Un momento...

20 de julio de 2026

20 de julio de 2026

14 de febrero de 2026

ELEGÍA A LAS RUINAS DE BUENOS AIRES

Claudio Iván Remeseira

@HispanicNewYork
Ciudades
Tiempo de lectura: 16 minutos

Buscas en Roma a Roma, oh peregrino /

Y en Roma misma a Roma no la hallas (Francisco de Quevedo)

I

Para quien ha emigrado, volver de visita a la ciudad del origen es inevitablemente un viaje sentimental, el reencuentro a veces buscado, a veces temido, con los lugares del pasado, con la escenografía de calles, edificios y espacios abiertos -parques, plazas, terraplenes, baldíos, y la presencia muda e implícita, al costado de todo, del gran río color de león- por la que transcurrió nuestra vida hasta el día de la partida. El reencuentro es siempre la vivencia de un desfasaje: el desfasaje entre nuestros recuerdos y el presente, entre la evocación idealizada del ayer y la cruda realidad del hoy, entre lo que fue y ya no es, mezcla agridulce de la memoria de la felicidad y del dolor, de los descubrimientos fundamentales de los sentidos y del espíritu, de las decepciones y de las esperanzas que hilaron la trama que somos, que continuamos hilando por otras partes del mundo pero que llevará siempre en el orillo la marca de la ciudad natal. Es el pasado que vuelve a enfrentarse con mi vida del que canta Gardel, aquella puerta desde la que vimos los ocasos o este mármol ante el que esperamos en vano del soneto de Borges, sorpresivamente hermanado con el tango melodramático y su cantor esencial, a los que con tanto fervor despreciaba, por el denominador común de Buenos Aires. Al repasar lo escrito hasta aquí antes de emprender el asalto al próximo párrafo, pienso en Sabato, cuando decía que Buenos Aires es por definición una ciudad metafísica: una ciudad hecha del material deleznable del ladrillo, tierra cocida, destinada a confundirse en última instancia con el barro lechoso del río (¿no es ahí donde duermen su sueño final los escombros de las demoliciones?), no puede no ser metafísica, no puede no interrogarse con angustia por la fragilidad de la vida, por la certeza cansina de la muerte. Más que una entidad concreta, Buenos Aires es una antología poética, un poema ella misma, o una novela eterna, interpelación de las sucesivas generaciones de sus habitantes a los perennes desafíos de la existencia. La ciudad se vuelve así la voz humana que dialoga con el susurro vegetal de la llanura, réplica constructiva de una humanidad que se resiste a no dejar su testimonio sobre la tierra a la tierra infinita, el desierto sarmientino que la rodea por todas partes, insinuándose en sus entrañas como un cáncer de soledad, como un reflejo inadvertido del absoluto. La civilización sedentaria de inmigrantes europeos y criollos, mestizos y negros extendida en medio de la barbarie nómada de indios y gauchos, penetrada y reconfigurada por la misma barbarie de la que pretendió inútilmente diferenciarse. Epigonando a Sarmiento, Martínez Estrada escribió que Buenos Aires era pura superficie sin tercera dimensión, como la pampa que la había engendrado. Disiento: su tercera dimensión, como el mismo Martínez Estrada demuestra radiográficamente con su gesto perlocutorio, es la literatura. Buenos Aires es una de las ciudades más escritas del mundo, mérito notable para una ciudad que hasta hace apenas doscientos años era una capital marginal del vasto imperio español, puerto minúsculo en la periferia de Occidente. Junto con Dublin, San Petersburgo, Berlin y Nueva York y alguna otra que ahora no recuerdo, una de las pocas metrópolis de cualquier mundo que algún novelista osó reproducir verbalmente (Marechal, Adán Buenosayres) y tal vez la única que haya parido un género literario propio: el tango. Una ciudad letrada en la que los libros de la más alta literatura se vendían en los kioscos de diarios y revistas del subterráneo y en las que hasta las paredes hablan, palimpsesto de pintadas y grafitis; una ciudad celebrada por cantores profesionales y por la masa, que no sabe vivir sin cantar, en encuentros de amigos y fiestas familiares, en las manifestaciones o en la calle; una ciudad con un alma hecha de palabras, un alma que canta.

