24 de junio de 2026
17 de julio de 2025
ENTREVISTA A MARÍA MORENO: “ME ABURRE QUE SE SIGA MACHACANDO CON EL DESCUBRIMIENTO DE LA CRÓNICA”
Juan Manuel Mannarino
En La merma, antes de lo que nombrás como el “accidente” (un ACV el 3 de julio de 2021 que ocasionó la parálisis de su lado derecho, incluida la mano con la que escribe), empezás por tu vínculo con hombres. Por esa “coalición masculina”, sobre todo escritores y periodistas, bajo la frase tan sugestiva de “ahora todos han muerto” y “de mí, queda sola la mitad”.
Esa frase es un efecto y los efectos no se explican sino perderían el efecto. Ja. Pero hay cierto referente. Tenía amigos o personas con las cuales me identificaba de distintas generaciones, De algunos decía medio en serio y medio en broma que iban a escribir mi epitafio. Había otros a los que les prohibía escribir, los bombardeaba con críticas lapidarias. Se lo decía a Gandhi, de Página/12. Pero con los años, muchos se fueron muriendo y precozmente: Norberto Soares, Miguel Briante, Claudio Uriarte, Charlie Feiling, Jorge Dorio. Pienso que la mayoría de esas muertes no eran ajenas a cierto conflicto con la literatura.
Decís que el bloqueo de tu mano “escritora” genera una transformación del lenguaje. Como que hay una lenta retirada del barroquisimo para dar inicio a una escritura más sintética, “más transparente”.
Mentía. Solo al principio de mi ACV, cuando no encontraba en mi memoria las palabras que quería escribir, declaré que me había vuelto más transparente. Era la época en que me angustiaba no volver a escribir y, sobre todo, no volver a leer. Cuando pude hacerlo, lo que me pasó no fue que retomara con alivio mi antigua escritura sino que me di cuenta de que ésta era excesiva. ¿Quién era esa mandaparte, esa rebuscada? Pero, así como luego de un episodio terrible a la larga se impone la vieja neurosis, te dan un diagnóstico de cáncer y durante los meses de vida que te quedan, volvés a limpiar la silla antes de sentarte -si eras obsesivo- y a obsesionarte con el porno, yo volví a mi andadas manieristas. Creo que no soy más transparente. Tengo otros tiempos de entrega de mis textos ya que, como no he vuelto a las redacciones en la era digital, me permito pensar más mis microensayos. No escribo más de un tirón y rápido porque me canso mucho, escribir para mí siempre fue algo físico, los gestos, los ánimos, las respiraciones, todo lo que se hace con el cuerpo mientras se deslizan los dedos. La silla de ruedas no está hecha para sentarse a la compu. Ni tampoco entra en la cocina, extraño cocinar.
Tik Tok, por otro lado, es un gran acervo de bailecitos como el joropo y la bachata, y el principal argumento para afirmar que los porteños son de palo
Es un texto muy íntimo, como tantos otros tuyos, pero acá hay otra fragilidad y un humor incluso escatológico: los encuentros con tu hijo, las ambulancias, los enfermeros, los sueños en los que volvés a caminar. Frases como “había días en que me daba por vencida en un rincón mientras pasaban la aspiradora y yo yacía con mi blusa a lunares blanca y negra”. No ocultás nada sobre las incomodidades de tu primera persona. ¿Te molesta que todavía se hable de la “literatura del yo”, a favor o en contra?
Cuando salí de la internación, un kinesiólogo me preguntó: “¿y?”, “¿ya te olvidaste de todo?”. Parece ser que cuando los pacientes salen, sobre todo los graves, olvidan que estuvieron allí. Yo también. Respecto a la primera persona, veo que todavía están con ese san Benito de la literatura del yo. Borges hace literatura del yo con eso de “Delia: alguna vez anudaremos, ¿junto a qué río?”, ese diálogo incierto y nos preguntaremos si alguna vez, en una ciudad que se perdía en una llanura, fuimos Borges y Delia. Emmanuel Carrère también y Sergio Chejfec cuando escribe Baroni, un viaje. ¡Cuántos yoes con altoparlantes hay en determinadas escrituras con el yo encubierto! Yo escribo “yo” porque es un procedimiento de la crónica y enseguida empiezo con el microensayo. Además, Carta a Vicki y otras elegías políticas y La comuna de Buenos Aires no son crónicas, sino ensayos de investigación con testimonio, en el sentido de que no son sostenidas por un yo estilístico, son más bien documentales. Escribo fluidamente y leo partiendo los libros en pedazos. Así es que fui haciendo La merma, entre fragmentos, sopesando una gran angustia por la lentitud entre el pensamiento y la escritura. Fue un libro que tenía que hacer, una especie de coartada para sepultar la vejez.

