20 de julio de 2026
El sábado pasado no pude prestarle más atención a la invasión de Trump a Venezuela. Mientras lo quería hacer recibí un whatsapp atónito que desarmó mi postura corporal antiimperialista:
“Hola, disculpá que te llame directo, tengo malas noticias de tu tía. Llamame cuando puedas”. Su hijo y mi hija, sentados a mi lado en el único café abierto en Suipacha, bebían la taza de un café pasado mientras los flashes del ataque a Venezuela y el secuestro de Maduro titilaban ardientes en la pantalla del viejo Hitachi tubo de 21 pulgadas del buffet del Club de Comercio. Salí afuera, no tan preparada para recibir la noticia que intuía. Porque ¿hay alguna peor mala noticia que la muerte?, pensé por dentro. Tal vez sí: el largo tiempo que la precede.
Mi tía había sido encontrada muerta luego de años de haber perdido contacto, de madre con sus hijos, de tía, de hermana, con nosotros y, también de abuela. Sus acercamientos eran explosivos, para descargar su brote en los que fuimos sus seres queridos. Luego, bloqueo y desaparición.

Habíamos hecho una parada en la apacible localidad campera bonaerense camino a Neuquén, porque queríamos mostrarle a mi primo -por lado paterno-, argentino criado en Italia desde 1990, la iglesia que había construido mi tatarabuelo italiano -por lado materno- en la pequeña ciudad que se erige en el desvío del Km 138 de la ruta 5 hacia La Pampa, la del buen queso y toneladas industriales de leche, que se reinventan de modelo tras modelo agroganadero.
Perteneciente a la orden palotina, la Iglesia del Rosario, fue construida en 1892, y las manos del tata Luis llegado de Calabria, desde montañas cosentinas, habían sido uno de sus tantos cimientos. Las historias familiares entrecruzadas nos invadieron este 3 de enero sin preaviso. No proliferan los tutoriales que te preparan para segundos así, donde tenés que ser la mensajera del fin de una vida en lenta pero aguda descomposición , el primer sábado del año. “El año se fue sin que lo echemos” escribió Martín Rodríguez, y esta noticia hizo arrancar de golpe el mío, así.
Siempre supimos poco más que una familia reducida de palabras: Italia, hambre, segunda guerra, más hambre, antes el fascismo y la otra guerra, barco Eugenio C, baile y conquista, tíos segundos sevillanos ricos sin hijos propios que pagaban todo a mi abuela, mi viejo y su hermana, rodrigazo, otra vez italia, diciembre del ‘89 e hiperinflación, siempre Italia
La muerte dudosa es una penetración lacerante, con olor fétido, para casi cualquier pecho, más hecho de yuyos neuróticos y culposos que displicentes. ¿Qué nos faltó hacer para evitar este desenlace? Mi primo, que guarda el don de la belleza -de pelo azabache y ojos claros- en su rostro como su madre, se desplomó en lágrimas hechas de esas yerbas los primeros minutos. “Te quiero tío”, le dijo y lo abrazó mi hija. No pudimos hacer más que quererlo en esos instantes, porque ni mi hija ni yo sabemos aún del adiós de una madre.
Encontrar a alguien, fallecido en el piso, advertidos los vecinos por el olor de horas o días de la descomposición física metido hasta en los ascensores, nos reflejó impotentes como familiares del que cayó. No pudimos en una década rescatar a una de las nuestras de la locura, y devolverla con nosotros. No pudimos con la ley de salud mental italiana, ni con la argentina, ni con la justicia de acá y de allá. El progresismo normativo sí pudo con nosotros. En el camino, esa guerra, fue hiriendo a sus hijos. Nos fallaron todas las tácticas, porque tal vez no hayamos encontrado nunca un plan para abordar la locura. Esa invasión sin cuartel que libra la esquizofrenia paranoica en cada cuerpo que no sabe cómo detenerla, deja un saldo críptico que se cuenta en gotas de lágrimas, pero un alivio a hilvanar cuando se va. En el tránsito hasta el final, deja indefenso también a los anticuerpos que intentamos ser los demás que queremos ayudar. De esta nadie sale indemne, y la leyes, y las medicinas te dejan esa amargura de vaca perezosa, de poca leche para ordeñar, ácida. Poco suipachense.
