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22 de julio de 2026

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2 de noviembre de 2024

EN ARGENTINA SÓLO SE HABLA DE PLATA Y EN ESTADOS UNIDOS, DE TRUMP

Lucila Melendi

@lolangarros
Mundo
Tiempo de lectura: 8 minutos

Celia tiene 75 años, nació en Argentina y vive en Los Ángeles desde 1979. Llegó con dos hijos chiquitos y uno más en camino; ahora tiene nueve nietos repartidos entre Arizona y California. Un primo del marido ganaba buena plata trabajando en un estacionamiento y les dijo que podía ayudarlos a instalarse. Vinieron y, tres años después, Celia convenció a su hermana Patricia, que trajo al novio. Una historia como la de Made in Lanús, sólo que ellas eran made in San Isidro.

Después de cuarenta años, son más en Estados Unidos que los que quedaron en Buenos Aires. Celia es muy demócrata; el resto de la familia, ya no tanto. “Yo soy demócrata”, me dice su hermana Patricia cuando nos quedamos solas. “Los demócratas son los que ayudan a la gente, you know? Pero ahora…”. No me cuenta lo que piensa, pero entiendo que algo anda mal. Es julio de 2024 y dice que todavía no decidió a quién va a votar. Su marido es republicano y su único hijo le pide que vote a Trump.

Celia quiere que ganen los demócratas porque es demócrata, pero, sobre todo, porque quiere que pierda Trump. En 2008 siguió la campaña de Barack Obama; repartía pines que decían “I vote” y “CHANGE”, en mayúsculas. Obama fue el primer presidente negro y también el más votado: esa fue la elección con más participación de la historia de los Estados Unidos hasta ese momento, con mucha gente votando por primera vez. En su discurso de asunción, Obama dijo que “el cambio había llegado a América” y que, si tanta gente había hecho filas para votarlo era porque esta vez “sería diferente”. Parecía la gesta de un éxito de taquilla; si hubiera sido una película, habría terminado ahí. Lo que vino después tuvo sabor a poco y, en parte por eso, en 2016 el todavía inverosímil Donald Trump desplazó a los candidateables del Partido Republicano y le ganó las elecciones a Hillary Clinton, en lo que Luiz Alberto Moniz Bandeira interpretó como un voto “anti establishment.

En 2020, el demócrata Joseph Biden le ganó a Trump en elecciones que volvieron a batir récord de participación absoluta y relativa. Es cierto, dice Celia, que el país no anda bien y que Biden está un poco “gagá” pero, podríamos traducirlo así: no se trata de elegir entre Biden y el arcángel Miguel. “Trump está más loco que nunca. Si vos tuvieras un padre así lo mandarías al médico para ver qué tiene. Estamos muy preocupados, con mucho miedo. No puedo entender que con las cosas que dice y hace hay mucha gente que lo va a votar”.

El hijo de Patricia se llama Nicolás, nació en Los Ángeles y se casó con Carla, una nieta de mexicanos. Tienen treinta y pico, un nene de tres años y un bebé. Se compraron una casita en Leimert Park, un barrio históricamente negro que se está gentrificando. Se saben latinos y les gusta; siguen al Los Ángeles FC porque se identifican con el soccer y comen choripanes de Sinaloa a la salida de la cancha. Él trabaja como coach en una escuela privada de Pacific Palisades, un barrio muy paquete cerca de la costa, a una hora en auto de su casa; ella es enfermera con turnos rotativos en una clínica de cirugías oftalmológicas y en otra que hace colonoscopías.

-¿Vos votás?

-A veces.

-¿Y Carla vota?

-Creo que no; preguntale.

-¿Cuántas veces votaste?

