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30 de junio 2024

Juan Pablo Kryskowski

EL ÚLTIMO SUEÑO DEL GENERAL

Tiempo de lectura: 12 minutos

A 50 años de la muerte de un líder excepcional, hubo voces, escritos y miradas múltiples sobre el último Perón. Desde el supuesto utilizador de organizaciones y personajes del Movimiento que condujo durante casi 30 años, a ubicarlo como quién le puso freno a un avance izquierdista. Aquí hablaremos del último Perón presidente.

Ese Perón asume el 12 de octubre de 1973 su tercer gobierno hablando desde el lugar de siempre, pero protegido por un vidrio blindado, solo veinte días después de la elección y dos menos del asesinato de Rucci. Cuando se despida, con un discurso que parecía intuir el cercano desenlace, lo hará abrigado en un grueso sobretodo y como fue siempre, desde los mismos balcones, en una jornada que culminó con una movilización que no estaba prevista.

¿Podría no haber sido presidente Perón en 1973? Otra pregunta sin respuesta unánime. Dijo que se había pensado ante el retorno tan deseado en una función de canciller, sin las obligaciones y las exigencias cotidianas de la gestión pública. A la vez el anhelo concreto del pueblo peronista no se agotaba en que el General estuviera de vuelta. Era Perón en el gobierno. La otra demanda de ese pueblo fue la devolución de los restos de Evita.

¿Había margen político para que no fuera presidente? En su último discurso en un Congreso Nacional Justicialista, el 24 de mayo de 1974, hay dos excepcionalidades, cuestiones de las que no hizo mención antes ni después. Una, que él es el único factor de unidad; la otra, que en algún momento él puede desaparecer. Dijo entonces: “Hay que pensar que yo puedo desaparecer, que por el momento soy el factor de aglutinación de los peronistas. Es necesario que eso se reemplace con un sentido de solidaridad peronista, solidaridad que ha de asegurar la cohesión que es lo que, en muchos casos, está faltando en el actual movimiento”.

Estos temas no estaban ausentes de la discusión política de la época. Lo excepcional era que Perón hablara de esto, de la inevitabilidad de su lugar en el centro de la escena política, como un hombre que tenía claro que gobernar no se traduce necesariamente en ejercicio del poder y que se reconocía experto en la conducción, en la dirección de hombres. También de la inexorabilidad del paso del tiempo y de la premura con la que había que “institucionalizar el Movimiento” porque pronto podía no estar. En la cercanía franca con sus médicos no le habían quedado dudas. De la falta de cohesión se hablaba muy frecuentemente, las fricciones internas en el peronismo dominaron gran parte de su gobierno y esas situaciones empeoraron claramente con su deceso.

Esta presidencia la anunció como la continuidad del gobierno de reconstrucción nacional que el peronismo había iniciado el 25 de mayo de 1973. Cuando hizo su balance de lo hecho hasta diciembre de 1973 –en un mensaje al país en febrero de 1974- destacó cuánto se había mejorado (de un 33 a un 42% en la distribución del ingreso, la baja de la inflación casi a 0), presentó su perspectiva y previno cuanto había por hacer. Incluso usó el término “fifty-fifty” para definir los objetivos a alcanzar, durante su anuncio del Plan Trienal, el 13 de diciembre de 1973.

Dijo que se había pensado ante el retorno tan deseado en una función de canciller, sin las obligaciones y las exigencias cotidianas de la gestión pública. A la vez el anhelo concreto del pueblo peronista no se agotaba en que el General estuviera de vuelta

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A la reconstrucción en la que todos los argentinos debían poner su mejor esfuerzo, le debía seguir un tiempo en que las ganancias fueran distribuidas equitativamente entre empresarios y trabajadores, lo cual, suponía, debería alcanzarse hacia 1977. Habría que producir y exportar mucho más. El Plan Trienal fue su apuesta económica, apostando otra vez a la planificación como elemento indispensable. También insistió sobre la necesidad de una Reforma Constitucional, que permitiera la representación proporcional de los partidos. A fin de 1973 se sancionaron leyes importantes: la 20628 de Impuesto a las ganancias, la 20629 de Impuesto sobre capitales y patrimonios, la 20631 de Impuesto al Valor Agregado.

