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20 de julio de 2026

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9 de noviembre de 2024

SOBRE EL FASCISMO

Osvaldo Nemirovsci

@nemicom
Mundo
Tiempo de lectura: 14 minutos

El fascismo y su atractivo encanto para estudiosos, políticos e investigadores. Un atractivo que tal vez surja de la complejidad de hallar su mejor definición. ¿Qué es el fascismo y qué fueron y son los fascismos en caso que hubieran más de uno? Utilizar el término se ha convertido en lugar común de periodistas, analistas de la política, políticos en ejercicio y hasta de sujetos ajenos a esta dimensión y que lo utilizan como insulto, agravio y descalificación.

En medios de comunicación, en documentos de la política, en palabras de gobernantes, en las redes sociales el uso de “fascismo” como adjetivo se ha convertido en uno de los atajos más fáciles para caracterizar aquellas posiciones que no nos agradan. En general, las que contienen cualquier expresión de las derechas.

Este abuso del término lo ha viciado. No tiene el significado que aproxima a su historia y a su origen y solo mantiene, en muchos casos, la significancia de la palabra que lo expresa. El significante no está vacío, pero sí está lleno y desbordado de equivocados anales y descripciones antojadizas. No es que sea necesario unificar en un solo modelo de interpretación lo que fue el fascismo, pero sí aproximar valoraciones históricas y miradas políticas que hagan más permeable la comprensión de su sentido. Una suerte de acuerdo didáctico para ubicar al término, a su historia y a su proyección en un más válido consumo cultural, histórico e intelectual que otorgue cierta relación común a lo que fue el fascismo.

Dilucidar la controversia que alumbra su nombre es tentador para muchos intelectuales y políticos. Sean o no investigadores académicos o historiadores. “Todo lo que no hace crecer nuestro conocimiento de las nuevas realidades que produce la historia es inútil y nocivo. El conocimiento progresa a través de la distinción, no a través de la confusión ni de las analogías”, ha dicho Emilio Gentile, historiador italiano especializado en fascismo.

El fascismo, como parte anterior y decisiva de alguna historia, no traslada, cual viaje al futuro, sus calidades y consecuencias. Sus contextos, sujetos y objetos. Y su interpretación, estudio e investigación, se aprisiona en realidades atemporales y distintas, lo que dificulta una apreciación más ceñida a lo que fue, en sí mismo y para sí mismo, en la certeza de su ubicación real en la historia. Y esa experiencia que fue idea, movimiento, régimen, sociedad, cultura e historia no es renovable como tal. Y sus similitudes, deberán buscar los nombres que les correspondan.

En Italia no había Nibelungos, ese pueblo de enanos oscuros que vivían bajo la tierra y que encandilaron mitológicamente a los alemanes del tiempo hitleriano

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No se denomina igual a lo similar o parecido.

Vayamos, brevemente desde la historia, a la Italia post Primera Guerra Mundial y vemos que existe una diferencia en cuanto a las experiencias sociales y sus sujetos, durante el conflicto bélico. Gran parte de los trabajadores italianos que fueron llamados a formar en las Fuerzas Armadas lo hicieron en tareas más administrativas que en el uso directo de las armas en los campos de batalla; mientras que los campesinos, también incorporados a la militarización, sí fueron parte, en su mayoría, de quienes combatieron en las batallas.

Esto provoca cierto desapego “patriótico” por parte del proletariado italiano y se ubica en las simpatías por aquellas fuerzas políticas que críticas al ingreso de Italia en la guerra, como el Partido Socialista Italiano (PSI), que desde 1919 vive un importante crecimiento cuantitativo, y lo lleva a tener más de 140 diputados en el Parlamento luego de las elecciones de ese año. Esto permite cierta interpretación sobre los caracteres de clase que se movían en Italia.

Las coordenadas que cruzan el análisis y estudio del fascismo, varían tanto que no logran hallar más que pocos comunes denominadores para ver esta experiencia política. Stanley Payne (1934) el conocido historiador norteamericano ha dicho, ante esta dificultad de dar carácter unitario al sentido del fascismo, que “es el más vago de los términos políticos contemporáneos”.

