21 de julio de 2026
“Is he the president of Argentina?”. Una pregunta real que llegó a mi Whastapp de varios amigos extranjeros, y que se repitió por doquier entre los cientos de millones de personas que observaban, desde los cinco continentes, el ingreso regio del Chiqui Tapia junto con Emmanuel Macron al final de la mejor final de la Historia, ese inolvidable 18 de diciembre de 2022. La pregunta era poco menos que obvia: el ¿verdadero? Presidente, Alberto Fernández, se había ausentado con aviso, temiendo agregar la caracterización de mufa al resto de sus desventuras. Pero más allá del personaje en sí, el hecho revelaba principalmente un estado de las cosas en la relación entre política y sociedad en nuestro país. La que era en ese entonces la pregunta nacional, proyectada al universo: ¿Quién es el presidente de Argentina? Un símbolo viviente del “poder vacante” expresado en la experiencia de gobierno del Frente de Todos.
La realidad a veces se empeña en las metáforas más llanas y gráficas, como si un agente del cosmos estuviese empeñado en hacernos entender. Por eso, 48 horas después de la consagración de la AFA como la máxima instancia de representación política nacional (en la Argentina, esas hegemonías suelen ser también, como vemos hoy, el kilómetro cero de grandes “esquemas de negocios”) el fenómeno se repitió, agravado, en las calles de Buenos Aires. Mucho se dijo en aquel entonces acerca de la decisión firme de Lionel Messi de no entregarle el triunfo de la Scaloneta a la políticos. A la política argentina en sí, entendida como un mismo conjunto, más allá del gobierno de turno. Sin forzar el argumento podríamos decir: no entregarle la Copa del Mundo a la casta.
¿Para qué pelearse con “la política”, si ya no hay más poder ahí? El kirchnerismo sostenía que su pelea con el Grupo Clarín era con la “verdadera oposición, transversal y más poderosa que cualquier estructura partidaria. ¿Piensa lo mismo hoy Milei de la conducción de la AFA?
Por supuesto, el ensayo radical que proponía esta voluntad de los jugadores tenía problemas de todo tipo; políticos, prácticos, logísticos. Hasta institucionales. ¿Cómo establecer un diálogo directo del seleccionado con su pueblo autoconvocado en proporciones chinas en las calles de Buenos Aires? ¿Era posible saltear las autoridad constituida para fabricar, de raje, el Cabildo Abierto más masivo de la historia argentina?
Desde el vamos, el oso del rosarino más famoso al Ministro del Interior Wado de Pedro en la pista de Ezeiza marcó la firmeza de la decisión. Una decisión que se sostuvo en la idea de no salir al balcón de la Casa de Gobierno -como había sucedido en 1978, en 1986 e incluso en el fallido subcampeonato de 1990- y de no participar de ninguna ceremonia de corte oficial. Un maligno y delicioso rumor de esos días (probablemente falso, en la terminología de Jorge Asís) indicaba que la plana mayor política presente en la Casa Rosada (los funcionarios con despacho in situ, digamos) había despachado a todo el personal logístico y de maestranza de la Casa, con la intención de cumplir de manera oblicua con el deseo de los jugadores de que, si finalmente accedían a entrar en la casa embrujada, está por lo menos estuviese vacía. “Quédense en sus casas, que a los jugadores los recibimos nosotros”. Un gesto de entrega y sacrificio laboral, el de los funcionarios, francamente conmovedor, que se completaba con el detalle final del mismo rumor. ¿Los jugadores evitaron esta trampa y nos privaron para siempre de esa imagen versallesca, final, del funcionariado de la nomenklatura frentetodista abriendo la puerta de la Rosada por mano propia, vampíricamente sedientos de legitimidad ajena? En todo caso, lo importante de esta leyenda es que es creíble, una verosimilitud que habla menos de la expansión de la post verdad que de un clima de época.