Buenos Aires se hizo destruyéndose: la ciudad colonial de los primeros tres siglos se deshizo naturalmente por la falta de perdurabilidad de sus materiales; la metrópolis afrancesada de la generación del 80 y del Centenario se hizo destruyendo los últimos rastros de la ciudad colonial

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En Fundación mítica de Buenos Aires, el joven Borges juzgó a Buenos Aires tan eterna como el agua y el aire. En 1929, cuando se publicaron esos versos, Buenos Aires estaba en pleno proceso de urbanización; la proclama geórgica de “una manzana entera … en mitá del campo” del poema, así como el “aroma de yuyos y de alfalfa” de Sur, escrito por Manzi veinte años más tarde, evocaban el pasado, un pasado no tan lejano, pero pasado al fin. Buenos Aires podía ser eterna, pero la suya era una eternidad cambiante, metamorfosis imparable de un pedazo de llanura en manchón cuadriculado de casitas y calles. En los barrios más alejados del Centro, las formas de vida semirrural -la parra, la huerta, el gallinero- subsistirán un par de décadas más; el aroma de esa época puede todavía aspirarse en los jardines escondidos de alguna casa chorizo en La Paternal, Saavedra o Villa Luro, y aún en los restos de una vieja carbonería, camuflados tras la fachada de un garage en Austria y Pacheco de Melo, en el riñón plebeyo de Recoleta. El carro a caballo, último eslabón de la urbe moderna con del mundo agrario, tardó todavía otras dos décadas en desaparecer (a fines de los años Sesenta, mi abuela Haydée, que vivía en Republiquetas, hoy Crisólogo Larralde, entre Conde y Superí, juntaba bosta de caballo de la calle para abonar sus macetas), aunque reapareció parcialmente después de la implosión del 2001.

Descarga de sandías, Quinquela.

El recuerdo de esa Buenos Aires perdura sobre todo en las letras de tango, pero sus vestigios materiales se han perdido para siempre. Como se han perdido para siempre la Buenos Aires de las lavanderas y las planchadoras, la de los malevos y los duelos a cuchillo en las cortadas, la de los organitos y los carreros, la de los almacenes con despacho de bebidas, la de las ferreterías de paredes pintadas con colores insignia, la de las mercerías de mostradores de vidrio transparente y bordes de madera oscura, la de las fábricas, la de los cines de barrio, las de los desfiles y los bailes de carnaval. Formas de vida devoradas por la vorágine del tiempo, sus protagonistas descendidos al Hades porteño, almas en pena que desde la encrucijada de una esquina susurran al pasar en nuestro oído su nombre de flor: No me olvides.

¿Será ese también el destino de esta otra Buenos Aires, la Buenos Aires de casas bajas, la Buenos Aires de los barrios, en las que el tiempo parece detenerse, sencillo y cordial, bajo la sombra proustiana de los árboles? ¿Será que su fin es inevitable, aún necesario, la condena de la metamorfosis urbana, el sacrificio de la ciudad pasada a la futura en el altar pagano del progreso? “Junto a los ríos de Babilonia nos sentábamos a llorar, acordándonos de Sion”. Buenos Aires Babilonia: ésta es mi elegía por tu Sión.

Tomando prestada la expresión con la que Pier Paolo Pasolini describía la rápida desaparición de los dialectos regionales en la Italia del Boom económico de los sesenta, la destrucción indiscriminada de ese patrimonio es un verdadero genocidio cultural

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II

Como caries alevosas en las encías de la vereda, el vacío estridente de una demolición golpea al ojo desprevenido del viajero. En esta última visita, entre diciembre y enero, rotisado en el horno infernal del verano, me ha parecido ver más edificios demolidos y más obras en construcción que en viajes anteriores. Puede ser evidencia circunstancial, pero coincide con los comentarios de casi todos mis interlocutores—amigos, parientes, choferes de taxi, etc. “La fisonomía de Buenos Aires está cambiando aceleradamente”, resume Francis Bertelloni, profesor y amigo, mientras tomamos un café en la Tolón de Santa Fe y Coronel Díaz, una esquina que, como excepción a la regla, ha cambiado muy poco en las últimas décadas (el mayor cambio ha sido tal vez la instalación de carteles de calle, del otro lado de Santa Fe, declarándola Esquina Charly García, y de exhibidores en las veredas con fotos de la vida del músico, un cambio ciertamente bienvenido). Lo que más me sorprendió fue ver edificios de diez o más pisos, nuevos o en obra, no ya en las habituales zonas de mayor poder adquisitivo sino en barrios de clase media y media baja, lo que parece contradecir el parate general de la construcción de la era Milei y la falta crónica de créditos accesibles para la vivienda. “Es plata del blanqueo y del lavado”, explica un amigo martillero. “Se construye como inversión, no tanto para vender como para alquilar”. Su calidad constructiva es otro tema: paredes de Corlok, terminaciones apuradas, brillos exteriores y falta de sustancia interna, toda una metáfora de la vida pre-post-humana en el capitalismo financiero-tecnocrático de hoy.

