19 de julio de 2026
A orillas del Paraná, cientos de miles de personas asisten al encuentro de la patrona de Corrientes y la de Paraguay. Tres días de oración, música, comida y sapucay, que construyen nación y tradición.
Un camino de bosta seca, adornado con pétalos de clavel. El sol litoraleño, como una suspensión momentánea del invierno. El rito inicial: la entrada de casi 30 mil jinetes que montan durante días, portando sus mejores ropas (ponchos, boinas, botas o alpargatas). Niños de cuatro, cinco años, en su primera cabalgata, iniciándose en una tradición, inscribiéndose en un linaje.
Los feligreses -locales, de Chaco, Misiones, Santiago del Estero, Buenos Aires, Neuquén, Paraguay, Brasil- copan las pocas cuadras que forman la avenida principal de Itatí. Asisten a pie, en carreta, en auto, a caballo, en micro. Paran en hoteles, en casas particulares, en la plaza frente a la iglesia; con carpas modernas u otras muy rústicas, confeccionadas con ramas, cartones, plástico. Pese a que se entremezclan distintos acentos, predomina esa melodía que dejó, de formas diversas, el guaraní en los contornos del Paraná.
Todos se preparan para el día siguiente, cuando ocurre el momento más esperado: la reunión ribereña entre la Virgen de Itatí y la de Caacupé, que viaja desde Paraguay para la ocasión, también engalanada
Según el último censo nacional, en 2022, la localidad tenía poco más de diez mil habitantes. Pero, durante tres días, a mitad de año, alberga el equivalente a casi el 1% de la población argentina: unas 400 mil personas. Los vecinos sacan parrillas y cacerolas a la vereda, alquilan sus camas, montan negocios efímeros y despliegan toda su devoción, identidad y cultura en honor a la estrella del lugar: María.
La fecha de conmemoración litúrgica de la Virgen de Itatí es el 9 de julio, día patrio por excelencia. En rigor, Corrientes no firmó la declaración de independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata en 1816 (ya que, por entonces, era parte de otra apuesta política, la Liga de los Pueblos Libres): sin embargo, en la actualidad, hay homenaje por partida doble.
La celebración que ocupa este texto, mucho mayor, sucede unos días después, entre el 14 y el 16 de julio: cuando se recuerda la coronación de la (hoy) patrona provincial, dispuesta por el papa León XIII en el 1900. Se trata de tres días de pura música, comida, rezo, baile y fe.

Fiesta de chamamé, fiesta de fe
La presencia infantil y adolescente engrosa a un público inquieto que entra y sale de la basílica, donde la misa es constante. Afuera, el cura bendice con agua y refresca. Los aromas de animales, rosas para la santa, chipa m’bocá y carne asada a toda hora (cocina fusión) configuran el perfume característico; como todo lo demás, profundamente híbrido.
Mujeres de Itá Corá, del otro lado de la frontera, venden sus artesanías en mimbre, pulseras, tejidos. En las esquinas se arman bailantas espontáneas, en preparación para la velada chamamecera que se desarrolla el 15, frente a la basílica iluminada de celeste y blanco. Los colores de la bandera argentina y de María. A los clásicos -algunos, reversionados con letras cristianas-, se suman polkas paraguayas y guaranias, siempre acompañadas por palmas.
Llegada la medianoche, la Virgen, imponente, saluda a su audiencia, que se agolpa contra las vallas. Hay, al menos, tres desmayos. Todos se preparan para el día siguiente, cuando ocurre el momento más esperado: la reunión ribereña entre la Virgen de Itatí y la de Caacupé, que viaja desde Paraguay para la ocasión, también engalanada.
Cantan bajito las penas y en alto las esperanzas. Recargan fuerzas como se carga el alma. Con lo justo y necesario para volver a empezar
Reinvenciones nacionales
En las últimas semanas, el debate sobre el “origen de la patria” inundó Twitter. Es decir, adquirió carácter estatal. No vale la pena repetir los argumentos oficiales. Las naciones, como se dijo mil veces, son invenciones.
Contra el mito y el grito, Itatí -en guaraní, “piedra blanca” o “punta de piedra”- opone el rito, y parece decir: somos lo que hacemos con la nación que hicieron de nosotros. Límites porosos, catolicismo pagano, súplicas y canciones en distintas lenguas.
Su propia fundación comparte un legado movedizo: mezcla de colonización forzada y resistida; enfrentamiento entre evangelizadores y pueblos originarios; relato franciscano con protagonismo indígena, reafirmado en cada edición de la fiesta patronal.
Con su corona de oro y sapucay jaranero, la Virgen morena recibe gente de distintas provincias y de los países vecinos. Cantan bajito las penas y en alto las esperanzas. Recargan fuerzas como se carga el alma. Con lo justo y necesario para volver a empezar.

