19 de julio de 2026
Hijo de exiliados políticos paraguayos, pibe de Caraza y futbolista frustrado por la colimba. Periodista por accidente que relató los años más duros del menemismo. Crónica de un cronista anunciado.
Nací con ojos chiquitos, dos rayitas que no se animaban a ver el mundo. Pero mi padre me decía “ojazos”. Y me regaló sus siglas, para que hiciera con ellas lo que quisiera. Y me dio un nombre, que es nuestra historia y nuestra raíz. Él, mi raíz: la palabra más fuerte de mi léxico.
Un recuerdo. 19 de diciembre de 2001. Del canal no lo llamaban y decidió ir a Plaza de Mayo por su cuenta. Yo tenía 11 años. Me llevó. Caminamos hasta el frente de la Casa Rosada, donde una de las tantas granadas de gas lacrimógeno que se lanzaron ese día nos dio de lleno. Corrí sin aire ni rumbo. Cuando frené, lo vi: firme, impertérrito. Me contó una anécdota irreproducible que me hizo reír y seguimos camino, entre cantos, piedras, manifestantes y policías.
Julio, hijo de inmigrantes paraguayos, conoció la acción desde temprano. Acompañó a sus padres en exilios y regresos, dictados por diferentes golpes de Estado y cambios políticos. Creció en Villa Caraza, a unas cuadras de la famosa casa de la familia Maradona en Fiorito. De casualidad -y por instinto- terminó en agencias de noticias y, finalmente, en la televisión.

En los ochenta, se consolidó como reportero de sindicales. Y, en los noventa, se convirtió en uno de los relatores del ajuste menemista: del hambre, de la corrupción, de las privatizaciones que vivió en carne propia, cuando Canal 13 dejó de ser un medio estatal.
Vio de cerca la desnutrición, las camas pediátricas en los hospitales que repentinamente quedaban vacías. Hizo cuerpo a tierra para esquivar balas de plomo junto a los camarógrafos, de Jujuy a Tierra del Fuego. Aunque ya había olvidado el guaraní que hablaba en su infancia, cubrió el Marzo Paraguayo y dedicó un Martín Fierro al pueblo de sus padres.
Estuve en los primeros piquetes en el sur del país. Las Policía y la Gendarmería respondían con todo. Había detenciones, volaban gases, balas de goma y de plomo. En una protesta contra los despidos en Ushuaia, asesinaron a Víctor Choque
Contó rebeliones y represiones. Presenció los primeros piquetes del país y estuvo ahí cuando mataron a Víctor Choque. Investigó durante meses el caso de María Soledad Morales en Catamarca y cubrió el Santiagueñazo de 1993.
Escribió Crónica de un cronista, compilando sus trabajos más significativos de la época. Acompañó a los familiares de Cromañón y se emocionó anunciando el nombramiento del Papa argentino.
En 2017, mientras transmitía desde la protesta contra la reforma jubilatoria de Macri -que había criticado públicamente- fue atacado y terminó en terapia intermedia. Desde hace catorce años, conduce Esta es mi villa. Sigue en la calle todos los días.
Nos encontramos en su casa: él con 78 años; yo, con 35. Todavía me dice “nena” con la ternura de quien pondría el cuerpo frente a las balas para protegerme.
Es periodista hace cincuenta años. Es decir, experimentó medio siglo de historia comprimida desde el ojo de la tormenta. En una charla de varios días, con grabador de fondo, me transmitió algunos de sus recuerdos.
Vayamos al inicio del inicio. Tu papá, la guerra, el exilio… ¿cómo era él?
Mi papá, Gumersindo, era paraguayo, veterano de Guerra del Chaco [1932-1935] y perseguido político. De mi primera infancia tengo pocos recuerdos porque él siempre estaba trabajando, turno nocturno. De día estaba en la cama. Nosotros le cebábamos mate y cantábamos con él en la cama. Tengo recuerdos sueltos… él era medio agricultor: donde llegábamos, sembrábamos una quinta. Me acuerdo de una vez que se subió a una higuera; las ramas son frágiles, quebradizas. Se vino al suelo y nos reímos todos.
En esas escapatorias de Paraguay, ¿cómo llegaban a la Argentina?
