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21 de julio de 2026

21 de julio de 2026

5 de octubre de 2025

EL ÚLTIMO PERONISTA LIBRE

Martín Rodríguez & Pablo Touzon

@tintalimon @PabloTouzon
Dossier Chacho
Tiempo de lectura: 13 minutos

En una de las escasísimas entrevistas que dio Chacho Álvarez tras su renuncia usó una definición del peronismo más que interesante. Dijo que este era su “domicilio existencial”. La metáfora podría contener dos fuerzas paralelas o apenas tensadas: ese domicilio puede ser un lugar eterno o también puede ser un punto de partida. Lo segundo se ajusta definitivamente más a la trayectoria chachista, en donde el peronismo fue finalmente, para él y para su primera línea fundadora del Grupo de los Ocho, más una denominación de origen que un destino manifiesto. “La casita de los viejos”, como diría el tango, cuyo futuro se construye en el inevitable abandono.  

Chacho Álvarez es también, ya que empezamos por los domicilios, el Varela Varelita, el legendario y vigente bar donde sigue tomando café y leyendo el diario y que mantiene como en formol su fisonomía histórica, perfilada para las cuentas de Instagram que hacen de la melancolía un commodity, a fuerza de no perder en nada el aura de hábitat para antiguos parroquianos y trabajadores que conviven con centennials, artistas, escritores y bohemios. Ese otro domicilio, el del bar, permite comprobar que el ex vicepresidente argentino toma todavía café a diario, pero sin marketing, sin selfie, sin el “gesto” calculado de la austeridad republicana, como una costumbre inalterable y sin peso melancólico. Es lo que es. Y como un Macedonio Fernández de la política, ahí habla sin escribir, proyecta escenarios, discute personajes e internas, en un registro que mantiene intacta la lucidez de antaño. La pasión por el presente, sin el interminable anecdotario de los años de la colimba ni la nostalgia maligna que suelen transmitir los políticos en estado de retiro efectivo.

25 años después del Octubre chachista, lo que puede rescatarse para el presente de su legado es precisamente este: la libertad y la capacidad de inventar política, de crear y de diseñar escenarios, más que en sobrellevarlos

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Chacho fue un porteño peronista antes que un peronista porteño (especie que tuvo en Alberto Fernández su última y malograda versión). Por eso, cuando renunció al peronismo (que además, hay que decir, que era el peronismo de una etapa histórica: el que era conducido por Menem, y al que Chacho creyó que se quedaba atrapado en la versión del riojano para siempre), también renunció al estado de melancolía colectiva que el propio peronismo inevitablemente trae aparejado (el álbum en blanco y negro, los acordes de Hugo del Carril, la épica real de los años de resistencia que gran parte de la nomenklatura peronista suele utilizar hoy como puro escudo moral para ejercitar cualquier latrocinio). Los años políticos de Chacho siempre tuvieron una dirección de ascenso y despojo emocional, de presente y futuro. Otra versión del “No quedarse en el 45”. Su impulso funcionó siempre como en la metáfora bíblica de la mujer de Lot: no puede mirar para atrás sin convertirse en una estatua de sal. Su gambeta a las prisiones ideológicas rígidas incluyó otra gambeta a las emociones atávicas. Cuando las columnas del Frepaso aquel 6 de octubre del año 2000 vitoreaban “¡Volveremos a ser gobierno / como en el 73!” rumbo al Castelar parecían girar en el vacío como personajes en busca de un autor. Tuvieron que esperar al kirchnerismo para que los conduzca a ese Dorado.

La conducción del Frepaso se contenía sotto voce en un diagnóstico más decepcionante que el de sus bases: creían que la Argentina igualitaria estaba herida de muerte, y que ya no había dónde volver. Modernidad o Muerte. De allí la deriva a una intransigencia más republicana que social a la hora de cuestionar aquel “modelo” de Menem y Cavallo, y de allí también que esa deriva lo haya acercado más a Cavallo que a Menem. En ese gambeteo forjó su última ilusión: creer que era posible y productiva una alianza con un radical conservador, un legendario y aburrido hombre de la “Línea Nacional”, un balbinista beneficiado directo de la reforma constitucional: De la Rúa. Un dirigente de aspecto inocuo que había construido de esa pesadez un repentino márketing contrastante frente al agotamiento del frenesí menemista y que estrenaba una “plataforma política de lujo”: la intendencia porteña. A Chacho De la Rúa no le gustaba, pero entendía, con razón, que a la sociedad sí: era en esos años una máquina de ganar elecciones y un puesto fijo en el primer puesto de las encuestas. Como la Convertibilidad, De La Rúa era popular. Y detrás, para colmo, ese viejo partido, que celebraba su centenario esos años, albergaba una trampa: era el lado B de la casta, el sindicato de abogados del poder. Chacho escapó del juego peronista pero no pudo evitar quedar atrapado en el juego radical.