Ayudaba a esta voluntad de los jugadores el espectáculo poco edificante que el poder político había ofrecido a la sociedad la última vez que se fusionaron Fútbol y Estado: la muerte, en octubre de 2020, de Diego Armando Maradona. Las exequias del Diego -los funerales de Estado del argentino más célebre, contradictorio y genial del siglo XX- corrieron el telón súbito del verdadero Mago de Oz que animaba al funcionamiento del poder en la Argentina. La imagen del presidente Alberto Fernández gritando con un megáfono en la reja de la casa, intentando apaciguar al congreso extraordinario de barras bravas a las que las autoridades mismas habían dado cita, todas juntas y a la misma hora, en la sede del poder argentino, habla por sí misma. Un Estado que se había arrogado el derecho y la potestad de controlar, cuarentena mediante, hasta el más mínimo milímetro de la vida personal, laboral, amorosa y sexual de todos sus súbditos, que se revelaba ahora incapaz de gestionar el adiós del argentino más querido. “Los traidores pagarán sus culpas”, pudo leerse en una bandera que flameó en el Patio de las Palmeras que la tarde que las barras de Gimnasia y Esgrima de la Plata, Los Andes, la “Guardia Imperial” de Racing y la “Banda Mostro” y “Los Dengues” de Almirante Brown coparon la Casa Rosada, obligando a la Casa Militar a iniciar un protocolo análogo al de un ataque terrorista. La foto de Marcos López del velorio de Maradona terminaba en una suerte de versión no letal pero mucho más marginal del Ezeiza setentista. Esto, además, encabezado por un gobierno peronista, movimiento al cual todo el mundo siempre atribuyó una tecnicatura especial en el “control de la calle”.
El gobierno ensayó una defensa paradójica, escudándose en los deseos de los deudos y, en particular, de Claudia Maradona, quien, según los “organizadores”, quería terminar la ceremonia pública temprano. Ese día la llave de la casa del poder argentino circuló alternativamente, cuál ramo en un casamiento, entre la familia de Maradona, los barras, una popurrí de fuerzas federales varias y algunos que vieron luz y subieron. Nadie, en verdad, quería tener la responsabilidad última. Esa era la casa vacía del rey desnudo. La muerte de Maradona los excedía a todos, en esa atmósfera de catarsis reprimida del año del encierro y de la angustia privada, pero sobre todo sobrepasaba a la política peronista, que se había acostumbrado a la política de circuito cerrado de la cuarentena. El peronismo parecía de repente temerle a un pueblo al que desconocía, y al que Maradona convocaba post mortem a la manera de un santo pagano. Ese primer día en el que todo salió mal -tal vez, en retrospectiva, el día en que empezó a cortarse la confianza popular en el gobierno pandémico– fue también el día en el que el peronismo empezó a incubar su propia versión “aluvión zoológico”, pero esta vez en su contra, que asumió las formas paradojales del siglo XXI y que concluyó en la presidencia de Javier Milei dos años después.
Messi reconfirma su argentinidad y finaliza el proceso de sucesión mística de Maradona ese día, incluso más que en la final contra Francia en sí. En lo que hace con ese triunfo, en la manera en la que “actúa” un momento del alma nacional; en el apogeo de la crisis de representación, representa, de una manera no formal, lógica ni politológica
El cambio de fecha de este Mundial hizo sincronía con otra de los mitos argentinos contemporáneos: el del diciembre caliente. Durante 20 años, y luego del estallido del 20 de diciembre del 2001, la clase política en su conjunto se dedicó paciente y consistentemente a evitar y conjurar que suceda otro. El kirchnerismo, como actor principal, y luego el macrismo, como actor de reparto en su breve paso por el poder, dedicaron toneladas de recursos, tiempo y política para evitar la explosión social que los trajo a ellos mismos al poder. Es natural, para cualquier clase, romper la escalera de su propio ascenso social. Parecía como si buena parte de la élite gobernante, visto los escasos rendimientos políticos y económicos del último decenio, estuviesen esperando el diciembre definitivo, el apocalipsis social que borraría de un plumazo, como en una escatología religiosa, los rastros de todo orden y civilización. O, en todo caso, de su propio orden y civilización. De su régimen invisible. Policías, servicios de inteligencia, periodistas informados e influyentes en general se preguntaban, siempre, si este diciembre seria ese diciembre tan temido y esperado.
Y ese diciembre llegó, finalmente. Y llegó con una característica insólita y novedosa: en lugar de confrontar con el poder establecido -un poder vaciado y débil, deprimido y autorreferencial, al cual enfrentar era, de alguna manera, subirle el precio- el pueblo argentino decidió, como habían hecho horas antes los caudillos celestes de Qatar, sencillamente ignorarlo. Pasarle por el costado. Matarlo con la ignorancia. El éxodo como método revolucionario, en un espontáneo y masivo ejercicio de estrategia política colectiva.