Del exilio veníamos generalmente en barco. Evidentemente viajábamos en tercera, porque lo que conservo es un olor muy fuerte, el de la cocina. Y a veces veníamos en tren: en las estaciones había vendedores de comida y comprábamos sándwiches para un viaje largo. Cuando tenía cuatro o cinco años, nos quedamos en el Hotel de Inmigrantes.
¿Y por qué era peligroso Paraguay para tu papá?
Él se consideraba un rebelde. Había peleado en la guerra junto a sus hermanos y era militante del Partido Revolucionario Febrerista. Para los opositores políticos era peligroso. Se escapó porque le soplaron que lo iban a matar. Estaba preso. Sobornaron al guardia y se escaparon con mi mamá, recién casados.
Antes existían gremialistas como Ubaldini, que todavía eran creíbles. Hoy la gente ya no cree en nada. Muchas instituciones están corrompidas. Falta mística, compromiso verdadero, y eso, para el que cubre la calle como yo la cubrí, se nota enseguida
¿En qué momento se instalaron definitivamente en la Argentina?
Mi hermano mayor y yo nacimos acá. Cuando éramos chicos, cantábamos canciones en guaraní. Jorge, el tercero, que después fue monseñor, nació en Paraguay. Después ya nos instalamos acá y vinieron tres hermanos más. Teníamos una casa en Ramos Mejía, que se incendió cuando yo tenía seis años. Entonces nos mudamos a Lanús, a una casa en construcción. Vino un camión de la Fundación Eva Perón. Nos dieron una cama grande, dos camas chicas, un ropero, un juego de comedor. Mi papá hizo bajar lo necesario y les dijo que se llevaran el resto. Pudimos comprar un terreno en Caraza, que era todo campo y empezamos a levantar la casa. Trabajábamos los domingos; dejábamos los materiales y a la semana siguiente estaba todo igual.
¿Y tu mamá?
Mi mamá, Alicia, era muy especial, culta. Le gustaba leer, el cine. Estaba en la iglesia, en la escuela, ayudaba a los vecinos. Se enfermó tempranamente de cáncer, lo encontraron ya avanzado. Mi papá le cocinaba y le llevaba la comida, pero ella no podía tragar ni un bocado. Él tiraba la comida llorando. Al día siguiente, otra vez. Eso me quedó grabado: había mucho amor. Se murió cuando yo tenía 15 años.

Había muchas bocas para alimentar, ¿cómo hicieron?
Empecé a trabajar a los 13 o 14. Íbamos con mi papá al centro en tranvía. En grandes tiendas como Harrods o Gath & Chaves. Manejaba ascensores, limpiaba alfombras con máquinas gigantes. Después con mi hermano Carlos entramos a Casa Perramus, como cadetes. Repartíamos trajes. Una vez, me atropelló un coche cuando hacía mandados y mi jefe me preguntó, alarmado: “¿Pero los trajes cómo están?”.
¿Qué hiciste después de terminar el secundario?
Me mudé a Banfield con la familia. Con cinco o seis compañeros fuimos a La Plata a estudiar Derecho, sin vocación. Después me tocó el servicio militar obligatorio. Fue una novedad. Percibía el autoritarismo y la corrupción: se llevaban la carne, nos daban guisos de porotos con gorgojos. Teníamos hambre siempre. Una vez un matón me quiso agarrar de punto; saqué el sable de bayoneta y lo embestí. Cuando me tocó guardia con él, estaba hecho un corderito. Aprendés a enfrentar a los autoritarios.
También jugaste al fútbol…
Empecé cuando a los 17, cuando era cadete. Un jefe me llevó a probarme en Huracán y entrené un tiempo en las divisiones infantiles. Un día, jugando un partido descalzo porque tenía el traje puesto, me lastimé… el tipo me dijo de todo. Después de la colimba me probé en Lanús, con la Primera. Fue todo el barrio a verme. Metí un gol, pero ya era grande. También fui al Porvenir. El técnico me dijo: “¡Bien, pibe!”. Cuando le aclaré que tenía 20, se decepcionó. Ahí se terminó todo… Me fui a una pensión en el centro y trabajé de cadete en una casa de fotocopiadoras japonesas.
¿Cómo diste el paso al periodismo?
Buscaba avisos en el diario. En ese tiempo el trabajo abundaba, no como ahora. Fui a un examen para corrector de pruebas en la Avenida de Mayo. Me preguntaron capitales de países y cuestiones de cultura general. Me tomaron. Empecé en la agencia internacional CID (Centro de Información y Documentación), que hacía despachos para diarios chicos del interior, armábamos refritos: lo de los diarios o la radio. Imprimíamos con esténciles y mandábamos por micro. Me apasionó.