Aún hoy, y sin perder las mañas clásicas de un “político” -ser cálido con desconocidos, llamar “compañero” a cualquier transeúnte como abreviación de quienes no recuerda el nombre, etc., esa parte que lo emparenta al Canca Gullo y que lo aleja de la estampa huraña de un Salinger político- mantiene su vocación de habitar el “ostracismo” engendrando una última novedad (y renuncia) chachista: la del hombre que renunció a la política en un país de políticos incombustibles. Para muchos sufre una condena. Para él, se trata de algo más simple: tiempo cumplido. Porque incluso un Luis Zamora, figurón notable que en algún momento pareció la versión trotskista del chachismo (político que viaja en colectivo y pastorea la calles de los comunes), no perdió la costumbre “electoral” por años de poner su “lista” en la mesa de saldos de las elecciones porteñas, bajo el cálculo de que no sea cosa que un distraído o nostálgico del Muro lo acomode de nuevo en el viejo Concejo Deliberante. En Chacho la renuncia fue tajante, y tan contra la corriente de los políticos vitalicios que muchos repiten la creencia de que un “carpetazo” lo guardó. Pues no. Ni penitencia, ni miedo. Dio por cumplido su ciclo vital. Una rara avis absoluta en donde la gran mayoría de los políticos encubren, con el argumento de la eternidad del “animal político” o argumentos más nobles y colectivos una verdad más prosaica y egoísta: su incapacidad para hacer otra cosa. Chacho, historiador, hizo propio el que se vayan todos, leyó su propio fin y ejecutó su propia eutanasia. Al final fue el único que se fue, y por voluntad propia.

El Frepaso como un Antiguo Testamento de la nueva Biblia kirchnerista, una posta de modernización democrática de la vieja generación setentista en la era post 1983

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Fue militante de la Juventud Peronista, pero se alejó de la “Orga” y terminó siendo parte de esa JP Lealtad que fue su primera disidencia interna real. Entre Firmenich y Perón no dudó: optó, junto a otros, por seguir al viejo General, lo que lo arrojó a un limbo sin intermediarios, como pensará años después. Chacho no es un hijo de la clase media, es el hijo de un obrero gráfico criado frente al mercado Spinetto del barrio de Balvanera (luego reciclado como shopping), que ante la lectura de los “manuales” en que se hablaba de una guerra popular y prolongada escritos por la elite de la dirigencia montonera (buena parte egresada del Colegio Nacional Buenos Aires) se preguntaba con “pesimismo” y sensatez si su vecino “Paco”, si toda la familia de “Paco” y todos esos laburantes del Spinetto, iban a ser parte de esa guerra imaginaria. Le parecía un delirio. Fue, después, en los años ochenta, una pieza de los renovadores, uno más de los discípulos de Cafiero, íntimo de Germán Abdala desde plena dictadura, mentor de la mejor revista política desde 1983 (“Unidos”), y renunciante temprano a Menem y el menemismo junto a pocos (ninguno de los que luego serán kirchneristas, para el caso) frente a los indultos, “la carpa” (esa metáfora eficaz que resumía el nuevo entorno de riqueza rápida, apellidos árabes, y amistades mal habidas) y la nueva orientación ucedeísta del nuevo peronismo.