Benedetto Croce (1856/1952) escritor, filósofo, historiador y político italiano que hasta 1924 simpatizaba con el fascismo, dice en 1944: “En las polémicas diarias la calificación de fascista se lanza y se vuelve a lanzar por parte de un adversario contra otro”, dando a entender el “ecumenismo” que este término contenía ya que podía caber en diversos espacios de pensamiento y política.

Sobre el uso bastardo y ecléctico del término vale recordar que en los años de 1930 los comunistas llegaron a llamar “fascistas” a los socialdemócratas, el famoso “socialfascismo” y que luego de la Segunda Guerra Mundial los mismos comunistas adjudicaban el rótulo a los demócratas cristianos italianos. Y en general se usaba como agravio y ultraje político.

Gran parte de los trabajadores italianos que fueron llamados a formar en las Fuerzas Armadas lo hicieron en tareas más administrativas que en el uso directo de las armas en los campos de batalla; mientras que los campesinos, también incorporados a la militarización, sí fueron parte, en su mayoría, de quienes combatieron en las batallas

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Veamos definiciones del fascismo en las voces de importantes personalidades del mundo intelectual, político y académico que se interesaron en el tema:

Norberto Bobbio (Jurista, abogado, filósofo y politólogo italiano 1909/2004): “El fascismo es un sistema político que trata de llevar a cabo un encuadramiento unitario de una sociedad en crisis dentro de una dimensión dinámica y trágica promoviendo la movilización de las masas por medio de la identificación de las reivindicaciones sociales con las reivindicaciones nacionales”.

Bobbio ve al fascismo como sistema más que como ideología e identidad y le asigna vocación de unidad nacional, aunque lo hace en tono crítico y tiene cierta originalidad en vincular a las demandas sociales con los intereses nacionales, relación ésta muy común en formaciones de izquierda en los años setenta planteada en términos de “liberación social y nacional” o con su inversa prioridad “liberación nacional y social”. No es menor un tema que hace a la vida política de Bobbio, quien pasó de afiliado al Partido Nacional Fascista a ser detenido en los años 40 por su pertenencia a la Resistencia.

Emilio Gentile (no confundir con Giovanni Gentile que fue un filósofo neo-hegeliano, docente y político fascista italiano) tiene una de las definiciones más contundentes sobre el fascismo, donde algunas consideraciones aparecen con palabras terminantes. Dice: “El fascismo es una ideología, un movimiento político y una forma de gobierno de carácter totalitario, antidemocrático, ultranacionalista y de extrema derecha. El fascismo se ha considerado como el mayor desafío que jamás haya existido a la democracia liberal y al sistema de valores que alumbrara la Ilustración”.  Es una enunciación bastante completa ya que toma al fascismo en casi todas sus formas posibles en la medida en que la ideología contenga un elemento de racionalidad con el cual la crítica pueda resarcirse.

Adorno y Horkheimer afirman que la ideología aun siendo una falsa conciencia que encubre relaciones de dominación siempre contiene un núcleo de verdad y eso la aleja de ser un mero engaño, pero esto que lo adjudican a las ideas del liberalismo lo niegan al fascismo, al cual quitan toda pretensión de verdad en sus enunciaciones. Obvia falacia intelectual de estos autores ya que no puede explicarse empíricamente a toda una sociedad movilizada y atenta durante más de veinte años a una mentira. Al menos no sin irrespetar a millones de personas.

El fascismo que más allá de complejas, variadas y disimiles interpretaciones es una expresión política, y como tal sujeta a su tiempo y su territorio no reitera sus aptitudes, su índole en cualquier condición de hospedaje histórico. A cercanas características pueden ocurrir cercanas aproximaciones, pero la cercanía no es la identidad, es el parecido.

No hubo una globalización del fascismo como aprecian algunos autores. Para más datos sugiero investigar el Congreso de Montreux/Suiza de 1934, donde se juntaron fuerzas derechistas de muchos países con la idea de darle carácter internacional global al fascismo, y que por iniciativa de los propios delegados italianos (de segunda línea) y apoyados por los falangistas españoles, definieron el carácter nacional de cada movimiento y se negaron a cualquier organización de carácter mundial.

