Un momento...

21 de julio de 2026

21 de julio de 2026

22 de febrero de 2026

GOODBYE CRISTINA

Pablo Marchetti González

@marchettipablo
DE FRENTE MAR
Tiempo de lectura: 12 minutos

El kirchnerismo nació casi sin que nadie se diera cuenta.

Néstor Kirchner asumió la presidencia en 2003. Ese año comenzó a gestarse algo que en un primer momento parecía irónico. Tan irónico como “scaloneta”. ¿Cómo crear una identidad en torno a alguien que no existe? Un ignoto gobernador santacruceño, un técnico que nunca había dirigido un club, lo mismo da.

Sin embargo, ese ismo terminó siendo una de las identidades políticas más poderosas y más agitadoras de pasiones desde la restauración democrática en 1983: el kirchnerismo.

Parecía irónico porque a Kirchner no sólo no lo conocía casi nadie. Además, llegó a ser candidato a presidente casi por descarte. Pero de repente, pasó a ser una figura central en la política argentina. No levantó la Copa del Mundo, pero casi. ¿Cómo pasó?

Kirchner salió segundo en una elección muy polarizada, con el 22,25 por ciento de los votos. Que logró porque pudo encolumnar al PJ y, específicamente, tuvo el apoyo de Duhalde. Con eso le alcanzó para tener la oportunidad de enfrentarse en un balotaje contra Carlos Menem. 

Menem tenía un piso alto pero un techo bajísimo. La inmensa mayoría de quienes no habían votado por él, en un balotaje votarían contra él. Y se exponía a una paliza histórica. Menem abandonó y Kirchner asumió muy debilitado. Lose-lose. El antimenemismo lo hizo ganar a Kirchner. Exactamente lo mismo que hoy haría perder a Cristina.

Lo que le quita gracia (voluntaria o involuntaria) a 1111 es que está producido por la señal AR 12, propiedad de Víctor Santa María. Un tipo a quien Wikipedia presenta como “político, empresario, sindicalista y dirigente deportivo”

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El kirchnerismo luego se transformaría en algo gigantesco. Tanto para quienes lo defienden como quienes lo odian. Algo tan poderoso que lograría lo máximo para una identidad política: que el odio que genera se transforme en una identidad tan o más poderosa que la propia. Erigir un anti no es para cualquiera: peronismo, kirchnerismo y, en el mundo, marxismo.

Para un antikirchnerista, un kirchnerista es todo aquel que no sea un furibundo antikirchnerista. El más mínimo reconocimiento a alguna medida tomada por el kirchnerismo (o algún sector vinculado en algún momento con el kirchnerismo), para el antikirchnerista puede ser catalogado como “kuka”, “k” o todas esas formas que usan para hablar de esa identidad.  

Es difícil imaginar que en algún momento ser kirchnerista parecía una joda. ¿A quién le importa el gobernador de Santa Cruz? Pero Kirchner entendía muchísimo de política. Y armó lo que parecía imposible: el kirchnerismo. Mucho antes que la Scaloneta y sin levantar una Copa del Mundo.

No es por quitarle mérito a Néstor Kirchner. Ni a Cristina. Pero siempre, en política y en todo en esta vida, hay que tener un poco de suerte. Lograr que algunas cosas externas se acomoden, que los planetas se alineen a tu favor. Y a Kirchner lo acompañó la historia. No sólo por el contexto político latinoamericano. Hubo algo mucho más importante que eso: 2003 fue el año de los relatos cinematográficos milagrosos.

El 10 de diciembre de 2003 se estrenó El gran pez, de Tim Burton. Big fish es una película que Burton dirigió e hizo suya. Pero la idea es de John August, que escribió el guión, basado en una novela de Daniel Wallace. August la presentó a un estudio. Y propusieron que la dirigiera Steven Spielberg. Pero el guión le llegó a Burton, a quien recientemente se le habían muerto el padre y la madre. El resultado es esa joya sobre los relatos, la realidad, las exageraciones y el vínculo de un padre con su hijo.      

En Big Fish, los relatos del padre son exagerados. Pero no son irreales, como pensaba su hijo. Parece ser una buena metáfora del kirchnerismo. Tres meses y medio después del estreno de la película de Burton, Néstor hablaba en la ESMA y pedía perdón por los crímenes de lesa humanidad en nombre del estado argentino. Nuestro Big Fish estaba en marcha.

