19 de julio de 2026
Hay algo que la Semana Santa y el 2 de abril comparten, y que solemos pasar por alto: los dos nos preguntan a qué se muere y a qué se nace.
No son preguntas abstractas. Son las preguntas más concretas que existen. Las que se hacen en silencio, los que marchan, los que rezan, los que esperan. Las que no aparecen en los debates de panel pero sí en las conversaciones del mate o la sobremesa.
Me quedé pensando en eso esta semana, entre la suspensión de la reforma laboral debido a la medida cautelar de la CGT, el recuerdo de la marcha Paz, Pan y Trabajo en el ’82, el fallo en el juicio YPF que ratificó soberanía sin lugar a controversias, el recuerdo del Congreso Internacional de Filosofía del ’49. Todo junto en el calendario que nos sitúa al mismo tiempo en la Pascua y el rugido de Malvinas Argentinas.
Todo junto, sin pausa, como suele ser de apasionada la Argentina Querida.
Lo que muere y lo que nace en la cruz
Judas entrega a Jesús. Pedro lo niega. Dos formas distintas del mismo miedo, aunque una peor que la otra. La traición es la puñalada trapera, el que calculo el daño, prepara la jugada, la ejecuta y se lleva las monedas en la bolsa, al miedo le pone agravio. El otro miedo es el que abandona por pánico, es supervivencia. Ambos son figuras que reconocemos. No en los otros, sino en nosotros mismos, en nuestra historia colectiva, en esos momentos en que la política cedió a la conveniencia, al temor o la traición.
La Pascua es una oportunidad para contemplar la cruz y el poder que esta contiene. El poder de Jesús es contracultural en un sentido radical: se ejerce aceptando el fracaso. Literalmente muriendo. Confiando a ciegas en la promesa de lo que viene. El poder al que estamos acostumbrados se ejerce contra el otro, lo usa, lo aplasta, lo descarta y, si puede, lo elimina. El poder del Evangelio se da en el servicio, en la entrega de la cruz, en hacerse cargo.
Eso es lo que hace difícil la época: vivimos tiempos que premian la estridencia y banalizan la profundidad. Que celebran la destrucción y desconfían de los tiempos que lleva la construcción. Que confunden el cinismo con la inteligencia, la crueldad con la eficiencia y la picardía fugaz con la sabiduría fecunda.
Contra eso, la Pascua ofrece una respuesta que no es sentimental: contemplar el calvario de la cruz. De nuestra cruz personal y nuestra cruz nacional. En los dos planos el mensaje es inequívoco: el verdadero poder es el servicio. El poder que sirve nace en la cruz. Es la única fuerza que no consume ni descarta.
La Pascua es una oportunidad para contemplar la cruz y el poder que esta contiene. El poder de Jesús es contracultural en un sentido radical: se ejerce aceptando el fracaso. Literalmente muriendo. Confiando a ciegas en la promesa de lo que viene.
Los que llevaron la patria al hombro
El 2 de abril nos recuerda eso de manera insoportablemente concreta. Los jóvenes soldados que fueron a Malvinas no eligieron un poder que aplasta. Fueron con lo que tenían: la ilusión, el frío, el miedo, la lealtad a una bandera que para ellos no era un símbolo sino una promesa de grandeza. Muchos tenían dieciocho años. Algunos menos.
También es tiempo de jaquear algunas consignas oficiales semi intensas para poder reconocer la tarea noble y de muchos -muchísimos- miembros de nuestras fuerzas armadas. Oficiales y suboficiales que no dudaron en dejar atrás la patria chica de la familia, esposas e hijos. Soldados y militares, todos murieron sirviendo. Seiscientos cuarenta y nueve.
Eso es cargar la patria al hombro. No como retórica. Como peso real, físico, que se puso sobre los hombros y se cargó contra viento, neblina y marea en el suelo más querido de la patria en la extensión.
La Semana Santa invita a la introspección. Las efemérides nacionales de estas semanas ensamblan con esa actitud. Fundamentalmente Malvinas, pero no solo esa.
