Un momento...

14 de junio de 2026

14 de junio de 2026

25 de abril de 2026

EL LUGAR DE HONESTIDAD BRUTAL

Alejandro Droznes

@deamerica_
Música
Tiempo de lectura: 12 minutos

Era 1999: en ese momento Andrés ya había hecho muchas cosas. Había sido candombero debutando con el uruguayo Beto Satragni en Raíces. Había sido pop y ochentoso en Los Abuelos de la Nada. Había producido a Los Fabulosos Cadillacs, Los Enanitos y Don Cornelio (cuyo primer disco me sigue pareciendo más cercano a Calamaro que a Palo Pandolfo). Había renovado el rock español en sociedad con Ariel Rot. Y había volado en primera clase con Alta suciedad.

Después haría muchas cosas más: todavía faltaba, por ese entonces, para el Andrés indoors de El salmón (de hecho todavía nadie asociaba a Calamaro con la palabra “salmón”). Para el Andrés caribeño y salsero de El cantante. Para el Andrés flamenco con Niño Josele, Javier Limón y Diego el Cigala. Para el Andrés nebbiero de El palacio de las flores, el tanguero de Tinta roja o el matero y gauchesco de Bohemio. Para el clásico que canta con Julio Iglesias en Dios los cría

Muchas cosas habían pasado y muchas pasarían después, pero entonces era 1999: con Honestidad brutal Andrés Calamaro estaba entrando definitivamente en el artístico firmamento. Y lo hacía con su primera y más profunda identidad: “Yo soy de Barrio Norte” decía Calamaro por aquellos años. La frase se lee en la página 50 de aquella mítica edición de la revista Rolling Stone, la de la tapa que dice «El poeta de la zurda», que tengo a la vista en este momento.

En efecto esa Buenos Aires, la de Barrio Norte, es la que se respira en Honestidad brutal: la ciudad plácida, recoleta y específica que se extiende desde la avenida Las Heras hacia las barrancas de Retiro, y cuyo epicentro será, para Calamaro y en 1999, la calle Schiaffino y más precisamente el Hotel Plaza Francia. La ciudad aledaña al Parque Thays, que Honestidad brutal imantó y que se ve en esa joya de la televisión argentina que es la entrevista con Bebe Contepomi para el programa La Viola. Está en YouTube: toman mate en la plaza San Martín de Tours, caminan por Posadas y finalmente bajan la cuesta de Schiaffino para despedirse en la puerta del hotel. 

La honestidad brutal que da título al disco puede entonces referirse no solamente a la pena amorosa del varón sino, también, a la mirada descarnada que el varón tiene de la Argentina de aquel momento

Compartir:

Ese fue el lugar desde el que Calamaro se convirtió en uno de los grandes del rock nacional. Como escribió alguna vez la poeta Lucía Eisenschlos:

Irse de la casa de los viejos.

Mudarse con la persona que uno ama.

Ir al hospital a traer un hijo al mundo.

A veces se hacen las valijas más grandes

para viajes de poquitas cuadras.

Pero que son los viajes más hermosos e importantes

de toda una vida.

Calamaro, en efecto, había nacido muy cerca de la calle Schiaffino: una vez en un programa de radio lo presentaron diciendo “ya está presente acá un ex vecino del barrio de Retiro” y él se acercó al micrófono para decir “verdad que sí”. A los pocos segundos estaba dando la dirección de la casa de su infancia: avenida del Libertador 184, esquina con Basavilbaso. Son diez cuadras desde Schiaffino hasta ahí: veinte minutos de caminata derecho por la avenida. Ese fue el lugar real o imaginario que Calamaro eligió para consagrarse. 

Honestidad brutal es, se supone, un disco de ruptura amorosa. El poeta herido transita el desamor y escribe canciones de rock divorcista. Y cada tanto lo asaltan iluminaciones súbitas. “Lo importante es que nunca pude hacerte sentir mal” se escucha en «El día de la mujer mundial». “Y con tu inocencia” en «Las dos cosas». “Aquellos besos que son del color de tu ropa interior” en «Aquellos besos». Y en la enumeración de «La parte de adelante» el único lado de ella que aparece dos veces es el caliente: “Soy propietario de tu lado más caliente” y “el culpable de tu lado más caliente”.

Hay, es claro, una distancia con una mujer.

Pero también hay una distancia con Buenos Aires, a la que se observa desde lo alto: “Encerrado en mi torre de marfil / La soledad del cuarto del hotel”. Así empieza «Ansia en Plaza Francia», autorretrato del Calamaro más elegante, auténtica declaración de principios y ejemplo de su apego a la rima.