Comprensiones e incomprensiones

Se escribió sobre la reducción progresiva en las “capacidades volitivas” del hombre que asumió el mandato popular cuatro días después de cumplir 78 años (u 80, según las investigaciones). En esos 8 meses de tercer gobierno, hubo dos lapsos de inactividad política: una semana de completa inactividad tras el grave trance de noviembre del 73 y sus últimos cuatro días de vida. “No hay tiempo para tomarnos vacaciones”, declaró el 26 de diciembre. Desde el 1 de enero hasta el 15 de abril no fue a Casa de Gobierno y se instaló en la residencia de Olivos. Fue el anfitrión de cuatro reuniones con las organizaciones juveniles y dio algo más de cuarenta largos discursos entre cadenas nacionales, audiencias y visitas. Además de numerosas audiencias en ambas sedes oficiales.

Fue presidente de una Argentina a la que habían querido desperonizar a la fuerza. Más allá del fracaso evidente del intento, para Perón la proscripción terminó después que para todos los otros peronistas. Recién cuando pudo ser candidato y los flexibles límites de la lógica política del antiperonismo habían desaparecido. El 62 por ciento lo votó. Grondona, en La Opinión (14-11-1973), escribía: “El país vive una situación de unanimidad en torno de la titularidad del poder presidencial”.

Pequeñas anécdotas, puentes entre épocas: 6 de enero de 1974, agasajó a 2500 niños en Olivos, por el Día de Reyes y 20 de abril de 1974, por la mañana vio a un lustra botas cuando observaba el cambio de guardia de los Granaderos, lo hizo llevar a su despacho y se fueron a Olivos, donde le regaló una bicicleta y otros obsequios, además de almorzar juntos. A César Correa (11 años) le preguntó: “¿De qué cuadro sos? ¿Sos de Boca?”

Él mismo solía repetir que los hombres solo pueden llegar a cabalgar la evolución, pero en modo alguno manejarla a su antojo. A lo sumo, crear la mejor montura posible, una difícil tarea para la Argentina de 1973, cuando la geopolítica del Cono Sur había cambiado sensiblemente desde aquella jornada de noviembre de 1972, quizás el día más feliz para el pueblo peronista.

Un objetivo central era que todos entendieran que un tiempo había terminado y que otro había empezado. “En nuestra Revolución Humana no podrán existir marginados, olvidados, parásitos o zánganos”, dijo en un libro publicado en el mes de su asunción. Este entendimiento abarcaba el acuerdo irremplazable alrededor del Pacto Social, aunque el asesinato de Rucci le hubiera quitado una pata fundamental, y descansaba en su confianza en Gelbard que se sostuvo pese a los resquemores de distintos sectores del Movimiento y del establishment económico. Ese todos incluía el repetido reconocimiento al papel de la “columna vertebral” cinco veces fue a la CGT en este gobierno-, que debía ser paciente respecto a los incrementos salariales, la misma desde la que casi una década antes había surgido el primer desafío importante a su liderazgo, el vandorismo. Ciertamente ya no había dirigentes como Vandor y Rucci.

Él mismo solía repetir que los hombres solo pueden llegar a cabalgar la evolución, pero en modo alguno manejarla a su antojo

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Esto suponía la comprensión de todos los sectores internos (y de buena parte de los externos) de que con el peronismo nuevamente en el gobierno, y empeñado en una tarea de reconstrucción nacional, había cuestiones que ya no tenían razón de ser. Que lo que había servido al peronismo proscripto ya había cumplido su función –“en la época en que nosotros estábamos en la delincuencia, por decirlo así”, dijo Perón en enero de 1974- y su aporte había sido reconocido (como el General recordaría en la recepción televisada a los diputados de la Tendencia). No había margen para distraer esfuerzos, con el gobierno popular en funciones. “Hay que defender la democracia, pero no al costo de debilitar la Nación”, remarcó entonces el General, marcando los límites de la tolerancia.

