08 de julio de 2026
9 de noviembre de 2025
ENTREVISTA A MANUEL MOYANO PALACIO: “BUSCO PARASITAR VIDAS Y OBRAS AJENAS”
Pedro Yagüe
Escribiste un libro sobre Jorge Bonino, otro sobre Juan Rodolfo Wilcock. ¿Por qué te interesa escribir sobre otros?
Hace poco descubrí que para mí escribir sobre otros es escribir sobre uno mismo, sobre las pasiones propias que el otro, con su vida y obra, te despierta. Pero en vez de meterte de lleno con tus cosas, te metés con las del otro y las mezclás con las tuyas. Eso tiene algo que para mí es interesante. Es como entrar en la habitación de alguien que no te conoce y que no sabe que estás entrando en su mundo íntimo, y empezar a vivir en ese lugar, a meter tus cosas. Te apropiás por un tiempo de un espacio que no es tuyo. Por eso me pasa que soy medio parasitario en el trabajo de lectura y estudio, no puedo dejar de entrometerme en el mundo del otro. Busco parasitar las vidas y obras ajenas. No creo que sea posible escribir sobre alguien que no es uno mismo si no es desde la intromisión. El ensayista o biógrafo que se mueve como un positivista literario, buscando objetividad y neutralidad para hablar del otro, me parece una falacia. Sobre todo en este país, donde Borges escribió esa anomalía que fue Evaristo Carriego y creó la tradición de la mala memoria, la biografía infiel y el uso irreverente de la vida ajena.

Hablame de Jorge Bonino. ¿Quién fue?
Jorge Bonino fue un actor cordobés, oriundo de Villa María. En realidad era arquitecto de profesión y en la década de los 60, el tipo empieza a hacer una obra de teatro que se hace muy conocida porque inventa una especie de idioma ad hoc, hecho de palabras inexistentes, usando juegos de palabras que van más allá de cualquier idioma reconocible. Pero Bonino tenía la capacidad de crear también una suerte de relato donde explicaba el origen del mundo o de la música. O sea, inventaba un lenguaje que nadie hablaba y contaba una historia que nadie entendía. Eso era muy loco. Así se hace conocido en el under cordobés de aquellos años y gracias a la actriz Marilú Marini, que lo ve en Córdoba en una de sus giras por allá, lo invitan al Instituto di Tella en Buenos Aires. Después se va a París, pasa por España, se pierde, vuelve a su ciudad natal y termina en un loquero donde muere. Deja una estela en los que lo conocieron y sobre todo en los que no lo conocieron. Se crea así la leyenda de Jorge Bonino, tal como la llama Héctor Libertella. Y yo escribí sobre él porque, como cualquier joven, quería ser parte de la leyenda, parte de un grupo selecto de iniciados. En este caso, era el grupo de los que fueron tocados por la vida y obra de un genio que enloqueció.
El género llamado de “no ficción”, donde por lo general se incluye al ensayo y la biografía, no puede desprenderse del todo de la ficción porque no hay pensamiento ni historia posible que no use la imaginación
¿Cómo surgió la idea de escribir sobre él?
El libro salió en 2017 y de alguna manera fue un libro que me salvó la vida. Yo salía de hacer una tesis doctoral y cosas académicas, y como no quería escribir más en el tono del paper, me fui de la academia y estuve un año sin laburo, muy perdido. Un amigo me dijo que escribiera un ensayo sobre Bonino y empecé a juntar los materiales. Había bastantes cosas, pero todo disperso, tal como continúa hasta hoy. Incluso se hizo una película sobre Bonino y hace poco una muestra retrospectiva que se presentó en Casa Córdoba de Buenos Aires. Y lo que más me atrapó fue la risa que me generaba. Como sólo quedan grabaciones de audio de sus obras, escuchaba esos materiales y me sentía atrapado por la risa del público. No me refiero al humor, sino del acontecimiento físico de la risa. Ahí encontré algo muy propio. Reírme con su vida y obra, a pesar de toda la tragedia que la tiñe. La risa para mí es sagrada y así me fasciné con él. Y mi única respuesta para la fascinación es la escritura, por eso no me quedó otra que hacerle caso a mi amigo y escribir un libro.