Casi un turista en Buenos Aires, y de esos visitantes de alta gama que no se adentran en la cuadrícula sino que se mueven siempre entre los parques y las avenidas de la franja del norte de la ciudad, Calamaro se había ido a España en 1990 y llevaba una década entera viviendo allá. Todavía faltaba para su vuelta a la Argentina y a la argentinidad a través de la Bersuit.

En esa tesitura, y desde la torre de marfil que es el Hotel Plaza Francia, con el aislamiento y la indiferencia como marcas identitarias, y con las guitarras de «Ansia en Plaza Francia» tremolando, Calamaro miraba sus dominios como un Simba porteño. Vamos a dar por hecho que le asignaron una habitación al frente: a la izquierda los muchos edificios, al frente la confluencia de la avenida del Libertador con la avenida Alvear, a la derecha el río…

Calamaro, en efecto, había nacido muy cerca de la calle Schiaffino: una vez en un programa de radio lo presentaron diciendo “ya está presente acá un ex vecino del barrio de Retiro” y él se acercó al micrófono para decir “verdad que sí”

Compartir:

Después la letra continúa hablando de dinero y elegancia, de tarjetas de crédito doradas y de fragancia: la poética de «Ansia en Plaza Francia» es cheta. Calamaro todavía no era un artista popular. Aunque vendía muchos discos, no era objeto de devoción. Y tampoco participaba de los recitales auspiciados por los gobiernos primero municipal y después nacional de la Alianza: ni Buenos Aires Vivo ni Argentina en Vivo ni nada. Para peor, lo hacía convencido: explícitamente quería que, para verlo a él, el público pague. Y tampoco alimentaba el sentido común antimenemista que compartía todo el resto del rock; en la página 201 de Tirados en el pasto, el libro que sacó en 2000 en coautoría con Alejandro Rozitchner, se lee que Calamaro dice: “hay que reconocer a Carlos Menem la oportunidad de tomar una dirección inédita en la dinámica económica y social de la Argentina”.

En las décadas siguientes, dicho sea de paso, Calamaro se diferenciaría de los héroes de los noventa que se sintieron sorpresivamente cómodos en el estadocentrismo. Él no bebió de ese cántaro y por eso nunca hubo Andrés Para Todos.

“Encerrado en mi torre de marfil” cantaba Calamaro en 1999, dando a entender que estaba aislado y era indiferente a la realidad. Pero como aquel rey de Las mil y una noches que, curioso, decide salir del palacio por las noches y vagar por las calles de su ciudad para ver cómo vive la gente del común, fue desde su cuarto de hotel en Recoleta que Calamaro escribió, ya sobre el cambio de milenio, «Clonazepán y circo» y «No tan Buenos Aires». ¡Tan dilatado y tan incalculable es el arte, tan secreto su juego!

La honestidad brutal que da título al disco puede entonces referirse no solamente a la pena amorosa del varón sino, también, a la mirada descarnada que el varón tiene de la Argentina de aquel momento. Léase: la menemista.

Martín Zariello dijo en su excelente libro 1988: el fin de la ilusión que Calamaro es muy bueno intercalando sucesos sociales de índole simbólica con hechos de su propia vida. Menciona el verso “Me parece que soy de la quinta que vio el Mundial ´78”, incluido en «Crímenes perfectos» y remata la idea con este otro: “Veira quedaba en libertad, yo estaba mal por mil motivos”, de «Los dientes apretados». A esa serie en la que lo confesional se mezcla con lo colectivo se podría agregar “La casa estaba en orden y no encontré motivo”, de «Señal que te he perdido», y “Él fue parte del Plan Austral y ella es la jefe del nido” de «Siete segundos».

Pues bien: si en algunas canciones bastaba una frase para hablar del país, en Honestidad brutal Calamaro incluye dos temas que, como él mismo dijera ya en 1999, son “las mejores canciones de la Argentina menemista, que se termina ahora mismo”.

Después vendríamos nosotros, el resto, a escribir sobre Honestidad brutal y tratar de decir cosas inteligentes, pero él lo dijo en el momento, unos meses después de la salida del disco y días antes de la asunción de Fernando de la Rúa. La conciencia sobre la propia obra es estremecedora y permite incluir a Calamaro en la categoría de “antena”, es decir que aquellos artistas que captan las ondas del país; la antena ejemplar según la crítica ha sido Charly García.

«No tan Buenos Aires», en cuyas vibraciones de arte conceptual no falta nada, incluye también una reivindicación del fútbol, aunque Calamaro no participaba de la futbolización del rock tan común en esa época y aunque la canción nunca podría corearse en una cancha

Compartir:

«Clonazepán y circo», con letra de Calamaro y de Marcelo “Cuino” Scornik, es una canción capaz de marcar una discografía: el nervio que toca es muy profundo.