Mucho del escaso tiempo se fue en pujas internas, la paz estuvo muy lejos, con dos hechos muy relevantes, entre muchos otros. La misma noche del ataque del ERP a la guarnición de Azul (20 de enero) Perón dirige un mensaje al país en el que acusa al gobierno bonaerense por inacción, aludiendo a que las acciones subversivas “se producen en determinadas jurisdicciones provinciales”, con la deducción de que “como se sospecha, pudiera haber una tolerancia culposa”, tras lo cual, días después renuncia el gobernador Bidegaín. En Córdoba, donde se terminó definiendo la intervención a la provincia (8 de marzo) y desplazando al gobernador Obregón Cano y al vice Atilio López (asesinado en septiembre por la Triple A), luego de la sublevación a las autoridades provinciales liderada por el jefe policial Navarro.

Mientras tanto, se daba el debate por la reforma del Código Penal y la discusión televisada con los diputados de la Tendencia que se oponían a los cambios (22 de enero), recordada entre otras cuestiones por una frase: “El que no está de acuerdo se va, por perder un voto no nos vamos a poner tristes”. En varios discursos había insistido sobre la “infiltración” y los “focos de infección” y en esa ocasión dijo: “Quien esté en otra tendencia diferente a la peronista, lo que debe hacer es irse. No es lícito, diría, estar defendiendo otras causas y usar la camiseta peronista”.

Perón no rompió abiertamente con el sector que le planteó el segundo desafío a su liderazgo hasta que fue inevitable. Supo tempranamente que Montoneros había matado a Rucci, nunca lo dijo públicamente, ni siquiera en el escenario abierto de esa ruptura, la tarde del 1 de mayo de 1974. Perón, fuera del tono habitual, tuvo que escuchar en Plaza de Mayo, no solo un inédito cuestionamiento a su gobierno, sino también los insultos a su esposa. Pocos días antes, el 25 de abril, fue el anfitrión de una amplia reunión en Olivos, donde concurrieron todos los sectores de la Juventud (82 invitados), de los más grandes a los más pequeños, de Montoneros a la JPRA lopezreguista. No todos comprendieron. Días después, la Triple A mataba al padre Múgica. En su último Congreso justicialista, Perón descartó institucionalizar a la Juventud como una cuarta rama.

Perón y Argentina en el mundo que llegaba

En esa evolución en la que al hombre le cabía la chance de cabalgarla lo mejor posible, Perón tenía como una de sus preocupaciones centrales qué sería de Argentina en el mundo que vendría. Para él, en última instancia la verdadera política era la política internacional. Cuando no se hablaba de globalización, repitió en charlas y discursos su idea de que el mundo marchaba hacia el “universalismo”. Mientras se estaba dando la “continentalización”, en un mundo superpoblado y con urgencias de materias primas, entendía que Argentina debía prepararse para no perder de manera alguna su identidad.

Creía que había que ponerle un freno al desarrollo tecnológico en el mundo porque iba a acabar con los recursos naturales y que a la vez había que prepararse para esa puja

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En plena Guerra Fría, rodeado de dictaduras apoyadas por Estados Unidos, convertida Argentina –al menos por un tiempo- en refugio de opositores a esos gobiernos, la política exterior peronista ratificó la veracidad de su planteo sobre traspasar fronteras ideológicas. Rompió el histórico bloqueo a Cuba, en una negociación que llevó a que las filiales locales de automotrices estadounidenses colocasen allí sus productos, entre otras exportaciones que incluyeron los acuerdos. En los diarios del 5 de marzo de 1974 se publicaba un “intercambio de mensajes entre dos líderes de la liberación latinoamericana”, allí Perón decía: “Tanto ud, amigo Fidel, como yo, llevamos muchos años de permanente lucha revolucionaria (…) tenemos dos caminos: Tiempo o Sangre / Tiempo sobra (…) sangre, falta (…) en ese desarrollo necesitaremos aumentar al máximo los habitantes en el Continente”. Además, promovió la firma de acuerdos con la Unión Soviética y otros países bajo el dominio de Moscú.

