Un momento...

21 de julio de 2026

21 de julio de 2026

30 de diciembre de 2025

IR A FOGWILL

Manuel Curia

@manucuria (IG)
Literatura
Tiempo de lectura: 7 minutos

I

Gozaba al descubrir las señales siniestras que esconden los pensamientos benevolentes, sentenció Horacio González en la contratapa de Los libros de la Guerra (Mansalva, 2014), la suma de artículos y publicaciones que Fogwill realizó a lo largo de veinticinco años. Fue el creador de su propia marca: sociólogo, publicista y consultor; poeta, ensayista, y pensador. Ácido, incómodo, molesto. Uno de los grandes de la literatura argentina. Fogwill es su mito y lo que dicen de él: quién tarda menos en escribir un clásico, cómo se escriben las obras maestras. No invitaba a pensar como él -posiblemente no le hubiese agradado la idea de que una postura suya fuera también de otros-, sino que invitaba lisa y llanamente a pensar. Te sacaba de tu zona de confort. Nunca moralizando sino, por el contrario, desmoralizando, como bien expresa Martín Kohan en Otra lectura de Fogwill. 

Este diciembre se cumplieron cuarenta años del veredicto del Juicio a las Juntas. Si hubo un análisis diferente, provocador y -quizás- poco esperanzador en el retorno de la democracia fue el propiciado por Fogwill en 1984. No tan rápido ¿a dónde van?, parecía decir el quilmeño, denunciando el silencio ensordecedor y la forzada distracción de gran parte de la sociedad durante el gobierno de las Juntas. Nadie se salva. Con muchas ganas de arruinar el momento y con un pesimismo antropológico propio de grandes pensadores, Fogwill buscó ahogar la floreciente estación alfonsinista. 

Este diciembre se cumplieron dos años de la asunción de Javier Milei a la presidencia y, en consecuencia, de la llegada de La Libertad Avanza al poder. A su favor está su promesa de campaña de bajar sensiblemente la inflación: las últimas elecciones nacionales lo evidencian. Prometer y cumplir, la fórmula del éxito. Ni el caso $Libra, ni la ANDIS, ni los Fred Machado hicieron eco en una sociedad cansada de palabras vacías, de una grieta que dejó a la Argentina en las puertas de uno de los experimentos más llamativos de la región. Ni el Garrahan, ni las pensiones por discapacidad lograron sensibilizar frente al resentimiento motorizado. Secuelas recientes de una traumática pandemia.

Un discurso oficial descarado y provocador, un juego que Fogwill posiblemente hubiese entendido más rápido que el común denominador. ¿Qué podemos encontrar en él en un contexto como este? Sus ensayos y análisis políticos para poner en cuestión lo dado por hecho, su literatura para imaginar realidades alternativas.

Fogwill es su mito y lo que dicen de él: quién tarda menos en escribir un clásico, cómo se escriben las obras maestras

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II

La lectura fogwilliana del nacimiento de la democracia contemporánea argentina implica entrar en un marco de análisis poco agradable para el promedio del progresismo, ya que consideraba al alfonsinismo como una continuidad de la última dictadura cívico militar. En esta recopilación de Osvaldo Aguirre encontramos como, marcando el punto de inicio de la metodología represiva del Estado a comienzo de la década del 70 y no en el año 76 y el comienzo de la política económica de endeudamiento externo en el Rodrigazo, Fogwill asegura en sus escritos que el cierre de la etapa de “oscuridad” no se había dado con el “retorno democrático”. Mientras Alfonsín aseguraba que con la democracia se come, se cura y se educa, Fogwill traía a la luz herencias semánticas y culturales del proceso.

Así es como, al denunciar que la última dictadura militar que vivió nuestro país fue de carácter bancario-oligárquico-multinacional, el Nunca Más y el Juicio a las Juntas antes que clausurar una etapa oscura de represión y secuestros, clausuró la posibilidad de dar vuelta las reglas del juego planteado desde mediados de los años 70: la financiarización de la Argentina, el desarme de la fuerza de trabajo en lo material y en discurso: la imposibilidad de pensar en un futuro alternativo. Una democracia malparida. 

