28 de julio de 2026
En nuestra última entrega planteamos que la cosecha de la reelección en la Convención Constituyente de 1994, truncó los anhelos de varios competidores con peso propio dentro del peronismo. Uno de los que quedó en pateras de la presidencia fue nuestro rey plebeyo, Ramón Palito Ortega.
El camino hacia 1995 despejaba dos dudas: Menem necesitaba un Vicepresidente, lugar huérfano desde que Eduardo Duhalde ganó la gobernación bonaerense en 1991; y que Ortega quedaría indefectiblemente liberado de la gobernación tucumana, sin lugar a interpretaciones genuflexas de la Carta Magna. Además, por la fiebre de las encuestas, un encargo a Hugo Haime mostraba a Palito como el candidato más popular, aventajando a otras figuras estelares como el propio Cavallo, Carlos Ruckauf y Lole Reutemann. En el último tramo de su gobierno, Ortega estuvo más interesado en cotizar como candidato a vicepresidente que en asegurar la victoria justicialista en Tucumán. El PJ cursaba los coletazos de una interna heredada: el Peronismo Verdadero (representado por Olijela Rivas, nuestra dama de hierro norteña, y el vicegobernador Julio Díaz Lozano) y el Peronismo de la Esperanza, expresado en la figura de Julio Miranda, se disputaban la confección de las próximas listas. Las esquirlas del FREPASO nunca pudieron herir el core del peronismo. A pesar de haber asumido la conducción de Menem, los competidores internos eran abiertamente críticos a la política económica, especialmente el enfoque de las economías regionales y el uso discrecional de la cartera social. Finalmente, la designada para ser la única candidata del peronismo tucumano para 1995 fue Olijela del Valle Rivas, senadora nacional ariete del Poder Ejecutivo en materia educativa.
Palito no terminó de comprender que Duhalde se había convertido en el árbitro del peronismo por su peso específico en el territorio bonaerense y esa sensibilidad de artista no cuajaba con el nuevo código de convivencia de los actores del mundo peronista
Carlos Abrehu, uno de los periodistas políticos locales más importantes de la historia reciente, señala dos estrategias posibles de la gobernación ante el ‘95 que se avecinaba: la primera, el desdoblamiento de las elecciones provinciales; la segunda, aventurarse en un plebiscito para que sea el pueblo tucumano el que valide la reelección de Ortega. Un experimento que había tenido fracasos, como el de Reutemann en Santa Fe y éxitos como la consulta popular bonaerense en octubre de 1994 para habilitar la reelección de Duhalde. La historia argentina del siglo XX puede mirarse a través del prisma que nos dibuja la tensión entre el poder constituido y el poder constituyente. Parece impreciso hacerse la misma pregunta para optar por la defensa de la Constitución o la defensa de una voluntad popular, siempre contingente y que sólo podemos escuchar a través de sus intérpretes. La pregunta sobre si una consulta popular puede desbrozar los principios constitucionales se mantuvo indemne hasta nuestros días, con el riesgo mayor: ingresar en el terreno ambiguo y contradictorio de un estado permanente de consulta supone aceptar esas mismas reglas cuando la coyuntura cambia.
En el ínterin, Menem se había decantado por Carlos Ruckauf como su candidato a vice en detrimento de Ortega y otros más. Ernesto Tenembaum escribía que el apodo Quaker (porque no hace ni bien ni mal) era desatinado para una figura que hizo de la neutralidad su vector de ascenso en el orden menemista. Para ilustrar el perfil del elegido, Tenembaum reconstruye una discusión mantenida con Palito durante un consorte de gobernadores peronistas: “Parece que te ha hecho efecto el discurso del Frente Grande”, sentenció Ruckauf. Otros dijeron: Menem nunca hubiera elegido un compañero de fórmula más alto que él, éste es más petiso y más feo. Declinarse por Ortega hubiese sido la capitulación de la entente de petisos liderada por el presidente.

Desde Miami, Ortega afirmaba que el veto había provenido de otro prohombre de baja estatura: Eduardo Duhalde. Palito no terminó de comprender que Duhalde se había convertido en el árbitro del peronismo por su peso específico en el territorio bonaerense y esa sensibilidad de artista no cuajaba con el nuevo código de convivencia de los actores del mundo peronista. Aclaración: su sensibilidad de artista y la incomprensión de las reglas de la política no es una valoración positiva hacia Ortega, sino todo lo contrario.
