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25 de febrero 2024

Fernando Rosso

GUERRA Y POLÍTICA

Tiempo de lectura: 6 minutos

Luego del triunfo de la Revolución Rusa tuvieron lugar una serie de debates estratégicos en torno a una pregunta que, aunque no la veamos, siempre está: ¿Qué hacer?

Las polémicas atravesaron diferentes esferas: en el terreno militar por la aparición de los cultores de la “doctrina militar proletaria” que postulaba que la nueva naturaleza de clase del Estado y del Ejército imponían una disciplina totalmente diferente; en la esfera del arte por la emergencia de quienes reivindicaban el proletkult (la necesidad de una cultura puramente obrera que debía arrojar al basurero de la historia toda herencia “burguesa”); y en el ámbito de la política con la irrupción de la izquierda comunista y su “teoría de la ofensiva permanente” que afirmaba que para la clase obrera estaba prohibido retroceder. Era una especie de regresión a distintas formas elementales de ultraizquierdismo (la famosa “enfermedad infantil”) provocada tanto por la embriaguez de la victoria como por los peligros que acechaban a la flamante experiencia revolucionaria.

Los marxistas más serios y realistas (Lenin, Trotsky) combatieron estas teorías apoyándose —entre otros— en Clausewitz, un general prusiano que fue un cultor de la defensa como táctica y posición privilegiada en el arte militar, indispensable para encarar cualquier combate y preparar el momento de la ofensiva. En política, la táctica del “frente único” (“El último consejo de Lenin al movimiento obrero de Occidente”, según Perry Anderson) se opuso a estas variantes de aventurerismo bajo el argumento de que para generar las condiciones para la ofensiva primero había que encontrar “el camino hacia las masas”.

Los aportes de Gramsci para pensar la revolución en Occidente continuaron esta línea y la enriquecieron desde las cárceles mussolinianas hasta dar con una nueva teoría de la hegemonía. Una combinación peculiar de posición y maniobra caracterizaría a la nueva estrategia militar y política.

Los aportes de Gramsci para pensar la revolución en Occidente continuaron esta línea y la enriquecieron desde las cárceles mussolinianas hasta dar con una nueva teoría de la hegemonía. Una combinación peculiar de posición y maniobra caracterizaría a la nueva estrategia militar y política.

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La sombra terrible del comunista italiano volvió a ser evocada por Javier Milei en su versión Gramsci para idiotas, aunque el presidente ya había sido catalogado como un presunto buen lector del autor de los Cuadernos de la cárcel por su victoria electoral leída en términos de una batalla cultural triunfante.

Todo muy discutible y tirado de los pelos para incorporar un nuevo abuso a los usos de Gramsci. Lo indudable es que la ofensiva permanente y destartalada que lleva adelante Milei desde que ocupa el sillón de Rivadavia lo aleja de cualquier vertiente de “gramscismo de derecha” para ubicarlo dentro de los afectados por la “enfermedad infantil” de creerse infalible. Una soberbia que nace de confundir la victoria electoral en la amalgama inducida del balotaje con la adhesión al conjunto de su dogma al que califica como “las ideas de la libertad”; considerar que la catarsis del 56% que votó contra la “casta” era sinónimo del nacimiento de un imperturbable neoliberalismo popular.

Es innegable que una parte de la base social y electoral del mileísimo comparte valores de la ética libertariana que radicaliza una sensibilidad neoliberal presente desde hace más de tres décadas, incluidos los años “nacionales y populares” en los que el neoliberalismo tuvo negaciones parciales mientras se consolidaba de conjunto. No reconocer esta realidad sería tan necio como tomar la parte por el todo y concederle a este elemento un valor sin límites.

Sin embargo, parafraseando al “Nixon” de Oliver Stone que se arrodilla a rezar y le dice al cuadro de JFK: “Cuando te ven, ven lo que quieren ser; cuando me ven, ven lo que son”, Milei ¿puede decir que la mayoría de los argentinos vieron en Massa lo que no querían ser, y en él lo que son? Difícil que el axioma adaptable a un Menem o incluso a una Margaret Thatcher pueda aplicarse a un hombre de las características excéntricas de Milei tan lejanas de cualquier tradición nacional, incluso de la pródiga tradición de derecha.

