Un momento...

08 de junio de 2026

08 de junio de 2026

8 de junio de 2026

LA DESOLACIÓN LATE EN UN GRAFITI PINTADO

Gustavo Grazioli

@Discolo1714
In Memoriam
Tiempo de lectura: 5 minutos

La desolación late en un grafiti pintado en Avenida de Mayo, a unas cuadras de la emblemática Plaza bombardeada en 1955. Es la icónica portada del disco Oktubre de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, lazando en 1986. Y debajo una pintada que poco a poco parece ir diluyéndose por las pisoteadas de los transeúntes que pasan diariamente. “No hay país”, todavía se lee. Es viernes tarde-noche y la gente se autoconvocó al histórico lugar de la ronda de las madres de plaza de mayo para empezar a despedir al Indio Solari y ponerle contexto a una muerte incomprensible, que, a pesar de haber hecho todo por impresionarla y disuadirla, dejó huérfana a la contracultura.

Los presentes ensayan explicaciones para la noticia que irrumpió en la mañana del 5 de junio de 2026 -fecha que nadie nunca más va a olvidar- y el razonamiento frío busca explicar que algo así era esperable por la enfermedad que le venía pisando los talones desde hacía mucho tiempo -“Mr. Parkinson”-, pero eso intentos lógicos, rápidamente terminaron desbordados por el desconsuelo y el llanto. Y los brazos rodearon espaldas ataviadas con banderas pintadas con frases de canciones o la significativa “PR” con su corona arriba. El abrazo compartido para un sentimiento generalizado: orfandad.

La concentración arrancó a las 18 y una madrugada neblinosa de sábado todavía los encontró ahí, desatando poco a poco las banderas de los arboles y con los parlantes a toda mostaza, con la única piel que nunca dejará partir del todo al Indio: sus canciones, su obra. Algunas voces relataron el dolor de la ausencia entre hipos, humo y tragos largos. “Ya no está, entendés. Ya sabíamos que estaba mal, pero saber que en algún momento aparecía para decir algo entre tanta mierda, te mejoraba el día…hoy lo único fue escuchar sus canciones y buscar sus entrevistas en You Tube…no puedo más, hermano”, dijo uno que se acercó desde Luján para sumarse a la “última misa”.

Todos los barrios porteños y del Gran Buenos Aires, reunidos. Las provincias también dijeron presentes, después de viajar kilómetros y kilómetros, e incluso los vecinos del otro lado del Río de la Plata, también asistieron con banderas de Peñarol y camisetas de Nacional

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Cada uno con sus motivos y recuerdos, y por momentos revivir un largo anecdotario de sus shows con Los Redondos y Los Fundamentalistas. La bitácora popular de evocaciones floreció desde una oralidad que formó grandes círculos en la calle, alrededor de velas, botellas, colillas de cigarrillos, remeras y banderas. “Me acompañó en todas las etapas de mi vida y me sacó de momentos muy jodidos – dice Diego, que además cuenta que es de Beccar y tiene 50 años – Sin sus canciones nunca me hubiese interesado un libro ni la historia de Argentina”. (Alguna vez un amigo, me dijo que el Indio nos había enseñado más que el EGB).

La gente se retira poco a poco de la Plaza, camina lento, sonríe, todavía llora. Algunos expresan su arte en las paredes y calles. Realizan distintos dibujos o tan solo garabatean frases emblemáticas de canciones: “vivir solo cuesta vida”, “si esta cárcel sigue así, todo preso es político”. La vía publica se vuelven renglones de un pueblo afectado por la pérdida, que busca entender el encriptado mensaje de la muerte y hasta quizás formular una nueva revolución con una canción de amor.

Las despedidas son esos dolores dulces

La escala de soledad de este fin de semana fue en aumento, pero el ángel pagano hizo las cosas fiel a su medida y el último adiós fue en un polideportivo de Villa Dominico llamado José María Gatica. Vaticinado como la “última misa”, aunque todo parezca indicar que su partida no vaya a tener punto final, los peregrinos ricoteros se acercaron con flores y todo tipo de ofrendas -mucha camiseta de fútbol- que fueron a parar alrededor del cajón donde descansa la humanidad del poeta de un rock malparido por una industria de la diversión que más que quebrar se fagocita en nuevos vasallos que solo saben decir que sí.

Cerca de 15 mil personas por hora accedieron para el último adiós, en un poco más de 18 horas de velorio. Las calles se tiñeron de música de Los Redondos, gente con guitarras cantando en todas las esquinas, velas, rosas y un masivo abrazo que finalizó a las 4 de la madrugada de este lunes. Padres, hijos y hasta abuelos, hicieron la fila para agradecer, llorar o gritar cualquier cosa alusiva que haga referencia al ídolo popular. Al Indio, al guardián de las metáforas y arquitecto de escuchas activos que se apropiaron del fraseo para canalizar dolores, enojos o ensayar discursos de revolución que se encienden con frases del estilo: “en la resistencia, está todo el hidalgo valor de la vida”.

Y los brazos rodearon espaldas ataviadas con banderas pintadas con frases de canciones o la significativa “PR” con su corona arriba. El abrazo compartido para un sentimiento generalizado: orfandad

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“Mick Jagger, hacete de abajo…aguante el Indio”, grita alguien en esa larga fila que formó sobre Av. Mitre. “Soy redondo hasta me muera”, es el cantico de guerra que espesa el ambiente a medida que las horas pasan y el acceso se vuelve un mar de gente que más que dar pasos, flota en conjunto, mientras intenta no terminar aplastada en las vallas. “Esto es el rock”, dice otro, que apunta que Los Redondos siempre fueron “aguante y resistencia contra el caretaje”. Las canciones de Solari suenan a un volumen medio en grandes parlantes que dispusieron junto a pantallas que televisaban la procesión que más adelante lograba acceder primero a los restos del Indio.

Todos los barrios porteños y del Gran Buenos Aires, reunidos. Las provincias también dijeron presentes, después de viajar kilómetros y kilómetros, e incluso los vecinos del otro lado del Río de la Plata, también asistieron con banderas de Peñarol y camisetas de Nacional. Imposible divisar todas las postales ante un escenario de incontables gradas, donde las almas dejaron las suelas de sus zapatos, prendas de ropa y hasta alguna pertenencia perdida, tan solo para dar(le) las gracias y compartir las últimas lágrimas a metros de quien se va cantando porque ya no puede cumplir todas sus hazañas.  

“Esto es efímero/ ahora efímero/ ¡Como corre el tiempo! / Tic… tac efímero”, impregnó en las paredes simbólicas de Ya nadie va a escuchar tu remera. Lo impensado en el inconsciente colectivo, sucedió. Al igual que con Diego Maradona, sin la presencia de los artistas la vida pierde el brillo de las alabanzas y cuesta armar ese full. Sin quienes supieron traducir las emociones y desesperanzas de un mundo olvidado, para habitar en este de nuevos ídolos, donde la cara del Che se difumina en la de nuevos referentes que postulan desprenderse de todos los derechos conquistados y ser verdugos de nuestro propio corazón.

In Memoriam