19 de julio de 2026
Revisando unos cajones en la casa donde vivió mi mamá hasta que la internamos en el geriátrico, encuentro una foto carnet de mi viejo. Así, de repente, sin esperarla. No tengo ninguna foto de él, ni digital ni en papel. Murió hace más o menos treinta años. Creo que hace más de 15 años que no veía una imagen suya. En lo de mi vieja no hay ninguna foto de él en ningún portaretrato. Tal vez en lo de mis hermanos sí, no sé. Nunca voy.
¿Qué edad tendrá en la foto? Me debo parecer a él, no me doy cuenta. Un aire, me dicen, algo, la forma de la cara, la mirada, las ojeras. Todo. Nada bueno. Lo miro y sé quién es sin saberlo del todo. Sé que es él, pero no sé mucho más. Sé que hay algo, pero no entiendo qué y entonces, como no entiendo, creo que tengo que escribir sobre él.
Mi viejo era camionero. Esto que empiezo ahora puede ser un texto sobre mi viejo y, a partir de escribir sobre él, contar mi historia, una época, una versión personal de una época. Mi viejo era camionero, acá hay una historia para arrancar. Quiero, miento, deseo. Arranco. Mi viejo era camionero. En los 70 recorrió el país hasta que le pasó algo grave en San Juan. Yo todavía no había nacido.
Sur de la provincia de Buenos Aires, los últimos 70, los largos 80, el primer Menem. Intuyo una buena historia. Medio épica, medio emotiva, mentirosa. No puedo, no me sale, no sé.
No me viene a la memoria ninguna foto en la que estemos los dos. En ningún lugar de la casa teníamos fotos. En este cajón solo está la foto carnet. Tampoco tengo ninguna foto con mi mamá
En casa éramos cuatro. Eulogia, mi mamá, mi viejo y yo. La casa, esta casa donde viví diecisiete años y que ahora está vacía, era un campo de batalla, una guerra insoportable, un neuropsiquiátrico, un campamento de refugiados. Escribo un montón y borro. Miro la pantalla y apenas tipeo. Salgo a caminar. Las calles, el viento, los perros, los potreros. Se me ocurre que, en cuanto empiezo a contar mi propia historia desde la de mi viejo, medio que ya está todo cerrado. No hay sorpresas, ni belleza, ni intento de jugar con las palabras.
No me sale lo de contar mi propia historia. No me sale contar la de mi viejo ni la de mi casa, como tampoco me sale la belleza al escribir. No puedo. No sé. Nunca me sale. La reconstrucción de la propia historia, mi historia, es mi obviedad, una imposibilidad, un camino seguro hacia ningún lado.
Estaba buscando otras cosas y medio que se me apareció. Como también se me apareció la necesidad de escribir sobre mi viejo. No sé qué escribir. No creo que sea su historia. No sé por qué. Tal vez las ganas de escribir están siempre. Ganas de escribir lo que no entiendo, ganas de escribir para evadirme, ganas de escribir para divertirme. Solo ganas de escribir.
La foto es de esas comunes, las 4 x 4 habituales. Mi viejo mira fijamente la cámara. Mira igual que me miran todas las fotos carnet. Hacía mucho que no pensaba en él. Nada del día a día me hacía recordarlo. Casi en ningún momento lo pienso. Nunca noto su ausencia. Ni antes ni ahora. No sé si mi hija sabe su nombre.
Tenía otra foto de mi viejo, pero la perdí hace muchísimo en una de mis mudanzas. La tenía pegada en una heladera. No era carnet. Era una foto en blanco y negro. Estaba en un parque, rodeado de árboles, tenía puesto un saco de corderoy, fumaba. En esa foto se parece al papá que yo recuerdo. No sé en qué, pero es el que yo recuerdo. Si me encontrara esa foto en cualquier lugar, no dudaría de que es mi viejo. Casi que me gustaría que mi viejo fuera ese tipo, con ese porte, con ese cigarrillo, con esos árboles que lo rodean, con esa mirada.
No me sale lo de contar mi propia historia. No me sale contar la de mi viejo ni la de mi casa, como tampoco me sale la belleza al escribir. No puedo. No sé. Nunca me sale
No me viene a la memoria ninguna foto en la que estemos los dos. En ningún lugar de la casa teníamos fotos. En este cajón solo está la foto carnet. Tampoco tengo ninguna foto con mi mamá. Por ahí, si reviso el teléfono, seguro alguna aparece, pero son fotos actuales, de ella viejita, cuando caminamos por el parque del geriátrico las veces que la voy a visitar. Ninguna de cuando era chico. Ni en un cumple, ni en un acto de la escuela, ni cuando me bautizaron. No tengo registro fotográfico de mi niñez.
Solo tengo una foto de cuando tomé la comunión, una sola. Estoy con mi abuela Eulogia. Es una foto salvaje. Los dos de pie delante del altar. Jesús en la cruz ocupa gran parte de la foto. Yo tenía la cabeza vendada porque me había chocado con un alambre de púas dos días antes. Aún hoy la marca atraviesa mi frente. Ella está en la foto como era ella. Mala, desacomodada, al acecho. Un poco riéndose de lo ridículos que nos íbamos a ver en la foto. Me encanta esa foto.
Escribir no es sanar, menos curar. Es enfermarse. Aceptar los problemas con el escabio como los que tenía mi viejo. Escribir no resucita, no reconcilia, no recuerda, no ayuda. Es íntimo, como un diario, una mentira, una traición. Es todo lo mentira que puedo, que me animo, que me sale. No sé por qué insisto.
Escribir sobre la historia de mi viejo es hacer trampa. Una trampa de eso que creo que es la escritura. No me gusta esto que siento. Me gana el desánimo. Mejor no escribir y dejar la foto en el cajón.



