22 de julio de 2026
En los 90 no se festejaba el 17 de octubre. Quiero decir, había actos institucionales, Menem cada tanto citaba cínicamente a Perón, las dos facciones de la CGT organizaban sus actos y definitivamente, en la segunda mitad de aquellos años, Duhalde aprovechaba la fecha para discutir la raíz anti doctrinaria del 1a1 de cara a las elecciones del 99. Pero “el Día de la Lealtad”, aquella gloriosa jornada, no era algo de lo que la sociedad generalizadamente tomara nota como hoy, que hasta los anti Perón se enteran cómo rememoran la fecha sus contactos en las redes sociales al tiempo que los medios toman lista de qué hizo y qué dijo (también en las redes) cada referente del amplio y vacuo universo peronista.
En los 90, millones en cada elección votaban “peronismo”, pero no tantos de esos votantes hacían o manifestaban algo específico sobre el 17 de octubre. Mi viejo sí. Mi viejo, que decididamente no eran de los que hoy llamaríamos intensos, no estaba todo el día hablando de Perón ni queriendo convencer a nadie de su peronismo o la bondad de las 20 verdades, cuando llegaba el 17 de octubre iba hasta al mini componente ubicado en el living y arrancaba el día poniendo la Marcha Peronista para leve molestia de mi madre que recordaba que su padre, mi abuelo, había sido un director de escuela (y declarado gorila) a quien “el tirano prófugo” había obligado a poner un cuadro de Evita y Perón en la escuela. Mi viejo sonreía ante el recuerdo que, por supuesto ya había escuchado varias veces, sin replicar ni discutirlo, y simplemente conforme con haber arrancado la jornada con la atronadora y embriagadora voz de Hugo del Carril.
Riojano de nacimiento, yrigoyenista de corazón, abogado de matrícula, historiador de vocación, Luna era ya una pequeña estrella dentro del firmamento cultural argentino
Uno de esos 17 de Octubre, sin embargo, mi viejo hizo algo más. Puso la Marchita pero para luego acercarse y regalarme El 45 de Félix Luna. La edición gris de Hyspamérica. Todavía lo conservo, por supuesto. La dedicatoria es ilegible. Pero aún retengo lo que me comentó al obsequiármelo: que Félix Luna, no siendo peronista, había reconstruido muy bien el paso a paso de aquel año decisivo y que muchos peronistas se habían convertido en tales leyéndolo. Recuerdo que lo tomé en las manos y lo sentí pesado, inabordable, amedrentador. ¿Todo un libro de más de quinientas páginas para cubrir sólo un año calendario? ¿Tanto? En el momento me pareció una lectura imposible, de una especificidad de experto, y tal vez por eso tardé algunos años en efectivamente leerlo. Sin embargo, lo de que no había sido escrito desde una pertenencia peronista (algo sabido igual: Félix Luna era un personaje famoso, el historiador que entre otras cosas había elegido Clarín para contar la historia del país) me atrajo inmediatamente. Ya por entonces desconfiaba de los relatos demasiados partidistas, sin matices, sin una mínima problematización. Sé que puede parecer un oxímoron ser peronista y que no me entusiasmen los relatos planamente mitificados (también los hay en el antiperonismo), pero en mi caso siempre fue así y este libro estaba en sintonía con ese modo de ser.

Luna publicó El 45 en 1969. Año bisagra para el derrumbe de lo que Onganía se había propuesto para su régimen conservador con ilusiones de modernización tecnocrática y pretensiones de paz social a base de retribuciones al sindicalismo peronista, que no eran pocas y no eran baratas. Nadie puede decir que Vandor, el conductor de aquel sindicalismo, arreglara por migajas, al contrario. Pero, como se sabe, no alcanzó y tras un clima de época cada vez más levantisco donde no sólo el Cordobazo y demás puebladas fueron haciendo mella a la autoridad dictatorial sino también, y sobre esto se machaca menos, las demandas de la propia sociedad “no peronista” o incluso antiperonista de poder hacer libre uso de sus elecciones de consumo en un contexto de creciente represión cultural, las propias Fuerzas Armadas le pusieron fin al Onganiato para abrir curso a nueva etapa de su gobernanza sobre el país. Y pese a que, tampoco se recuerda tanto, Onganía con Krieger Vasena había logrado que vuelva a crecer al país y, atención, había enhebrado tres años seguidos con una inflación de apenas un dígito anual (ya quisieran tantos). Logros para nada despreciables que luego su reemplazante Lanusse, tras el interregno de Levingston, se encargaría de hacer añicos llevando de nuevo la inflación al 60 por ciento.
Dicho de otra manera: una clase media que celebraba a Mafalda, al Di Tella, al Café Concert, al Boom Latinomericano (que empezó en Buenos Aires, con una editorial radicada en la ciudad) y hasta a las juveniles transgresiones del Club del Clan no podía ser la misma que tolerara la censura a Primera Plana, la represión sexual o la irrupción a los palos contra profesores científicos insospechados de zurdismo en las facultades de la UBA. Una de las dos iba tener que prevalecer por más crecimiento económico y baja inflación que hubiera y prevaleció la que por el momento aceptaba a un nuevo dictador (Lanusse) pero de corte liberal, con promesas de normalización democrática, y sobre todo sin esas ínfulas de franquismo de segunda marca que era lo opuesto a lo que todos, peronistas y antiperonistas, estaban reclamando en ese momento.
