Un momento...

20 de julio de 2026

20 de julio de 2026

16 de enero de 2026

ESCRIBIRSE LA VIDA

Sergio Wolf

@serdwolf
La hora del lobo
Tiempo de lectura: 8 minutos

                  “El resplandor eterno de cada ser aparece ante ti.

                   Cada ser es un precipicio de ocho mil pies”.

                       Miaozong, monja zen china, siglo XII

I

Hace poco más de cincuenta años, Michel Foucault embarcó a su equipo de trabajo del Collège de France detrás de una obsesión: rastrear con una sistematicidad digna de sabuesos profesionales todas las pericias médicas y policiales de la primera mitad del siglo XIX, explorando las relaciones entre psiquiatría y justicia penal. Por el camino nos encontramos con el caso Rivière”, escribe en la presentación de lo que llamaron un dossier y se publicó como Yo, Pierre, habiendo degollado a mi madre, mi hermana y mi hermano…

Era el caso de un parricidio ocurrido en la región de Normandía, en 1836: un muchacho de veinte años, llamado Pierre Rivière, luego del triple crimen huye por los bosques durante casi un mes hasta que finalmente se entrega. Lo que Foucault y su equipo encuentran en los Anales de higiene pública y medicina legal es un dossier del “caso Rivière” que tiene tres informes médicos, una serie de documentos jurídicos y algo más: cuando lo llevan a la celda, Pierre ─considerado por los vecinos como un idiota y casi analfabeto─ pide papel y lápiz y escribe casi cien páginas de una memoria. En esa biografía, relata sus orígenes, sus vínculos con el lugar y con cada miembro de su familia, los antecedentes del crimen y lo que hizo después, reviviendo los hechos con una lógica implacable y una atención extraordinaria al detalle, a las personalidades y comportamientos. En sus páginas se dejan entrever síntomas de trastorno mental y, al mismo tiempo, un sutil cuestionamiento al mundo que lo rodea, entendido como norma social.

¿Cuándo se empieza a escribir una (auto) biografía? ¿Será, como dice Foucault, que eso está en uno siempre, haciendo de las experiencias relatos que aún no fueron visitados por la escritura?

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Más allá de las derivaciones de la publicación de Foucault ─que inspiró dos películas de ficción casi simultáneas en 1976 y un documental posterior sobre el rodaje de una de ellas─, lo que a él lo conmueve es la biografía de Pierre. Por supuesto, Pierre se convierte para Foucault en una espada con la cual salir a batallar contra los discursos de las instituciones y sus sistemas de represión y encierro. Esa fue su cruzada, especialmente todo en esos años en los que publica Vigilar y castigar. Pero en Pierre hay algo más: está la escritura, esa escritura. Dice Foucault: como en esa época los campesinos no escribían tuvo que matar para poder escribir, y eso que escribió fue su biografía (que él llama mémoire). Y entonces, la pregunta: ¿cuándo se empieza a escribir una (auto) biografía? ¿Será, como dice Foucault, que eso está en uno siempre, haciendo de las experiencias relatos que aún no fueron visitados por la escritura? Así que empezar por el comienzo, palabra que aquí es un sinónimo de misterio: sabemos de qué están hechas las biografías, lo que no sabemos es cuando empiezan.

Claude Hèbert, protagonista de Yo, Pierre Rivière.., de René Alllio

II

¿Cuándo empieza la biografía? “A cierta edad, ya uno empieza su biografía intelectual cuando quiere”, me dijo una vez Beatriz Sarlo. Pero ahí Beatriz hablaba de biografía intelectual y eso ya supone un corte y la pregunta sobre qué elegimos está casi resuelta. Es cierto que aún se siguen leyendo las biografías al modo anglosajón, con esas 800 páginas en las que al biógrafo todo le parece igualmente importante y le da igual el encuentro de Eisenstein con Meyerhold o la boleta de la lavandería a donde llevaba a lavar la ropa después de jugar al tenis con Chaplin.