Se anunció un viaje a Estados Unidos para hablar en las Naciones Unidas para fines de 1973, pero en noviembre tuvo un edema agudo de pulmón de mucha gravedad -evidenciando serias deficiencias en la cobertura sanitaria alrededor de la figura presidencial- y no se concretó. Apenas hizo dos viajes al exterior, muy cercanos: durante unas horas a Uruguay (el 19 de noviembre) para firmar con Bordaberry el Tratado del Río de la Plata y poco más de un día al Paraguay de Stroessner (6 y 7 de junio del 74). A Paraguay, tal como lo expresaba, le debía gratitud eterna. Seguramente el clima lluvioso y frío de Asunción no ayudó a una salud ya debilitada. Además, recibió aquí a seis presidentes, entre ellos Torrijos, Ceaucescu y Pinochet, los primeros en visita oficial, el último en “escala técnica”.                  

Argentina sufrió, como gran parte del mundo, los efectos de la llamada “crisis del petróleo”, iniciada en octubre de 1973. Generando “un fuerte incremento del saldo comercial negativo en materia energética” por la necesidad de mayor importación para satisfacer la demanda interna y un “fuerte aumento en las importaciones”, llegando en junio de 1974 al déficit en la balanza comercial (Barrera y Vitto, 2009). 

En su discurso menos recordado del 1 de mayo, el que dio en el Congreso, se resume lo que Perón pensaba como proyecto para el país. Allí muestra las continuidades de su mirada nacionalista, pero nunca excluyente. Ese futuro universalismo exigía “aunque parezca contradictorio, desarrollar desde ya un profundo nacionalismo cultural como única manera de fortificar el ser nacional, para preservarlo con individualidad propia, en las etapas que se avecinan (…) en ese proceso para nuestros países existen solo dos alternativas: neocolonialismo o liberación (…) Es esta, pues, la esencia conceptual de nuestra Tercera Posición, que tendrá que ser plasmada en un Tercer Mundo, más allá de fronteras ideológicas”.

La soberanía era otra forma de hablar de liberación. Perón describía ese 1 de mayo por la mañana, cuáles eran los significados de aquello que entendía como “Nuestra tarea común”: la liberación. “En lo político, configurar una Nación sustancial, con capacidad suficiente de decisión nacional (…) en lo económico producir según las necesidades del pueblo y de la Nación, y teniendo también en cuenta las necesidades de los hermanos de Latinoamérica y del mundo en su conjunto. Y a partir de un sistema económico que hoy produce según el beneficio, hemos de armonizar ambos elementos para preservar recursos, lograr una real justicia distributiva. / En lo socio cultural queremos una comunidad que tome lo mejor del mundo del espíritu, del mundo de las ideas y del mundo de los sentidos, y que agregue a ello todo lo que nos es propio, autóctono, para desarrollar un profundo nacionalismo cultural (…) la única forma de preservar nuestra identidad y nuestra autoidentificación. Argentina, como cultura, tiene una sola manera de identificarse: ARGENTINA. Y para la fase continentalista en la que vivimos y la universalista hacia la que vamos, abierta nuestra cultura a la comunicación con todas las culturas del mundo, tenemos que recordar siempre que Argentina es el hogar. (…) Sin base científico-tecnológica propia y suficiente, la liberación se hace también imposible (…) para esta lucha tenemos que recordar las esencias: todo conocimiento viene de Dios / La lucha por la liberación es, en gran medida, lucha también por los recursos y la preservación ecológica y en ella estamos empeñados”.

El “Modelo Argentino para el Proyecto Nacional” también lo presentó entonces, basado sobre la democracia y la justicia social, comentando que en buena parte su desarrollo fue explicado por los miembros de su gabinete.

Entonces, las condiciones indispensables para la soberanía eran: justicia distributiva, cultura nacional, base científico-tecnológica propia (un hito notable fue la inauguración de la central atómica de Atucha el 20 de marzo de 1974, la primera de América Latina) y preservación de los recursos naturales. Entre las novedades que traía Perón de su larga estadía europea asomaba un tema del que no se hablaba prácticamente en América Latina: el cuidado ecológico. Creía que había que ponerle un freno al desarrollo tecnológico en el mundo porque iba a acabar con los recursos naturales y que a la vez había que prepararse para esa puja. Entonces se creó la primera Secretaría de Recursos Naturales y Ambiente Humano de nuestro país y de América Latina.