Pensaba en Roberto Calasso, en su idea de que la posesión es la forma más alta de conocimiento. ¿Hasta qué punto esa fascinación no tiene algo de similar, en el sentido de salirse de uno y quedar tomado por el otro?
Sí, totalmente, es como un éxtasis en el sentido de algo trascendental o místico. Pero también como la droga, que te pone en relación con una percepción totalmente alterada y diferente a tu neurosis, tu orden del mundo o tus cositas básicas. La posesión que el otro ejerce sobre vos cuando escríbís te rompe los esquemas. Pero ahí, paradójicamente, es donde está lo más tuyo, lo que tenés más en el fondo. El afuera del otro es lo que genera lo más adentro del escritor.
La vida de Wilcock también tiene algo de extraordinario, de mitológico.
Sí, para mí son extraordinarios los dos. Sus vidas y sus obras. Wilcock es un personaje muy particular, que nace literariamente -por así decirlo- con un libro de poemas que ganó un concurso en 1940 y fue premiado por Borges. Entonces ahí Wilcock se hace conocido en el grupito de Sur y forma parte de la tríada de Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo. Pero era considerado apenas un apéndice de ese grupo, un poeta menor. Después se va a Italia, en el 57 y ya no vuelve más. Allá publica muchos libros de narrativa y se hace un espacio sobre todo por sus notas ácidas y críticas en diarios y revistas. Cuando lo empecé a leer, comencé con lo que para mí es su mejor libro, Los dos indios alegres, y me reí muchísimo. Y quedé atrapado. Empecé a indagar en su obra y me salió una residencia literaria en la Real Academia de España en Roma. Y fue magnífico, porque el gobierno español me pagó y dio alojamiento por seis meses en Italia para escribir sobre un argentino, hijo de padre inglés y madre con sangre italiana, cuyos abuelos eran de Suiza, que además había abandonado el castellano por considerar que ya no daba para más y había terminado escribiendo en italiano. Las paradojas de la vida y la literatura también son monetarias.
La posesión que el otro ejerce sobre vos cuando escríbís te rompe los esquemas. Pero ahí, paradójicamente, es donde está lo más tuyo, lo que tenés más en el fondo. El afuera del otro es lo que genera lo más adentro del escritor
¿Qué libro querías escribir cuando comenzaste a indagar en su zona y qué libro te salió?
Lo esencial era hacer un libro montajístico que sin ser crítica literaria, ni biografía, ni reconstrucción de mi pasión por Wilcock, ni una novela, tocara un poco todas esas puntas y armara una especie de monstruo donde el lector pudiera encontrar la actitud Wilcock. La actitud donde lo descarnado se hace poesía, porque él siempre fue un poeta, incluso cuando escribía narrativa se definía como “poeta en prosa”. Me refiero a esa actitud donde su vida y obra se conjugan, no para determinar lo que hizo en literatura a partir de lo que vivió o según quién fue, al modo de un acercamiento psicologista, sino para perseguir ese hilo plateado donde la vida y la obra son parte de un mismo arte que se funden en el nombre. Cuando decimos “Wilcock” no decimos solamente el nombre de un autor, sino también el nombre de una sensibilidad muy específica (del mismo modo que cuando decimos “Dante”, “Borges” o “Aira”), la sensibilidad de un diamante brutal. Ahí está la cosa: en ese país wilcockiano donde la obra y la vida se entrelazan de manera preciosa y brutal era a donde tenía que meterme. ¿Cómo podía entrar a esa fiesta a la que no me habían invitado? Mi respuesta fue a través del montaje: ni esto, ni lo otro, sino un poco de todo, ensamblado, en tensión. De ahí salió Disco Wilcock.
Ahí aparecen recursos que tienen más que ver con la ficción que con la biografía.
