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15 de julio de 2026

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EL FÚTBOL, ESA VENGANZA: EL BOICOT DEL IMPERIALISMO INGLÉS A SU PROPIO JUEGO

Jazmín Bazán

@jazminbazanok
La pelota no se mancha
Tiempo de lectura: 6 minutos

El fútbol es un territorio de revanchas. A veces, clarísimas. Otras, un poco más contradictorias, cruzadas, borrosas. Incluso entendido solo-como-fútbol. A horas de la semifinal contra Inglaterra, nada importa más que Malvinas, que el Diego, que la última de Leo. Aunque el leitmotiv del pueblo (“el que no salta es un inglés”) venga acompañado por la letra chica –por lo menos, la explicitable– del plantel: “No todos los ingleses”.

El otro gran 10 argentino también declaró públicamente que no querían mezclar el deporte con la política en la antesala del partido en el Mundial 86. Aunque se sabe que, internamente, el equipo de Bilardo alimentaba el juego con un sentimiento nacionalista, había una verdad en las palabras de Maradona de hace cuarenta años: antes que corrección política o diplomacia futbolística, Historia.

Para Margaret Thatcher, la usurpadora, la rival todoterreno, los soldados de Malvinas y los mineros británicos eran enemigos difíciles de jerarquizar. Quizás los midió en tiempo: se consolidó venciendo a los primeros para juntar la fuerza necesaria y quebrar a los segundos. No le faltaba experiencia en enfrentarse a enemigos del capital. Ya en 1971, como secretaria de Educación, se había enfrentado victoriosa a los niños de las escuelas públicas que despilfarraban presupuesto estatal tomando la copa de leche gratuita escolar.

Cientos de miles fueron empleadas en las fábricas de municiones. Muchas eran muy jóvenes, de extracción humilde. Se las conoce, todavía hoy, como munitionettes

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Como primera ministra, el desguace siguió por los sindicatos hasta que, finalmente, se trasladó a las tribunas, donde el poder veía el brazo armado de la clase obrera. El gobierno de la Dama de Hierro intentó imponer una Ley de Espectadores que exigía carnés de identidad obligatorios para entrar a las canchas. Los hinchas eran criminales en potencia. El experimento naufragó en 1989, tras la Tragedia de Hillsborough, donde 97 seguidores del Liverpool murieron aplastados por la negligencia de las fuerzas de seguridad y las condiciones del estadio. La pelota se manchó de sangre y la respuesta oficial fue culpar a las víctimas, aludiendo a su supuesto desacato, su consumo de alcohol y a no haber comprado entradas.

Más allá de la ternura postindustrial –o el cringe– que pueda resultar ver hoy a la hinchada británica cantando Wonderwall en un estadio, los hermanos Gallagher crecieron en la escasez de Burnage, bajo el mismo cielo gris del thatcherismo. Su familia sufrió la precariedad laboral extrema que afectó a la comunidad irlandesa y obrera de la época.

Hace poco, Liam Gallagher le respondió en redes a un tuitero argentino que lo llamó “planero” y resaltó que se patinaba la ayuda estatal en drogas y alcohol: “No hay nada malo en eso, ¿en qué más lo vamos a gastar?”, respondió el músico. Años atrás, su hermano Noel declaró: “Me molesta que el mayor ícono político de los últimos 30 años haya sido Thatcher… alguien que intentó destruir a la clase trabajadora”.

Cuando la hinchada inglesa canta, lo hace de forma indirecta, y aunque no lo quiera, contra los líderes del neoliberalismo. No por Malvinas, claro está (de hecho, la encuestadora internacional YouGov publicó, en 2023, que el 46% de los británicos son indiferentes a la suerte de las islas). Pero entre una bandera y otra se cuelan verdugos propios, cuentas internas. Derrotas ajenas que algo tienen que ver con las propias.

La persecución del imperialismo inglés contra el fútbol puertas adentro no nació con Thatcher, sino que tiene un antecedente de hace un siglo que vale la pena recuperar, sin ánimos conciliatorios, en el espíritu imperante de remitirse al mundo-del-fútbol (y recordar, una vez más, que no se puede). Este pecado original también estuvo atravesado por el belicismo, por las muertes, por los cuerpos, por la enemistad entre naciones y los intereses de clase.

Para Margaret Thatcher, la usurpadora, la rival todoterreno, los soldados de Malvinas y los mineros británicos eran enemigos difíciles de jerarquizar. Quizás los midió en tiempo: se consolidó venciendo a los primeros para juntar la fuerza necesaria y quebrar a los segundos

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Con pólvora en las manos y una pelota en los pies

Fue durante la Primera Guerra Mundial. Cuando casi un millón y medio de inglesas fueron empujadas al mundo laboral para sostener la producción armamentística y mantener las máquinas funcionando, mientras los hombres eran arrastrados a las trincheras. Sacarse el delantal, ponerse el overol. Poblar las fábricas.