A igualdades sociales, históricas y culturales pueden surgir experiencias políticas de analogías aproximadas, pero no las mismas. En filosofía “la identidad es la relación que toda entidad mantiene solo consigo misma” (Robert Audi- The Cambridge Dictionary of Philosophy); en definitiva, identidad es la circunstancia de ser una cosa en concreto y no otra.

El fascismo es lo que es en virtud de los entornos originarios, los sujetos originales, las mutaciones devenidas de su exclusivo andar, la potencialidad de su vinculación y relación peculiar entre los liderazgos y los destinatarios de sus mensajes. Estas situaciones son irrepetibles por más parangones históricos que se busquen, y que se encuentren.

La facilidad y cierta pereza intelectual en explorar mejores expresiones, a la vez que más claras descripciones, hace que la utilización del concepto de fascismo se aplique con una incorrección enorme. Cualquier “derecha” es fascista. Lo que no nos agrada es fascista. El nazismo es fascista. El franquismo español es fascista. Las dictaduras militares son fascistas. Gobiernos de cierto izquierdismo formal son fascistas. Sistemas sostenidos en democracias liberales son fascistas y sistemas sostenidos en ausencias de democracias liberales también son fascistas. Es obvio que esto no es así. O, no puede ser así. Lo que es todo, es nada.

Sugiero tomar al fascismo original italiano como un proceso exclusivo de ese país, en ese contexto y con esos protagonistas. Irrepetible fuera de las variables que le dieron origen, poder y sostenimiento en el tiempo. Ese fascismo tuvo una génesis social en virtud de circunstancias que, aunque con cierta equivalencia a otras en otros países, fueron peculiares y con sujetos históricos solamente fidedignos en sí mismo. Su tránsito por el poder reconoce otras circunstancias sociales e incluso, aunque con repetición de sujetos centrales, otros y nuevos protagonistas. Es decir, consideramos al fascismo como italiano, producto de la propia dinámica social de ese país en la primera mitad del siglo 20, y con los nombres propios que le dieron matriz a esa tradición y que entre otros fueron los sujetos constituyentes del fascismo, tanto en su origen en el llano como en función de gobierno.

El origen legal del acceso al poder por parte del fascismo queda fuera de toda duda en virtud de haber cumplido para ese cometido lo que establecen las normas, la legalidad vigente y los usos y costumbres de la política italiana

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¿Hubo, alguna vez y en los tiempos que fueran, fascismo de poder en Rumania, Noruega, Austria, España, Portugal, Francia, Grecia, Croacia? ¿Fueron fascistas ciertas alianzas de políticos en Europa oriental, durante la Segunda Guerra Mundial con los nazis para enfrentar al comunismo, como el caso de Stephen Bandera en Ucrania? ¿Hubo fascismo organizado en Estados Unidos, Gran Bretaña o Irlanda? ¿Hubo un fascismo latinoamericano de gobierno, vinculado al varguismo brasileño, al general Juan Vicente Gómez en Venezuela y al peronismo argentino? ¿Puede considerarse al gobierno revolucionario mexicano de Plutarco Elías Calles, como símil fascista? ¿Hubo fascismo o post fascismo en Guatemala con el gobierno de Ubico, en Paraguay con Sroessner, en República Dominicana con Trujillo? ¿Cuánta seriedad, realidad y certeza de poder poseyeron los organizados en el Partido Nacional Fascista de Raúl Olivares en Chile, del Partido Fascista Mexicano de Gustavo Sáenz de Sicilia, el “socialismo militar” y la Falange Socialista Boliviana, el Partido Unión Revolucionaria de Perú con su fundador Luis Miguel Sánchez Cerro y su orientador doctrinario clave Luis Flores Medina? ¿Cómo definir en Paraguay al dirigente y pensador Juan Natalicio González que lleva al Partido Colorado a asumir posiciones cuasi fascistas? ¿Fue un fascismo “certificado” por los originales italianos la Açao Integralista Brasileira (AIB – Acción Integralista Brasileña? ¿Existió en algún momento un fascismo uruguayo?