El Proceso, para Fogwill, significó primeramente la distribución regresiva de la riqueza, enmascarada en la violación sistemática de los derechos humanos. Las desapariciones fueron la pantalla, las finanzas el fondo. Bajo esta línea de pensamiento, la condena a la desaparición forzada de personas que se vivió desde el retorno de la democracia y el Juicio a las Juntas habilitó la silenciosa victoria de los poderes económicos; la derrota-victoria de ellos frente a la victoria-derrota de las organizaciones sociales y la guerrilla, siguiendo la lectura que Schwarzbock (Los Espantos: Estética y Posdictadura, 2015) hace sobre el autor.Los vencedores callan, los derrotados hablan

Fogwill entendía que, en la etapa que se abría, detrás de la oratoria y reivindicación constitucionalista de Alfonsín, se reeditaría una campaña del desierto como la que se llevó adelante en la segunda mitad del Siglo XIX: “solo falta saber quiénes serán los indios”. En Estados Alterados (Blatt & Ríos, 2021), escritos producidos en el año 2000, el autor muestra cierto arrepentimiento de las palabras utilizadas, aunque confirma su teoría ubicando en el lugar de los indios a los “bolsones de extrema pobreza” que se veían al finalizar la década de los 90 y comenzado el siglo XXI.

Una visión que hoy día, aunque incómoda, tiene más posibilidades de ser digerida. Una postura vanguardista y, como mínimo, arriesgada en 1984.

Fogwill asegura en sus escritos que el cierre de la etapa de “oscuridad” no se había dado con el “retorno democrático”

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III

A dos años de asumir el gobierno, Javier Milei se encuentra con el escenario más favorable desde que llegó al poder: una reciente legitimación en las urnas y un margen amplio para lograr mayorías en ambas cámaras. Una LLA consolidada, un PRO sometido, un peronismo sin rumbo. El invento conoció a la casta y de la casta se hizo el invento. Endeudamiento externo hasta que duela para no romper el juguete, luchas semánticas e intentos de reescritura histórica, violencia institucional -por ahora más verbal que otra cosa-, un ambicioso proyecto de reforma laboral. La extrema pobreza dejó de ser una anomalía en la argentina, la decadencia cultural es más que evidente. Una conexión fogwilliana.

De progresistas somos todos a el progresista es el otro. Entre muchos efectos propios del desconcierto que se vive en el -vamos a llamar- espectro antimilei, hoy vemos acusaciones de progresista entre Spider-mans. El mea culpa llegó tarde, si es que llegó. Años atrás, la sobredimensionada -pero existente- policía bienpensante clausuró debates de manera sistémica. Se olvidaba que el tiempo pasa, que nuevas generaciones irrumpen en la vida pública, que excluir nunca es mejor que incluir.  Por supuesto que es un fenómeno multicausal, por supuesto que esta es una de esas causas. Enamorarse es hermoso pero suele salir mal.

En el medio, la pandemia. El traspaso al plano virtual de la mayor parte de nuestras interacciones cotidianas. Las burbujas digitales, los “debates” entre propios, la pérdida de habilidades sociales. Las charlas con amigos se convirtieron en bingos de trastornos mentales.  Nuevas generaciones insertas en un mercado laboral y electoral de un país que hace 16 años que no crece -y contando-. Cualquier sub 30 masculino que no acuerde con Milei puede entender muy rápidamente la fascinación que despertó en sus coetáneos. Pasados dos años, se vuelve cada vez más claro entender el apoyo que recibió y sigue recibiendo de parte de sus electores. Un roto para gobernarnos a nosotros (rotos).

¿Y si en vez de (im)postura y actuación no vamos al que piensa distinto para poner la cabeza en movimiento? En épocas donde la irreverencia e incorrección está representada por aquellos que se jactan de su ignorancia, volver a aquellos irreverentes e incorrectos, formados, con argumentos, atractivos. La época de “hacerle el juego a” terminó: resta mirar a Balcarce 50.

Fogwill denunció la derrota de las organizaciones por los derechos humanos en 1984, cosa que no le salió barata. El shock post-traumático era reciente, las opiniones de Fogwill fueron demonizadas. Era lo que mucha gente pensaba pero no se atrevía a verbalizar, sentenció en la década de los 90. Su cinismo compatibilizaría a la perfección con la época que se vive. ¿Cómo sería su cuenta de X?