La vecina de la escuela que advirtió el olor de la inquilina, el cerrajero, el propietario de apellido Miller, la 14 de Julián Álvarez, la unidad criminalística, el cuerpo médico forense, la fiscalía de turno que no nos atiende, el sumario que no nos dejaban leer, y la hermana de mi viejo esperando su autopsia en la morgue de Viamonte. Toda esa Buenos Aires silenciosa de enero pasó por nosotros con un fresco que esperábamos desde los últimos días de diciembre, que se hizo espeso de repente, sórdido como la soledad, más mórbida, en la que se fue mi tía. Yo creo que el calor arrasador de antes de año nuevo precipitó este final, ¿quién aguanta tanto fuego por tiempo indeterminado?
En los últimos días antes de esto, entre Navidad y fin de año, habíamos empezado a armar con mi primo, mi viejo, nuestro continente familiar Carpineti-Buendia, mi lado paterno y el materno de mi primo. Siempre supimos poco más que una familia reducida de palabras: Italia, hambre, Segunda Guerra, más hambre, antes el fascismo y la otra guerra, barco Eugenio C, baile y conquista, tíos segundos sevillanos ricos sin hijos propios que pagaban todo a mi abuela, mi viejo y su hermana, rodrigazo, otra vez italia, diciembre del ‘89 e hiperinflación, siempre Italia. Ezeiza y Fiumicino. Puertos mediterráneos y rioplatenses y el Hotel de Inmigrantes, San Cristóbal y un matrimonio medio Titánico. El atlántico, nuestro mar. Lomas de Zamora, Boedo, Liniers y Caballito. Empezar de nuevo, como oficio familiar. Il nostro mestiere. Una historia familiar hecha con monosílabos de dientes apretados como gesto común de una familia de migrantes. Sin grandes relatos, pero cargadísima como nata al natural.
Ella a diferencia de mis primos y nosotros que en el trabajo encontramos cierta redención, nunca encontró eso. Fue pizzera, lavacopas, inmobiliaria, rentista, jefa de hogar monomarental, hinduista, monotributista de Afip, deudora en Italia, acreedora en Buenos Aires, inquilina y propietaria
La semana que se nos viene tendrá la bravura de la emoción, la despedida y ese qué sé yo que nos gusta y refuerza como grupo disperso entre dos continentes: el sabor de empezar una etapa diferente. Más livianos.
Dejaremos de perseguir la zanahoria de la cura, y arrancaremos la novedad que también nos regaló mi tía en este nuevo año: el descanso. El que de una u otra forma –más allá de lo que arroje la justicia– decidió en su último acto de “voluntad” para ella y los demás que pudimos hacer esto que hacemos ahora. En lo que pase, vamos a estar muy cerca con mis primos, procurando una despedida en armonía. Vamos a ir a Ezeiza a buscar a mi prima, su otra hija -tuvo 3-, que claro, viene de Roma, pero ahora en avión de Aerolíneas Argentinas, no como polizón en el Eugenio C como nuestro abuelo común en el ‘52, o como repatriado de regreso a Nápoles en el ´75. A quién también el Don de la simpatía y la belleza física, el baile y el hambre de pobre con hambre de dejar de tenerlo, lo rescataron por un tiempo en Argentina, hasta el fin de ciclo de mediados de los setenta. Mi familia paterna próxima se mueve de a ciclos: económicos, de resentimientos, frizamientos al otro que pueden durar décadas, hasta que algo se afloja y nos volvemos a ver. Y ahí lloramos sin consuelo. Un poco en italiano, otro en argentino, cuando en general por urgencias, y nuestra generación más por placer nos toca volver a Italia, siempre vía Roma, Nápoles o Milán o reencontrarnos como ahora en Buenos Aires.