De «No tan Buenos Aires», en tanto, Calamaro ha dicho “Me pone la piel de pollo cada vez que la escucho. Si me tienen que recordar, que me recuerden por ésta”. Como canto de amor a la tierra propia diría que «No tan Buenos Aires» pertenece a la insigne familia de canciones que también integran «Nueva zamba para mi tierra» de Nebbia y «El viento trae una copla» de Bersuit Vergarabat; canciones, por cierto, que Calamaro ha cantado.

La primera frase es “Ya siento que estoy radiante por volver”: volver, llegar y saludar son los verbos de «No tan Buenos Aires». La canción refuerza la imagen de porteño leal que devino turista: Calamaro hizo una canción para ese momento en que el avión hace una especie de curva ritual sobre el Río de la Plata y uno sobrevuela Buenos Aires y ve el lugar en el que se traspapela nuestra vida y todo es brillo, incandescencia y reverbero.

Si no convenciera al oyente a golpes de intimidad, «No tan Buenos Aires» sería un artefacto monstruoso hecho de Dylan y ecos tangueros; el periodismo especializado señaló de inmediato las relaciones carnales de Honestidad brutal con la obra del poeta de Minnesota e, incluso, durante la grabación del disco Calamaro declaraba cosas como “mi próximo disco se va a llamar Blood on the Tracks y se editó en 1975” o “Tiene que ser un disco quíntuple, porque de esa manera Dylan se va a enterar”. (No es un error: Calamaro se refería así a Honestidad brutal y no a El salmón). Pero como en 1999 yo no sabía nada de Dylan, y como tenía el prejuicio de que era un artista aburrido, no me importó o, incluso, veía la filiación como un demérito. Pero en esta canción, y con claridad, Calamaro se para sobre los hombros del gigante y escribe la «Sad Eyed Lady of the Lowlands» del Río de la Plata y para el Río de la Plata y a la manera del Río de la Plata. En «No tan Buenos Aires» la frase sigue a la frase sin una vacilación, sin un esfuerzo, sin un desfallecimiento, a la manera de un torrente caudaloso que no puede menguar ni detenerse porque la onda que pasa fluye adherida a la que ya pasó.

Las reminiscencias tangueras aparecen cuando Calamaro canta “Mi Buenos Aires querido, yo te quiero desde lejos y desde cerca te extraño”, y el “Y siempre estoy llegando” hace pensar en el «Nocturno a mi barrio» de Troilo, ese que plantea “Alguien dijo una vez que yo me fui de mi barrio” para responder “¿Pero cuándo? Si siempre estoy llegando”.

También hay españolismos: Calamaro le dice “tenés un par [de cojones]” a Buenos Aires.

«No tan Buenos Aires», en cuyas vibraciones de arte conceptual no falta nada, incluye también una reivindicación del fútbol, aunque Calamaro no participaba de la futbolización del rock tan común en esa época y aunque la canción nunca podría corearse en una cancha. También están la desocupación y la delincuencia: “yo te presto veinte pesos y comprate lo que quieras” es una frase copiada de la realidad y pegada en la canción. También hay un epitafio para el sueño de la modernización neoliberal: “el lado invisible del sueño flexible de la Argentina mundial”.

El arte, sostendrá Calamaro hasta el día de hoy, es algo diferente del análisis y el posicionamiento políticos. Esto, en aquel momento, se tradujo en poder hablar bien de Menem y, también, sentir y hacer sentir los problemas que había traído el menemismo.

Habían pasado veinticinco años de Honestidad brutal. Calamaro estaba haciendo, a su manera, una gira de homenaje al disco; ajeno al sentido común del marketing, la gira escamoteaba las palabras mágicas del título: se llamaba Agenda 1999.

1999: ese fue mi primer año sin jardín de infantes ni primaria ni secundaria. Estaba haciendo el Ciclo Básico Común, tenía bastante tiempo libre y eso me permitía descubrir a Buenos Aires mientras Calamaro la redescubría desde su cuarto de hotel. Sí: Honestidad brutal fue la única vez que vimos, en mi generación, a uno de los próceres del rock nacional haciendo su obra cumbre. No nos pasó con Spinetta en 1973 ni con Charly en 1984. Y con Fito, en 1992, todavía estábamos en la pubertad. Con Calamaro en 1999, en cambio, vimos a un artista en la cima de su arte y nos vimos a nosotros en el mundo, y ese es el lugar de Honestidad brutal en nuestras vidas.

También le dije que verlo ahí, al borde de la avenida del Libertador, me hacía pensar en esa frase de «El inmortal», el cuento de Borges sobre un hombre que atraviesa épocas, que dice: “Recordé otras mañanas muy viejas, también frente al Mar Rojo”

Compartir:

En aquel tiempo Calamaro era un turista en Buenos Aires y, como en una parábola, un cuarto de siglo después un oyente escribía en los comentarios de «Ansia en Plaza Francia» en YouTube: “Andrés no lo sabe, pero él fue mi guía de turista cuando visité Buenos Aires, fui a todos los lugares mencionados en sus canciones”. Y otro le respondía: “Ese es un sueño que tengo pendiente”. 