Así, leer El 45 tiene algo de sumergirse en ese año clave a la manera de esas muestras “inmersivas” que se pusieron de moda el último tiempo, pero sin la parte cursi
En plena efervescencia de ese invierno icónico, entonces, Félix Luna publicó El 45 y, visto a la distancia, no podría haber elegido un momento mejor. Riojano de nacimiento, yrigoyenista de corazón, abogado de matrícula, historiador de vocación, Luna era ya una pequeña estrella dentro del firmamento cultural argentino. Había publicado libros sobre Irigoyen, Alvear, Ortíz y los caudillos federales. Había fundado la revista Todo es Historia. Había compuesto junto con Ariel Ramírez Navidad Nuestra (lado B de la Misa Criolla) y publicado junto a Mercedes Sosa (y Ramírez) Mujeres Argentinas. Pero todavía no había creado esa gran obra (los discos eran compartidos y adquirieron peso crítico después) que lo convirtiera en una nueva figura central de aquella década moderna y modernizadora como ya había ocurrido con Cortázar, María Elena Walsh, Sábato, Quino y Atahualpa Yupanquí, todos consagrados durante aquellos años. Esa obra fue El 45.
Escrito como los dioses, aún es un placer revelador leer El 45. En mi caso lo volví a hacer este año después de haberlo hecho en su momento, en los albores del kirchnerismo, y la impresión que me produjo fue aún más enriquecedora que la anterior. Si en aquel momento El 45 me había servido para tomar nota de la brillantez táctica y estratégica de Perón al comprender mucho mejor que sus colegas del GOU, pero también de la oposición (exceptuando Braden, su más inteligente antagonista), el carácter bisagra de lo que se estaba poniendo en juego ese año y qué hilos había que tirar (y no menos importante, en qué momento) para llegar al poder a través de los votos, en esta segunda lectura presté más atención a lo sucedáneo. Todo lo social y cultural que Luna plasma en primer plano con simpleza, sin necesidad de estar metiendo mucha mano, porque no sólo la había vivido, incluso participando del proceso político como joven militante radical, obviamente contrario a Perón, sino también porque ya previendo que en algún momento iba a escribir algo sobre aquellos meses, se valió de una serie de apuntes, notas, cartas, panfletos, impresiones, discursos y recortes (además, por supuesto, de entrevistas directas con los protagonistas, incluido el propio Perón en Puerta de Hierro) que había ido recopilando desde entonces. Y que además de darle un carácter muy fresco a la escritura le permitieron montar una suerte de teatro de operaciones para dramatizar, además de ilustrar, la manera en que cada facción movió sus fichas para eclosionar a la manera de un huracán aquel histórico 17 de octubre.
Aún retengo lo que me comentó al obsequiármelo: que Félix Luna, no siendo peronista, había reconstruido muy bien el paso a paso de aquel año decisivo y que muchos peronistas se habían convertido en tales leyéndolo
Así, leer El 45 tiene algo de sumergirse en ese año clave a la manera de esas muestras “inmersivas” que se pusieron de moda el último tiempo, pero sin la parte cursi. O quizás con lo cursi también, aunque en el buen sentido, porque el autor no se priva de incluir en cursiva, generalmente como cierre de algunos capítulos, breves pasajes biográficos y sensibles en donde deja sentado cómo vivió aquellos sucesos el joven Félix del año 45 en contraste al maduro Luna del año 69. Son pasajes literarios, bellos y honestos, poco usuales en un libro de historia que se pretende serio, y que justamente por estas heterodoxias logra ser profundo.
El efecto dramático recorre todo el libro y sé que caigo en un lugar común al decir que se podría hacer una ficción de Netflix con los puntos de quiebre y personajes tal como los presenta Luna en El 45, pero la disposición narrativa lo habilita. En esa hipotética serie, además de Perón y Evita, que no tiene un rol político relevante pero sí sentimental, sin duda estaría Domingo Mercante como “el partner”, el mejor amigo que ayuda al protagonista a cumplir su misión (y con el morbo que solo saben los espectadores de que años después será mezquinamente relegado); estaría Juaretche como el ideólogo piola que cree haber encontrado al militar avispado a quien podrá utilizar para su causa, aunque pronto verá que el utilizado es él; estaría Farrel, el anciano General que está hinchado los huevos y al final no quiere más lola; estaría Ávalos, el irascible general de Campo de Mayo que no puede ver más allá de su disputa con Perón y comete los mayores traspiés para el disfrute de la platea; estaría Sabatinni, el alter ego cordobés que ve pasar la historia delante suyo, Jauretche le da la oportunidad de atraparla para sí, y la deja pasar para la posteridad; estaría Quijano, el veterano y vizcacha radical que arma con más maña que arraigo la UCR-Junta Renovadora para que Perón pueda sumar votos también en la clase media y su elección no termine siendo una lineal representación obrerista; y por supuesto estaría el gran antagonista Braden, el hombre que la ve, el histriónico que visualiza el antiperonismo antes de que exista el peronismo, pero que hace una de más y muerde el polvo.