En 2003 también se estrenó otra joya del realismo fantástico: Good Bye Lenin!, película alemana dirigida por Wolfgang Becker. La trama parece una metáfora obvia de un movimiento político que ya no es: una señora comunista, en la RDA, entra en coma luego de ver a su hijo en una manifestación contra el Gobierno. Cuando despierta, ocho meses después, cayó el Muro y la RDA no existe más. Entonces su hijo, para que su madre no sufra, le recrea la RDA en su vida cotidiana.

Planteado así, el tema da para una comedia. Pero lo interesante de Good Bye Lenin! es que nada es lineal. Cuando parece que sólo nos vamos a reír, la película se hunde en un dramatismo tan profundo como desconcertante. Lo mismo ocurre con lo político: cuando parece que todo es crítica al comunismo, aparecen cuestionamientos igual de grandes al capitalismo y, sobre todo, a la anexión capitalista de la RDA.

Hay dos momentos claves en las críticas anticapitalistas en Good Bye Lenin!: 1) Cuando los chicos van a cambiar al banco los antiguos marcos comunistas y el tiempo para hacerlos ya expiró. Los policías los sacan del banco con una violencia similar a la de la manifestación contra la RDA. 2) Cuando vemos que un antiguo cosmonauta (porque en el este se los llama así, no astronautas, como en el oeste), que fue el primer alemán en viajar al espacio, héroe comunista, en la Alemania unificada trabaja como taxista.

Nacido el mismo año que Good Bye Lenin!, el kirchnerismo está atravesado por las mismas contradicciones que plantea la película alemana: medidas populares, burocracia ridícula, ampliación de derechos, disciplinamiento extremo, luces y sombras como en cualquier movimiento político de Gobierno

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En el medio, montones de sutilezas: la primera imagen que ve el muchacho cuando viaja al oeste es la de un montón de gente mirando porno. En realidad, una tele en la que se ve una mujer pasándose crema por sus tetas gigantes. La desmesura de la desmesura.

Cuando la hermana del muchacho protagonista duda si contarle o no a la madre la mentira sobra la RDA, él le dice: “¿Y qué vas a hacer, entonces? ¿Decirle a mamá que largaste la universidad y ahora estás trabajando en Burguer King?”

El comunismo es burocracia y represión. El capitalismo, Coca Cola y cagarse en el otro. Good Bye Lenin! parece anticiparse a la frase de Vladimir Putin: “Quien no extraña a la Unión Soviética no tiene corazón. Pero quien pretende la vuelta de la Unión Soviética no tiene cerebro”.

La película sirve para desarticular el discurso que pretende equiparar a la Unión Soviética con la Alemania nazi. O a Stalin con Hitler. Pensemos en la misma película, pero con el nazismo en lugar del comunismo. Es imposible, por muchos motivos. Uno legal: en Alemania no se permite ningún tipo de supuesta alegoría del nazismo. Ante la duda, no. Pero los motivos no son sólo legales.

Hay una identificación emocional con el comunismo, que habilita tanto la comedia como el drama. Una militante comunista puede ser simpática. Una militante nazi, no. Esto no significa justificar las barbaridades que se hicieron durante el comunismo, ni negar los crímenes de Stalin, ni la represión en la RDA. Simplemente, entender que aquello no fue el nazismo.

(Dicho sea de paso, no estaría mal “humanizar” un poco más al nazismo. Es decir, analizarlo más políticamente, económicamente, socialmente, y no sólo usando el indignómetro. No porque no sobren motivos para indignarse, sino para sacar a la crueldad como único motor de algo que fue un movimiento político, con accionar político, y objetivos políticos.)

El humor de Good Bye Lenin! tapa, en nuestra memoria, el drama de Good Bye Lenin! Y es que el humor conecta con emociones colectivas y hasta con la cultura pop. Lo primero que nos viene a la cabeza al recordar la película es el pibe editando noticieros o llenando frascos de mermelada y pepinitos en vinagre. Me imagino lo que se deben haber reído con eso los alemanes del este cuando vieron la peli, apenas 13 años después de la caída del muro, con el recuerdo aún fresco.

El ridículo suele ser la mejor manera de desarmar un funcionamiento. En este caso, un funcionamiento político, social, nacional. El ridículo desnuda los mecanismos. Para que sea contundente, el ridículo también necesita que se junten varios factores. De un poco de suerte. O sea, de contexto histórico.

Nacido el mismo año que Good Bye Lenin!, el kirchnerismo está atravesado por las mismas contradicciones que plantea la película alemana: medidas populares, burocracia ridícula, ampliación de derechos, disciplinamiento extremo, luces y sombras como en cualquier movimiento político de Gobierno. No se trata de comparaciones ni mucho menos de poner esos cartelitos indelebles, del tipo: “estalinistas”. Es la política, estúpido.

