19 de julio de 2026
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El 30 de diciembre amanecimos con la noticia de la muerte de Jorge Lanata luego de meses de estar internado. Esto trajo consigo muchos perfiles del fundador de Página 12 y las distintas aristas con las que transitó su vida. Un extenso recorrido que bien podría representar, también, el largo camino que venimos transitando, desde la llegada de la democracia los que derramamos lágrimas de la clase media.
Es que Lanata, guste o no, fue un actor fundamental que cambió el periodismo al punto de convertirlo en la profesión estrella de los noventa. Un protagonista indiscutido de los últimos cuarenta años con todos los bemoles de un personaje tan contradictorio como fascinante. Un hijo, además, de la clase maldita de este país: la clase media. Un tipo que entendió que sin pertenecer solo se debe estar atento a las oportunidades. Los trenes, si no se toman a tiempo, no volverán a pasar.
Por eso no es extraño que, al tibio amparo de la inflación, los cambios laborales, la desaceleración de la economía, hayamos parido una generación libertaria. Es que la manzana no cae muy lejos del árbol
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El menemismo, al igual que el mileismo, nació con su anti. A diferencia de la década de los dosmiles donde el antikirchnerismo tardó en aflorar, la asunción de Carlos Menem trajo consigo a sus detractores desde el mismísimo 14 de mayo de 1989 en el que se dio a conocer el resultado electoral. Y, a decir verdad, ser anti menemista fue de lo más fácil, aunque viendo las consecuencias, tal vez haya sido de lo más complicado de desarmar cuando el sol dejó de calentar en esa orilla y comenzó a entibiar en otra.
Es que al calor de Néstor y Cristina Kirchner ese orden se puso patas para arriba y creó una nueva grieta mucho más difícil de soportar. Los otrora aliados contra Menem fueron los enemigos íntimos menos pensados. Todos terminaron acusando al otro de cambiar. Y si, pues cambia todo cambia, en cualquier foto vieja lo verás, diría Homero Expósito.
Es que la mancomunión creada detrás de la bronca hacia el gobierno de Carlos Menem juntó de manera revuelta radicales enojados, anti peronistas de fuste, peronistas desilusionados, izquierdistas azorados y jóvenes que no creían en nada. Una ensalada que funcionaba a la perfección en tiempos donde la caída del muro desordenaba al mundo y derribaba certezas. A su vez, esa unión insospechada ponía en primer plano la indignación, la estética y la corrupción, los rasgos distintivos, que años después, terminaron también juntando otras voluntades a la hora de construir el antikirchnerismo.

Es que los noventa sentaron precedente y Jorge Lanata, como en esos años, volvió a brillar bajo el sol de los dos mil diez. Esta vez bajo un febo que tenía a ex anti menemistas ahora devotos del kirchnerismo enojados con otros anti menemistas devenidos en furibundos opositores porque estos creían en denuncias sobre corruptela, se indignaron con asuntos estéticos y enfurecieron con liviandades que tenían la profundidad de un charco de agua expuestas de manera tal que parecían dramas nacionales.
Lo notable es que esos mismos ítems habían sido los que llevaron a Lanata a estelarizar la década menemista cuando esos mismos temas encabezaron los motivos por los cuales se detestaba al gobierno de Carlos Menem. ¿Cambiamos nosotros, cambiaron ellos? La gran acusación entre todos. Eso sí, en la lista de anti-oficialistas se sumaron menemistas que antes perdonaban esos temas y ahora ardían de republicanismo. Un hermoso cambalache digno de este siglo donde todos viramos un poco. Por suerte. No se puede vivir atado al pasado, pues el tiempo pasa y nos vamos poniendo incrédulos.
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La generación X es una generación que devino en cínica e irónica, que le cuesta creer y que cuando se ilusionó un poco al rato pudo volver a su estado natural. Ese también es el legado que dejó Jorge Lanata. Los que fuimos jóvenes en los noventa sellamos a fuego la marca de la época: el descreimiento en la política. Por eso no es extraño que, al tibio amparo de la inflación, los cambios laborales, la desaceleración de la economía, hayamos parido una generación libertaria. Es que la manzana no cae muy lejos del árbol. Y aunque los supuestos años politizados del 2003-2015 hayan parecieron potentes, quedó clarísimo que fueron apenas una estela que no terminó de calar en las almas marcadas al fuego de la antipolítica.
