Un momento...

20 de julio de 2026

20 de julio de 2026

12 de marzo de 2025

EL MALESTAR EN LA CULTURA OCCIDENTAL

Tomás Di Pietro

@tomidipietro
Mundo
Tiempo de lectura: 10 minutos

La reconfiguración a toda velocidad del poder global ejecutada por Donald Trump durante estas primeras semanas de su segundo mandato no son el origen del colapso del orden occidental, sino la cúspide de su síntoma más evidente. La crisis no nació con Trump, la crisis trajo a Trump. Desde hace años, en Estados Unidos y la Unión Europea tiembla el sistema al calor de la caída de poder adquisitivo, del aumento de la desigualdad, de la pérdida de confianza en las instituciones, y de la inescrupulosa falta de sentido. Si el oriente cultural colocó en sus países más grandes desde comienzos del siglo XXI a autócratas nacionalistas con el mandato de acumular poder, como es el caso de Putin, Erdogan, Modi, y Xi Jinping; el fenómeno ya ha cruzado Greenwich.

Trump, que había tropezado con la singularidad de la pandemia en su primer mandato dejando su obra inconclusa; tras la excepcionalidad Biden y su carente ejecución albertiana del poder, volvió recargado, apresto para resetear el sistema. Europa, debilitada y confundida, enfrenta las consecuencias de décadas de descomposición social y política, en el marco del decrecimiento de su peso en la economía global así como su intrascendencia militar. Acostumbrada a la tutela estadounidense, reacciona con desconcierto ante el alejamiento de la segunda administración Trump. La invasión en Ucrania ya la había dejado expuesta: pese a la retórica de apoyo a Zelensky, la Unión Europea nunca supo cómo lidiar con la aventura bélica de Putin y se ahogó en un mar de ambigüedades. Durante estos años de guerra, y pese a la narrativa oficial, ha gastado más dinero en petróleo y gas rusos que en ayuda militar y financiera para Kiev. La dependencia energética, el miedo a una guerra final y la renuencia a enfrentar costos electorales han convertido a Europa en un espectador de su propio colapso. Por estos estos días las preguntas más incómodas sobrevuelan la cabeza de los mandatarios de la UE: ¿cuánta guita estaremos los europeos dispuestos a gastar en Ucrania? ¿Cuántos muertos estaríamos dispuestos a poner los alemanes, los franceses, los británicos o los españoles por esta guerra?

La nueva guerra fría requiere calibración de pactos y la OTAN ha perdido su razón de ser. Su connivencia con la invasión rusa y el estilo macho-business-man de Trump es indigerible para la cultura liberal occidental de corrección política

Compartir:

El cambio de estrategia de Washington respecto a la alianza con la UE es un cachetazo que sirve como recordatorio de que, en las relaciones internacionales, el poder sigue estando determinado por la capacidad de ejercer presión o causar daño. Las democracias europeas, recostadas en un bajísimo gasto militar, se desayunan en pleno auge de ideas libertarias de achicamiento del estado y reclamos de eficiencia, con ineludibles aumentos en las partidas de defensa en los presupuestos. Y todo esto ocurre a 15 minutos de que el fin de demasiados trabajos dispare el gasto público. Trump golpea a Europa y la obliga a salir de la siesta. Von der Leyen lidera el rearme y la expansión de la UE. Endurece su postura contra cualquier líder europeo que no siga su línea, tachándolos de “anti-europeos”. Su estrategia de centralización y expansión promete profundizar diferencias y ensanchar grietas internas.

Nace un nuevo orden, cuya principal novedad, de momento, es de alianzas y estilos. Trump, que se jacta de no haber iniciado ningún conflicto bélico, quiere terminar con la guerra de Ucrania cuanto antes por razones tácticas: necesita a Putin de su lado, y no del chino. La nueva guerra fría requiere calibración de pactos y la OTAN ha perdido su razón de ser. Su connivencia con la invasión rusa y el estilo macho-business-man de Trump es indigerible para la cultura liberal occidental de corrección política. Sin embargo, se les otorga a ambos puntos demasiada importancia. Putin no puede salir de esta guerra sin un éxito que exhibir. No se ha escuchado una sola propuesta realista para terminar con el conflicto que no implique aceptar la anexión de las tierras conquistadas. Escalar la guerra pone en riesgo la estabilidad global. Y aunque Putin haya sido quien ha alterado el orden mundial, y aunque Trump te caiga muy mal, su entendimiento no hace del mundo un lugar más peligroso, sino justo lo contrario. Al menos por ahora.