Aparecen referencias tan variopintas como influencers de Tik Tok, la guerrilla de los setenta, Lina Meruane y Josefina Ludmner, el Covid en medio de tu internación, los sobrevivientes de Viven, Robert Antelme, la mierda, los gritos, los fantasmas, la fantasía de amputación y la historia de María Inés Mato, a la cual entrevistaste en su momento. ¿Alguna vez creíste que ibas a escribir un libro así, habías imaginado una enfermedad o una debilidad física?
La merma puede leerse como el archivo de una cronista de vida cotidiana, que es una sección que sobresalía en los medios creados por Jacobo Timerman. Tik Tok, por otro lado, es un gran acervo de bailecitos como el joropo y la bachata, y el principal argumento para afirmar que los porteños son de palo. El tango es otra cosa, el tango es para poetas. Siempre estuve obsesionada por los neurodivergentes, los cyborg, los “cuerpos extraños” desde Helen Keller hasta los niños que vivían en pulmotores durante la epidemia de parálisis infantil de los años cincuenta. Y tuve el ACV cuando estaba escribiendo sobre la donación de órganos en Lina Meruane y sobre la prótesis de Mario Bellatín. Y me quedé dura por unos instantes. Pero se me pasó unos minutos. Tuve tiempo de sacar el cerrojo de la puerta y llamar a mi hijo.
Mentía. Solo al principio de mi ACV, cuando no encontraba en mi memoria las palabras que quería escribir, declaré que me había vuelto más transparente
Hace tiempo se viene hablando del fin del periodismo, tanto por declive de formación como por falta de espacios y de lectores. ¿Hay una crisis del oficio del cronista en los tiempos de Milei? ¿Te preocupa, por otra parte, la velocidad con la que avanza la Inteligencia Artificial?
No puede haber periodismo independiente sin democracia. Si se están destruyendo las instituciones de formación y la posibilidad de reunirse, si no hay dinero para andar flanereando como cabe al cronista, si hay censura más la posibilidad de ser insultado -en eso Javier Milei ha contribuido a las ventas de libros que ya eran best sellers como Cometierra- por una autoridad que plagia hasta el humor popular, entonces hay que estar agazapados, es decir, estamos en alerta. No me interesa la IA y no tengo tiempo para estudiarla porque me voy a morir pronto, seguramente. Me encantaría escuchar a la María Moreno según la IA para conocer mis peores estereotipos. Y creo que, respecto al oficio, las grandes plumas del periodismo han muerto con Mario Wainfeld. En cuanto a Milei, se propuso destruir el Estado e imponer el fetichismo de la ganancia, no otra cosa. Me enorgullece que existan grupos de protestas antifascistas, antirracistas y antisionistas, que no produjeron los muertos que les achacaba de antemano Bullrich.

¿Qué sentís cuándo recién ahora se reconoce a la crónica como una “literatura de no ficción”, sobre todo a esos libros que, como los tuyos, esquivan etiquetas y clasificaciones?
¡De una buena vez! Más bien, me aburre que se siga machacando con el descubrimiento de la crónica. Ese auge se planteó hace unos años y en la actualidad no es más que periodismo redactado. Siguen habiendo excepciones como Martín Caparrós, Leila Guerriero y Cristian Alarcón. Pienso que las crónicas entran en la literatura cuando las hacen escritores. Además, ahora se pueden hacer crónica desde la computadora, como muestran las investigaciones de las series de Netflix, ¿no?
Por último, hay una gran cantidad de dedicatorias en el comienzo de La merma, desde tu hijo Manuel a la memoria de tu gato Maula. ¿Por qué esa decisión?
Tengo mucho que agradecer. No hay que extrañarse, puesto que mi supervivencia exigió que mi relativa autonomía dependiera de muchas amigas, desde la elección de la silla eléctrica hasta la salvaescaleras y, cuando no podía comunicarme, del calor de mi gato Maula.
(Fotografías: Sebastián Freire)