Hace unos días estaba releyendo el clásico libro de Leon Edel sobre biografías, Vidas ajenas. Principia biographica, y en las primeras páginas sentencia algo así como que un biógrafo puede imaginar la forma, pero no puede imaginar los hechos. Y yo, que soy un poco contrera, digo: ¿por qué no? ¿Por qué no puedo imaginar que Wilcock hace algo que nunca hizo? O sea, ¿cuál es el índice de veracidad para decir que, si Wilcock iba todos los días a tomar un café a tal bar, eso es más real -o más “wilcockiano”- que decir que Wilcock tenía un baúl donde escondía huesitos de niños que se había comido? Estoy exagerando, pero el punto donde la vida del biografiado se convierte en su propia literatura para mí es lo central. A mí me gusta extremar ese punto. Además, ¿hay hechos que se puedan disociar de las tergiversaciones, relecturas, exageraciones, etc., que giran en torno a cualquier hecho? En el caso de Wilcock, hay un asesinato no clarificado que ronda sobre su figura. ¿Qué hacer con esa laguna esencial en una vida? ¡Literatura! Escribí un capítulo entero al respecto y demostré fehacientemente que el asesino era Bioy Casares y no Wilcock. El género llamado de “no ficción”, donde por lo general se incluye al ensayo y la biografía, no puede desprenderse del todo de la ficción porque no hay pensamiento ni historia posible que no use la imaginación.
El gobierno español me pagó y dio alojamiento por seis meses en Italia para escribir sobre un argentino, hijo de padre inglés y madre con sangre italiana, cuyos abuelos eran de Suiza, que además había abandonado el castellano por considerar que ya no daba para más y había terminado escribiendo en italiano
Ahora estás trabajando en algo que tiene que ver con esto, ¿en qué andás ahora?
Sí, ahora estoy tratando de cerrar esta búsqueda que empezó hace ocho años con Bonino y pasó por Wilcock, con la vida-obra de Oscar del Barco. Oscar fue un filósofo, poeta y pintor cordobés, que fue muy mencionado cuando, a partir de una entrevista a Héctor Jouvé, un ex miembro del Ejército Guerrillero del Pueblo, que se publica en 2004 en la revista La Intemperie de Córdoba, él manda una carta haciendo un ajuste de cuentas con su generación revolucionaria. Esa carta se conoció como la carta del No matarás e inició un largo debate sobre la responsabilidad en la lucha armada. Pero hay muchísimo más de Oscar del Barco antes y después de eso. El tipo encarnó el siglo XX como nadie: marxismo, revolución, vanguardia, Heidegger, misticismo, traducción, edición, revistas, discusiones por doquier, pelea con Piglia, exilio, etc. A mí me interesa sobre todo el cuerpo de Oscar, esa zona donde se produce un contrapunto esencial. Mientras su pensamiento y obra apuntan a una tragedia sin límites, su vida en cambio rebosa de resistencia y vitalismo, de proyectos siempre nuevos, de intensidad, amor y amistad. Ese contrapunto es mi puerta de entrada.
¿Y cómo te “entrometés” ahí, para usar tu expresión?
Del Barco es un personaje completamente distinto a Bonino y a Wilcock. Y entonces eso me obliga a escribir un libro diferente, a desarrollar otra estructura e incluso otro juego. De todas maneras, es un trabajo muy incipiente todavía. Solamente puedo decir que Del Barco vivió 96 años e hizo de todo: trabajó de traductor, editor, en docencia universitaria; escribió libros de poemas, ensayos políticos, novelas experimentales, pintó más de 500 cuadros; atravesó los campos de la filosofía, la literatura, la mística e incluso el budismo zen; todo eso desde una negación muy honda, y muy sesentista, de la figura del autor. ¿Qué hacer entonces? ¿Cómo escribir sobre una vida y una obra cuyo autor niega la autoría, la propiedad del nombre? Bueno, es ahí donde estoy: en una discusión muy fuerte con esa negación del yo y el autor. Porque a pesar de todas las muertes y los certificados de defunción, el autor siempre resucita. Ahí es donde me interesa meterme, en la puerta que el mismo Oscar deja abierta entre su nombre y su obra-vida. Veremos qué sale.