El orden mundial no está abandonando los ideales éticos y morales por la llegada de Trump. Esta es una visión idealista de un mundo democrático, aparentemente justo, ordenado, unido, exitoso, gobernado en torno a los derechos humanos. Pero el mundo siempre ha sido un lugar áspero y siniestro. La política imperial nunca ha cesado del todo. Como Rusia en Ucrania, Estados Unidos transgredió el orden internacional al invadir Irak en 2003 sin la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU (aun siendo esto una fantochada). Buena parte de la UE apoyó aquella maniobra: Reino Unido, España, Italia y muchos más. Y quien crea que con los demócratas las cosas fueron mucho mejor, no comprende que, en esto, demócratas y republicanos no tienen grandes diferencias: la hegemonía global estadounidense es política de estado. Cierto es que la estrategia de Obama utilizó la narrativa para disgregar al resto del mundo su visión democrática liberal, pero no por buenismo, sino porque facilitaba el trabajo. La cooperación asimétrica es una forma de dominio. Y bastante más barata que la guerra. En lo que a conflictos armados se refiere, habría que consultar en Afganistán, Irak, Libia, Siria, Pakistán, Yemen o Somalia si efectivamente la administración Obama fue superior a la actual en términos morales. Como denuncian los neorreaccionarios, las ideas ilustradas de racionalidad y progreso, de luminosos ideales, han profundizado la dominación, las injusticias, el control, la desigualdad, el desamparo, la sofisticación de la guerra y la destrucción de la naturaleza, y nos arrastraron al actual cuadro de decadencia –que no es Trump, sino lo que trajo a Trump. Como ocurre con todas las demás ideologías, lo más útil que tienen para aportar no son soluciones sino una aguda crítica de lo que no funciona.

La Unión Europea nunca supo cómo lidiar con la aventura bélica de Putin y se ahogó en un mar de ambigüedades

Compartir:

Las relaciones internacionales se rigen fundamentalmente por la búsqueda de ventajas y la maximización de intereses. La prosperidad tras la Segunda Guerra Mundial no fue generada por la cooperación internacional, sino que ésta se ensanchó a la par del crecimiento económico y la expansión de los mercados, permitiendo a Estados Unidos consolidar un orden estable. La devastación de la guerra dio origen a instituciones como la ONU, la OTAN y el Banco Mundial, que gestionaban un sistema basado en transacciones mutuamente beneficiosas, ya fuera seguridad, acceso a mercados o influencia política. Durante la Guerra Fría, la existencia del enemigo común reforzó las alianzas estratégicas, demostrando una vez más que la cooperación, lejos de ser un acto altruista, responde a la necesidad de maximizar beneficios en un entorno de amenazas compartidas.

El multilateralismo fracasa en proyectos clave como lo son la seguridad internacional, la justicia global, la economía o el medio ambiente. Ironías de la historia: con Trump en la Casa Blanca, la hipótesis de una gobernanza global se recuesta sobre China. Estados Unidos es ahora revisionista del orden que creó, mientras que China es el principal garante del statu quo. 

La crisis no nació con Trump, la crisis trajo a Trump

Compartir:

La economía bien, la gente mal

El malestar en occidente tiene arraigo en la crisis del 2008. La recuperación de las economías trajo aparejada ciudadanos más pobres. El PIB aumenta, pero la calidad de vida de las clases medias y bajas se deteriora. Obama y Merkel, los mandatarios más importantes que gobernaron durante estos años, no resolvieron los problemas estructurales del mundo desarrollado y, en su lugar, administraron un sistema que acumuló tensiones hasta su actual punto de quiebre. Que Obama y Merkel nos caigan bien, o que nos puedan gustar sus estilos, no debe impedir entender hasta qué punto son partícipes necesarios de esta crisis. El mundo que los llevó al poder era, en términos relativos, más estable que éste. Pero todo lo que hoy estalla por los aires ya se cocinaba durante sus gobiernos.

La economía es el motor del descontento, y la desigualdad, botón de muestra. Mientras el 10% más rico de EE.UU. posee el 79% de la riqueza, el 30% de los hogares de bajos ingresos se conforma con solo el 8% del ingreso nacional. La clase media, otrora pilar del sueño americano, ha visto desplomarse su participación en el PIB del 62% al 43% en cuatro décadas. De todas las variables, el poder de compra es probablemente la más significativa. Allí germina la semilla del progreso, o, por el contrario, de la indignación. Durante las últimas cuatro décadas, aunque los salarios nominales han aumentado, el poder adquisitivo de los trabajadores de ingresos medios y bajos en Estados Unidos y buena parte de Europa se ha estancado o disminuido. Es decir, el incremento de los precios de bienes y servicios –especialmente en áreas esenciales como alimentos, vivienda, salud y energía– ha superado el crecimiento de los salarios, lo que ha erosionado el valor real del dinero que perciben estos trabajadores y ha contribuido a la reducción del bienestar de amplios sectores de la población. En el año 2022 se registró la mayor pérdida de poder adquisitivo desde 1985, provocada por la invasión de Ucrania en los albores de la pospandemia. Tal fue el sentido del timing de Putin.

Parafraseando a Diego Vecino, asistimos al punto de ruptura de la quimioterapia de la historia neoliberal, aquel consenso bipartidista con tendencia al centro y de vocación universalista, que acompañó los mejores años de Occidente mientras que, al mismo tiempo, germinaba el empeoramiento en la economía de los de abajo y una crisis cultural por su oda al individuo y la falta de sentido. A ningún dirigente liberal le pareció urgente solucionarlo a tiempo. Aquel desasosiego, barrido debajo de la alfombra, hoy hace metástasis, autoengendrando su propia crisis terminal. Quien estaba cómodo con el orden anterior, lo añora. Quien no tiene mucho para perder, abraza el caos.