La edad de la herejía: Menem y Chacho

Los giros de Chacho son los del liderazgo de alguien alérgico a las ataduras, y que tenía en el poder el objeto de su afecto y el objeto de su asfixia de manera simultánea. Su biografía es más completa que su versión del Varela. Como dijimos: hijo de trabajadores, le “tocó” salir a trabajar desde temprano, como vendedor ambulante primero (llegó a ser “vendedor de agujas”) hasta recalar, adolescente, a los 13 años, en una librería emblemática: la sede de Santa Fe y Larrea de la “Librería Santa Fe”. Ese trabajo -primero como cadete, luego como vendedor- le dio el privilegio de poner la ñata contra el vidrio ante personajes y debates intelectuales tamaño XL. La librería cerraba a la madrugada. Chacho hacía el turno tarde hasta el cierre. Y, como alguna vez Sebreli lo recordó: morocho, curioso, subido a una pila de libros, mientras pasaban por ahí los hermanos Viñas, el poeta Miguel Ángel Bustos, Hernández Arregui, y el propio Sebreli, entre tantos.

La lucha de Chacho, finalmente, se daba contra cualquier impostura y en la reivindicación de una libertad creativa -sin la cárcel de la identidad como un peso muerto- a riesgo de dejar entre pampa y la vía a muchos de sus conducidos, que veían en él el sello de su propia identidad. “¿Qué piensa en el fondo Chacho?”, fue una pregunta recurrente sin respuesta fácil. Se lo podía preguntar desde Antonio Cafiero, Felipe Solá, Víctor De Genaro, Horacio González y Mario Wainfeld hasta Beatriz Sarlo, Mary Sánchez o Graciela Fernández Meijide. Chacho se reservaba para él, como su antagonista Menem, la “autonomía de la política” frente a todos, incluso sus mejores amigos. Martin Granovsky retrata este ejercicio en su libro de época, “El Divorcio”, en donde relata el proceso de decisión de su renuncia al gobierno de la Alianza: “Con Liliana, Chacho intercambió ideas sobre los fundamentos de su renuncia. Lo hizo al estilo Álvarez. Es decir: primero decide solo, aunque antes pueda haber escuchado, y después amplía al infinito los argumentos hasta ir redondeando el discurso. En este proceso, el interlocutor hace de frontón. Álvarez sólo vislumbra algún gesto, registra un ‘no’ esgrimido por el otro en función de abogado del diablo y vuelve a la carga. Tiene la ventaja de contar con un buen kit para un político: aplica la misma dosis de intuición que de razonamiento. Más aún, muchas veces decide por intuición, cuando ya la decisión cae por su propio peso ante la meticulosa preparación previa, y recién después racionaliza el paso que acaba de dar. Necesita la intuición para sentirse seguro consigo mismo. Requiere de las racionalizaciones para satisfacer su bagaje de político que, al mismo tiempo, es un intelectual, ha sido siempre un buen lector y basa una buena parte de su carisma, además, en convencer”. Chacho y Menem compartían la misma fobia por los plenarios y asumían que cualquier decisión profunda es, en el fondo, personal.

Chacho y Menem son dos herejes opuestos pero simétricos, que, de algún modo, entendían demasiado los cambios de época. El giro neoliberal, el giro progresista. Entre Thatcher y Blair. La alianza con Alsogaray, la alianza con Alfonsín

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Chacho fue el peronista más libre de toda la democracia porque se cagó absolutamente en el peronismo, el que llevó más lejos la herejía, aún a costa de no poder volver nunca más. Una cualidad, sin embargo, que podría decirse comparte con todos los peronistas que construyeron su propia época, como los mismos Néstor y Cristina Kirchner. Como el mismo Perón. Todas versiones de la heterodoxia. La ortodoxia oficial y solemne de un Luder es siempre en todo tiempo y lugar estéril: no tiene hijos. En la época que le tocó protagonizar, este ejercicio que le estaba paradójicamente habilitado por la herejía menemista.

Chacho y Menem son dos herejes opuestos pero simétricos, que, de algún modo, entendían demasiado los cambios de época. El giro neoliberal, el giro progresista. Entre Thatcher y Blair. La alianza con Alsogaray, la alianza con Alfonsín. Chacho renunciaba a un partido que Menem convirtió en una organización pujante (tal vez el PJ más fuerte que existió) pero a costa de transformarle el alma, una coreografía para insertar a su protestantismo dentro de la vieja Iglesia. Ambos anticiparon los agotamientos de la política de los años 80. Ambos tramaron renovaciones. Pero lo que Menem buscó entre “famosos”, ojeando la revista Caras; Chacho lo buscó entre “prestigiosos”, ojeando Página 12 y La Maga. Lo que Menem produjo prácticamente co-conduciendo Tiempo Nuevo con Neustadt los martes, Chacho lo hizo como invitado vitalicio del jueves de Mariano Grondona y su Hora Clave. El ingreso a la política de Reutemann, Palito Ortega, Daniel Scioli, Graciela Fernández Meijide, Aníbal Ibarra, etc., era, al modo de la Conadep con el Estado (construir un consejo de notables para poder decir una verdad pública creíble), la versión móvil de construir una política con lo que estaba afuera. La cuestión estaba en poder seguir representando. Hacer una política para los que no les gusta la política con los que no vienen de la política.

