20 de julio de 2026
Con la participación de los EEUU en el conflicto bélico entre Israel-Irán, las razones aislacionistas que Trump esgrimió en la campaña electoral del 2024 han sido sepultadas.
El presidente reaparece en la escena política para su segundo mandato con posiciones ideológicas centradas en el rechazo al globalismo, a toda intervención militar y con una vuelta a su propio territorio. Su consigna diaria reza: “Hacer a América grande otra vez” desconociendo que esto ya existe, pero por motivos diferentes a lo que él expresa. EEUU es un “imperio sustantivo” porque se extendió más allá de sus fronteras, orientando la última etapa globalizadora del capitalismo.
Los actuales acontecimientos de Medio Oriente hicieron que los EEUU se involucraran respaldando a Israel en sus ataques aéreos tácticos a diferentes puntos críticos, a través de bombardeos estratégicos a las plantas nucleares de Fordow, Natanz e Isfahán,. De esta manera la FFAA israelí limpió el espacio de baterías antiaéreas para que puedan operar los F-22, F-35 y bombarderos B-2 Spirit americanos.
A raíz de esto, EEUU volvió a ser un actor global después de un escaso periodo de pretendido aislamiento. El Primer Ministro Benejamin Netanyahu -de modo indirecto- y la administración profunda de Washington consiguieron este objetivo. La última reunión de la OTAN, celebrada en La Haya el 24/25 de junio, marcó otro cambio en la política de retraimiento. Si bien los europeos se comprometieron en un aumento de su participación porcentual en inversiones de defensa hasta un 5% ( 3.5 en material bélico y 1.5 en infraestructuras defensivas), también “arrastraron” a Trump a mantener la alianza militar atlántica sin fisuras, además de disuadirlo a cambios de actitud y procedimientos en la guerra de Rusia-Ucrania en sintonía con las demandas de Francia, Gran Bretaña, Alemania y Polonia. Por lo tanto, de ahora en más, se puede espera cualquier marcha y contramarcha del gobierno americano, desde optar por una coherencia más previsible hasta medidas que sólo favorezcan un aumento de la confusión general.
Actores emergentes de predominio regional sentirán una gran dosis de alivio con el “retorno” americano. En primer lugar, Israel, que consiguió arrastrar a la potencia norteamericana a un conflicto para respaldarla y despejar una amenaza que condiciona su supervivencia. También Turquía, que mantiene con Irán una disputa sobre su frontera kurda, y que percibe en el régimen persa un elemento desestabilizador y una amenaza para Ankara. Lo mismo Azerbaiyán, que como país turcomano e islámico moderado observa a Irán con recelo e influye, además, en las minorías azeríes como contrapeso del hegemonismo persa. Arabia Saudita arrastra desde 2006 una hipótesis de guerra con Irán, además del conflicto de baja intensidad en Yemén contra los hutíes respaldados, financiados y provistos de armas por Teherán. Rusia tiene, a su vez, a lo largo de su extenso territorio tiene en su frontera sur tres potencias nucleares: China, India y Pakistán. Una cuarta amenaza, en la sensible región del Cáucaso, preocupa a Moscú.
Por otro lado, en el sudoeste de Pakistán se desarrolla una disputa transfronteriza en la región de Baluchistán que es estratégica para Islamabad, dado que ahi se encuentra el puerto de Gwadar que le abre las puertas al Mar Arábigo. Pero, más importante aún, tampoco el sistema de decisión político pakistaní iba a aceptar tener en sus fronteras otro país con armas nucleares. Al estar rodeados por China e India, otro actor en las mismas condiciones incrementaría su vulnerabilidad estratégica. Por esta razón observan la debilidad política del régimen iraní con beneplácito.
La filosofía aislacionista y desvertebradora de la unidad atlántica del presidente Trump ha sido derrotada: EEUU volvió a la escena internacional y resta por ver si con la dimensión que supo imponer en otros tiempos. Pero lo que queda en evidencia es que el modelo de salida del escenario internacional que pretendía ha sido cancelado, para tranquilidad de Europa, Israel y el resto de los aliados de Medio Oriente.
El terreno montañoso que rodea a Irán le otorga seguridad territorial, pero le impide una economía conectada. En su interior cuenta con muchos grupos minoritarios, cada uno de los cuales poseen características marcadas. El 55% de la población es persa y el 60% habla el farsi que es la lengua dominante. Con tal diversidad, Irán ha tenido que centralizar el poder y emplear la fuerza para mantener la estabilidad, y mira con atención cómo las potencias hostiles procuran movilizar esas tensiones para intentar que se manifieste la disidencia, poniendo en peligro la revolución islámica.
Irán tiene limitaciones diplomáticas, económicas y también, aunque en menor medida, militares. Por esa razón, su estrategia se basa en la opción bélica como única alternativa, a través de los lanzamientos combinados de misiles balísticos y drones para impactar en centros poblacionales y afectar la moral social de la población israelí, a pesar de que estos cuentan con ventaja debido a su sofisticada capacidad de defensa antiaérea que reduce los impactos de manera notoria. Si hoy ponemos una lupa en la región, percibimos que Irán mantiene hasta octubre del 2024 una influencia de proyección geográfica desde sus territorios soberanos hacia el oeste: Irak, Siria y el sur del Líbano. Desde el Cáucaso a las costas del Mediterraneo. Por errores en la percepción internacional, por no medir consecuencias, por derrames de enemigos múltiples y desconfianzas regionales su poder territorial se redujo a su propia geografía persa, y con tensiones con el resto de las comunidades que conforman su nación.
Los acontecimientos políticos no solo cambian a los derrotados: también lo hacen con los victoriosos. Si los desencuentros de Medio Oriente se resuelven en el corto plazo, habrá cambios sustanciales en la política interna de Israel y EEUU.
La filosofía aislacionista y desvertebradora de la unidad atlántica del presidente Trump ha sido derrotada: EEUU volvió a la escena internacional y resta por ver si con la dimensión que supo imponer en otros tiempos. Pero lo que queda en evidencia es que el modelo de salida del escenario internacional que pretendía ha sido cancelado, para tranquilidad de Europa, Israel y el resto de los aliados de Medio Oriente.
Podemos suponer que ahora Rusia va a acelerar la escalada militar en Ucrania para mejorar su posición y negociar, esta vez, con un adversario en Washington (el poder profundo). En cambio China hará lo que deba para que el Estrecho de Ormuz se mantenga abierto y alimentar, con energía de la zona, todas sus capacidades económicas. Beijing tiene aliados próximos en todos los continentes. En Medio Oriente carece de uno central, pero Pakistán será su influencer más cercano. Aunque se la ignore desde la teoria, la politica internacional se impone igual, por la mera fuerza de los hechos, modelando conductas. En esto, Trump y Milei parecen compartir la misma limitación. Al menos, por ahora.