Cientos de miles fueron empleadas en las fábricas de municiones. Muchas eran muy jóvenes, de extracción humilde. Se las conoce, todavía hoy, como munitionettes. A algunas, por el tono amarillento que tomaban su piel y su pelo ante el prolongado contacto con el TNT y otras sustancias tóxicas, les quedó otro nombre: canary girls o “chicas canario”.

Para evitar que las duras condiciones de trabajo –sueldos bajos, exposición constante a explosiones e intoxicaciones– frenaran la producción, las compañías armaron torneos de fútbol. En la fábrica Dick, Kerr & Co., ubicada en Preston, las chicas armaron su propio equipo: las Dick, Kerr’s Ladies F.C.

Además de ganarle a sus compañeros –que cobraban más que ellas–, se enfrentaron a otros equipos fabriles y profesionales. Como la Liga Masculina se encontraba suspendida, su popularidad creció de inmediato. El conjunto se convirtió en el mayor fenómeno deportivo de la posguerra inglesa: pasaron de jugar ante 10 mil personas en Deepdale en 1917, a reventar las tribunas de Goodison Park en el Boxing Day de 1920 con más de 46 mil espectadores.

Cuando la contienda estaba terminando, los empresarios buscaron deshacerse de la fuerza de trabajo femenina. Con el apoyo de dirigentes sindicales y del propio gobierno, tomó fuerza un discurso oficial que elogiaba la maternidad y pregonaba el retorno de la mujer al hogar. En ese contexto, muchos equipos se disolvieron. Pero no Dick, Kerr’s Ladies F.C. En 1920, recibieron a un equipo francés en una serie de partidos que atrajo multitudes. Uno de los besos iniciales entre las capitanas fue tema recurrente durante semanas. Las munitionettes seguían desafiando.

El quiebre definitivo para el equipo llegó en 1921, año de grandes protestas mineras, cuando la aparente paz social del período de guerra fue dinamitada. Las minas habían vuelto a manos privadas y los patrones avanzaron con brutales recortes salariales y jornadas más largas. Hijas de barrios obreros –y muchas, como Alice Woods, de familia minera–, las jugadoras de Dick, Kerr’s Ladies comenzaron una campaña en favor de los huelguistas y destinaron lo recolectado en las taquillas de sus partidos a sostener la lucha obrera.

El gobierno de la Dama de Hierro intentó imponer una Ley de Espectadores que exigía carnés de identidad obligatorios para entrar a las canchas. Los hinchas eran criminales en potencia

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Luego de tres meses de paro y movilización, los mineros, como postales del futuro, fueron derrotados. La Asociación de Fútbol (FA) no dejó pasar aquella muestra de solidaridad política. El 5 de diciembre de 1921, votó una resolución que impedía a los clubes afiliados ceder sus canchas para partidos femeninos. El argumento fue sanitario y moral: el fútbol era “bastante inadecuado para mujeres”, por perjudicar su salud en general y reproductiva en particular.

Reconocidos médicos –que nada habían dicho sobre la anemia, la insuficiencia hepática o la infertilidad producto del trabajo fabril– arguyeron que el deporte era “muy brusco para la contextura femenina” y que causaba lesiones y deformidades. La doctora Mary Lowry, invitada por el equipo a ver un partido, replicó: “Por lo que he visto, el fútbol no parece capaz de causar más lesiones que un día de limpieza intenso”.

Las Dick, Kerr’s Ladies F.C. siguieron jugando en campos no afiliados y en el extranjero, ejecutando su venganza. Algunas atletas cobraron una gran fama, como Lily Parr, zurda infalible, fumadora, goleadora y, posteriormente, ícono de la disidencia sexual.

En 1970, la Asociación de Fútbol rescindió formalmente la resolución de 1921 y al año siguiente permitió otra vez el uso de canchas afiliadas y árbitros registrados para partidos femeninos. Recién en febrero de 2008, la federación pediría perdón por aquel medio siglo de expulsión.

La historia y la pasión

Johnny Marr, guitarrista de The Smiths de ascendencia irlandesa, creció nació en un suburbio pobre de Manchester. Su adolescencia fue de escasez, desempleo. No future, salvo por la pelota –se probó en el Manchester City y recibió una propuesta para unirse al Nottingham Forest– y la música. La camiseta inglesa todavía tiene el tinte amarillo de las obreras, la sonoridad de los artistas de los barrios bajos, el rojo de la sangre de los hinchas, el hollín de las fábricas.

El football y el fútbol. De un lado y del otro, la previa se carga de deudas, alegrías, enojos y reclamos. En vísperas de un nuevo enfrentamiento entre ingleses y argentinos –los que saltamos de la cuna hasta el cajón–, una pelota como aquella que las munitionettes se negaron abandonar y que fue nuestra en el Mundial de México espera nerviosa, impredecible.

Ojalá esté hinchando por la celeste y blanca.

La pelota no se mancha