Abrazos del Paraná
El día 16, la Virgen de Itatí llega a la costa y zarpa. Resguardada por Prefectura y acompañada por lanchas particulares de promeseros, navega hasta que, finalmente, se da el encuentro con la patrona del Paraguay.
Frente a frente, en medio de la algarabía popular, se preguntan, en un lenguaje arcano, por qué pio sus hijos andan tan angustiados, tan peleados, tan solos: ambas sienten sobre sus mantos el peso de viejos y nuevos martirios.
Escoltada por su contraparte itatiana, que la invita, la Virgen de Caacupé -virgencita india- pisa el suelo argentino, anunciada por una canción con tintes de infancia: “Campanas de bronce tocando oraciones / llaman a los fieles / con su canto dulce para el ñembo′e”.
Según el último censo nacional, en 2022, la localidad tenía poco más de diez mil habitantes. Pero, durante tres días, a mitad de año, alberga el equivalente a casi el 1% de la población argentina: unas 400 mil personas
Los congregados filman, lloran, miran impacientes. Intentan acercarse a María, como si recién hubiera bajado del cielo, buscando la locación ideal (en ocasiones, la platea alta conformada por un relieve del terreno, que tiene una ventaje panorámica). Se idolatra a una mujer, encarnada en dos, en miles.
Desde la orilla del río -ese río que nutrió a mi árbol genealógico y me recuerda que soy un poco de acá, un poco de allá-, me concentro en los rostros de las devotas; en los rasgos marcados, en esas pieles morenas de todas las edades.

Celebración de las mujeres
Pienso en mi abuela. Paraguaya, católica y mariana; compañera de un veterano de guerra y militante político, encargada de sostener el hogar mientras él perseguía una revolución. Y que más tarde, con hijos a cuestas, lo acompañó en exilios: sobre un tren o como polizona en un barco, justamente, por el Paraná. Conservadora. Indómita. No por extensión, sino por título y carácter propio.
La María que contemplan los creyentes no está fija a los pies de la cruz -aunque, hay que decirlo, fueron ella y otras mujeres las que se quedaron cuando la mayoría de los apóstoles huyó-. Tampoco permanece detrás de una vitrina, alejada de quienes la veneran. Sino que avanza, caminando sobre las aguas.
Esa autonomía femenina -sacrificada y activa- suele diluirse tanto en las lecturas bíblicas más lineales como en algunas narraciones laicas que también se pretenden redentoras.
En “El origen del mundo”, de Eduardo Galeano, un obrero anarquista y ateo, vencido en la guerra civil española, sale de prisión para encontrarse con un mundo clausurado por el régimen de “la cruz y la espada”. No consigue trabajo, ni amigos. Solo reproches de su pareja, que le recriminaba la falta de pan; señora “de misa diaria”, a la que él “soportaba sin decir nada”.
Su hijo, marcado por la enseñanza religiosa, intentaba salvarlo: “Si Dios no existe, ¿quién hizo el mundo?”. Y el padre, cansado, casi murmurando, respondía: “Tonto. Al mundo lo hicimos nosotros, los albañiles”.

La escena, sin dudas conmovedora, funciona como restitución del orgullo de clase, de la dignidad de quienes se rebelan. ¿Pero dónde quedan las mujeres? La “beata” -la que crió, la que aguantó el hambre y alimentó al niño cuando el hombre estuvo preso, la que se mantuvo junto a él mientras la condena social pesaba sobre los rojos- aparece como antagonista. Ella funciona como los clavos del obrero. Sus quejas son estigmas. Sus necesidades, sus lamentos, sus alegrías, meras contingencias.
Juan Villoro decía que dos cosas facilitaron la aceptación del culto católico en Yucatán: la existencia de un dios principal en la mitología maya y que la cruz sirviera como percha para colgar el antiguo huipil.
De uno y otro lado del Paraná hay sociedades profundamente católicas: de todas formas, basta asomarse a cualquier historia familiar para encontrar santos vestidos de espiritualidades heteróclitas, difíciles de definir.

Y, si la experiencia personal vale de algo, confirmo que son las mujeres quienes llevan en sus manos la compleja tarea de atar cielo y tierra para sostener la cotidianidad en estos paisajes que pueden ser feroces. Aquí, cada palabra tiene infinitos significados. En la intimidad colectiva del rezo conviven agradecimientos, deudas y plegarias, con conspiraciones, enojos y memoria.
Continúa la canción, mientras la figura pisa la costanera repleta: “Como en un misterio de leyenda sacra / de un tiempo remoto que no ha de volver / evoco tu imagen que es la de mi raza”.
Una señora con bastón, de claro acento paraguayo, quiere aproximarse a la costanera para contarle en el oído sus secretos a la Virgen. La ayudan entre varios. La soledad es algo imposible en la muchedumbre: hay una hermandad que solo las madres logran.
Aquí, cada palabra tiene infinitos significados. En la intimidad colectiva del rezo conviven agradecimientos, deudas y plegarias, con conspiraciones, enojos y memoria
Hasta el año que viene
La festividad va alcanzando su fin. La multitud sigue la procesión, que culmina en la basílica. Mientras un sector levanta campamento, los vendedores liquidan las últimas porciones de comida, imprimen fotos, rematan banderines y rosarios.
Con sopa paraguaya, mate y sándwiches en el bolso, comienza la retirada de los peregrinos. La estación de micros de Itatí se llena y algunos aprovechan para tomar una siesta necesaria en el suelo.
Micros, autos, carretas y caballos enfilan para la ruta. Se producen accidentes. Quienes brindan alojamiento cuentan que ya tienen reserva completa para el año próximo. La sensación es de lo improvisado que no deja nada librado al azar. En el país de los giros bruscos y las sorpresas coyunturales, la Virgen espera, tranquila, su próximo agasajo.