Sin embargo, el verdadero Good Bye Lenin! llegó. Y llegó con fecha exacta: 19 de febrero de 2026. Ese día estaba todo dado para que sucediera. Ese día, la historia lo había marcado en el calendario. Ese día, diputados trataría la Ley de Reforma Laboral impulsada por Milei, y que terminaría barriendo con los derechos laborales impulsados por el peronismo. Ese día, para oponerse a la ley, la CGT convocó a un paro general.

El comunismo es burocracia y represión. El capitalismo, Coca Cola y cagarse en el otro. Good Bye Lenin! parece anticiparse a la frase de Vladimir Putin: “Quien no extraña a la Unión Soviética no tiene corazón. Pero quien pretende la vuelta de la Unión Soviética no tiene cerebro”

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Como frutilla del postre, ese mismo día Cristina cumplía 73 años. Con todo ese combo, la señal de televisión AR 12 emitió el primer programa de 1111. Que es algo así como la versión actual de 678. Pero sin aparato estatal, ni recursos, ni timing histórico.  

El programa pasó sin pena ni gloria. En YouTube, las reproducciones no pasan de las mil. Y eso es parte del drama, la farsa o lo que sea eso en lo que se repite la historia. Una fiesta de cumpleaños en la que no había nada que festejar. Y a la que (casi) nadie fue. Ni televidentes, ni gente manifestándose frente a San José 1111, el domicilio en el que Cristina cumple prisión domiciliaria, y que da nombre al programa.

La edición y el buenismo progre de 1111 es el mismo de 678. León Gieco cantando con Ian Moche tratando de conmover a las fuerzas del bien, en contra del mal absoluto que nos gobierna. Y luego, la ciencia ficción: monólogos de Tato Bores contra la reforma laboral, tratando de hacernos creer que si Tato estuviera vivo hoy sería kirchnerista.

Parece más verosímil que el hospital de niños funcione en el Sheraton Hotel. O la construcción de una escalera con los huesos de Aramburu, para bajar del cielo a Evita. Pero según este Good Bye Lenin!, Tato sería K. Cosas del drama, la farsa o lo que fuera.

En cuanto al programa en sí, los informes son los mismos, el locutor es el mismo, el machacar con la repetición de palabras de archivo son los mismos. Todo remite a 678. Hay algunos pequeños cambios coyunturales: la aparición de unos dichos de Ernesto Tenembaum juegan a favor. O sea, Tenembaum ahora se pasó al lado del bien. Ya no era aquel cómplice de apropiación de bebés durante la dictadura que era en 678. Los tiempos cambian y Milei logró el milagro.

El problema de 1111 no es el programa en sí. Hasta ahí, el asunto no pasa de un mal chiste. La farsa de la repetición de la historia, según Marx. Un grupo de periodistas, algunos buenos, algunos buena gente, la mayoría allí por un sueldo que, descuento, debe ser vergonzoso. Con una precarización a la altura de los sueños húmedos de Toto Caputo, por usar la imagen de los sueños húmedos, utilizada en el programa. Nada distinto de otros programas, de otros canales, de otros horizontes ideológicos.

Lo de siempre, lo que nos pasa todo el tiempo: hablamos de la precarización, de las aplicaciones, de Rappi, de Uber, sin decir que las condiciones laborales de los periodistas es exactamente la misma. Como si el hablar del tema nos pusiera en una condición laboral diferente. Mientras tanto, quienes representan la lucha contra ese maltrato es gente que no sufre las consecuencias de la precarización laboral. Monotributistas de todos los países del mundo, ¡uníos!

Lo que le quita gracia (voluntaria o involuntaria) a 1111 es que está producido por la señal AR 12, propiedad de Víctor Santa María. Un tipo a quien Wikipedia presenta como “político, empresario, sindicalista y dirigente deportivo”. ¿Cómo fue que esa combinación se volvió algo natural? ¿Está bien que todo eso conviva en una misma persona? ¿No hay consecuencias por eso?

Claro que no es el único caso. Hay miles de ejemplos de convivencia entre todas esas ocupaciones. Lo curioso aquí es que ese blend ocupacional sirve para definir al progresismo, al discurso bien pensante.

Pero hay más: como sindicalista, Santa María es integrante de a CGT. Sí, la misma CGT que convocó al paro el bendito 19F, la fecha marcada por la historia. ¿Debería sorprendernos entonces que se apruebe una reforma laboral vergonzosa, que barre con todos los derechos de los laburantes? ¿Debería sorprendernos, además, que esta ley está convalidada por las instituciones democráticas?