Incluso, mirando este “mapamundi” de potencialidades fascistas, quedaríamos solo observando algunos episodios de transitoriedad histórica en esos países, donde la experiencia de cierto modelo fascista o similar no alcanzó características más permanentes. Es motivo de controversia histórica y desde las ciencias políticas caracterizar a determinado gobierno como “estado fascista” ya que no alcanzan características comunes como la exaltación del nacionalismo, el autoritarismo, un nivel totalitario y de represión policial para asignarle esta identidad de fascista. Cierta comodidad en no abordar mejores definiciones conduce a darle categoría fascista a regímenes y gobiernos que no lo fueron.

La categoría PARI (Política Autoritaria, Represiva, Intolerante) e incluso agregando cierto nivel de criminalidad estatal, no reúnen las condiciones necesarias para definir a un gobierno o a una formación política como fascista. Propongo cinco posibilidades para interpretar al fascismo, que, sin tener la estatura de tesis, pueden aportar a una original mirada, disímil de las que estudian el tema.

1) Asignar al fascismo un sentido revolucionario. Algo que bastantes autores, desde hace algunos años, comparten, pero que aún hoy ciertas viejas imposiciones y durezas herméticas se resisten a aceptar. Incluso el teórico italiano Giampiero Carocci (1919 -2017) en su Historia del Fascismo, lo define como un movimiento de izquierda.

La negación del carácter revolucionario del fascismo (desde Gramsci hasta Hobsbawm) pensadores con enorme influencia en la izquierda intelectual, ha sido un error garrafal de interpretación, que sólo es superado por la investigación científica en estos últimos años en que historiadores jóvenes alejados de la cerrazón intelectual que provocaba el extremo ideologismo de sectores marxistas y la necesidad política del campo socialista durante la Guerra Fría, han dejado de usar el término “rebelión” para caracterizar el surgimiento y toma del poder por parte de Mussolini, y hablan sin escozores de revolución fascista.

Gentile define dos periodos distintos en el primer desarrollo del fascismo y creemos ver que distingue un fascismo como vanguardista en 1919, de pocos integrantes, paramilitarizado con los Arditi y organizado en Fascios de Combate con mínimo adherentes. Tomemos estos datos y entonces encontramos, en la visión de Gentile, una suerte de fascismo primigenio del tipo de partido de cuadros, similar a la concepción leninista imperante en la izquierda italiana y no ajena al modelo del bolcheviquismo europeo en general y ruso en particular, nada extraño debido a la procedencia de Mussolini de esas identidades y de muchos de quienes lo acompañaron en el primer momento.

Zeev Sternhell (1935/2020 polaco-israelí, profesor de ciencia política en la Universidad Hebrea de Jerusalén, historiador y politólogo, considerado una afamada voz sobre el fascismo) interpreta al fascismo “como una revolución alternativa a la comunista dejando de lado la idea de que se trataba de una contrarrevolución”.

2) Vemos un fascismo con mayor presencia proletaria que la habitualmente aceptada. Sin datos de la sociología cuantitativa y tomando en cuenta la impronta fascista entre 2019 y 2024, sus banderas, sus aceptaciones sociales y su vertiginoso crecimiento.

La fuerza y vitalidad mostrada por los primeros fascistas (de las cuales no importa su condición social en virtud de ser cuantitativamente escasas, pero jugando, en sentido leninista”, el rol de vanguardia) atrajo a quienes fueron perdiendo durante 1920 y 1921 su confianza en los partidos de izquierda, en virtud de sus peleas dirigenciales, divisiones y sobre todo en no ofrecerles medios de defensa y autodefensa ante las agresiones de las escuadras fascistas.