Es innegable que una parte de la base social y electoral del mileísimo comparte valores de la ética libertariana que radicaliza una sensibilidad neoliberal presente desde hace más de tres décadas, incluidos los años “nacionales y populares” en los que el neoliberalismo tuvo negaciones parciales mientras se consolidaba de conjunto.

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¿Qué votó el 56%? En principio, votó cosas muy diferentes si se toma en cuenta toda la secuencia electoral del año pasado: votó de una manera en las elecciones provinciales, de otra en las PASO, de otra en las generales y de otra diferente en el balotaje. Eso es lo que le recuerda un empetrolado “Nacho” Torres de Chubut que encabezó la inesperada rebelión de los coroneles de Juntos por el Cambio que aplicaron en un día más dosis de vandorismo que la CGT en los últimos cinco años.

Además, esa mayoría votó arreglar la economía sólo si “el ajuste es el otro” y hasta ahora con el caputazo en marcha quedó demostrado que “el ajuste somos todos”.

Los límites en la consistencia política del mileísmo en construcción se manifestaron rápidamente. Desde que asumió, dejó en el camino girones de sus banderas refundacionales: la temprana derrota de la “Ley Ómnibus” lo privó de las herramientas para un reseteo general; las trabas judiciales al mega decreto de necesidad y urgencia obstaculizaron la aplicación de lo que consideran el corazón del mamotreto: la reforma laboral. A los 45 días enfrentó el primer paro general con movilizaciones en todo el país y ahora la escalada de conflictos múltiples: los cacerolazos y concentraciones de las asambleas barriales, los piquetes de movimientos de desocupados, las huelgas de los “fraternales” ferroviarios o los empleados y empleadas de Sanidad y el conflicto en puerta con la docencia de todo el país. El país contencioso que muchos dan por clausurado parece gozar de buena salud.

¿Qué votó el 56%? En principio, votó cosas muy diferentes si se toma en cuenta toda la secuencia electoral: votó de una manera en las elecciones provinciales, de otra en las PASO, de otra en las generales y de otra diferente en el balotaje

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La rebelión de los gobernadores encabezados por Torres, pero que incluye desde Gustavo Valdés hasta Alfredo Cornejo, pasando por el peregrino Jorge Macri, tiene una base económica inmediata: Milei recortó las transferencias a las provincias en un 53% y dispuso el cese del envío del Fondo Nacional del Incentivo Docente y del dinero destinado a subsidiar el transporte (uno impacta sobre las tarifas, el otro sobre el salario docente). Sin embargo, otros hablan de razones más políticas y antes que la mano “invisible del mercado” operaron los dedos visibles de Macri que —ante la negativa de Milei a someterse a sus designios— empujó al gobernador de Chubut para que encienda el fósforo en la nafta derramada por el Presidente y de esa manera recordarle que una parte de sus votos son “prestados”. Los más conspiranoicos intrigan con que el calabrés resentido pretende alentarlo a dar un paso al frente ante el precipicio para encumbrar a su socia (Victoria Villarruel) en la Casa Rosada. Habladurías, diría Pagni. En todo caso demuestra que Milei no está exento de la sábana corta que la forma coalicional impuso a todas las formaciones políticas.

Hasta el FMI salió a “explicarle” a Milei que “dados los costes de estabilización a corto plazo, es esencial sostener esfuerzos para apoyar a los segmentos vulnerables de la población y preservar el valor real de la asistencia social y las pensiones, así como garantizar que la carga del ajuste no recaiga desproporcionadamente sobre familias trabajadoras. Proceder de forma pragmática para asegurar apoyo social y político también es fundamental para garantizar la durabilidad y eficacia de las reformas”. No se ablandaron los corazones del Fondo (el Fondo no tiene corazón, tiene intereses), sino que —luego de experiencias como la de Macri que también había impresionado a muchos— saben que en el país de la hegemonía imposible todo lo sólido corre serio riesgo de desvanecerse en el aire.

Después de la derrota de la “Ley Ómnibus”, un editorialista lúcido me comentó —perdón por la referencia personal—: “No se puede hacer una revolución con las reglas de una república… no te lo voy a explicar a vos”. Tiene un punto, porque si algo dejó como enseñanza el corto, pero intenso siglo XX es que las revoluciones se tornaron más complejas, pero las contrarrevoluciones… también.