Y yo también me sumo al paseo: para completar la experiencia de este capítulo me dirijo a la Recoleta. Me voy acercando a la zona y de a poco el río empieza a imprimir su silencio. El alumbrado es más sutil que en el resto de la ciudad: ser rico es vivir con un alumbrado así. Llego al lugar en el que transcurre el disco y ahí está la barranca con su surco. Hay bajadas y hay subidas. A lo lejos está la Villa 31, que en 1999 no llegaba a verse de tan lejos, y acá cerca el color es el del dinero: hay negocios que venden habanos y vidrieras erizadas de alcurnia.

Bajo por Schiaffino, compruebo su encanto una vez más y entro en el Hotel Plaza Francia, que ahora se llama Esplendor by Wyndham Buenos Aires Plaza Francia. El lugar está totalmente vacío, pero al cabo de unos minutos aparece alguien y me dice que ya no queda ningún empleado de aquella época. Tampoco está Calamaro porque, en efecto, y aunque homenajee aquella época en el nombre de la gira, ya no estamos en 1999 y Calamaro ya no vive acá.

Calamaro ya no vive acá, pero un mediodía cualquiera recibo una llamada y escucho: “Estoy viendo a Calamaro ahora mismo en el Caffé Tabac”. Yo estaba sobre mi monopatín eléctrico en la esquina de San Luis y Anchorena, y el Caffé Tabac está en el cruce de la avenida del Libertador con la avenida Coronel Díaz. Tenía la mochila cargadísima pero no me importó: dejé lo que estaba haciendo y encaré a máxima velocidad y con no poco riesgo.

Él estaba sentado sobre la esquina y era muy visible desde la calle. Entré, me presenté y conversamos durante un buen rato. Le comenté algunas de estas hipótesis acerca de su relación con el barrio y él lo tomó para el lado inmobiliario: había estado viendo propiedades y dio su opinión sobre los entrepisos y sobre las cocinas integradas. Yo le dije que consideraba que, dada su trayectoria, él podía elegir el departamento que quisiera.

También le dije que verlo ahí, al borde de la avenida del Libertador, me hacía pensar en esa frase de «El inmortal», el cuento de Borges sobre un hombre que atraviesa épocas, que dice: “Recordé otras mañanas muy viejas, también frente al Mar Rojo”. Sólo había que cambiar el momento del día y la ubicación: él también debía recordar otras tardes muy viejas frente a esa avenida. Andrés me dijo que no tenía presente el cuento y que su preferido de Borges es «Tres versiones de Judas»; el dato me sorprendió, aunque reflexiones posteriores me hicieron ver que Calamaro ya había rescatado temas judeocristianos de la obra de Borges: “Un sacrificio ritual, bien o mal, yo quiero hacerle a mi estrella”, el verso que está en «Paloma», podría ser una cita de esa estrofa del poema «El golem» que dice: “El rabí le explicaba el universo / «esto es mi pie; esto el tuyo, esto la soga.» / y logró, al cabo de años, que el perverso / barriera bien o mal la sinagoga”.

Lo que sí me sorprendió de manera definitiva, sin ninguna posibilidad de elaboraciones subsiguientes, fue que en un momento nos paramos para sacarnos una foto y, mirando una mesa vecina, Andrés dijo: “mirá ese vaso lleno de Coca-Cola”. El hecho es tan increíble que dudo de mi memoria. Pero yo no lo podría inventar, así que sucedió.

Finalmente Andrés le pidió le pidió al mozo “la nota” y no “la cuenta”, y se acercó a pagar a la caja. En ese momento vi de perfil esa nariz que me acompañó durante toda mi vida… Al salir la tibieza era elísea. Algunos fanáticos lo habían visto y lo esperaban para una firma o una foto. Había una callada devoción en el aire. Un adolescente muy humilde, que vendía mercadería de ocasión, le agradeció. Andrés le preguntó si necesitaba algo y el chico le dijo que no, que solamente quería agradecerle. Se dieron un abrazo: “yo te presto veinte pesos y comprate lo que quieras” era ahora una frase copiada de la canción y pegada en la realidad. Andrés volvió a acercarse a mí para saludarme. La tarde estaba perfecta y la avenida del Libertador también. Extendí mi mano y le dije: “Andrés, andá a caminar por tu reino”. Se rió con su risa de siempre y se fue caminando para el lado del centro.

(Extracto del libro Aquí tu libertad: nueve lugares para el rock argentino de Alejandro Droznes, editado recientemente por Altamarea)

Música