En una época como la actual donde se volvió signo de engañosa fortaleza intelectual desestimar al otro sin mediar palabra, apenas con un meme alcanza, acto en el que por supuesto incurren tanto kirchneristas como antikirchneristas, mileístas como anti mileístas, etc., Luna con El 45, apostó por lo contrario: asumir de a ratos los puntos de vistas del otro (siendo que ya no simpatizaba con los opositores a Perón, aunque tampoco se había vuelto peronista), interesarse genuinamente por sus motivaciones y, sobre todo, darle entidad a los argentinos que habían sostenido y apoyado cada facción. Plenamente consciente de que aquel año (y el gobierno resultante) habían abierto una grieta en la sociedad que ni exiliarlo a Perón, ni proscribir su movimiento, había logrado suturar, más bien lo contrario, Luna se esfuerza por darle entidad a cada una de las partes en pugna, pero no por gesto ecuménico, no por hipocresía salomónica, no por ingenuidad humanista, sino porque la realidad misma de lo que había ocurrido así se lo exigía
Luna lo explica así en la presentación inicial: “En El 45 la división de los argentinos fue abrupta y la incomunicación de los dos frentes de lucha tuvo características totales. A casi un cuarto de siglo (…) es conveniente intentar una crónica que establezca si el recuerdo de aquel año puede contribuir a unir a los argentinos, en el reconocimiento de errores recíprocos y afinidades ocultas que en ese momento no pudieron expresarse que acaso ahora se puedan certificar”. Coincidencia no casual: con esta misma idea volvió Perón en el 72 al arreglar y hasta hacerse amigos con Balbín, anunciarse como un “león herbívoro” y cambiar “peronista” por “argentino” en lo de que “para un peronista no hay nada mejor que otro peronista”. Todo formó parte del mismo diagnóstico que tres años Luna, sin ser peronista, había formulado en El 45.
Hoy seguramente hay otros que ocupan ese rol divulgador (con mucha menos profundidad, honestidad y gracia, hay que decir) aunque El 45 a mi parecer aún no pudo ser reemplazado
Como se sabe, el destino tuvo otros planes. Pero no debería poder soslayarse que, aun así, pese a la derrota posterior, la amplísima mayoría del pueblo argentino estuvo plenamente de acuerdo con aquellas ideas de reconciliación nacional: si se suman los votos que sacaron Perón y Balbín en el 73, coincidentes totales en esa prédica, el porcentaje de apoyo alcanzó la friolera de 86,28%. Es decir, casi nueve argentinos de cada diez votó que nos dejemos de joder y que tiremos todos para el mismo lado. Nunca una consigna fue tan abrumadoramente votada en la Argentina y nunca fue tan salvajemente boicoteada por los minúsculos de afuera y de adentro, y subestimada o ninguneada por analistas o historiadores posteriores.
La vida de Luna no fue la misma después de El 45. La primera edición fue modesta, a través de la editorial de Jorge Álvarez (el de Mandioca, los primeros libros de Walsh, Rozenmacher y Breccia, etc.) y resultó un fenómeno instantáneo. Se convirtió en uno de los libros más vendidos ese año (y los siguientes) y obligó a varias reediciones que Álvarez en su informalidad nunca pagó. “Aunque el dinero me hacía falta, las gratificaciones de todo tipo que obtuve compensaron la nula rentabilidad”, escribió Luna en su libro de memorias Encuentros, años después. Y abundó: “Creo que El 45 contribuyó a pacificar a los argentinos, facilitó que unos entendieran mejor los motivos del otro bando. Algunos lectores me confesaron que se habían hecho peronistas luego de leerlo; no fue esa mi intención. Pero otros también me dijeron que siempre habían sido gorilas y que habían bajado su nivel de aborrecimiento después de leerlo. Ni los elogios me deslumbraron ni las críticas me desilusionaron. Había hecho lo que sentía que tenía que hacer, con la mayor honradez posible, y probando que un proceso contemporáneo podía historizarse con el mismo rigor y distancia de algo ocurrido siglos atrás. En cuanto a Perón, a quien mandé un ejemplar apenas apareció, no acusó recibo, pero me enteré que comentó despectivamente: ‘Es un libro escrito por un radical…’”.

A 80 años del 17 de octubre, esa jornada decisiva que Luna convirtió en año decisivo (cambio no menor), El 45 ya no se lee tanto, algo en su transmisión de padres a hijos se rompió. Tal vez sea la propia figura de Luna la que esté un poco olvidada respecto a décadas atrás, cuando su presencia era casi parte del mobiliario cultural. Hoy seguramente otros ocupen ese rol divulgador (con mucha menos profundidad, honestidad y gracia, hay que decir) aunque El 45 a mi parecer aún no pudo ser reemplazado. Un librazo cuya lectura no envejeció ni un minuto. Y que sigue ahí para quien quiera encontrar, incluso, más de una clave cifrada que pueda destrabar también este presente.
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