Estos nuevos edificios tienen otra característica definitoria: son feos, o más bien, non-descriptive, inocuos a la mirada, iguales entre sí e indiferentes a su entorno. No todas las casas que fueron demolidas para levantarlos poseían un gran valor estético, pero tomada en su conjunto, la arquitectura de los barrios es (escribo en presente porque el holocausto arquitectónico de Buenos Aires no está todavía consumado) un ejemplo único de diversidad de estilos, acumulados y yuxtapuestos a veces en una misma cuadra, desde el italianizante y académico francés del siglo XIX, al art nouveau, el art decó, el revisionismo colonial y el racionalismo modernista del XX. Estas casas de barrio, elemento fundamental del paisaje urbano para generaciones de porteños nativos o por opción, constituyen un patrimonio cultural colectivo, parte inseparable de la identidad capitalina. El acelerado cambio de fisonomía de Buenos Aires es, en efecto, un cambio en la identidad de la ciudad y sus habitantes; no es casual entonces que tanta gente reaccione contra ella con indignación, incluso con espanto. Tomando prestada la expresión con la que Pier Paolo Pasolini describía la rápida desaparición de los dialectos regionales en la Italia del Boom económico de los sesenta, la destrucción indiscriminada de ese patrimonio es un verdadero genocidio cultural.

III

La clave para entender la transformación que Buenos Aires ha experimentado en los últimos años es el Código Urbanístico (CUR), sancionado por la legislatura local en 2018 y revisado parcialmente en 2024. “El Código Urbanístico es una reacción contra el Código de Planeamiento”, dice el abogado Raúl Navas, ex  Subsecretario de Desarrollo Urbano durante la gestión de Saul Bouer, Director General de Planeamiento y Consejero del Consejo de Planificación Urbana de la Ciudad de Buenos Aires entre 1992 y 2001 y profesor de legislación de usos del suelo de la Universidad Di Tella. Inspirado en las reglamentaciones edilicias de Chicago, el Código de Planeamiento apuntaba en su origen a renovar completamente el tejido urbano; pero gracias a las sucesivas reformas que sufrió a lo largo de los años se convirtió en un dúctil instrumento para la preservación de la identidad barrial. Esta preservación operaba a través de los llamados Distritos de Urbanizaciones Determinadas o distritos U (68 en total), que diferenciaban las particularidades barriales y asignando usos y morfologías específicas a distintos sectores de cada barrio. El Código Urbanístico, desarrollado durante las gestiones municipales del Pro, eliminó esa diferenciación, convirtiendo de hecho a la ciudad en un gran distrito uniforme para la edificación y los usos del suelo. Esto ha llevado, por un lado, a la proliferación de bares y locales de comida en los que hasta hace poco eran pacíficos barrios residenciales (uno de los casos más estridentes es la reconversión del viejo remanso de la Placita Serrano y sus alrededores en ruidoso polo de vida nocturna juvenil) y el reemplazo de muchas casas bajas por edificios de más de diez pisos; el promedio de altura de los edificios construidos desde la entrada en vigencia del CUR, dice Navas, es 16 metros, altura que cambia radicalmente el perfil edilicio y demográfico del barrio. “Más que torres, lo que hoy se construye por toda la ciudad son estos edificios, todos igualitos, que más que una apuesta especulativa de gran escala son una salida al paso de empresas constructoras, que muchas veces juntan fuerzas para afrontar una coyuntura económica que sigue siendo difícil para ese sector”. Edificio a edificio, esta uniformidad mediocre arrasa con la idiosincrasia arquitectónica de los barrios, una de las mayores riquezas culturales de Buenos Aires. Reforzar la identidad barrial es uno de los objetivos declarados del Plan Urbano Ambiental (ley municipal 2.930/2009), marco jurídico del CUR; en la práctica, el CUR la destruye. “La Buenos Aires que resulta de este Código es una Paris berreta”, dice Navas, en el sentido de que la Paris haussmanianna es una ciudad de morfología uniforme, sin casas bajas.