¿Cuándo salió tu primera nota?
Fue sobre Goyo Peralta, boxeador. Había dejado y volvía. Yo sabía mucho de boxeo desde chico. Escribí la nota y me la guardé en el bolsillo, hasta que me animé y se la di al secretario de redacción. Le gustó y la publicó. Ver los recortes fue una gran satisfacción. Mi primera firma. Después trabajé en Policiales, Artes y Espectáculos. Fue la primera primavera cultural, cerca del 73.
¿Cómo continuó tu carrera después?
Durante el último gobierno peronista, me contrataron de la agencia Saporiti. ¡Pertenecía a los servicios de inteligencia, pero no lo sabíamos cuando entramos! Hacíamos notas en contra del gobierno, destapábamos cosas. Con Adriana -mi esposa hasta el día de hoy- denunciamos en la Policía del Trabajo que los baños eran inhumanos. Juntamos firmas. El acreditado en el Congreso era de los servicios y nos buchoneó. Un día el director, el coronel San Emeterio, puso un revólver sobre la mesa y me dijo: “¿Usted sabe lo que es un subversivo?”. Nos echaron a mí, a Adri y a otro periodista. Todos los demás se borraron.
En catorce años, vi a madres sacar adelante a sus hijos, vi cómo el barrio cambiaba, cómo se organizaban para reclamar derechos. También vi la violencia, la droga, las ausencias del Estado. Pero no quería quedarme solo en eso: quería que se viera la dignidad, la solidaridad, la alegría
¿Conseguiste trabajo en otro medio después de eso?
Sí, en la agencia Noticias Argentinas. Fue la única que se animó a publicar algo después de la censura total. Los diarios se cubrían poniendo “según Noticias Argentinas”. Estábamos en la mira. A un compañero lo chuparon. Una vez vino un tipo del servicio a apretarme; le dije que había otro Bazán, que se habrían confundido. El director, Héctor Tato, era muy valiente: salió y lo echó a patadas. Ahí empecé a cubrir temas gremiales. Lo que escribía, salía en replicado en los grandes medios: el mismo artículo, letra por letra.
¿Recibiste amenazas?
Tato, el director de la agencia, fue a ver a Harguindeguy y le preguntó por la deuda externa. También en plena dictadura, publicó la nota de un periodista deportivo contra José María Muñoz. Le advirtieron: “Cuidado con lo que preguntan, tengo nombres de periodistas relacionados con Montoneros, como Bazán”.
¿Te tocó cubrir a las organizaciones guerrilleras?
Sí. Los Montoneros nos citaban en una confitería del centro, como La ideal. Nos llevaban en autos, con los ojos vendados, a algún lugar del conurbano: una habitación forrada con diarios o papel madera para que no se identificara nada. Daban la conferencia y nos devolvían, otra vez vendados.

¿Cómo viviste el regreso de la democracia?
Fue una época muy esperanzadora. Alfonsín transmitía algo que hacía creer que las cosas iban a mejorar. Había un clima distinto en la calle, en los sindicatos, en todos lados. Pero el desastre económico también estaba ahí: las huelgas, la inflación, los gremios en pie de guerra.
¿Los sindicalistas seguían tu laburo?
Sí, y trataron de comprarme infinidad de veces. Triaca, José Rodríguez… Me ofrecieron dirigir la revista del gremio, departamentos, autos. Y yo les decía: “Dáselos a tus afiliados”. Nunca acepté nada. No me interesaba. Si lo hacía, me mataba yo mismo como periodista.
¿Cuándo fue el paso de la gráfica a la televisión?
En 1984, con la primera democracia. Cuando se van los militares, Sergio Villarruel -que se había destacado en su cobertura del Cordobazo- prometió que iba a sacar a las modelos que habían puesto los militares y que iba a llevar periodistas. Y cumplió: cuando se hizo gerente, me llamó para ser parte de la conducción de un noticiero. Justo unos días antes me habían llevado como panelista a Canal 7 y había salido al aire, de traje. Me dijo: “Negro, mírate. Das bien en televisión”. Yo le respondía que no podía, que era tímido, que era más de escribir…
La imagen que muchos tienen de vos es televisiva y es de los noventa. ¿Cómo describirías esa década?
