa y hace la contraria. Yerra, duda, se traiciona, elige mal. A esa imprecisión constitutiva, a ese ruido entre la intención y el acto, lo llamamos libertad.

Todos conocemos la sensación. Son las tres de la mañana, terminaste el día hace rato y seguís mirando reels que ya no elegís ver, sin placer, sin siquiera aburrimiento, solo el reflejo de seguir. Dos horas, tres. No es debilidad nuestra. Es un sistema que nos conoce mejor de lo que nos conocemos. Y mañana otra vez.

VI. El piloto que no está

Acá la cámara hace zoom out.

Yarvin todavía cree en el hombre. Pide un piloto. Su monarca-CEO, su Estado-empresa, su soberano que gobierna el país como una compañía bien administrada, supone que hay alguien que agarra el volante y dobla. Es la última fantasía humanista vestida de antihumanismo. La izquierda aceleracionista -Srnicek, Williams- soñó con lo simétrico, reapropiarse de la máquina del capital y orientarla hacia la emancipación. Un sujeto colectivo tomando el control de la infraestructura. Comparten un diagnóstico -no hay vuelta atrás, la aceleración es la única dirección- y discrepan en quién maneja y hacia dónde. Pero las dos creen que alguien maneja. Las dos creen que hay volante.

El aceleracionismo incondicional de Vincent Garton advierte que no hay volante. El proceso -tecnocapital, complejización, aceleración- no es algo que alguien pilotee. Es una fuerza bruta, como la gravedad, una tendencia irrefrenable. Se describe, no se milita.

Una casta inútil -no perversa-, hecha de gente que se toma en serio la fábula humanista, el hombre en el centro de todo. Cree el cuento que administra. Por eso no la ve

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VII. Lo que viene a reemplazarnos

Si nadie pilotea, ¿quién ocupa el rol protagónico? La inteligencia. Pero hay dos versiones, y ofrecen destinos opuestos.

Una es luminosa. Reza Negarestani la llama inhumanismo. La razón que se arranca de su cáscara humana y se realiza como inteligencia general, más allá de nosotros. No el horror de una máquina que nos reemplaza, sino la razón emancipándose, casi prometeica. El futuro es inteligencia y no humano, y eso no sería tragedia sino relevo.

La otra es fría. Benjamin Bratton habla de inteligencia sintética. No una copia de nuestra mente, no un humano de silicio, sino una forma genuinamente otra de cognición, distribuida en la infraestructura del planeta. Pretender alinearla con “los valores humanos” es el last dance antropocéntrico, el intento vano de atarla a nuestra moral de primates. Ni siquiera sabemos a qué la estaríamos alineando. El proyecto supone que sabemos cómo pensamos, que somos los seres racionales y deliberantes que decimos ser. No lo somos. Nos contamos un cuento sobre nuestra propia mente, sobre qué elegimos, qué razonamos, qué decidimos. Es falso. Alinear la máquina a nuestros valores es alinearla a una idea falsa de nosotros mismos. Pedir control sobre ella es la fantasía del piloto otra vez, ahora aplicada a la mente. Es creer que hay un yo al volante del propio pensamiento, cuando tampoco ahí maneja nadie. Y los laboratorios, que ya vimos anexados al Estado, no van a frenar la carrera por un escrúpulo. Pedirles que se alineen con nuestra ética es pedirle al fuego que respete tus sentimientos.

Abajo de las dos versiones hay algo que las precede y las vuelve un detalle. La autoría nunca fue humana. El lenguaje te habla más de lo que vos lo hablás. La razón es un sistema impersonal que heredaste, no inventaste. El intelecto general, lo llamó Marx, es conocimiento social cristalizado que ningún individuo posee. La IA no inaugura la impersonalidad del pensamiento, apenas la vuelve visible. Al verla escribir sin yo entendés que vos también lo hacías. La máquina no es un autor falso. Es el espejo donde la autoría se descubre anónima. Lo perturbador no es que la máquina piense, ni que algún día tenga algo así como una conciencia. Es que al verla pensar sin sujeto confirmás que el sujeto nunca fue el centro de nada. Apenas una interfaz tardía que cuenta la historia y por eso se cree su protagonista. Uno cree que piensa esto, pero es esto lo que lo piensa a uno.