Lo que cada cuatro años solía considerarse un momento (“la sociedad se desconecta durante el mundial”) evolucionó hacia un estado más permanente (“la sociedad se desconectó desde el mundial”). ¿Cómo operó, y cuál fue la fuerza política, de esa desconexión?
En el año 2000 el italiano Toni Negri y el norteamericano Michael Hardt escribieron un libro que fue una marca de época: Imperio. Este comenzaba con la cita anónima de un partisano italiano: “Queremos destruir todos los monumentos ridículos a aquellos que han muerto por la madre patria y erigir en su lugar monumentos a los desertores. Los monumentos a los desertores representarán a todos aquellos que murieron en la guerra, pues cada uno de ellos murió maldiciendo la guerra y envidiando la felicidad del desertor. La resistencia nace de la deserción”.
La fecha no es antojadiza. Un prólogo al 2001. La caída de las Torres Gemelas y el principio del fin del Fin de la Historia. Una crisis que tuvo en estas pampas un pulso propio. El desplome de la convertibilidad y de su pacto social, que generó la línea de fractura democrática entre sociedad y política más importante hasta el día de hoy: que se vayan todos. La furia colectiva contra la élite política. Pero ese enojo presuponía también una expectativa. Un “todavía espero algo” de la política. La secuencia entre las asambleas barriales, Luis Zamora, Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner lleva las marcas de ese reclamo: nos enojamos contra los que nos importan.
La muerte de Maradona los excedía a todos, en esa atmósfera de catarsis reprimida del año del encierro y de la angustia privada, pero sobre todo sobrepasaba a la política peronista, que se había acostumbrado a la política de circuito cerrado de la cuarentena. El peronismo parecía temerle a un pueblo al que desconocía, y al que Maradona convocaba post mortem a la manera de un santo pagano
Por el contrario, la larga crisis croniquizada que se abre en 2008 no tuvo ninguna resolución constituyente. En fuga permanente hacia adelante, el proceso de una crisis que se sostiene, pero nunca se resuelve fue generando un proceso sostenido de desafección. Los que votaron por primera vez en el 2023 fueron los jóvenes nacidos entre 2007 y 2008, jóvenes que crecieron en una sociedad que, desde 2011, no ha generado empleo privado formal, no ha crecido ni se ha desarrollado económicamente y que nunca ha tenido una inflación menor al 20% anual.
Por eso, cuando llegó el diciembre prometido esta vez asumió las formas de un éxodo. En una forma excéntrica de autogobierno, ahora simplemente se deseaba hacer rancho aparte. “Si el Estado ya no puede salvarme, al menos que no me rompa las pelotas”. Una suerte de embrión del ethos libertario que empezó a desplegarse solo, sin consultores demiúrgicos, Magos del Kremlin o hermanas presidenciales, y del cual Milei fue mucho más la consecuencia que la causa.

El mundial funcionó, en este marco, como un espejo perfecto de esta situación dolorosa. Una sociedad que sentía que valía más que su dirigencia política. O, en otros términos, una sociedad que sentía que la clase política no estaba a su altura. Todo lo que funciona en la Argentina parece suceder a pesar de la política. Desde el éxito de la película “Argentina, 1985” a la “Scaloneta”. En ese sentido, Lionel Messi no sólo se consagró campeón del mundo: se calzó en la testa la corona de nuevo arquetipo nacional contemporáneo. Lejos en Europa, desde su exilio temprano, portó el extrañamiento, la mirada distante y crítica hacia la dirigencia de su país que después fue trending topic. Lionel, protagonista involuntario del drama nacional de esos días, escenificó con su rechazo a ir al balcón un perfecto anti Mundial ´78. Fútbol y Estado, asuntos separados. La pelota no se mancha. Y como un símbolo de este nomadismo dislocado, no confronta, se corre y le hace un Ole, escenificando en ese gesto el de todo un pueblo. Messi reconfirma -si hacía falta- su argentinidad y finaliza el proceso de sucesión mística de Maradona ese día, incluso más que en la final contra Francia en sí. En lo que hace con ese triunfo, en la manera en la que “actúa” un momento del alma nacional; en el apogeo de la crisis de representación, representa, de una manera no formal, lógica ni politológica. Propone además una hoja de ruta y un plan que, increíblemente y contra todo pronóstico, funciona.