Los caminos paradójicos, relativamente exitosos o problemáticos de cada uno de esta lista de nombrados a dedo por Menem y Chacho podrían resultar las líneas confusas del arte de la política: un casting renovador mientras la sociedad se iba soltando. Finalmente, entre Menem y Chacho en 1999 se firma una informal línea de acuerdo: el sostenimiento de la Convertibilidad, que era el pacto social de la moneda que rompía todo lo demás. Porque esa Convertibilidad había hecho un viaje completo: de remedio a veneno (el único político que seriamente pensaba cómo salir de la Convertibilidad era Duhalde). Y en ese anudamiento conservador se fechan los vencimientos de Menem y Chacho: no romper la criatura era su condena. Y si los dos fueron por diez años los auténticos creativos, también se lució la creatividad de un pueblo argentino que convalidaba en las urnas (Menem no perdió una sola elección), pero a la vez creaba en las calles: marchas federales, movimientos de desocupados, escraches, marchas del silencio, puebladas, líderes jubilados, autonomismos radicales, Moyano y el Perro Santillán… y hasta un progresismo de mercado que se expandía en la sociedad civil. El Estado retrocedía, el progresismo se expandía en la sociedad civil: acaso el kirchnerismo sea un hijo de esa “pinza” en su prédica del “retorno” del Estado (aunque a costa del costo real de otro: el que decidió pagar Duhalde).  

La gran herencia del Frepaso en el kichnerismo, tantas veces mentada entre peronistas de las últimas horas exclusivamente en clave de chicana, excede ampliamente a Álvarez, quien, como sostuvimos antes, tenía una relación bastante más compleja con su propia base progresista

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Menem tuvo tres adversarios políticos formidables en su larga década: Chacho, Cavallo y Duhalde. Pero el único que se le soltaba, al que no “contenía” ni podía asfixiar cual boa constrictora dentro de su estructura era a Chacho, el eterno líbero, el que se movía entre las líneas fabricando outsiders, escenarios, giros y relato. El Chacho fundador del peronismo republicano, del progresismo cavallista, agitador de la cultura urbana, de todo lo que el menemismo jamás podría contener. El gran organizador de la derrota peronista en 1999 que después trágicamente también se lo tragaría a él. Si fuese por el radicalismo, Menem probablemente habría muerto en el poder. Y también es común que los adversarios terminen mimetizándose: Menem, a su manera propia y particular, también se “retiró” después de bajarse del ballotage frente a Kirchner en el 2003. No al Varela Varelita, pero a la monotonía de una senaduría muda. Un Papa que se volvió cardenal.

Chacho y el kirchnerismo

Cuando Kirchner llegó al poder reconoció de muchas formas (incluso en largas charlas personales, invitaciones a cenas y un nombramiento en el Mercosur) una precuela chachista de su propia versión del peronismo progresista. El Frepaso como un Antiguo Testamento de la nueva Biblia kirchnerista, una posta de modernización democrática de la vieja generación setentista en la era post 1983. Kirchner fue así beneficiario directo de dos herencias: la del frepasismo y de la del duhaldismo, que le limpiaron la cancha y que murieron en ese intento, dejando un proyecto y un liderazgo nacional vacante. La virtud principal de Kirchner en 2003: ser prácticamente desconocido. Y Kirchner quiso apoyar su primera versión de la transversalidad en la alianza con la antigua “joven promesa” chachista: Aníbal Ibarra, heredero del frepasismo por default y con quien el propio Chacho tuvo una relación compleja y llena de contradicciones. Aníbal fue el Scioli del Frepaso, su camaleónica línea Aire y Sol, y todos repetían que iba a ser el candidato a vice de una virtual reelección de Kirchner hasta que la tragedia de Cromañón enterró el sueño transversal y capitalino del primer kirchnerismo, y le marcó su definitivo destino bonaerense. En la defensa oficial de Strassera del gobierno ibarrista, en el Nunca Más como blindaje moral, en el drama de ese juicio político que alguna vez habrá que revisitar, también nacía, entremezclada y a los tumbos, a golpe de pura táctica, la lengua de una época común.