Finalmente, la opción fue separar los comicios. En mayo, las nacionales iban a proveer una aproximación al estado de ánimo electoral y en julio, se elegirían las autoridades provinciales para el período 95-99.
A río revuelto, ganancia de pescadores. Más allá de la confrontación interna, al peronismo le preocupaba la moderación de Bussi. Un indicio de la domesticación había sido el apoyo del entrerriano al plebiscito para la reelección de Duhalde. Baglini seguía teniendo razón
La domesticación del General
Convertirse en estadista trae consigo el trémulo de presentarse como una novedad permanente en el mercado de la política. Gestionar la sorpresa es un desafío y la domesticación de lo rupturista es uno de los comportamientos más astutos de la clase política como autopreservación. Por eso, la victoria de Antonio Domingo Bussi lejos de ser una expresión subtropical del autoritarismo, como se apuraron muchos en su definición, es una suerte de acierto del sistema en la normalización del ex-militar.
Después de unos años de haber fundado su propio partido, Bussi había perdido el semblante abrasador que había marcado su irrupción electoral en 1987. A pesar de algunos aciertos para instalarse en la agenda política local, parecía haberse convertido en una figura de permanente oposición al peronismo que, contrariamente a él, preservaba su cualidad de reconversión. Sin embargo, también escribimos en la última entrega, la bala de plata se había gastado con Ortega y no había indicios de una reacción a tiempo. El camino a la gobernación le quedaba allanado a Bussi, no sin antes domesticarlo.

En Tucumán, la elección nacional (presidencial y legislativa) fue similar a los resultados finales. Sin embargo, la transferencia irregular de votos entre las categorías es el muro a cualquier cualidad inferencial. Menem terminó con el 45% de los votos, el FREPASO con el 30% pero en diputados llegó a tener el 21%, el radicalismo obtuvo 12% para Massaccesi pero casi 16% para diputados y Fuerza Republicana alcanzó 10% para la fórmula presidencial y 21% para los legisladores bussistas. Una vulgata de análisis multivariado nos diría: Fuerza Republicana fue la colectora del PJ y el radicalismo hizo lo propio con el FREPASO, mientras que ambas opciones aportaron votos hacia las fórmulas presidenciales.
Tiempo atrás, Ortega ya había advertido que el acercamiento entre Bussi y Menem traería problemas al PJ. Durante los últimos meses de su gobierno, parecía haber adquirido la astucia de la que carecía para el entendimiento de la política.
Tuvo que recurrir a las viejas guardias partidarias para iniciarse en el oficio del rosquero y allí sentó las bases de su controversia interna: ¿era el propio Bussi el impedimento de un partido moderno y republicano capaz de gobernar la provincia?
La gestualidad de Bussi para obtener, al menos, un guiño de parte del presidente inició en el mismo momento que el militar entrerriano depuso su candidatura presidencial y apostó por dos figuras conocidas localmente, pero sin ningún vuelo nacional: Fernández López de Zavalía, un jurista de amplio reconocimiento en el mundo académico, y Pedro Benejam, un dirigente del Movimiento de Empresarios del Interior. La presencia de Aldo Rico también impactó en el desempeño de Fuerza Republicana. El adiestramiento de Bussi llegó al punto de haber permitido que la filial jujeña del partido suscribiera a la candidatura del MODIN, en vez de defender la boleta de López de Zavalía.
A río revuelto, ganancia de pescadores. Más allá de la confrontación interna, al peronismo le preocupaba la moderación de Bussi. Un indicio de la domesticación había sido el apoyo del entrerriano al plebiscito para la reelección de Duhalde. Baglini seguía teniendo razón. En una conversación, un observador privilegiado de aquellos años comentó que el peronismo se encontraba en un estado de alteración inusitado ante la reacción de Bussi y el abandono durante la campaña de la presidencia. Creían que postular nuevamente a una confrontación entre democracia y autoritarismo iba a surtir el mismo efecto que en 1991.

Mientras Olijela del Valle Rivas intentaba tomar control de la botonera de su propia campaña, Cavallo y Bauzá se reunían públicamente con Bussi. La resignación era tal que muchos dirigentes de mediano calibre aprovecharon la ocasión para hacer una tábula rasa. En ese sentido, puede entenderse que la propia candidatura de Rivas no contaba con el consenso interno y de otras figuras que sirvieron para, una vez derrotado el peronismo, ser los mariscales de la derrota y así, horadar su legitimidad interna.