El 18 de diciembre el pueblo argentino se constituyó en asamblea. Un pueblo castigado, hasta lumpenizado por años de pauperización económica y decadencia cultural que se congrega de a millones en el centro de Buenos Aires y en las centros y plazas de todo el país. ¿Qué podía salir mal? Absolutamente todo. Una versión tsunami de los pogos maléficos de los recitales del Indio Solari. Un cover argentino de los quema coches franceses. Un Cromañón a cielo abierto, un funeral de Maradona a escala Richter. Y, sin embargo, no pasó nada. Y en esa nada pasó todo, porque demostró de manera gráfica la obsolescencia y la inutilidad del poder del Estado. Una comparación simple: “la casta” organiza la despedida de Maradona, y el resultado es violencia, desmanes y angustia; “nadie” organiza los festejos del Mundial y el resultado es una de las jornadas más felices de las que se tenga memoria.

“Il Patrone e Morto!” sostenía el final de una vieja película italiana, el festejo obrero frente a la huida de los antiguos patrones, en los días finales de la segunda guerra. La alegría argentina tenía algo de ese espíritu de fábrica recuperada: la deserción y abandono por parte del poder, una casta que abdica de sus funciones más elementales; la toma del poder, así sea momentánea, por parte del hombre o la mujer común convertido en cuerpo político; el miedo de que tal experimento termine en fracaso y finalmente la felicidad desatada de saberse sujeto y protagonista. La Scaloneta propuso una horizontalidad y una anarquía que funcionaron, así sea, como las mejores cosas en la vida, por un momento breve. La anatomía de un instante de donde extrajo su pulsión de vida la revolución política que vino después, y que excede en mucho a sus protagonistas eventuales. Después de todo, el 17 de Octubre fue un día que duró 70 años, y de alguna manera este fue el 17 de Octubre del pueblo libre, un 17 de Octubre sin Perón, sin “centro” y sin balcón, que se realizó bajo el mismo formato que en aquel 1945: sin teoría, con una visión y un espíritu que se desplegaba en la praxis, pero con una voluntad inmanente profunda y con una fuerza histórica imparable. History in the making, como dicen los norteamericanos. El momento mágico en donde todas las voluntades parecen una telaraña del mismo inconsciente, el fundamento místico del nuevo clivaje y de la nueva grieta Pueblo vs Casta.
En ese sentido, y vista la acumulación de capital político que la AFA realizó en ese diciembre, es casi natural que la física de una nueva hegemonía confronte precisamente ahí. ¿Para qué pelearse con “la política”, si ya no hay más poder ahí? El kirchnerismo sostenía que su pelea con el Grupo Clarín era con la “verdadera oposición, transversal y más poderosa que cualquier estructura partidaria. ¿Piensa lo mismo hoy Milei de la conducción de la AFA?
¿Los jugadores evitaron esta trampa y nos privaron para siempre de esa imagen versallesca, final, del funcionariado de la nomenklatura frentetodista abriendo la puerta de la Rosada por mano propia, vampíricamente sedientos de legitimidad ajena?
La Comuna de Buenos Aires operó simbólicamente como una suerte de precuela social de la teoría anarco-emancipatoria libertaria, sin que ellos hayan tenido absolutamente nada que ver ni en su convocatoria ni en su organización. El verdadero “fenómeno barrial” que se hizo global, mucho antes de las giras interminables del León rockstar, de Trump, de la CPAC, de la ultraderecha internacional y de todo lo que vino después, fue el de la sociedad argentina. El único “héroe colectivo” que, para bien o para mal, marcará siempre los límites del despliegue del gobierno libertario, siempre en última instancia una herramienta funcional en esta voluntad emancipatoria que decidió salvarlos este octubre a pesar de sus propios errores y desmanejos. “¡La multitud!”, escribió el ruso Alexander Solzhenitsyn, “un extraño ser especial, tanto humano como inhumano (…), donde cada individuo fue liberado de su responsabilidad habitual y vio multiplicada su fuerza”. El único emperador es la multitud.