-Dos o tres. Voté a Obama y a Trump. A Bush también lo voté. Pero acá en California todo el mundo es demócrata, so

Obama dijo que “el cambio había llegado a América” y que, si tanta gente había hecho filas para votarlo era porque esta vez “sería diferente”. Parecía la gesta de un éxito de taquilla; si hubiera sido una película, habría terminado ahí. Lo que vino después tuvo sabor a poco

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En Estados Unidos cada persona no vale un voto. Se notó en 2016, cuando Hillary Clinton ganó el voto popular pero no obtuvo la mayoría de los electores (270 de un total de 538 en el Colegio Electoral). Eso porque son elecciones indirectas y el partido que gana en un estado, aunque lo gane por un sólo voto, gana todos los electores de ese estado, cuya cantidad equivale a la de legisladores nacionales que le correspondan. Por eso las campañas se concentran en los estados indefinidos que pueden inclinar la balanza, como explican muy bien Juan Elman y Lucia Cholakian Herrera, en el podcast Último Round. Una matemática del sistema electoral que afecta mucho al sistema político pero que, sobre todo, ayuda a producir apatía. “Con los republicanos siempre la economía está mejor, la tasa de interés. Con Sleepy Joe se fue todo a la mierda. Durante Trump, no me acuerdo de una sola vez que haya subido un interest rate o algo así. Ahora, cada mes lo están subiendo.”

Ellos no están acostumbrados a la inflación, pero todo se basa en el crédito y el crédito se basa en la tasa de interés: un porcentaje que fija la Reserva Federal (Fed). Cuando sube la tasa sube todo. Las cuotas de las tarjetas de crédito, que siempre se pagan con intereses. Las hipotecas con tasa variable, cuyos pagos mensuales aumentan inmediatamente: un cambio de 2 puntos puede representar 400 dólares más por mes en una hipoteca a 30 años. Lo mismo con los autos. Carla pasó diez años manejando autos nuevos por el sistema de leasing. Prefería eso a comprar uno que tuviera problemas con el tiempo. Ahora tiene un Lexus RX 350 que debió comprar el año pasado. Se le terminaban los tres años de prueba y no había forma de conseguir un leasing similar. Hubiera pasado de 385 a 800 dólares por mes.

La tasa de interés estuvo fija en un rango de 0-0.25% durante dos años, desde el 15 de marzo de 2020. Fue una decisión de la Fed para lidiar con la pandemia de Covid-19 que coincidió con el último año de la administración de Trump y el primero de la de Biden. A partir de entonces, la aumentó gradualmente para controlar la inflación, que se había disparado al 9% en un país cuyo salario mínimo se mantiene en $7.25 por hora desde hace quince años. Sólo en 2022 la tasa de interés pasó de 0% a 4.50% y en 2024 llegó a 5.5%, su nivel más alto en lo que va del siglo. Un cachetazo.

Los Ángeles es una ciudad mayormente plana, de construcciones bajas que se extienden en una mancha urbana sin fin, hecha de capas y más capas de gentes venidas de otros lados: de todas partes. No hay autos en doble fila, porque los autos entran directamente en los negocios. Tampoco hay vidrieras: la mayoría de las cosas son Drive thru. Todo puede hacerse en auto. Incluso, vivir en ellos.

Enfrente de la casa de Nicolás vive un hombre en una camioneta Ford F-150. Cubre el parabrisas con una frazada, se va a trabajar y vuelve a la noche, para dormir. “¿Y dónde se baña?”. “No sé, irá a algún gimnasio”. Hay casas rodantes estacionadas en la avenida; hay carpas y techos de plástico bajo los puentes y en las veredas. Hay “tent cities” y “trailer parks” donde vive gente de forma permanente, como en Skid Row, a pasitos del centro histórico de la ciudad. California, la tierra del sol, es el estado con más homeless de todo el país. El problema está lejos de ser local; en 2023, Estados Unidos alcanzó su récord de personas sin hogar.

“Ahora sí podemos ganar, porque Kamala trae a las mujeres y a los negros ¿entendés?”. El resto de su familia reaccionó con prudencia. “Bueno, ya veremos”

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La falta de acceso a la vivienda se da la mano con la epidemia de sobredosis de opioides que crece desde los años 1990. Después de la pandemia, se murmura que hay lugares a los que no se puede ir: ni al downtown, ni a la peatonal de Santa Mónica, ni a Beverly Hills y ni siquiera a San Francisco. Circulan videos con cuadras de negocios abandonados y asaltos de pandillas a locales céntricos. Ya hay más muertos por sobredosis de fentanilo que caídos en las guerras de Vietnam y Afganistán, juntas.