Aunque no se vive para escribir ─y aunque el Sr. Instagram se obstine en dinamitar esta evidencia─,todo está en el modo en que se corta y en el modo que se expande porque no hay narración sin esas dos decisiones. Si aceptamos lo que dice Francoise Dosse, el arte de la biografía no comienza en el estilo de escritura, sino en el punto de vista, en esa doble decisión narrativa previa. Entonces, cuando empieza lo que viene es ¿avalancha de datos sin perder una pizca de cronología o elección voluntaria o arbitraria donde reina el estilo? ¿Contar todo como hace Ian Kershaw o hacer de esa biografía una pieza literaria, como le gustaba a Stefan Zweig? ¿O ubicarse entre ambos polos como Emmanuel Carrere y su Limónov, quizás la última gran biografía con estilo? Dice Carrere: “Limónov no era un autor de ficción, solo sabía contar su vida, pero era una vida apasionante y la contaba bien, con un estilo sencillo y concreto, sin afectaciones literarias y con la energía de un Jack London ruso” y luego sobre él, el propio Carrere como narrador de la biografía: “Lo ideal sería contar el party en casa de los Liberman como el baile en el castillo de Vaubyessard en Madame Bovary, sin omitir una cucharilla ni una fuente de luz. No sé hacerlo, pero me gustaría”.

La vida como grafía, propia o ajena, tejida por las censuras conscientes o las impuestas por otros (de allí la confesión de libertad que hace la “biografía no autorizada”, porque una biografía autorizada más que biografía, es hagiografía). O bien las que teje la desmemoria, desplegando hibridaciones y fatalidades mutantes porque el fin de la historia no era el fin de la historia sino el fin de un cierto orden de la historia y daba un paso más porque auguraba que el fin de la historia daba nacimiento a otra forma de (hacer nacer, de contar) las historias. Es interesante que en la autoficción el acento esté en los modos de lo real. Leer en la grafía la biografía, como hicieron Laura Rosato y Germán Álvarez, implica rastrear la vida de Borges en la microscopía marginal de sus anotaciones en sangrías y hasta retiraciones de tapas de los libros que iba leyendo, sabiendo que su vida se derramaba sobre los libros, que estaba en los libros. Y ya que estamos con Borges hay que decir que astilló la idea de la biografía como totalidad porque lo probó en relatos de diez páginas o en poemas de una. Y entonces: ¿cómo no pensar en Borges y su Tadeo Isidoro Cruz, de quien cuenta una sola noche y sin recurrir a hechos anteriores? Allí la biografía apuesta todas sus fichas: sin nombre no hay biografía: “Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”.

Leer en la grafía la biografía implica rastrear la vida de Borges en la microscopía marginal de sus anotaciones en sangrías y hasta retiraciones de tapas de los libros que iba leyendo, sabiendo que su vida se derramaba sobre los libros, que estaba en los libros

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No hay biografía sin nombre porque si no es como la tumba al soldado desconocido: se le ponen flores a todos y a ninguno, porque no hay singularidad y no hay nada más singular y único que la vida de una persona. Esas experiencias solo las conoce el personaje y los que lo rodean o rodearon, además de Dios (y su delegado en la Tierra: el psicoanalista). Esa pregunta del biógrafo por el nombre puede buscar con tanto afán esa singularidad que termina desatando ese hermoso salto al vacío llamado biografía imaginaria, que hizo de Orson Welles un borgesiano après la lettre poseído por el fantasma de Marcel Schwob, con sus Kane y Elmyr de Hory, los protagonistas de El ciudadano y F de falso convertidos en mareas biográficas donde casi es imposible separar el dato de la invención, la pista real y su narración aferrada a la trampa aluvional. ¿Quién cuenta? ¿A quién imagina como lector o espectador quien cuenta una vida? Y si damos un paso más: ¿cuánto disfrute de invención biográfica habrá desatado César Aira en su Diccionario de autores latinoamericanos, nada menos que en un diccionario, invencible orden que presume de la perfecta síntesis biográfica sin tiempos muertos ni derivas?