Fueron años muy, muy duros. El menemismo llegó con ajuste, hambre, corrupción y privatizaciones. Lo empezamos a ver en las provincias, que me tocó recorrer. Tengo muchos recuerdos de esa época. Como cuando estaba en un hotel de Jujuy y una empleada se acercó tímidamente y me regaló un yunque chiquito: su esposo había sido una de las víctimas de los despidos en Altos Hornos Zapla. Los chicos que se morían ahí delante mío, de un día para otro. O desayunaban agua caliente, mientras velaban a un nenito que se murió de hambre.
Tu forma de relatar los hechos, para admiradores y detractores, se convirtió en una marca personal…
En Jujuy, por ejemplo, el clima y la pobreza eran extremos. Una vez, en medio de los disparos, me salió decir: “Jujuy, provincia pobre; Jujuy, pobre provincia”. Yo nunca me libreteaba. Me metía en las situaciones sin saber de qué se trataban, para descubrir ahí. Creía que sorprendiéndome y descubriendo en el momento iba a estar mejor. Es una estupidez, si lo pensás. Al mismo tiempo, otra de mis marcas en el canal era la edición de las notas: ahí sí elaboraba los guiones y textos.
¿En qué momento empezaste a dar tu opinión al aire, alejándote de la crónica “objetiva”?
Eso me lo acuerdo perfectamente. Un día estaba sentado en la redacción y me dije: “Estoy contando cosas, pero tengo que decir lo que pienso, involucrarme”.
En esa década, también fuiste testigo de las puebladas…
Santiago del Estero fue una de las más fuertes. Los manifestantes tomaron la Casa de Gobierno, quemaron muebles, expedientes, todo. No era vandalismo gratuito: era un pueblo harto de corrupción y pobreza extrema. Recuerdo la violencia de la represión: disparos, gases, camiones hidrantes. Nosotros fuimos los primeros en llegar, tuvimos la intuición de viajar, después de que unos docentes nos dijeran que la cosa se estaba poniendo fea… Cuando empezó el levantamiento, las rutas estaban cortadas y no había vuelos, así que nuestra cobertura fue exclusiva. La gente me invitaba a comer a sus casas: me servían una perdiz que habían cazado, por ahí no tenían otra cosa que comer. Llevaban una guitarra y cantaban. Ahí yo era feliz. Me hice amigo de Alfredo Ábalos, el gran cantor de chacareras. Eran fenómenos sociales que me tenían a mí como testigo. Los productores veían la repercusión de mi trabajo y me mandaban a inundaciones, dramas tremendos. Yo estaba en todas las fotos ahí, pero no para “ser la noticia”. El cronista solo está para contarla.
¿Viste el nacimiento del movimiento piquetero?
Sí, estuve en los primeros piquetes en el sur del país. Las Policía y la Gendarmería respondían con todo. Había detenciones, volaban gases, balas de goma y de plomo. En una protesta contra los despidos en Ushuaia, asesinaron a Víctor Choque, el primer muerto en represión desde la vuelta de la democracia. Son cosas que no se pueden olvidar.
Investigaste durante meses el caso de María Soledad Morales, ¿qué podés contar de eso?
Viajé muchas veces a Catamarca, estuve meses ahí. El clima era pesado: los políticos, la Justicia y la policía local metidos en el medio. Al mismo tiempo, era un caso donde el poder entero estaba comprometido, y sostener la investigación significaba caminar con cuidado, pero sin retroceder. Ahí se vio a una población organizada, pacífica, inquebrantable.
Con el conflicto Clarín-Kirchner, apareció algo nuevo: el ataque directo al periodista que dice algo que no gusta. En una movilización de 2017 contra la reforma jubilatoria me rompieron la cabeza. Esa lógica de habilitar la agresión después se volvió universal: en marchas contra Macri golpeaban a periodistas de C5N
¿Cómo manejabas lo emocional en coberturas así?
A veces no lo hacía muy bien. Me volvía cargado a casa. Y a veces descargaba en la nota misma: lo decía como lo sentía. No siempre quedaba perfecto, pero era real.
Cubriste privatizaciones como la de Aerolíneas Argentinas y otras empresas del Estado, pero también atravesaste la privatización de Canal 13, ¿no?
Sí, en ese momento era muy activo. Se armaban asambleas masivas en un estudio inmenso, todos participaban. Yo arengaba, sobre todo a los periodistas más jóvenes, les decía que si no peleábamos iban a echar a la mitad. Y así pasó.