El 30 de marzo de 1982 la marcha de “Paz, Pan y Trabajo” en la Plaza de Mayo también cargó algo al hombro, aunque su debut oficial había sido meses antes. Un 7 de noviembre de 1981 en el Santuario de San Cayetano en el barrio de Liniers. Con la misma consigna, primero como rezo y después como lucha, estuvo organizada por las corrientes de aquella CGT mientras el régimen todavía estaba en pie, fueron de los primeros actos masivos de resistencia. Con Ubaldini al frente y Lorenzo Miguel acompañando, fueron sindicalistas que salieron a la calle cuando salir a la calle era peligroso. Esa marcha nos dejo un muerto, dos mil heridos y cuatro mil detenidos. La Dictadura contesto a la movilización, pero ya no pudo detener a un pueblo que no dejaría de pelear por la democracia. Ya no hubo vuelta atrás y Ubaldini fue su voz y su cara, el otro padre de la democracia.
El fallo de esta semana que devolvió la personería a la CGT tiene algo del espíritu de ese momento: la organización de los trabajadores es parte del tejido de la dignidad de las personas, de la sociedad y del sistema democrático, no un obstáculo a él y por eso la justicia puso límites al atropello de la Constitución Nacional. Los trabajadores no solo son democráticos, también son republicanos. Cuando juega a favor o cuando juega en contra. Cuando la carga es liviana o cuando la carga pesa en los hombros.
El otro fallo fue el del juicio de YPF que se conoció esta semana y tiene algo de eso también. Fue una disputa de años, costosa, incómoda, que muchos querían evitar. Sectores nacionales en general y el peronismo en particular sostuvieron la contienda. Destacable la figura del gobernador bonaerense Axel Kicillof, no por cálculo electoral: por convicción. Que el capital tiene patria no es una consigna linda para un posteo: es el argumento central de una soberanía que se defiende en los juzgados neoyorkinos al igual que en el Atlántico Sur. Reconocer eso no es elogio partidario; es señalar que hay algo correcto que vale independientemente de quién lo haga.

También un día 30 de marzo, pero de 1949, empieza el Congreso Internacional de Filosofía en Mendoza que durara hasta el 9 de abril. El General Peron, tomo la palabra en el Teatro Independencia con una conferencia que constituyo el acto de clausura de ese día inaugural. Perón ofreció en esa intervención, plena de referencias histórico-filosóficas, las principales posiciones doctrinarias del justicialismo. Este texto sería difundido profusamente hasta nuestros días en forma de un libro titulado La comunidad organizada.
El discurso constituyó la base del pensamiento conceptual del peronismo, en el que definió la diferencia fundamental entre el “yo” y el “nosotros”, entre el individualismo y el colectivismo, como dijo el General: “Esta comunidad que persigue fines espirituales y materiales, que tiende a superarse, que anhela mejorar y ser más justa, más buena y más feliz, en la que el individuo puede realizarse y realizarla simultáneamente (…)”.
Eso sigue siendo el desafío. La comunidad organizada no es el Estado omnipresente ni el mercado que lo reemplaza. Es el tejido de vínculos reales que hace posible la vida buena: la pyme que apuesta, el comercio que levanta la persiana, el empresariado que produce y agrega valor, el agro que da rinde, el sindicato que defiende al trabajador, la escuela y la universidad que educan, la parroquia que acompaña, el municipio que arbitra el bien común.
Hay una santidad que no está en los altares. Está en el que organiza la comunidad, en el que hace la lista de los que necesitan la vianda, en el que va al sindicato aunque no tenga cargo, en el que arremete un año más con la empresa en pie a pesar de la macro o de la micro, en el maestro que llega antes que nadie, en la madre o la abuela que sostiene la familia cuando todo cede.
Francisco lo llamó “la clase media de la santidad”. Una santidad sin estridencia, sin titulares, sin stream, ni redes sociales. La santidad de la vida ordinaria que se da con fidelidad. La densidad nacional no se improvisa, se construye lentamente y con paciencia, como la levadura que fermenta en la masa. Con la patria al hombro.