La única expresión política que tenía sintonizada la realidad era el fascismo, por lo que no resultó extraño, que cuando el despertador de la historia se puso a sonar (y el rey convoca a Mussolini a formar gobierno) fueran los únicos en escucharlo

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Estos sectores eran mayoritariamente obreros. En marzo de 1925 se realizaron huelgas encabezadas por los sindicatos fascistas, que dirigidos por Edmondi Rossoni (1884/1965) quien era fascista, de origen obrero y había sufrido cárcel en su juventud por actividades revolucionarias, respondía desde su identidad fascista a las demandas de los trabajadores como clase.

3) Apreciamos un fascismo con mucha legalidad institucional en gran parte de su gobierno. La innegable presencia, clave y decisiva, de instituciones extra partidarias y ajenas al fascismo como la Corona avalarán esta posición.

El origen legal del acceso al poder por parte del fascismo queda fuera de toda duda en virtud de haber cumplido para ese cometido lo que establecen las normas, la legalidad vigente y los usos y costumbres de la política italiana. O sea, Benito Mussolini, como máximo líder de un partido reconocido, fue llamado por el Rey Víctor Manuel III de Saboya y encargado de formar gobierno. Y en una Italia monárquica con respeto popular por su rey, y con los poderes que la corona tenía en cuanto su importancia clave para inicios y fines de gobiernos, y sobre todo el omnímodo manejo sobre las fuerzas armadas, en esa Italia, las acciones de Víctor Manuel III no son inocuas en el comienzo y la consolidación del fascismo.

Incluso el final del régimen fascista observa un dato que hace a formas democráticas. Mussolini es destituido en 1943, luego de una votación que le es adversa en el seno del Gran Consejo Fascista. Recién ahí, el monarca Víctor Manuel III ordena su detención. Y agregamos como dato que, en su primer gabinete, los ministros fascistas eran minoría habiendo incluso dirigentes socialdemócratas en ese gobierno como Gabrielo Carnazza, que fue ministro de Obras Públicas hasta 1924 y era del Partido Socialdemócrata italiano (PSDI).

4) El fascismo no es conservador ni reaccionario. El fascismo, lejos de ser una contrarrevolución tomando como su némesis a la insurrección bolchevique, constituye en 1922 un nuevo paradigma, distinto y alternativo en su faceta revolucionaria, a la de Rusia. Hoy diríamos que fue una revolución de derechas. Y aun así no estaríamos acertando en la mejor definición de ese momento histórico.

Desde ya no es conservador en función de su mirada hacia el futuro como valor político y cultural, que entiende la necesidad de una sociedad moderna sin pretensiones de recuperar, al estilo nazi, pasados prestigiosos. En Italia no había Nibelungos, ese pueblo de enanos oscuros que vivían bajo la tierra y que encandilaron mitológicamente a los alemanes del tiempo hitleriano.

Las menciones al Imperio y la glorificación de Roma, ambas constituyentes del discurso de Mussolini, tenían mucho más que ver con la extensión de poder italiano en el Mediterráneo y en África, como resorte de visibilidad global del país ante las potencias que sí tenían dominios coloniales, que con un recuerdo de aquel imperio romano de los comienzos de la historia.

El gobierno fascista seculariza gran parte de la cultura y la educación italiana y en ese sentido también se aleja del conservadurismo tradicional.

Y, en un periodo muy cercano a su consolidación como factor de poder, propugnaba como programa de gobierno la existencia de una clase productiva industrial y agraria moderna, el voto universal donde incluía a las mujeres, la jornada laboral de ocho horas y mantenía una fuerte expresión de fe anticlerical. Nada que pudiera ser tildado de conservador y reaccionario.

No hubo una globalización del fascismo como aprecian algunos autores. Para más datos sugiero investigar el Congreso de Montreux/Suiza de 1934

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5) La izquierda italiana y su acción, omisión y reacción en el surgimiento y consolidación del fascismo. Establecemos una vinculación, indirecta pero muy importante entre la relación dialéctica, y casi como elemento de la física newtoniana (aquello de su segunda ley que habla de cómo frenar un cuerpo en movimiento con otro cuerpo de similar peso y velocidad en dirección contraria) que ocurrió entre el fascismo, su propia génesis, evolución y voluntad política de existir, y sus contrapartes contemporáneas, centralmente la izquierda italiana, en un principio expresada por el Partido Socialista, luego el Partido Comunista y algunas variantes no de izquierda como el Partido Popular y el Partido Republicano.