También en ese discurso mañanero del Día del Trabajador dijo: “Ha comenzado de este modo el tiempo en que para un argentino no hay nada mejor que otro argentino”. Seguramente, la unidad nacional, esa búsqueda añeja pero que tenía algún nuevo enunciado, acorde a tiempos de abrazos entre viejos contendientes, aunque nunca hubo disculpas públicas, ni por los bombardeos, ni por el golpe, ni por los fusilamientos. Fue el último sueño del General, en una Argentina que se alejaría cada vez más de esa apuesta a una unidad basada en la soberanía y en el respeto a la voluntad popular.

Perón, fuera del tono habitual, tuvo que escuchar en Plaza de Mayo, no solo un inédito cuestionamiento a su gobierno, sino también los insultos a su esposa

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La intuición de la despedida

Volvamos a ese discurso final, distinto a cualquiera de los miles de sus 30 años de carrera política. Nunca lo sabremos, pero suena a despedida, de alguien que sabe que el final está cerca.

El 12 de junio habló temprano en Casa de Gobierno, en un clima alterado por atentados y asesinatos desde un largo tiempo atrás (de derecha a izquierda), con aumento de precios (mayo fue el mes de mayor inflación de su gobierno, con 4,3%) y desabastecimiento de algunos productos, para señalar que había quienes obstruían y que “la información, como mi sentido de la realidad, me dicen que en el país está sucediendo algo anormal a lo que debe ser la marcha pacífica y serena de la tranquilidad. Parte de esta intranquilidad obedece a causas reales; parte de ella se ocasiona en la provocación deliberada. Existen sin dudas, factores negativos que provocan consecuencias a cuyas causas hay que ponerle remedio, pero ocurren también hechos que solo obedecen a causas provocadas o invocadas al servicio de una campaña psicológica, con fines inconfesables, desarrollada ante la indiferencia de unos y la desaprensión de otros, pero que  provocan un estado de cosas que si bien tienen un objetivo bastardo, no por eso dejan de perjudicar la confianza popular y la firme decisión que el país debe tener en la reconstrucción y liberación en que estamos empeñados”.

Por la tarde, frente al pueblo por última vez, el tono fue otro, de gratitud, tras recordar que el peronismo no debía ceder a los tironeos de la derecha ni de izquierda, dijo “Compañeros: con este agradecimiento quiero hacer llegar a todo el pueblo de la República nuestro deseo de seguir trabajando para reconstruir nuestro país y para liberarlo. Esas consignas, que más que mías son del pueblo argentino, nosotros las defenderemos hasta el último aliento (…) Para finalizar, deseo que Dios derrame sobre ustedes todas las venturas y la felicidad que merecen. Les agradezco profundamente el que hayan llegado hasta esta histórica Plaza de Mayo. Yo llevo en mis oídos la más maravillosa música que, para mí, es la palabra del pueblo argentino”.

Pasó buena parte de sus últimas semanas sin su última esposa, ya que Isabel, en funciones de gobierno como vicepresidente, estuvo de viaje por Europa y regresó apresuradamente, cuando la situación se agravó definitivamente. También había viajado el otro integrante del círculo íntimo, López Rega, pero volvió antes. Para cuando se fueron, el General estaba entrando en esa “broncopatía infecciosa, que por su intensidad ha repercutido sobre su antigua afección circulatoria central” que detallaba el parte distribuido el 28 de junio, pocas horas antes de que delegara la presidencia. El 17 de junio había sido último día de trabajo en Casa Rosada y ya no saldría de la residencia de Olivos.

Perón murió un lluvioso lunes, 1 de julio de 1974. Tal como sucedió con “esa mujer incomparable de todas las horas”, altares improvisados en calles, en casas y en plazas desbordaron la liturgia habitual de los homenajes y las despedidas, en un adiós reservado a muy pocos.