Buenos Aires es una de las ciudades más escritas del mundo, mérito notable para una ciudad que hasta hace apenas doscientos años era una capital marginal del vasto imperio español, puerto minúsculo en la periferia de Occidente

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Los incentivos generados por el CUR, sumados a otras fuerzas económicas de más larga data y aceleradas después de la pandemia, están llevando a la concentración de actividades comerciales y de oficinas en el corredor norte de la zona metropolitana. El epicentro de esta concentración es Núñez, un barrio que no tiene la infraestructura de transporte necesaria para responder a ella. Mientras tanto el Centro, núcleo histórico de Buenos Aires, agoniza. “Ya nadie quiere ir al Centro”, confirma mi amigo martillero. “Cada vez más, las reuniones que antes teníamos ahí, ahora las tenemos en San Isidro.”  La salida de esta situación, dice Navas, pasa por derogar el CUR, volver al Código de Planeamiento y recuperar la estructura básica de los barrios, encarnada en la zonificación U.

IV

Buenos Aires se hizo destruyéndose: la ciudad colonial de los primeros tres siglos se deshizo naturalmente por la falta de perdurabilidad de sus materiales; la metrópolis afrancesada de la generación del 80 y del Centenario se hizo destruyendo los últimos rastros de la ciudad colonial; la capital monumental de la década del 30, que describe la imagen arquetípica de Buenos Aires (el Obelisco, la 9 de Julio, “el juego de calles [que] se da en diagonal”, la Corrientes ancha, etc.), se hizo destruyendo los restos de la Gran Aldea. La destrucción continuó en las décadas siguientes con el ensanche de las avenidas del Centro y la demolición de algunas de las más opulentas mansiones de la vieja oligarquía argentina, por obra de las exigencias del derecho de sucesión, como el palacio Ortiz Basualdo, o de la revancha política, como el Palacio Unzué, residencia presidencial durante las primeras dos presidencias de Perón (por orden de Frondizi, ahí se levanta ahora uno de los grandes exponentes del brutalismo argentino: la Biblioteca Nacional). La más furibunda de las destrucciones no llegó a ser: es la que anticipaba el plan de autopistas de Cacciatore, el intendente aviador de la última dictadura militar. De las nueve autopistas planeadas, sólo la AU1 (25 de Mayo y Perito Moreno), la AU7 (actual Autopista Cámpora) y secciones de la extensión de la 9 de Julio se completaron durante su gestión; otras partes del plan, como la ampliación de la General Paz, se realizaron después del retorno de la democracia. Pero las autopistas Central y Transversal, que hubieran arrasado dos grandes lonjas de la ciudad en cruz, nunca se construyeron, fundamentalmente gracias a la resistencia de los vecinos.

Lo que diferencia las anteriores olas destructivas de la actual es que aquellas estuvieron generalmente encuadradas en un plan maestro o visión integral de la ciudad, visión que hoy brilla por su ausencia. La desaparición de la vieja Buenos Aires -la Buenos Aires de las casas coloniales, la de la Recova, la del damero ininterrumpido- dio lugar a una Buenos Aires que el mundo entero celebra por su calidad arquitectónica. “La mejor arquitectura de Buenos Aires es la del período 1880-1940”, dice el arquitecto Horacio “Pancho” Spinetto, investigador urbano especializado en temas patrimoniales. En comparación, la arquitectura porteña de las últimas dos o tres décadas ha aportado muy poco. El case in point es Puerto Madero. “En Puerto Madero encontramos dos o tres tipologías de edificios, que se repiten monótonamente”, dice Spinetto. A la monotonía se suma el pastiche posmoderno. Uno de los mejores ejemplos de este posmodernismo puertomaderero, replicado a lo largo de la Avenida del Libertador, son los chateaux que combinan planta baja de estilo beaux arts con torre moderna, “un sinsentido arquitectónico”, agrega Spinetto. Este sinsentido parece ser la fachada predilecta de los nouveaux riches de la soja y el espectáculo, vanguardia guaranga de la nueva oligarquía argentina.