Que el progreso no es lineal lo sabemos de hace tiempo, lo olvidamos una temporada, lo vivimos en el presente

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El dulce de leche, el tango, Diego y el Juicio a las Juntas. Los genocidas a la cárcel. Orgullo en el plano metafísico y soft power en el realista. Mucha sangre corrió bajo el puente: eso no se negocia; pero el ir a Fogwill es una invitación a mover a las vacas sagradas del análisis, a discutir el fondo de la cuestión. Aprovechemos la posibilidad que nos da el contexto. ¿Qué hay de atractivo en la quietud? 

IV

La literatura y poesía de Fogwill están fuertemente marcadas por lo onírico: un cuaderno de anotaciones en donde relataba lo que veía en su oscuridad y que luego trasladaba a sus relatos. Hoy los sueños tienen marco de Instagram; ¿qué hacemos con los restos diurnos? Antes, el enemigo era macabro: picana y billetera llena, los Tamerlán de Gamerro. Para nuestra generación, el enemigo está detrás de una cuenta anónima en redes sociales. O más: el enemigo es un dispositivo electrónico. 

Un nivel de premonición que sorprende -otra vez- cuando uno va al índice y revisa el año de producción de la obra: el caso de Los Pichiciegos como paradigmático, una novela sobre los días de un batallón subterráneo en Malvinas. Soldados dados por muertos por parte de sus oficiales y compañeros de trinchera; a escondidas de la tropa propia, sucios y malolientes. Así se nos presenta a Los Pichis, como así fue el trato dado por parte de la Junta Militar a los combatientes una vez que estos volvieron al país. El detalle: la novela fue escrita entre abril y junio de 1982, mientras la guerra sucedía y los medios de comunicación presentaban buques hundidos de habla inglesa. 

En Fogwill y sus textos hay una potencia que espera ser utilizada. La literatura como posibilidad de construir realidades alternativas a los discursos oficiales y a lo tangible. 

Mis Muertos Punk, Ejércitos Imaginarios, Música Japonesa; solo una parte de los libros que reúnen algunos de sus mejores cuentos. En ellos hay vida, vida real. Adrenalina, desfachatez, animalidad. Un equilibrio entre pulsión vital y tanática que no solo está en sus escritos sino que también marcó su cuerpo hasta el último suspiro. Hay en sus relatos una capacidad, de la que hoy carecemos notablemente, para analizar el comportamiento social, insertándonos en un mundo que ya no existe pero que configuró el presente, estando en su narrativa, siempre y de mil maneras, el mismo tema de conversación: la Argentina. Buenos Aires, su zona sur, el campo, el extranjero siendo argentino.

Leer a Fogwill da ganas de salir en búsqueda de muchachas punks y taxistas que sangran; portarse mal, seducir y ser seducido, hacer quilombo; de largas risas aunque todo parezca desvanecerse alrededor. Da ganas de vivir. Qué mejor que eso en un momento en el cual pasamos más tiempo haciendo curaduría algorítmica que compartiendo con otros. 

V

Que el progreso no es lineal lo sabemos de hace tiempo, lo olvidamos una temporada, lo vivimos en el presente. En 2023 los cines eran recipientes de lágrimas provocadas por la proyección de 1985, galardonada película de Santiago Mitre. Dos meses después, la sociedad argentina elegía a una fórmula presidencial que despertaba entusiasmo en los condenados por crímenes de lesa humanidad.

La invitación a Fogwill no es para encerrarse en su mundo sino para traerlo al propio. Buscar la experiencia, provocarse a uno mismo y provocar al otro; hacer frente a los discursos oficiales, poner en tela de juicio los eslóganes buenistas, no temer al qué dirán. Mover nuestro sentido común; no necesariamente para modificarlo sino para encontrar los argumentos superadores para sostenerlos. No relajarse, no estancarse, no ceder. Avivarse. 

El retroceso frente a la avanzada libertaria no debería ser opción, mientras que la estrategia de defensa territorial en términos de derechos fracasó. Como Schwarzbock dice en el prólogo de Estados Alterados: el desarme de la acción política no tiene que estar acompañado del desarme del pensamiento. 

Ir a Fogwill para no someterse a un clima de época; ir a Fogwill como una posibilidad para rearmarse. 

Literatura