Mi viejo de lo escueto que es para contar su historia, me contó que cuando nosotros también íbamos a ir a probar otra vida a Italia en el 89, llegó por primera vez a sus 36 años a Fiumicino -vía Moscú en ese entonces-, lo abrazó a su viejo con quien había pasado una década peleado- otro oficio familiar- y le dijo: “Viste Papá, ahora aprendí a hablar tu lengua, para vivir acá, así nos vamos a poder entender mejor”. Desconozco, si efectivamente lo dijo en la lengua materna del padre. A los tres meses mi abuelo falleció de un cáncer súbito.
A las décadas, mi primo se hizo profesor y bailarín profesional de Tango, cuando la crisis del 2008 tapaba el futuro a los jóvenes del centro de Europa universitarios de su edad, emigró a Suecia y empezó a lucirse en el 2×4. Cuando lloraba, ayer a la noche me dijo que quiere ser agradecido con su madre, por la universidad, el tango y hacerlo de lo que cree -y sin duda lo está- estar hecho: buena madera. Mis primos de Italia, como siempre los llamé, que hicieron el camino inverso que hizo nuestro abuelo -de Argentina a Italia en los 90, y no volvieron nunca más a vivir acá, entre Parque Centenario y Parque Rivadavia- que no fueron niños ricos sobreestimulados ni tristes, tampoco niños pobres con hambre, encontraron como buenos migrantes, en el trabajo y la autosuperación constante, una forma de vida que llevan con sacrificio y, como digo, acompañados por esa gracia entradora de los carilindos.

Nos vamos a bancar juntos para esperar el resultado de la autopsia, para ir a la morgue, para tocar la puerta del fiscal, solo para quedarnos tranquilos de que no haya sido ninguna otra cosa que una vida que en su propia muerte por fin encontró el alivio; donde no haya mediado más sufrimiento que el autoinfligido, o el accidental. En el medio vamos a clavar algún asado con vino y mi primo va a tocar la guitarra. Cantaremos de noche hasta que esto termine, porque de noche estamos más cerca de Dios, como escribió Manuel Mujica Lainez. Voy a preparar una cajita de recuerdos con fotos de su mamá que se conservan en Lavalleja, donde me crié y hoy vive mi viejo. Las que tengo yo, las que debe tener mi mamá y mi hermana, su ex cuñada y sobrina. Vamos a avisarles a su prima de Lomas de Zamora, y a la otra que vive en Morón, si quieren venir a la despedida que pensamos armar. Alguna amiga que le haya quedado de su vida de infancia y juventud en Argentina, entre el colegio de monjas, Mar del Plata y Bariloche. Los primos mayores de Italia, siempre están a pesar de la distancia. Poca, pero buena gente se necesita en este momento. Porque la locura de los últimos años y el bombardeo emocional al que sometió a sus tres hijos y la frustración que sentimos los que intentamos dar una mano, no lograrán hacernos olvidar quién también pudo y supo, ser ella.
Les voy a contar a mis primos en la forma histriónica que también compartimos todos nosotros para hacerle frente al dolor de las pérdidas sin tratar de evadirnos, anécdotas que compartí con mi tía cuando ella venía a Argentina en los 2000. Cuando me contó que fue a Ezeiza a buscar a Perón en el ´72 y su falta de entrenamiento físico a pesar de sus 18 años no le permitieron nunca hacer de ese día un relato heroico de su persona, o cuando se fue a vivir a Bariloche ya en dictadura y estuvo presa unos días por pertenecer a la comunidad del gurú Maharaji, donde dicen conoció al padre de mis primos, y se fueron a Mar del Plata a vivir. Cuando los desalojaron en Toscana, apenas habían llegado en el ’90, de la casa precaria y de piedra- otorgada por el estado a los pensionados de guerra- que les prestó mi abuelo antes de morir, y antes de la abundancia económica de los años noventa. También su emoción al verme recibida de abogada y tirarme arroz en la puerta de la Facultad de Derecho en 2012.
A ella le gustaba mucho el mar y el litoral argentino. A mi también. Y la montaña. Estamos pensando cuál de esos lugares va a recibirla. Ella, a diferencia de mis primos y nosotros que en el trabajo encontramos cierta redención, nunca encontró eso. Fue pizzera, lavacopas, inmobiliaria, rentista, jefa de hogar monomarental, hinduista, monotributista de AFIP, deudora en Italia, acreedora en Buenos Aires, inquilina y propietaria. ¿Qué era entonces? Constelada, kármica y fatal.