La gran herencia del Frepaso en el kichnerismo, tantas veces mentada entre peronistas de las últimas horas exclusivamente en clave de chicana, excede ampliamente a Álvarez, quien, como sostuvimos antes, tenía una relación bastante más compleja con su propia base progresista, que siempre parecía pedirle más. “Decí algo de izquierda, Chacho”, también sonaba acá, como en la película de Nani Moretti. Un vasto sector del pueblo de a pie frepasista, del progresismo noventero tan potente y hegemónico en esa década y en las que vinieron, siempre estuvo en el fondo esperando al kirchnerismo, alguien que no desvíe tanto esa representación, que no la intermedie, que no la procese. Menos realpolitik y más identidad. Querían, tal vez legítimamente, una representación más nítida de sus deseos y aspiraciones. Algo que en el fondo y por su misma naturaleza Álvarez siempre se negó a fundar del todo.

Chacho siempre hizo una política de autor, incluso contra su propia criatura. Por eso en el Frente Grande primero y en el Frepaso después se lo acusó de ser individualista y “mediático”. La idea de que todo artefacto era circunstancial y provisorio se sostenía en la tendencia a la liquidez de la época, que precisaba partidos dinámicos, de industria liviana (en comparación con La Libertad Avanza, cualquiera de esas estructuras parecen, sin embargo, versiones vernáculas del PRI). En esos años se le adjudicó la frase “prefiero 5 minutos de televisión antes que tres horas de plenario”. ¿La dijo, no la dijo? Uno se parece a las frases que se le adjudican. El mundo de Chacho Álvarez invierte a Perón: el tiempo vence a la organización. Por eso la política de Chacho no tenía fetiche, salvo tal vez la obsesión permanente de conectar con “la sociedad”. El primer político tan abiertamente societalista de la democracia. “La sociedad sí existe”, decía Chacho Álvarez, contradiciendo a Margaret Thatcher y a Verbitsky. De pueblo a gente fue el pasaje de esa retórica. Contenía por izquierda, y lo que no contenía, le adhería otra de esas palabras de época: “Chacho es posibilista”. Pero Álvarez creía tanto en su libertad que solo podía tener un vínculo de amor-odio con el poder, de entrada y salida. Amar el poder como aventura, como posibilidad creativa, no como estadio permanente. La idea de “ocupar espacio”, el elenco estable, el senador permanente, la monotonía de “la casta” lo asfixiaba. En esa intersección funcionaba bien, y por ese ir y venir fue también “condenado”. Chacho estaba de los dos lados de Weber: fue en distintas épocas, pero también al mismo tiempo, un político de la responsabilidad y un político de la convicción, y por eso recibió fuego de ambos frentes tras su renuncia final a la vicepresidencia.

25 años después del Octubre chachista, lo que puede rescatarse para el presente de su legado es precisamente este: la libertad y la capacidad de inventar política, de crear y de diseñar escenarios, más que en sobrellevarlos. En el fondo, e incluso con el telón de fondo del temprano fracaso mileísta, el retorno al pasado sigue siendo igual de imposible. Y para un peronismo que tras la crisis ideológica del último kirchnerismo se obsesionó con la fantasía de volver a las fuentes y desenterrar un GOU imaginario en una supuesta vuelta a un origen mítico, a un leninismo con impostaciones de Tacuara o Norma Kennedy, manteniendo esa rigidez ideológica (un kirchnerismo, pero con pose de derecha) en búsqueda de una nueva-vieja identidad que le haga zafar, el gesto iconoclasta de un Chacho obsesionado por representar el presente y de interpelar la contemporaneidad no le vendría nada mal. Cagarse un poco en tantos símbolos, tanto tatuaje, tanta política para el reel, y fabricar algo nuevo. Lo que a Chacho le sobraba, a esta época le falta.

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