¿Te sorprendió que no te echaran?
Sí. Con mi esposa estábamos preparados para lo peor, porque me habían mandado de vacaciones, que era algo que solían hacer antes de despedirte. Un día, un jefe me paró y me dijo: “¿Sabés por qué no te echaron? Porque yo lo pedí…” Pero después vino otro jefe y repitió lo mismo. Creo que en ese momento mi trabajo tenía mucha más relevancia de la que pensaba.
Una de las polémicas más grandes que tuviste en esos años fue en Rosario, con la noticia sobre gente que comía gatos. ¿Cómo fue eso?
Eso fue tremendo. El origen de la noticia fue Página/12 de Rosario, que hizo una tapa con foto. Todos los canales fuimos para allá. Había política detrás: la denunciante era una concejal radical. Pero recorríamos los ranchitos y veíamos el hambre, la gente comía perro, gato, lo que hubiera. Lo comprobamos. Fui y se lo enrostré a Binner, que tenía muy buena imagen entonces. En La Nación publicaron sus declaraciones: el intendente diciendo “yo comí gato cuando era estudiante”. Una vergüenza. Después negó todo. También hablé de Menem; se enojó y empezó una operación política feroz. Ruckauf planteó en televisión que yo había inventado todo… Lanata -y esto nos sorprendió con Mayo, el productor- aseguró que le creía más a Menem que a mí. Era raro, porque él era muy opositor…
También viajaste mucho, ¿cuál de tus coberturas internacionales te impresionó más?
En 1994, viajamos a Ramallah. Nuestra guía, Raquel, nos mostró las casas palestinas destruidas por los tanques israelíes. Un día llegó tarde, con el pie vendado y las manos con tierra. Nos confesó que era parte de la resistencia. Le pedí conocer desde adentro una intifada. Me dijo que estaba loco… pero terminó llevándonos.
¿Por qué creés que era posible hacer notas tan contestatarias desde un canal comercial?
Pude hacer esas crónicas sobre las Madres de Plaza de Mayo o contra políticos de primera línea, en parte, porque el diario estaba en contra del gobierno. En el canal nunca me censuraron, porque coincidía con su línea editorial. Por ejemplo, en Roque Sáenz Peña, Chaco, denuncié muertes de niños por hambre y la renuncia de una funcionaria llegó después de mis notas. Una vez, Menem canceló una conferencia de prensa porque estaba yo, me lo hicieron saber.
En 2001, ya estabas curtido en la calle. ¿Sentías que algo así podía pasar?
Sí. El canal no me había mandado. Fui igual. Te llevé. Llegamos y los gases lacrimógenos eran una nube constante. Corría la gente, corrían los policías. Vi a la Gendarmería cargando, a los manifestantes resistiendo. Había una mezcla de bronca y tristeza, porque ya se veía venir lo que iba a pasar: represión y muertos.
Años después, en 2009, comenzó Esta es mi villa. ¿Cómo nació la idea?
La idea era mostrar los barrios populares desde adentro, sin prejuicios, sin entrar con la mirada policial que muchas veces tiene la televisión. Y yo conocía esos barrios: Caraza, Fiorito… La primera vez que entramos con el equipo, nos miraban raro. Había desconfianza: no es fácil que te abran la puerta si creen que vas a hacer una nota para estigmatizarlos. Pero con el tiempo se corrió la voz de que íbamos a mostrar otra cosa.
¿Y qué descubriste en esos recorridos?
Gente trabajando, cuidando a sus hijos, luchando por mejorar su casa, por tener cloacas, por conseguir que no se inunde la calle. Mucho esfuerzo invisible. La televisión suele mostrar la villa solo cuando hay un crimen o un operativo policial, y yo quería mostrar lo que pasa el resto del tiempo: lo cotidiano, lo que no es noticia. En catorce años, vi a madres sacar adelante a sus hijos, vi cómo el barrio cambiaba, cómo se organizaban para reclamar derechos. También vi la violencia, la droga, las ausencias del Estado. Pero no quería quedarme solo en eso: quería que se viera la dignidad, la solidaridad, la alegría.
Pasemos a otro momento histórico de tu carrera: el anuncio del Papa Francisco.