“Te quiero tío”, le dijo y lo abrazó mi hija. No pudimos hacer más que quererlo en esos instantes, porque ni mi hija ni yo sabemos aún del adiós de una madre
Un poco divagante para el rumbo definido pero nunca cagadora, como si siempre hubiese vivido sabiendo que todo tiene un final, como único propósito. Nunca aprendió del todo bien italiano, había perdido bastante la gramática castellana. Se había anotado en Sociología en los ‘70, pero nunca arrancó. Mamá joven. Superó un cáncer, pero no todo lo que vino después. Nunca canjeó su desapego material y su dulzura hasta el brote, dice mi papá, no heredada de su madre, sino de su abuela Ema –una humilde y triste mujer como cuentan, tierna con la prole a contramarcha de su melancolía-, uruguaya, que los crió; y una ironía endógena propia de un personaje de comedia negra de Ettore Scola.
Nos quedará tarea para casa. Seguir rearmando este continente familiar entre mares, puertos y la voz inigualable del altoparlante del aeropuerto romano enpartenza o en arrivo de Buenos Aires. Que todos nuestros recursos estén al servicio de un éxodo de paz, para ella y los suyos. Algunos trámites y expedientes todavía por resolver. Poder transmitir un desafío para los que nos sigan: obligar a la familia como territorio de reposo, de una vez, en tantas décadas. Decirle no al bombardeo de las guerras íntimas. Porque las guerras, también las imperiales, se desatan por lo íntimo, a veces tan profanado y acallado, pero ahí latente. Con la menor dosis de rencor, culpas y cuentas pendientes posibles, en esa cruzada donde nos volvemos como azúcar, impalpable. O mortales como el petróleo. Como inmortalizó Cesare Pavese, cuando Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, yo digo que quiero estar ligera. Por eso, el empeño de colaborar con que otras muertes así sean, y cuando podamos, antes, vestir así a la vida.

Cuando pase todo esto, quiero volver a ver tranquila a mi hija y conversar de lo que estábamos hablando en el café antes de recibir la noticia mientras mirábamos las imágenes de Venezuela: que los que llegaron a la Argentina hace un siglo y medio, o 70 años, llegaban porque este país pese a todo lo que vino -latinoamérica en dictaduras,neoliberalismo, deudas externas etc- es una zona de paz, relativa pero muy superior a otras de la región y el mundo, paz política y religiosa al final del día de trabajo. Eso atrae a quienes huyen a lo largo del tiempo; es casi lo más invariable de nuestra especie: perseguir la cordura para compensar los estallidos que nos eliminan del juego. Cuidar eso, es ser buena argentina, hija. Que pueda palpar, a medida que vaya haciéndose del continente necesario que ofrece conocer la historia familiar integrada con el devenir nacional y global – y seguir forjando su personalidad y posición subjetiva-, el valor que nos nutre de cierta inmunidad frente a los ataques ajenos y propios: conocerse y pedir ayuda cuando nos empezamos a hallar perdidos, tiroteados.
Una nueva oportunidad para defender un lugar de paz interior, como el continente que bien recibe, y preserva ante las hostilidades que pueden acecharnos de forma imprevista por dentro o planificada de afuera. Para eso construimos iglesias, sembramos campos o nos colgamos del peldaño de un barco transoceánico, e intentamos armar familia, cosechar amigos, aunque fallemos, haya grietas y goteras, rupturas, gritos y platos voladores, casi siempre podremos reconstruir una baranda para frenar, y hacer un chiste que haga reír, de los fallidos que invaden. Un lugar donde queramos quedarnos, sin irnos pronto. Un asteroide para nuestras flores, y regarlas en el pedacito de cielo que esperamos nos tengan cuando esto pase y volvamos a empezar.
Forza Zia, y hasta el próximo viaje.
…
(Imagen de portada: Barco Eugenio C)



