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26 de enero 2023

Leandro Beier

EL MITO ES NUESTRO

Tiempo de lectura: 3 minutos

Ayer miraba el último video de Navaja Crimen, “Todo lo que pasó en 2022” y el youtuber concluía, cuando todo el capítulo  se inclinaba hacia la gloria del diciembre final, “ganamos nuestra copa, no nos la cuenta nadie”

Es decir esta copa la ganó la generación de fines de los ‘80 (Messi, Di María) más la generación de fines de los `90 principios – 2000 (Enzo Fernández, Julián Álvarez). Millennials y centennials según algún etiquetado frontal dudoso, pero en definitiva ilustrativo.

El punto: estas generaciones son las que nos criamos viendo por documentales, entrevistas, youtube y sobre escuchar de padres y familias maradonianas el relato épico de algo que no nos tocó vivir. El sueño estaba siempre en el pasado. Mi primer mundial consciente pleno fue 1994. Y la selección desde ahí era el recuerdo de lágrimas y más lágrimas. Mi hermano menor nació en 1997 y a los 10 ya tenía su camiseta del Barcelona. Él me presentó a Messi. Mundo nuevo.

Asomaba una generación de wachis inquietos, más livianos y con su rey -el amor sellado como hinchas- Leo Messi

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La cuestión es que nuestros héroes 2022 no solo compitieron en la cancha y su afuera obvio. También peleaban con una herencia pesada y por momentos punitiva. Sí, vamos a acordarnos de Ruggeri contándonos como entrenaban en alpargatas, tomaban agua de la canilla y ahora  piensan en la plata, nadie siente la camiseta. Y en el medio florecieron los Azzaros, Libermanns, Niembros y todo el pelotón de fusilamiento que cuestionaba cómo un chico crack en Europa acá no canta el himno, un minuto de silencio alrededor de una mesa de rancios, Pasman de rodillas pidiendo echar a Fideo.

La selección millennial nos dejó el 2014,  las finales con chile y la tristeza rotunda de 2018. Nuestros héroes eran indies, él éxito en la derrota. El indie siempre amó y veneró estos chicos: lo quiero mucho a ese muchacho de Bestia Bebé (los manchesterianos de Almagro) salió en un spot de TyC. Y obvio lo que siguió en el fútbol y la época lo selló El Mató en El tesoro. “La depresión sin épica”.

Pero entre tanto una generación venía a ritmo de cumbia 420, trap, duketos, butaqueras, vino y melón, el nova y la bresh, Lali, el streaming qué ah, qué genio sos Kun. Los centennials como mi hermano agarraron a Messi de niños y lo amaron: porque ya su fútbol es absolutamente global y porque simplemente les encantaba jugar a la pelota. Play, Fifa, Cr7 vs Messi. Enzo Fernández dice en un tweet con 16 likes que tiene que rendir, que es un burro, y después eee Enzito aprobó. Asomaba una generación de wachis inquietos, más livianos y con su rey -el amor sellado como hinchas- Leo Messi.

Y en el medio florecieron los Azzaros, Libermanns, Niembros y todo el pelotón de fusilamiento que cuestionaba cómo un chico crack en Europa acá no canta el himno, un minuto de silencio alrededor de una mesa de rancios, Pasman de rodillas pidiendo echar a Fideo

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La copa América 2021 rompió todo. Se articularon los que mirábamos los 10 más pedidos de MTV, con los turritos finos de rima filosa. Los pibes jugaban POR Messi. El abrazo y la caída de rodillas de Leo en el Maracaná: el abrazo de todos, sintió amor y respiró profundo, hondo, lloró de alegría y alivio. ¿No queremos al final que simplemente nos quieran?

Ahí el sentimiento explotó transversal, cruzado, hermoso. La hinchada en general ya no cantaba volveremos, volveremos, volveremos otra vez…, el hit de la mosca en uno de sus momentos álgidos: ahora nos volvimos a ilusionar. Ahora. Presente y futuro. La gente se enamoró de la selección. Y el mundial y la tercera estrella en el escudo arman el nuevo mito. GOAT. Ahora sí: el nuestro, el que nadie nos va a contar, en el cofre hay oro y en el corazón amor. Ojalá este sea de apertura, de inspiración. No de sello y folklore. “Emancipatorio”, diría Horacio González, con perdón de la pretenciosidad incoherente. Que empuje y libere como la brisa de verano de estos días de la que no quiero bajar más.