Francisco lo llamó la clase media de la santidad. Una santidad sin estridencia, sin titulares, sin stream, ni redes sociales. La santidad de la vida ordinaria que se da con fidelidad.
En Pascuas, la casa no está en orden. Está en construcción.
Raúl Alfonsín dijo “la casa está en orden” en un momento que creía definitivo. Pero la casa nunca está en orden del todo, porque la casa es la Argentina, y la Argentina siempre está siendo construida. Es “La Nación por Construir”, como tituló el Cardenal Bergoglio a su conferencia del 25 de junio de 2005 en la VIII Jornada de Pastoral Social de Buenos Aires.
La Pascua no termina en el Viernes Santo. Termina en la Resurrección. Dios que nace, se hace hombre, que muere, que resucita y que nos abre la puerta a la Vida Eterna. Es el misterio central de nuestra fe.
Un misterio, que está más en el plano del comprender que del entender, como los dos discípulos que unos días después de la Pascua iban en camino hacia Emaus. Un pasaje evangélico siempre cautivante por el encuentro entre lo humano y lo divino. O mejor dicho Dios que sale al encuentro de la humanidad y nos deja en plena libertad de elegir qué hacemos con ese encuentro.
Dos hombres que transitan la dureza del camino, caminan derrotados, con la esperanza muerta, repasando los hechos como quien hace el duelo de un proyecto que fracasó. Jesús se aparece. Y lo primero que hace no es corregirlos: es escucharlos. Y camina con ellos en la derrota antes de revelarles el sentido. Los discípulos anclados en sus categorías parecen no entender mucho y cuando el día termina le piden a Jesús que no se vaya. Así funciona la esperanza verdadera: no llega con un discurso triunfal, llega a pie, al costado también de los que van desanimados. Sigue el relato contando que Él entró y se quedó con ellos, compartió las escrituras y el pan, entonces ellos lo reconocieron. La esperanza recobró sentido. En ese mismo momento ellos se pusieron en camino y decían: “¿No ardía acaso nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino?”. Ese encuentro renovó la esperanza y los puso otra vez en viaje a contar lo que vieron.
La referencia sobre esta misma cita evangélica es casi obligada. En el Te Deum del 25 de mayo de 1999, en una homilía que viene bien releer, Jorge Bergoglio planteó algo parecido sobre el camino a Emaus en clave argentina: “hay que dejar la nostalgia y el pesimismo y dar lugar al encuentro”. No como consigna vacía, sino como programa. El encuentro como método político. La apertura como condición del futuro. Se preguntaba y nos preguntaba:
¿Quedaremos los argentinos, como los discípulos de Emaus, presos del amargo asombro, de la murmuración quejumbrosa? ¿O seremos capaces de dejarnos sacudir por el llamado del Resucitado a los discípulos desolados, y reaccionar, hacer memoria de la palabra profética, memoria de aquellos momentos salvíficos, constructivos de nuestra historia?
Y continúa hablando de las reservas culturales, el rescoldo y la retaguardia de nuestro pueblo: “Como en la Pasión de Cristo, nuestra historia está llena de encrucijadas, de tensiones y conflictos. Sin embargo, este pueblo de fe supo cargar al hombro su destino cada vez que en la solidaridad y el trabajo forjo una amistad política de convivencia racial y social que marca nuestro estilo de vida. Nuestro pueblo, que sabe organizarse espontánea y naturalmente en la comunidad nacional protagonista de este nuevo vinculo social, pide un lugar de consulta, control y creativa participación en todos los ámbitos de la vida social que le incumben”.
Y la patria, como la cruz, se lleva al hombro entre todos, o no se lleva. Con la esperanza en que la muerte no tiene la ultima palabra sobre la vida. El pueblo argentino lo sabe y también lo sabe Ricardo Iorio, que le puso letra y música a la Patria al Hombro:
Me sumo a la esperanza de un nuevo amanecer
Me cargo la patria al hombro también
Y haciendo mío a los hijos de los demás
Mi sentimiento criollo no se echará a perder