En ese sentido vemos datos sugestivos como el desaprovechamiento de los partidos de izquierda para establecer, teniendo mayoría en la Cámara de Diputados, regulaciones estrictas que hubiesen impedido el desarrollo del fascismo. Preferían pelear entre ellos antes de frenar a Mussolini. Tanto en la faz formal como en no haber establecido legalidades represivas concretas y efectivas sobre las andanzas violentes y muchas veces criminales de los escuadristas “silvestres” del fascismo que asolaban las regiones rurales asesinando, apaleando y persiguiendo a sus opositores.

Fuera de lo legal, tampoco organizaron, en un tiempo de violencias naturalizadas, su respuesta política/militar, aunque fuere en la calidad de “autodefensa”. Algo que garantizara la seguridad individual de su adherentes y dirigentes. La izquierda poseía bastiones electorales y de fuerte adhesión política en grandes zonas de Milán, Turín y en menor medida, pero existentes, en barrio romanos.

Pero no fueron tan “bastiones” como para impedir que los fascistas, entraran, violentaran domicilios, echaran de los espacios sindicales a los funcionarios socialistas y asesinaran a un importante número de simpatizantes del PSI y la izquierda. Y la respuesta que podría haber sido de similar contundencia, al menos para frenar y atemorizar la impunidad fascista, no lo fue tal y se limitó a “lloriqueos”, quejas, pedidos de parlamentarios de informes, acusaciones y marchas, que por supuesto ni detuvieron ni asustaron al fascismo, que cuantitativamente menor e incluso contando con menor “poder de fuego” (la izquierda poseía armas más calificadas como fusiles y revólveres, frente a las cachiporras, barras y algunas granadas que blandían los fascistas ) obtuvo mejores resultados en virtud de audacias y carencia de todo tipo de consideraciones humanistas, morales y legales.

Es de destacar que hablo del proceso vertiginoso que se da antes de 1922 y la llegada de Mussolini al gobierno. Es decir, con ausencia del Estado como parte de esos enfrentamientos. E insisto, es duro el razonamiento, pero hay que situarse en el contexto de violencia de la Italia del primer cuarto del siglo 20 y entonces también la izquierda debió haber utilizado la idea bíblica de “ojo por ojo y diente por diente” y a cada dirigente asesinado por el fascismo tendría que haber actuado con similar respuesta buscando en ese equilibrio de sangre, el freno a la actitud de sus enemigos.

Cantaban loas a los “guardias rojos” de algunos sindicatos, pero estos servían más para los desfiles que para la autodefensa. Glorificaban, luego de 1918, al Ejército Rojo fundado por Trotsky, y se planteaban su modelo similar en Italia, pero fueron incapaces de frenar al fascismo en su inicio y cuando las relaciones de fuerza todavía lo permitían. O sea, retrocedía la izquierda y avanzaba el fascismo.

Ya a fines de 1921 y con 1922 en desarrollo, la izquierda discutía y se dividía en virtud de temas internacionales y aspectos teóricos. Los máximos exponentes de la izquierda como Antonio Gramsci, Nicola Bombacci, Filippo Turatti, Amedeo Bordiga y Palmiro Togliatti peleaban entre ellos, los republicanos y liberales se reunían para intentar dar forma a gobiernos posibles, y la única expresión política que tenía sintonizada la realidad era el fascismo, por lo que no resultó extraño, que cuando el despertador de la historia se puso a sonar (y el rey convoca a Mussolini a formar gobierno) fueran los únicos en escucharlo.

Por todo esto, y con el debido respeto, pero harto de leer y escuchar la adjetivación de “fascista” a lo que no lo es, solo recuerdo la fábula de Pedro y el lobo, y me preocupa que de usar tanto este término con sentido erróneo, el día que (ojalá no llegue) aparezca el verdadero fascismo, no van a saber de qué se trata. Esto último es solo para asustarlos, no ocurrirá porque el fascismo, no se repite.

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