Hace tiempo que los yanquis tienen miedo. En la escuela donde trabaja Nicolás hacen simulacros de tiroteo tres veces por año. Les dicen a los chicos que son simulacros de incendio o de terremoto: cierran las puertas, los meten abajo de las mesas y bajan las cortinas. Los profesores piensan que esas cosas no pasan en California, que son cosas de “los locos del Midwest” pero ¿quién sabe?

Después de la actuación de Biden en el primer debate de candidatos presidenciales, empezó un “operativo clamor” demócrata para pedirle que se hiciera a un lado y le dejara su lugar a alguien más joven y carismático como, decían, Michelle Obama.

El domingo 21 de julio, Celia llegó muy entusiasmada a la casa de su hermana. Biden había renunciado a su candidatura presidencial y todo indicaba que lo reemplazaría la vicepresidenta Kamala Harris. “Ahora sí podemos ganar, porque Kamala trae a las mujeres y a los negros ¿entendés?”. El resto de su familia reaccionó con prudencia. “Bueno, ya veremos”. “Ella es muy preparada”. “Hay que ver qué dice”. “Va a estar bueno, no va a ser fácil para Trump”. Cosas así.

Un gorro oficial de los Dodgers, el equipo de baseball más popular de Los Ángeles, cuesta 40 dólares en la tienda del estadio. Viene con una etiqueta que dice “Hecho en China con insumos importados”. En su último libro, El desorden mundial, Moniz Bandeira decía que Estados Unidos era víctima de su propio éxito. El “free market” impuesto con la Guerra Fría había caído sobre las espaldas de sus trabajadores y la recaudación de ciudades y estados.

Con la globalización neoliberal, las corporaciones externalizaron la producción y aumentaron brutalmente sus ganancias, pero los sindicatos estadounidenses se vaciaron. Así también se habría vaciado el Partido Demócrata, desprovisto de sus bases históricas de sustento y reducido a un sello electoral que se financia de las mismas fuentes que el Partido Republicano. Y en eso, tal vez, se cifre parte de la tragedia norteamericana.

Ya en 1961, Dwight Eisenhower le puso nombre al “complejo militar industrial” que gobernaba en las sombras y, después de los atentados del 11-S en 2001, la “guerra contra el terror” justificó un estado de excepción que acentuó aún más la decadencia de la democracia norteamericana. Obama prometió que iniciaría la retirada de Irak y Afganistán, pero no cumplió con las expectativas. Celia quiere que ganen los demócratas porque son los buenos, pero ¿son los buenos? ¿Quién tiene el poder en Estados Unidos?

Un gorro oficial de los Dodgers, el equipo de baseball más popular de Los Ángeles, cuesta 40 dólares en la tienda del estadio. Viene con una etiqueta que dice “Hecho en China con insumos importados”

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En el segundo debate de candidatos, Trump quedó descolocado frente a Kamala Harris, pero es sabido que ganar debates no alcanza para ganar elecciones. Su lema es muy bueno: “Make America Great Again”. Y puede significar, literalmente, cualquier cosa. Y esta gente sin casa, sin trabajo, sin crédito y sin esperanza necesita echarle la culpa a alguien para sentir que el problema tiene solución. Trump ofrece culpables.

No sé cuándo “América” fue “great”, pero sé que hubo una vez una sociedad civil norteamericana muy movilizada, capaz de darle impulso global a causas como el fin de la segregación racial, el desarme nuclear, los feminismos, pacifismos, ambientalismos y el respeto a la diversidad sexual, por enumerar lo que me acuerdo rápido. Escuché hablar sobre un “nuevo sindicalismo” que estaría emergiendo en el contexto de la revolución tecnológica. Me pregunto si los estadounidenses todavía serán capaces de gestar movimientos populares emancipatorios con los que podamos sentir alguna afinidad, o si la única moda del norte que nos queda esperar es la de pastillas mal cortadas que prometen calmar el dolor, pero transforman pueblos en zombies.

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