Epigonando a Sarmiento, Martínez Estrada escribió que Buenos Aires era pura superficie sin tercera dimensión, como la pampa que la había engendrado. Disiento: su tercera dimensión, como el mismo Martínez Estrada demuestra radiográficamente con su gesto perlocutorio, es la literatura

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El debate sobre la destrucción de la identidad barrial de Buenos Aires no puede hacernos perder de vista otros dos grandes temas, que en realidad son parte de la misma visión estratégica que debería existir sobre los problemas urbanísticos de la ciudad y sus posibles soluciones. El primero es uno al que aludí más arriba al señalar el corrimiento de las principales actividades económicas de la ciudad al corredor norte y la agonía del Centro. Como dije, el Código Urbanístico potencia aquí tendencias globales de más largo plazo que promueven la disolución de la trama urbana y su reemplazo por exurbios y urbanizaciones privadas que son la negación del espacio público de la ciudad como lugar de intercambios económicos y culturales y de convivencia democrática entre las distintas clases sociales. Defendidas alegremente por algunos como el resultado inexorable de las ciegas fuerzas del mercado, estas tendencias han sido en realidad subsidiadas durante décadas por el Estado a través, por ejemplo, del precio barato de la energía y del combustible, subsidio que facilitó el éxodo de la población de mayores recursos de los barrios paquetes de la ciudad a los paquetes cerrados de los suburbios. Al mismo tiempo, los proyectos impulsados en los últimos años por el gobierno porteño para la renovación del Casco Histórico y la revitalización del Centro (Leyes 6.508 y 6.509) han chocado con la férrea oposición de organizaciones preservacionistas.

El segundo tema son las villas miseria. La trama de pasillos y el abigarramiento habitacional de la villa es también la negación de la idea de Buenos Aires, específicamente como refutación de la cuadrícula de calles, casas y plazas características de los barrios. Al igual que los barrios, el desarrollo de las villas fue alimentado por la inmigración, en este caso la migración interna, la población criolla que abandonaba las zonas rurales del Norte del país en busca de trabajo en la gran ciudad. Resulta significativo que la que es usualmente considerada como la primera villa miseria argentina haya sido la llamada Villa Desocupación, germen de la actual Villa 31; nacida del impacto de la crisis del 30, su existencia continuó más allá del final de esa crisis. Alimentada más tarde por la inmigración de los países vecinos, la expansión de las “villas de emergencia” -emergencia convertida en permanencia- en la ciudad de Buenos Aires y el Gran Buenos Aires primero y en el resto de los centros urbanos del país después, es la contracara de las limitaciones del modelo mercado-internista de sustitución de importaciones y de sus sucesivos correctivos aperturistas para encontrar un camino sustentable de desarrollo económico y pleno empleo. La espléndida metrópolis de las primeras décadas del siglo XX -la capital de un imperio que nunca existió, al decir de Malraux- capaz de mostrar en un solo aliento admirado los edificios señoriales de Barrio Norte y la arquitectura popular de los barrios, fue producto del éxito del modelo agroexportador. Agotado este modelo, se agotó también el impulso integrador de la ciudad. El crecimiento de las villas es la demostración del fracaso de la Argentina, el mentís a su promesa de promoción social.

En su libro La grilla y el parque: espacio público y cultura urbana en Buenos Aires, 1887-1936, Adrián Gorelik afirma que a diferencia de otras capitales latinoamericanas, como Río de Janeiro o Caracas, la falta de accidentes naturales significativos, o en otras palabras, el carácter notoriamente llano de Buenos Aires, fue la condición de posibilidad de una ciudad esencialmente igualitaria, en donde personas de diferente procedencia y estatus social podían mezclarse y socializar con mucha mayor asiduidad que en otras ciudades. Los avances de la educación pública y la creación de una sociedad de lectores (de diarios, libros, revistas, folletines, historietas de Bazooka, etc.) permitió la difusión de un vocabulario cívico común. La villa miseria, estructuralmente separada del resto del tejido urbano, con una población discriminada por el resto de la población y en un contexto de aumento de brechas sociales y deterioro en picada de la educación, es la llaga en el costado del cuerpo social argentino. Mientras no podamos integrar plenamente la villa y sus habitantes al resto de la ciudad -mientras no podamos completar la transformación de la villa en barrio-, seguiremos cargando la cruz de nuestro fracaso como sociedad.