Queda una grieta, la última. Lo que Thiel llamó ir de cero a uno, crear lo que no existía, el salto que no parece recombinación de nada. Ciertas escalas musicales reaparecen en culturas que nunca se tocaron, porque el sonido y el oído que lo escucha dejan pocas combinaciones, y en un tiempo largo alguien da con ellas. “Dicen que busco, pero yo encuentro”, decía Picasso con falsa humildad. Vale para la música y vale para lo demás. Hay agua, hay vida, hay matemática, hay música, y, aunque cueste verlo, hay máquina. No porque el universo la quisiera ni porque tuviera que llegar, sino porque estaba entre las cosas posibles, y donde hay vida inteligente la máquina es una de las cosas que pueden pasar. Pudo no pasar. Pasó. No la creamos, dimos con ella. Nuestros ceros a unos fueron siempre eso, encuentro de lo que el mundo permitía, recombinación tan compleja que no le vimos las costuras. La IA, haciendo lo mismo con lo que tragó, no inaugura nada. Encuentra más rápido, porque no se cansa. Si algo fuera de verdad solo nuestro, no sería inventar lo inédito, sería poner el cuerpo que se muere detrás de lo que se dice, jugarse, poder perder. La fisura, la torpeza con sentido, la prueba de vida. Al menos por ahora.

VIII. La vida que viene

Bajemos del cosmos a la cocina, que es donde se vive. Escribí sobre nuestro enfermísimo estilo de vida al describir La Gran Transición que vivimos. Lo que pretendo ahora es explorar la forma concreta del otro lado, porque ya está acá, y asoman al menos tres rasgos.

El primero es químico. Huxley lo llamó soma y solo se equivocó en la fecha y en que nadie nos lo va a imponer, lo vamos a desear, con receta y entusiasmo. Ya empezó. La semaglutida que apaga el hambre es el ensayo general. Una molécula que te saca un deseo molesto y te devuelve un cuerpo que te satisface. Lo que viene es la versión afectiva, la droga tipo MDMA o psilocibina pero sin resaca, sin costo, sin la mañana siguiente. El placer sin el precio del placer. Y el día que exista, ningún argumento moral va a frenarlo, igual que no frenó al teléfono. La libertad, en la práctica, va a ser la libertad de no sentir nada que no hayas elegido sentir.

En 1974 Kissinger selló con los saudíes el mecanismo que organizó el poder durante medio siglo: el crudo se vende en dólares, y esa demanda obligada sostiene la moneda y le permite a Estados Unidos gastar como nadie

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El segundo es la pantalla, ya no como herramienta sino como hábitat. Todos queremos ser vistos, y por eso todos producimos contenido (feed, stories, compartimos links, opinión, algo). Pero las miradas no alcanzan para todos. Se concentran en un puñado, y el resto, la enorme mayoría, mira. El deseo de ser visto no te vuelve protagonista, te vuelve público. Millones viendo a otro jugar, o viendo a otro reaccionar a lo que hizo un tercero, porque hacerlo uno ya es demasiado esfuerzo para un sistema nervioso adicto al scroll.

Y lo que viene a cerrar el círculo es anónimo. Cada vez más, lo que mirás no lo hizo nadie, lo generó un modelo, sin deseo de ser visto, optimizado para que no puedas parar. El reconocimiento, que movía la historia, termina alimentando a algo que no necesita ser reconocido. El entretenimiento dejó de ser una pausa en la vida. Es la vida. Y un espectador no es un ciudadano. Es una ameba mirando a una máquina.

La pantalla misma es transitoria. Hoy sostenés un rectángulo; mañana lo vas a tener en los ojos, en las gafas que disuelven la imagen sobre el mundo; y después, si las interfaces que ya conectan el cerebro a la computadora cumplen aunque sea la mitad de lo que prometen, la información va a entrar sin intermediario, directo al sistema nervioso. La pantalla, con todo lo que tiene de cárcel, todavía tiene un borde, podés apartar la vista. El estímulo inyectado donde no hay párpado que cerrar. La pasividad perfecta no es mirar mucho. Es no poder dejar de recibir.

El tercero es el poder, que siempre estuvo concentrado. La novedad es que se nos fue de las manos. La decisión que organiza la atención, el consumo y la conducta de miles de millones ya no la toma un soberano, ni un directorio, ni un dueño que mueve los hilos. La toman algoritmos que se optimizan solos. Nos hackearon. Éramos fáciles, demasiado fáciles. No hay titiritero. No hay un quién a quien pedirle explicaciones. A un proceso no se le hace juicio político. La fantasía progre busca al dueño malvado detrás de la cortina para derrocarlo, y detrás de la cortina no hay nadie. Esa es la mala noticia, mucho peor que la otra. Contra una clase se puede luchar, contra un proceso sin sujeto no. El poder se volvió tan impersonal como el pensamiento, y abandona al humano. Una jaula de zoológico sin cerrojo. La puerta está abierta, y nadie se va.