La dama de hierro del peronismo norteño era una persona que se había cincelado a sí misma en el panteón senatorial. Sin embargo, sus cualidades palaciegas no se hallaban en las necesidades de la campaña. De hecho, en sus últimas intervenciones depositaba en el sistema de sublemas (sintéticamente que varios partidos menores pueden llevar a un mismo candidato en las categorías superiores), y en Chiche Aráoz las últimas esperanzas de una victoria electoral. Sin expectativa en la candidata ni en un apoyo directo de Menem, la única fortaleza que identifican dirigentes involucrados en el proceso electoral era que los sublemas quintuplicaban a los de Fuerza Republicana. Una especie de fe desmedida en la tesis de Steven Levitsky. A pesar de esto, la noche fue toda bussista.
Una vulgata de análisis multivariado nos diría: Fuerza Republicana fue la colectora del PJ y el radicalismo hizo lo propio con el FREPASO, mientras que ambas opciones aportaron votos hacia las fórmulas presidenciales
En el crepúsculo del 2 de julio se despejaron las dudas. Bussi no tuvo que esperar que avanzara el conteo oficial para proclamarse ganador. Hubo cierta reticencia del PJ y la UCR, pero finalmente los datos provisorios ya eran suficientemente consistentes para afirmar que Fuerza Republicana se había tomado revancha y no sólo ganó la provincia, sino que revalidó la gestión municipal que concentraba casi el 50% del padrón total y era un bastión en disputa hasta el último momento.
Los resultados eran claros: Bussi obtenía el 45% de los votos mientras que Rivas se mantuvo en poco más del 30% y la UCR por abajo del 20%. Las interpretaciones, múltiples. El voto castigo era una de las explicaciones frecuentes en los días posteriores a la elección.

Menem también venció
Estas elecciones eran las primeras distritales después de las presidenciales y pusieron momentáneamente un manto de incertidumbre sobre Carlos Menem. Bussi se encargó de despejar cualquier duda. Ante un público abigarrado que había vencido, de visitante, al sueño húmedo de las élites de hacer política sin participación popular, el entrerriano se dispuso a dar su primer discurso como gobernador electo. Agradeció a la conducción posideológica de Menem y a Cavallo por la relación que supieron construir. Acto seguido, decía que esto no era una derrota para el presidente sino al contrario, era uno de los grandes ganadores de la contienda. Reconocía la deferencia compartida entre ambos: “Carlos Menem bien pudo haber puesto todo su aparato en procura de ganar la elección y sin embargo no lo hizo, demostrando una gran madurez política y consagrándose como el conductor de todos los argentinos”.
La desmesura fue una de las cualidades de Bussi en política. Siempre que tuvo oportunidad, eligió ser Saulo de Tarso antes que Joseph Fouché. El dilema con la reencarnación de los conversos es que suelen ponerse a sí mismos en la primera fila para demostrar lealtad y son los primeros en caer cuando la coyuntura vira hacia otro horizonte.
La promesa del bussismo era lotear el gabinete inspirado en las formas de Carlos Menem. Había dos grandes problemas: el primero de ellos, de orden estructural, que era haber tomado el ajuste fiscal como única respuesta a cualquier problema. No alcanzaba con haber licuado el patrimonio público de la provincia ni haber agotado la industria en búsqueda de su reconversión. Sencillamente no alcanzó. El segundo problema fue eminentemente político: Bussi se había ilustrado como un hombre de moral incorruptible, dispuesto a barrer -literalmente hizo la campaña con una escoba- la pesada herencia de la administración de Ortega y a sacrificar ciertas ínfulas libertinas en pos de restituir el orden social.
La virilidad del gobernador electo se inmoló ante el peso muerto de los custodios del orden político. Carecía de una mayoría legislativa que le permita desestimar la muñeca de los diputados opositores. Tuvo que recurrir a las viejas guardias partidarias para iniciarse en el oficio del rosquero y allí sentó las bases de su controversia interna: ¿era el propio Bussi el impedimento de un partido moderno y republicano capaz de gobernar la provincia?
Todo cambió en el verano del ‘98. Por pedido del juez Baltasar Garzón, la República Helvética informó el estado bancario de Antonio Bussi en aquel país. Ese día fue el principio del final: el pueblo tucumano no sólo vio las cuentas que ocultaba el gobernador en el país europeo, sino también lo vio quebrarse en llanto frente a una cámara de televisión. Una vez más, la virilidad caía de rodillas ante un par de lágrimas.