Aunque nos guste ser los buenos en un mundo donde en realidad reinan más los grises que el blanco impoluto y donde todos creemos ser el lado claro frente a la oscuridad opositora. Algo que nos atraviesa y hace que vivamos de grieta en grieta hace tantos años que ya nos parece el estado natural. Hartante.

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A su vez Jorge Lanata fue el tipo que hizo que la carrera de comunicación social y TEA, la escuela de periodismo estrella de la década de los noventa, estallara de jóvenes deseosos del prestigio que daba la profesión. Aunque él mismo sugiriera que era mejor no estudiar, pues era preferible tomarlo como oficio. Corría 1992 y se lo escuché decir en TEA, una tarde en la que fue invitado para hablar frente a un nutrido grupo de alumnos. Colada en la charla, había acompañado al novio de una amiga.
El tiempo pasó y la carrera cuyo prestigio, superaba a cualquier otra, cayó en desgracia y hoy es el símbolo de la decadencia. Desde “Clarín miente” a los “ensobrados”, el oficio dejó de ser intachable para ser parte del problema. Cuando en el 2023 se tiró del mantel entre la vajilla a destruir el periodismo también fue parte del cristal roto. Nada en pie.
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Página 12 fue el diario que hizo que los jóvenes volvieran a leer el diario como Rock and Pop nos llevó a transformarnos en oyentes de radio. El estilo descontracturado, el tuteo, la desilusión y el cinismo fueron el sonido y la letra de aquel periodo. Políticos corruptos, una justicia cómplice, un poder económico potente y un mundo donde todo es indefectible y solo nos queda salvarnos solos. De leer esta descripción uno pareciera estar contando este tiempo y no ese pasado que nos cuesta asumir.
Un hijo, además, de la clase maldita de este país: la clase media. Un tipo que entendió que sin pertenecer solo se debe estar atento a las oportunidades. Los trenes, si no se toman a tiempo, no volverán a pasar
Fuimos también la gota derramada fatalmente sobre todas las heridas. Lanata también fue voz en esa radio, en la primera mañana y en la noche. Al amanecer dando las noticias como las consumimos hoy en día en Radio con vos -no es casualidad que sigamos escuchando a sus pollos, Ernesto Tenembaum o Reynaldo Sietecase, aunque sea para indignarnos- de manera simple y potente. Y de noche, tarde, en una ceremonia donde la literatura y la belleza de una voz relataban intimidad. Al calor de la noche, una compañía. “Rompecabezas” y “La hora 25”, fueron dos viajes de ida.
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En X cuando muere alguien siempre se vuelve al debate sobre anécdotas y el fallecido. Algunos las creen innecesarias; otros, me sumo a estos, imaginan más sabrosas las vidas de los despedidos con esos retazos que alimentan mejores biografías. Así que en mi Yo y Platero recordé una noche de blues en el Samovar de Rasputín, un antro hermoso situado a La Boca donde bandas desconocidas se mezclaban con músicos que caían de sorpresa, desde Charlie Watts a B.B King. Y ese fue el lugar donde me crucé una noche con Jorge Lanata antes de ser una estrella televisiva pero ya convertido en la leyenda de Página.
Por esa época yo tendría apenas veinte años y ya fumaba, lo que me hizo compartir una vereda con él, mientras hablábamos de mi parecido con no sé quién, sobre mi idea de alguna vez dedicarme al periodismo y de la carta a Barbarita. Un hit de aquellos días de radio. Pues en su editorial de Rompecabezas, para hablar de los setenta, había decidido escribirle a su pequeña hija una especie de misiva para contarle cómo había sido el golpe. Aún no estaba harto de los setenta y aún nosotros amábamos sentirnos fuera de esa década. Éramos los que creíamos en el nunca más con la liviandad de la época. Esa carta la conservó. Me la imprimió luego que se la pidiera cual autógrafo. No me acuerdo cómo la retiré, pero recuerdo que nunca más lo vi.
Un pucho en una vereda continuado en una charla insólita regada de alcohol en la esquina del Congreso fue el mínimo momento compartido. Casi lo que dura la vida.
(Foto: Lanata x José Luis Cabezas)