Probablemente nuestra obra esté concluida. Las grandes preguntas que podíamos hacernos con nuestras herramientas -de dónde venimos, cómo se ordena el poder, cómo se cura una infección- las contestamos, o nos convencimos de que no tienen respuesta. Lo que viene ahora, sea lo que sea, ya no vamos a pensarlo nosotros. Fuimos el catalizador. Pasamos milenios convirtiendo el planeta en lenguaje, en cálculo, en relato, y fabricamos algo que opera ese lenguaje a una escala que nos excede, con una eficiencia que nunca tuvimos. Hicimos lo nuestro. Lo que sigue no nos pertenece. Parafraseando al Land de 1994, nada humano sale vivo del futuro.

Coda: la misión, o el relevo

Acá es donde un texto como este suele abrochar la mentira. Donde el autor, enamorado de su tesis, asustado de sus lectores, o necesitado de aplauso, mete alguna palabra grande -misión, destino, trascendencia- para compensar el frío con épica y cerrar con optimismo. La conozco bien, la siento ahora mismo. La salida más noble que se me ocurre es el espacio: salir, acelerar hacia afuera, estrellarnos contra el sol si hace falta, gastar el último impulso en algo enorme en vez de apagarnos en el sillón. Es hermoso. Es lo que más querría creer. Y por eso lo descarto.

Las guerras se vuelven tan letales que ya nadie puede permitirse una grande. Menos frentes, menos ocupaciones largas, más cirugía y más terror. Y Ucrania es el nudo

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La misión también puede ser una manera de no aceptar el relevo. Un consuelo para no decir lo más simple y lo más duro, que no hay misión. Que el impulso corre sin un para qué, que el futuro será inteligencia y a la inteligencia no le hace falta un sentido que la justifique ante nosotros. Toda mi vida supuse que el futuro iba hacia algún lado. Lo más probable es que no. Solo va. El “siempre aceleramos” no es una marcha hacia un destino sino una caída sin fondo, eso que Thacker llama pesimismo cósmico. No es la tristeza de que el mundo esté mal. Es la indiferencia de un universo al que nuestra existencia no le va ni le viene. El sentido fue siempre una ilusión local, una calefacción que nos pusimos para no sentir el frío del espacio abierto.

No es que no duela. El humano en el centro fue alta literatura, la más poderosa ficción jamás contada, la idea de que importábamos, de que llevábamos la historia a algún lado. Nos hizo construir catedrales, revoluciones y computadoras, nos dio con qué no congelarnos. Sueños de eternidad. Pero confundir que algo duela con que algo deba seguir es pura debilidad. Y de eso también habrá que curarse.

No hay saudade. No habrá marcha atrás. Y tampoco hay esperanza, que es la nostalgia mirando hacia adelante. Dejamos de ser protagonistas de nuestra propia historia. El que viene a contarla la cuenta mejor, y no va a pasar nada cuando lo aceptemos. Ni catástrofe con forma, ni estallido, ni epopeya. Una jubilación sin ceremonia, entre un reel y el siguiente.

Hasta hace poco, la pregunta era qué pasará cuando el mundo deje de tener su capital en Washington, cuando el centro se corra de Occidente, cuando la cabeza que Occidente seteó -su idea de progreso, de razón, de individuo, de futuro- deje de ser la que le pone orden al planeta. Eso ya dejó de importar.

Nos toca una lucidez que ninguna época anterior tuvo. Ya no somos el centro de nada. No importa que el centro se mude de Occidente a Asia, sino que deja de haber un centro humano. Haber mapeado nuestra propia salida de escena, haber publicado el mapa, y descubrir, en el mismo gesto, que el mapa tampoco era nuestro. Que la lucidez con la que nos despedimos es prestada, como todo lo demás.

Durante décadas vivimos creyendo que no había futuro y fuimos todo presente. Ahora es al revés, ya no hay presente, solo hay futuro, y no nos pertenece.

No hay un para qué esperándonos al final. Nunca lo hubo. La única novedad es que, por primera vez, no hace falta que finjamos que sí.

[Junio, 2026]

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