En este sentido, los gobiernos del Pro han sido parcialmente exitosos, especialmente con las villas más chicas. El caso más reciente de reconversión es el de la villa del playón del Urquiza, a lo largo de la calle Fraga en Chacarita, que conocí la última noche de mi estadía en Buenos Aires gracias a Fortunato Mallimaci y su esposa María Laura Barral, ex Directora de Investigación del Ministerio Público de la Defensa de CABA, que después de cenar en Villa Urquiza me llevaron en su auto a mi mujer y a mí de vuelta adonde estábamos parando, el viejo departamento familiar en Güemes entre Gallo y Bustamante. La reconversión de las villas más grandes, como la mencionada Villa 31, la 1-11-14 o Ciudad Oculta, requieren un esfuerzo mucho más grande, que excede la capacidad de acción de cualquier gobierno municipal por sí solo. El marco legal existe: son la ley de la ciudad 148 de 1998, que establece la obligatoriedad de urbanizar las villas con la participación de sus habitantes, y la ley nacional 27.453, sancionada en 2018 por unanimidad de ambas cámaras del Congreso y promulgada por el presidente Macri, que establece el mandato de urbanización e integración social de las villas de todo el país y suspende por diez años los desalojos forzosos.

Lo que diferencia las anteriores olas destructivas de la actual es que aquellas estuvieron generalmente encuadradas en un plan maestro o visión integral de la ciudad, visión que hoy brilla por su ausencia

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V

Buenos Aires se fundó tres veces. La primera fundación, trágica y fallida, fue la de Pedro de Mendoza, en 1536. La segunda, la de Garay, en 1580, definió el plano original de la ciudad y dividió en suertes o chacras el territorio adyacente; la huella de esas chacras puede rastrearse hoy en la traza de calles y avenidas del Gran Buenos Aires. La tercera y definitiva fundación fue la que la legislatura de la provincia de Buenos Aires hizo al cederle en 1887 a la ciudad que acababa de federalizarse siete años antes los partidos de Belgrano y Flores y un pedazo del de San Martín; en aquel momento, esos partidos consistían en unas pocas cuadras pobladas y vastas extensiones de pastos y bañados. El trazado, un año más tarde, de una línea de demarcación imaginaria -la futura General Paz- que unía la costa del Río de la Plata al norte con el curso final del Riachuelo al sur, estableció el límite definitivo entre Capital y provincia (y el límite simbólico entre Capital y país). En el inmenso territorio anexado en 1887 se asentaría la mayoría de los futuros barrios porteños; medio siglo más tarde, el proceso de urbanización estaría básicamente completado.

La tercera Buenos Aires creció de la mano de la inmigración europea. La expansión del tranvía y la venta en cuotas de lotes permitió que esos inmigrantes o sus hijos, obreros y empleados en un país de economía estable y empleo seguro, dejaran atrás la pobreza, el hacinamiento y la insalubridad de los conventillos cercanos al puerto e inauguraran uno de los mitos argentinos más perdurables: el sueño de la casa propia. Esas casas fueron también, en el sentido más concreto posible, un producto de la inmigración: Buenos Aires, como recuerda el arquitecto Spinetto, fue construida mayormente por albañiles italianos, que trajeron de Europa su oficio y un repertorio plurisecular de formas y estilos ornamentales. La arquitectura no es sólo un amontonamiento de ladrillos y revoque: es historia congelada en materia, condensación de vidas pasadas que se prolongan en nuestra vida, en nuestra imaginación y en nuestros sentidos.

Igual que quienes las habitan, las casas tienen un ciclo vital: nacen, se desarrollan, decaen, se enferman y mueren, aunque esa muerte puede a veces prorrogarse por muchos siglos, como vemos en las ciudades milenarias de otras partes del mundo. Buenos Aires no escapa a esta verdad. Casas que albergaron antaño a familias numerosas se vuelven imposibles de sostener para las parejas ancianas o personas solas de hoy. Y esto no ocurre solo en las casas de barrios populares o de clase media, sino también, como vimos, en las mansiones aristocráticas de la Recoleta o Retiro. Pero estos procesos naturales no deben confundirse con procesos de especulación inmobiliaria que, alimentados por equívocos incentivos públicos, conducen a la destrucción masiva de la identidad de una ciudad. El surgimiento, en casi todos los barrios, de agrupaciones vecinales que resisten activamente esa destrucción, así como de organizaciones como “Ilustro para no olvidar”, son la gratificante confirmación de vitalidad de la sociedad civil argentina, siempre lista para actuar colectivamente en pos de un interés común o de un objetivo noble. Esa resistencia, como la oposición a las autopistas en el pasado, son la nota de esperanza que suspende, por ahora, el final de mi elegía.

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