No es la dictadura reprimiendo: es el pueblo en las urnas, avalando esto. En las últimas elecciones, en CABA, Patricia Bullrich sacó más del 50 por ciento de los votos. ¿No habrá alguna relación entre ese caudal de votos vergonzante, y el accionar político, comunicacional y sindical del wedding planner del cumpleaños de Cristina? ¿No tendrá algo que ver esta hipocresía burda con que haya calado tan profundamente la idea de “casta”?

Santa María compra medios con la misma velocidad con la que precariza a los trabajadores de esos medios. En Página 12 las condiciones laborales son miserables. El propio sindicato (de prensa, en este caso) lo viene denunciando hace tiempo. Sin embargo, ahora cuentan con un canal de televisión.

Tal vez el secreto de la personalidad múltiple tenga que ver con que, en SUTERH, Santa María es sindicalista. Un buen sindicalista. Al menos, uno que pelea por los derechos de los laburantes, por más que nunca haya laburado como portero, por más que el gremio lo haya heredado de su padre. Entonces, los encargados de edificios tienen un buen acuerdo.

El kirchnerismo se transformaría en algo gigantesco. Tanto para quienes lo defienden como quienes lo odian. Algo tan poderoso que lograría lo máximo para una identidad política: que el odio que genera se transforme en una identidad tan o más poderosa que la propia

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En sus medios, en cambio, Santa María es empresario. Un empresario tan afín a la reforma laboral como la mayoría de los empresarios de medios. Entonces, no se trata de ser un empresario-sindicalista. Sino de ser un empresario y un sindicalista. Más parecido a la relación entre Batman y Bruno Díaz (perdón, me niego a hablar de Bruce Wayne), que a una multifunción. Como una bipolaridad ocupacional.

Hace unos meses, Silvio Rodríguez vino a la Argentina y tocó en el Movistar Arena. Durante su estancia en Buenos Aires, el cantautor cubano visitó a Cristina en San José 1111 y se fotografiaron juntos. En el festejo de cumpleaños organizado por el programa 1111 aparecía una y otra vez una placa que decía “yo te quiero libre”, como en la canción de Silvio.

Que una de las principales consignas del 19 de febrero sea la libertad a Cristina suena tan atinado como exigirle a la CGT que pelee por el cupo laboral therian. Si hay algo que hay que reconocerle al Gobierno de Milei (y a la irrupción de Milei en la política argentina) es que hoy se puede discutir todo. Es lo bueno de estar en la lona: no hay nada que cuidar.

Goodbye Lenin! plantea la tensión entre capitalismo y socialismo. Una tensión que incluye lo discursivo: en la RDA, el partido de gobierno y de estado no se llamaba comunista, sino Partido Socialista Unificado de Alemania. Más cercano a la idea de socialdemocracia que imperaba en el oeste, que al comunismo ruso, chino o cubano.

La pelea discursiva se daba también en el nombre del país: República Democrática Alemana. Había una disputa tanto por el socialismo como por la democracia. Milei viene a barrer con todo socialismo: el de la dictadura del proletariado, pero también el democrático. Todo es lo mismo: socialismo, ¡afuera!

Durante la discusión por la reforma laboral volvió a hablarse del debate televisivo entre José Ignacio Rucci y Agustín Tosco. Se habló del nivel, de la formación, de lo que representaban esos dos dirigentes sindicales y dos modelos aparentemente opuestos. Y hasta del hecho de que se haya realizado en televisión, en horario central, con alto rating. Y, dicho sea de paso, con la conducción de Gerardo Sofovich, en el canal de Héctor Ricardo García.

Te puede gustar más Rucci, te puede gustar más Tosco. Pero la reforma laboral barre con ambas ideas del sindicalismo, ambas ideas del mundo del trabajo, ambas ideas de país. Tosco, Rucci, ¡afuera! Si no queda nada, que no quede nada. Que quede el amor, que queden los buenos recuerdos, que quede aquello que nos hizo felices.

En Good By Lenin!, la madre se entera de la caída del Muro y del fin de la RDA, porque su nuera soviética le contó la verdad poco antes de morir. La madre se muere sin decirle a su hijo que en realidad sabe todo. Pero no le dijo nada a su hijo por amor, porque le pareció tierno todo lo que él hizo por ella. Y su hijo vio morir a su madre, pensando que ella se fue de este mundo feliz porque no vio al comunismo caer.

Los sistemas políticos crecen, se consolidan, se expanden y en algún momento se derrumban. Siempre fue así. Mientras tanto, nosotros, lo único que necesitamos es amor.  

DE FRENTE MAR