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10 de diciembre 2022

Leandro Mora Alfonsín

LA ALEGRÍA DE LA MAYORÍA ORGULLOSA

Tiempo de lectura: 5 minutos

El fútbol no es pretencioso. No busca serlo. Desde que por primera vez pateas una pelota con amigos en el jardín de infantes aprendés que todo lo que surja de ese ritual es genuino, auténtico. Y grupal. Hay cosas que aprendés desde chiquito: a competir jugando, a no dejar en banda al que tenés al lado, a que siempre lo de adentro del equipo es más importante, a que si boqueás te tenés que bancar la que se venga y viceversa, a que el respeto se gana, no se reclama y que no tiene que ver con ganar, sino que está en la misma competencia. Para jugar al fútbol solo necesitás una pelota. Alrededor se arma todo, desde los amigos que te hacés jugando, hasta los arcos con mochilas o remeras improvisadas de postes. Solo una pelota. Y a veces ni eso.

Esa originalidad del deporte es la que penetra en la construcción de la identidad. Tu equipo y tu selección son parte de vos. Son tradición familiar, son tu viejo explicando cómo se patea un penal; tu abuelo marcándote que “este pibe Riquelme va a ser cosa seria”; tus amigos rompiendo un vidrio en un cumpleaños que no debió haberse hecho en una casa; ese trofeo de 10 centímetros de alto que cuando lo levantaste para vos pesaba 6 kilos y era de oro. El fútbol reúne a los pibes del barrio en la calle o en el club. Los de escuela pública y privada, los de familia religiosa y los ateos. Y hoy masivamente a las pibas, de todas las edades. Las que pueden crecer pateando una pelota y las que se animan a los 30. Todos con su camisetita, con la 10 de Diego ayer y con el 10 de Messi hoy. Las heredadas de un primo más grande y las recién compradas en un local oficial. Una ficción de grandeza ecuménica, popular, que no conoce grietas, que tiene sus superhéroes, sus historias y cultura. Que va más allá de lo que los clubes, las asociaciones y el negocio hacen de él. Una ficción donde siempre todo arranca cero a cero y el resultado de nuestro destino es abierto.

El fútbol reúne a los pibes del barrio en la calle o en el club. Los de escuela pública y privada, los de familia religiosa y los ateos. Y hoy masivamente a las pibas, de todas las edades

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Por eso en un mundial la alegría es genuina. Quien fue abrazado por el fútbol a cualquier edad (una orgullosa mayoría, por suerte) ve en un partido del mundial más que un partido. Ve a la bandera idolatrada puesta a competir. Y así, esplendorosa, que al mundo con sus triunfos admiró, se proyecta en la alegría popular a desbloquear como ese manto igualador que a todos nos lleva a esa canchita, con los pibes del barrio y los consejos de tu abuelo. El fútbol es eso que nos hace sentir únicos en grupo, capaces de todo y mano a mano. La cosa más importante de la vida entre las menos importantes de la vida.

El fútbol no es pretencioso. Pero cada cuatro años aparecen forasteros del fútbol que sí lo son. Que llegan para tratar de dar clase a esa mayoría orgullosa. A enseñar cómo vivir. Por izquierda y por derecha. Desde el progresismo de cristal que aclara que “no le gusta mucho el fútbol” al grabar un videito sobre cómo festejar una Copa América, hasta la tribuna de doctrina que protocoliza manuales de etiqueta en una tanda de penales. Ambos desconocen la naturaleza competitiva del deporte. Ambos desconocen la regla básica de que si el rival se animó a minimizarte, hablando de más, como hizo Holanda antes, durante el partido y la tanda de penales, se va a tener que bancar que le cierres la boca en la cancha y luego haciéndoselo notar. El silencio y el aliento es para el que compitió respetuosamente, lo dio todo y, aun así, le faltó. La marcada de cancha es siempre para el que habló de más. Porque el respeto se gana; te lo enseña el fútbol para que lo apliques en tu vida. Por eso reniegan de un Messi capitán maduro que no se come ninguna. Que no le deja pasar ningún intento de viveza a ningún rival, árbitro vedette o periodista clickbait. Es más cómodo para sus formas el Messi que mira la Copa en la final de 2014 con la nostalgia de lo que no fue, que el que se rebela ante eso. Y en esa comodidad no ven al jugador argentino que se lleva bárbaro con el rival que respeta y se respeta (como esos enormes competidores que son Neymar y Cristiano Ronaldo). Solo se cuadran en la idea cipaya de rechazar el desaire a tan civilizados rivales como los holandeses. Como si sus provocaciones cumpliesen con una norma ISO de etiqueta para competir.

Para jugar al fútbol solo necesitás una pelota. Alrededor se arma todo, desde los amigos que te hacés jugando, hasta los arcos con mochilas o remeras improvisadas de postes. Solo una pelota. Y a veces ni eso

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Pero, más que nada, esos forasteros por izquierda y por derecha desconocen algo más profundo: lo genuino. Porque la gente que vive en pose tratando de decirle a los demás cómo tienen que vivir según su pose nunca van a poder nutrir en sus entrañas un sentimiento genuino. Nunca van a gritar desesperados la alegría, ni llorar abrazados la decepción. Porque ellos jamás jugaron a algo por jugar y construir. Ellos simplemente quieren tener razón. Y todo lo que se construya por fuera de las razones amenaza su púlpito cultural de barro.

Va más allá de que algunos conceptos que viertan sean atendibles, hasta correctos y, justamente, dueños de toda razón. El tema central es que su genio puede más. No van a construir, no van a mejorar los códigos y prácticas jugando, enfocados en el goce popular y el sentimiento común desde adentro. Van a levantar el dedo desde afuera, siempre desde afuera, minimizando la alegría y subordinándola a la forma.

No ven al jugador argentino que se lleva bárbaro con el rival que respeta y se respeta (como esos enormes competidores que son Neymar y Cristiano Ronaldo). Solo se cuadran en la idea cipaya de rechazar el desaire a tan civilizados rivales como los holandeses. Como si sus provocaciones cumpliesen con una norma ISO de etiqueta para competir

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Por eso hay que escribirles. Para invitarlos a dejarse disfrutar y a construir, pero desde adentro. Seguro su ego los engañe y prefieran persistir, agitando el dedito desde afuera mientras en el primer metro cuadrado de cada uno pasan otras cosas. Mientras en ese primer metro cuadrado la sensación de victoria se festeja el doble, con rebeldía ante el día a día que es tan distinto a ese instante de victoria. Tanto para el fútbol como para la política no hay razón que se quiera tener por fuera del primer metro cuadrado de la gente que valga la pena.