Eso me tocó de casualidad, porque otro periodista tuvo que bajarse. Me preparé mucho: leí sobre la historia de los Papas, los protocolos, y agregaba elementos narrativos, como cuando una gaviota se posó en la chimenea de la fumata y hablé de San Francisco de Asís, que les predicaba a los pájaros. Mi cobertura fue muy documentada y con un fuerte componente emocional, algo que siempre puse en mis notas: sorpresa, emoción, bronca, pero siempre comprometido. A nivel personal, fue un momento cargado de historia familiar: mi hermano sacerdote, mi madre feliz con su devoción, mi vínculo de cuna con la fe. Sentí que no era solo un logro profesional, sino una gracia estar allí.

¿Cuándo arrancaste a cubrir los actos de religiosidad popular?
En la agencia cubrí las visitas de Juan Pablo II, que quería todo el mundo. Pero fue en televisión que arranqué con San Cayetano. Los fieles me provocaban curiosidad y admiración. En algunas provincias, ves gente que viene bajando de las alturas durante días, caminando, aguantando fríos, calores… Muchos quedan en el camino, pero otros llegan saltando.
La televisión suele mostrar la villa solo cuando hay un crimen o un operativo policial, y yo quería mostrar lo que pasa el resto del tiempo: lo cotidiano, lo que no es noticia
¿Qué cambió después de 2003 con el kirchnerismo?
En 2003, con el impulso de Duhalde, Néstor Kirchner llega como una figura desconocida para recomponer la confianza en las instituciones. Su ascenso se da en un contexto de bonanza económica internacional. Yo lo analizo como un maestro en apropiarse de causas ajenas, mimetizarse con ellas y usarlas para acumular poder. El caso de los derechos humanos, con el gesto de descolgar el cuadro, es un ejemplo: logró un gran impacto sin correr riesgos. Kirchner cooptó a las organizaciones sociales y sindicales, antes muy activas, lo que hizo que la conflictividad social disminuyera.
¿Y cómo te atravesó el vínculo del kirchnerismo con la prensa?
Durante el kirchnerismo viví un cambio en la relación entre manifestantes y prensa: antes, si me golpeaban en una protesta, no era personal. Con el conflicto Clarín-Kirchner, apareció algo nuevo: el ataque directo al periodista que dice algo que no gusta. En una movilización de 2017 contra la reforma jubilatoria me rompieron la cabeza. Esa lógica de habilitar la agresión después se volvió universal: en marchas contra Macri golpeaban a periodistas de C5N. Se sumó la degradación del periodismo, que se volvió propaganda y parte de la grieta, y el trabajo en la calle se volvió más peligroso.
Ahora, con Milei, ¿qué impresión tenés?
Comparo la elección de Milei con la gente atrapada en las Torres Gemelas que debía elegir entre quedarse o saltar. No me gusta hablar de “fascismo” o “dictadura” porque lo eligieron en democracia, hay un Congreso que puede votar leyes, etcétera. Pero, para mí, es un personaje con ideas y acciones peligrosas. Veo una maldición de elegir cada vez peores presidentes.
¿Cómo ves al sindicalismo argentino hoy en comparación con décadas previas?
Creo que no hay una preocupación genuina por los trabajadores. Por supuesto, siempre hubo política, enriquecimiento de los dirigentes. Quizás por obra de Menem y de Kirchner, el sindicalismo perdió protagonismo. También hay una cuestión de “supervivencia”, de tratar de salvar los ingresos por las obras sociales. Lo más grave es la falta de dirigentes genuinos, con vocación y solidaridad. Antes existían gremialistas como Ubaldini, que todavía eran creíbles. Hoy la gente ya no cree en nada. Muchas instituciones están corrompidas. Falta mística, compromiso verdadero, y eso, para el que cubre la calle como yo la cubrí, se nota enseguida.
Si tuvieras que dejar un mensaje a un periodista joven, ¿cuál sería?
Formación sólida, lectura para desarrollar lenguaje, y conciencia de la responsabilidad social del periodismo. Evitar los malos ejemplos. Mantener vocación y ética, incluso si se trabaja en medios con línea editorial marcada.
Julio mira los recuerdos que le dejaron los noventa: fotos, algunos Martín Fierro, un cartucho de gas lacrimógeno que recogió en Chile, regalos de los despedidos de Aerolíneas. Asegura que su mayor deseo es volver al centro de la acción, cubrir manifestaciones, protestas. Pone una chacarera. La entrevista terminó.