Citizen Kane, de Orson Welles

III

El formulario dice: “escriba su hoja de vida”. Mido los caracteres y, aún si me visitara un súbito poder de síntesis, me costaría completarlo. ¿Qué sería una “hoja de vida”? ¿Es igual que el currículum vitae, pero sin el lastre arcaizante del latín? El currículum vitae es una biografía inflada con los highlights como anabólicos y a la que le amputaron el drama.

¿Cómo es eso? Para llegar a esos logros del curriculum vitae hay que haber atravesado un sinfín de peripecias, fracasos, dilaciones, desvíos y búsquedas erradas, pero nadie leería una biografía construida solo con esos pasos en el ripio. Para que haya lector o espectador de biografías debe haber logros (aunque sean logros conseguidos mucho después de haber muerto, como sucede con Van Gogh, inagotable exemplum biográfico) o salvo que esos fracasos hayan sido tantos que conformen un todo que es en sí un triunfo.  

La biografía siempre necesita un sistema narrativo propio y único, en los mejores casos creados a partir de los giros de vida o las pistas del personaje. Así ocurre en el inicio de El salto de papá, de Martín Sivak, o en el de Mi libro enterrado, de Mauro Libertella, ya sea que pensemos a los padres en versión extra-large o small. O bien en ese puzzle que hace desvariar al tiempo y lleva todo al límite suprimiendo por completo el diálogo en Frida, naturaleza viva, esa fabulosa película de Paul Leduc.

Es más que un género: a menudo arrasa con el género y es capaz de volverlo todo biografía. Perec lo intentó con modestia: la biografía de una esquina. Proust tocó la abstracción: la biografía de una época. Magris probó la totalidad: la biografía de un río. Aira lo intentó con ironía: la biografía es un personaje llamado Biografía, de quien casi no sabemos nada

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Y ese sistema sopla donde quiere. Es más que un género: a menudo arrasa con el género y es capaz de volverlo todo biografía. Perec lo intentó con modestia: la biografía de una esquina. Proust tocó la abstracción: la biografía de una época. Magris probó la totalidad: la biografía de un río. Aira lo intentó con ironía: la biografía es un personaje llamado Biografía, de quien casi no sabemos nada.

Así y todo, este viaje por las biografías, las escritas y las por venir, las que aún piden ser detectadas y aguardan en silencio, así y todo este viaje por las biografías, con sus estaciones en el sistema y el estilo, en la bulimia y la anorexia del uso del tiempo, en la ley y la fruición, así y todo seguimos sin rozar el gran misterio: cómo nace una biografía.

IV

Viajes que son interrogaciones sobre el tiempo. Una línea leída en un poema, o recordada en el margen de vaya a saber qué, se vuelve una deriva que viene a traer memorias guardadas, como si esa forma de biografía que no osa decir su nombre por su timidez minúscula fuera a la vez una mamuschka que deja entrever otras biografías posibles, de aquellos que nunca soñaron con ser biografías. Algo dispara un cuento que está hecho de brief glimpses of beauty, para decirlo con ese título de un film hecho de pétalos, como el de Jonas Mekas. Algo viene y son memorias que vienen sin ser llamadas salvo que quien las haya liberado sea la línea de un poema, o una imagen que asalta al autor y no lo suelta. Le viene, como las musas, y trae a cococho, palabras. En cierto modo, todos los ensayos de Un poema pegado en la heladera, ese libro de Martín Prieto, único como la flor más rara de un jardín regado con la vida y los libros, esos ensayos saben que no podrán distinguir sus líneas, que deben abandonarse al río revuelto del instante, porque son la búsqueda más invisible y desesperada de belleza: esa que descubre que la biografía y el poema son lo mismo porque son una sola voz. Finalmente, el irrefrenable lector de biografías construye en sus lecturas su propia biografía*.

* Gracias a Mariano Goicochea, infatigable lector de biografías, y a Jorge Dana y sus koan.

La hora del lobo