Ironías de la historia: con Trump en la Casa Blanca, la hipótesis de una gobernanza global se recuesta sobre China. Estados Unidos es ahora revisionista del orden que creó, mientras que China es el principal garante del statu quo

Compartir:

Nuevas fuerzas iliberales capitalizan el descontento frente a estos tiempos de incertidumbre. Prometen recuperar tradiciones, detener guerras, frenar la inflación y devolver representación a los perdedores del consenso en crisis. A no entusiasmarse demasiado: la historia es pendular. Su éxito dependerá de su capacidad para cumplir lo prometido antes de que el descontento las devore, y no parece tarea sencilla. Si gobernar es defraudar, ser oficialismo en estos tiempos se ha convertido en un juego de desgaste sin precedentes. Nunca fue tan fácil acceder al poder, y nunca fue tan difícil conservarlo. El voto negativo monopoliza el mercado electoral: más que a favor de alguien, se vota en contra de algo. Nada más rentable hoy que ser oposición.

La crisis del sistema democrático ya no solo anida en quienes cuestionan la democracia liberal. Cabe destacar lo ocurrido en Rumanía en noviembre de 2024, cuando celebró la primera vuelta de sus elecciones presidenciales en las que Călin Georgescu, nacionalista y euroescéptico de discurso anti-establishment y pro-Putin, emergió como un cisne negro y, contra todo pronóstico, quedó primero. Dos semanas después, el Tribunal Constitucional anuló las elecciones tras detectar interferencias rusas, reprogramando la primera vuelta para el 4 de mayo de 2025. Posteriormente, Georgescu fue excluido de las elecciones y no podrá presentarse. Según el TC, la estrategia digital desarrollada en TikTok a favor de Georgescu tiene raíces en Moscú. Este episodio poco añade sobre Putin, sin embargo, evidencia los defectos de la democracia, debilitándola de forma inédita. La anulación de las elecciones, avalada por la UE y la administración Biden, es el reconocimiento tácito de que los procesos electorales son hackeables mediante algoritmos pagados. Si bien la denuncia se centra en que la injerencia es extranjera, este detalle es irrelevante. Lo que sienta un precedente de peso es la anulación de unas elecciones basándose en ideales liberales de que pueden ser controladas. La publicidad es, por definición, manipulación —y siempre lo ha sido—; la publicidad digital, en particular, representa una forma de manipulación masiva y segmentada.

Harari advierte en Nexus que la convergencia entre big data, inteligencia artificial y la hiperconectividad facilitará cada vez más la explotación de las debilidades cognitivas, lo que plantea serias dudas sobre la integridad de los futuros procesos democráticos. El voto se define más por sentimientos que por un análisis racional. Según estudios, los jóvenes y las personas con menor nivel educativo son más susceptibles a ser manipulados mediante contenido en redes sociales. ¿Serán los demócratas liberales quienes pidan ahora por el voto calificado? Nadie se sorprendería que esta idea surgiera de seguidores de Curtis Yarvin, quien aboga por negar el derecho al voto a cualquier persona con un coeficiente Intelectual inferior a 120. Pero es que estas elecciones fueron anuladas por el mundo democrático-liberal. Si las campañas digitalmente segmentadas, por definición centradas en emociones, influyen de manera significativa en los resultados electorales, ¿cuánto tiempo queda hasta que algún demócrata suspenda la democracia explicando que la manipulación interna también es ilegítima?

Silicon Valley ha pasado de conectar personas a defender intereses nacionales y protagonizar la industria bélica, desplazando a gigantes tradicionales de la como Lockheed Martin

Compartir:

La supremacía en el siglo XXI no solo se decide en el campo de batalla, sino en el control de la tecnología. La inteligencia artificial pronto dejará de ser un asistente para convertirse en el piloto del nuevo orden global. La competencia por el dominio tecnológico no es solo un asunto económico, sino una cuestión de seguridad nacional. Silicon Valley ha pasado de conectar personas a defender intereses nacionales y protagonizar la industria bélica, desplazando a gigantes tradicionales de la como Lockheed Martin. Trump entiende que, sin una alianza entre el estado y las big techs, EEUU perderá la carrera tecnológica frente a China. La economía de mercado socialista permite ahorrar mucha energía destinada a dar explicaciones.

La guerra por el control de los semiconductores y las tierras raras explica varios de los actuales movimientos de poder. China domina la producción de estos materiales estratégicos. Trump pretende quedarse con la mitad de estos recursos en Ucrania, que ostenta el 5% de las reservas globales, y anexar a Groenlandia, donde se encuentra nada menos que el 25%.

La política internacional sigue patrones cíclicos donde el poder, mucho más que la moralidad o la ética, determina el destino de las sociedades. La alianza estratégica entre Estados Unidos y Europa durante las últimas ocho décadas fomentó la percepción de que una visión del mundo y unos valores compartidos podrían estructurar el escenario internacional.Como explicara Tucídides: “Los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”. Estados Unidos es una hegemonía declinante, en la lucha por no perder su estatus. La hegemonía, o se ejerce, o se pierde. 

Mundo