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23 de julio 2021

Sofia Fernández

EL FUEGO ESTÁ DESPUÉS

Tiempo de lectura: 5 minutos

“Hombre, que te miras en las aguas para ver quién sos

Mírame si quieres verte, porque imagen mía sos”

El humo tiene una forma abrupta de invadir cualquier espacio. Amargo. Imbatible. Así fue en 2020 y así es ahora.

Juan José Saer una vez escribió que en la llanura se está “siempre en el interior de una semiesfera, en el centro exacto de la base, bajo la bóveda celeste que es como una pantalla en la que va apareciendo un espectáculo cambiante, abstracto, la luna, el sol, las estrellas y las nubes, hasta que algún capricho vagamente figurativo la borronea, como la forma de una nube, un pájaro o una bandada de pájaros”.

Rosario y su área metropolitana se levantan en pleno humedal, a orillas del Paraná, y rodeadas de cursos de agua en un escenario de amplia biodiversidad. A los hombres y las mujeres de la ciudad esa bóveda celeste saeriana les fue robada por espesas columnas de humo que borraron el horizonte largas noches y largos días durante todo un año. El río se llenó de cenizas, animales murieron intentando escapar de las llamas e isleños trataron vanamente de proteger sus pertenencias, mientras otros ríos, hechos de información en vez de agua, inundaron las redes, los diarios, y la televisión,

Una y otra vez se vuelve a prender la llama del otro lado del charco. ¿Después de qué vino este fuego? ¿Qué haremos con las cenizas?

Entre la Pampa y Nordelta

Las quemas para la renovación de pasturas es una práctica isleña ancestral. Pero durante el 2020 adquirió magnitudes impensadas, alcanzando a 350.000 hectáreas. Una mancha marrón se extiende ahora donde antes había verde. En lo que va de este año se quemó todavía más superficie.

Ya había pasado durante la década pasada, señalada como un mojón por los ambientalistas. El Puente Rosario-Victoria, que se inauguró en 2005, facilitó la llegada de mayor cantidad de ganado a las islas. Considerados “viciosos” por el Mercado, los terrenos isleros necesitan de quemas constantes para garantizar la comida de las vacas.

A este fenómeno, se le suma el de la seca. Esta nota se escribe mientras el río Paraná cuenta con un caudal de 22 centímetros. Lo normal es que cuente con 3 metros. Es una de las peores bajantes de la historia, como consecuencia, entre otras cosas, de la falta de lluvias que azota a Brasil. Falta de lluvia que a su vez se explica por las quemas en la selva paranaense y en el Amazonas. Círculos viciosos del Mercado.

Explotación ganadera exacerbada y una sequía histórica: un combo fulminante para el humedal. Y encima el humano mete mano y empeora todo: “La de las islas son tierras inundables, esa es una de sus principales características y funciones. Sumergirse para regular la cantidad de agua en otras partes y evitar inundaciones” explica Ivo Peruggino, de la Multisectorial por los Humedales. “Pero esta función se anula al convertir las islas en una pampa y levantar terraplenes que desregularizan el curso normal del río”.

La construcción de terraplenes, algo inédito en estos pagos, fue, doscientos kilómetros más al sur, un hito en la guerra entre Mercado y Naturaleza. El exclusivo gueto de Nordelta pudo así instalarse sobre 10.000 hectáreas de humedal. Afectada la capacidad de absorción de agua, localidades vecinas sufrieron sucesivas inundaciones. Como en todo, acá también existe inequidad a la hora de pagar la boleta del costo ambiental.

"Las quemas para la renovación de pasturas es una práctica isleña ancestral. Pero durante el 2020 adquirió magnitudes impensadas, alcanzando a 350.000 hectáreas. Una mancha marrón se extiende ahora donde antes había verde. En lo que va de este año se quemó todavía más superficie."

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Aquellos mismos intereses mezquinos ahora miran hacia acá. A finales del mes de mayo, distintas organizaciones denunciaron el mal manejo de las tierras fiscales en las islas “Los Mástiles”, ubicadas a la altura de las ciudades de Granadero Baigorria y Capitán Bermúdez.

Entre otras cosas, señalan la venta de hectáreas pertenecientes a la localidad bermudense, la ocupación de los terrenos lindantes al parador Puerto Pirata, donde se construyó una cabaña de lujo, la aparición de carteles de “Propiedad privada” en el Canal del Kayakista, y la advertencia que se corrió “de boca en boca” de que esos terrenos ya tienen un dueño.

Vengo de donde hay un río

Los humedales, como seguramente el lector ya ha escuchado y leído, tienen una función fundamental. Perdón por repetir pero así lo recordarán: el humedal es parte de nosotros. Y es fundamental para regular, preservar y limpiar el agua dulce.

Estas tierras inundables representan un cuarto del territorio nacional, y el nuestro es el quinto delta más grande del mundo. También ostentamos otro récord, menos célebre: la ley de presupuestos mínimos que busca preservar los humedales padeció más de dos encajonamientos. La última vez que se trató fue el año pasado y, casualidad o no tanto, volvió a trabarse en la Comisión de Agricultura y Ganadería de la Cámara de Diputados. Mientras tanto, se publicaba un informe del Banco Mundial que asegura que paliar los daños producidos por las inundaciones le cuesta al país más de un 0,6% de lo que produce.

Entonces ¿a quién le conviene seguir con este sistema? El periodista del Cordón Industrial e integrante del Movimiento Regional en defensa de los humedales, Germán Mangione, ensaya una respuesta: “En un modelo como el nuestro que depende directamente de los compradores extranjeros, el afuera determina lo que está pasando adentro” Y retruca: “La solución ya dejó de ser el desarrollo de la agricultura extensiva como la conocemos. Cada vez es menos rentable, porque mantener los suelos cuesta cada vez más. En el corto plazo resuelve pero a la larga, generará más costos”.

El desarrollo económico ilimitado al que nos invita el capitalismo global con su demanda cada vez mayor de materias primas y bienes de consumo, y el ambiente finito en el que vivimos y que ya nos demostró que llegó a su punto de no retorno, están viviendo hoy por hoy el momento más álgido de su conflictiva relación. No hay más changüí, diría un isleño.

Después del fuego

Sabiendo que en toda crisis siempre hay ganadores y perdedores ¿De qué lado quedará nuestra provincia y sobre todo nuestra región? ¿Gana o pierde Santa Fe en una Argentina supermercado del mundo?

Maristella Svampa y Enrique Viale, en el libro “El colapso ecológico ya llegó”, afirman que “incluso en sectores progresistas parece haberse instalado una suerte de indiferencia, cuando no de pereza intelectual muy funcional a la crisis del modelo, que por un lado tiende a aceptar el cuestionamiento y la crítica a los modelos de desarrollo actuales, pero, por el otro, sin mediaciones ni argumentaciones sólidas, sostiene y repite como un mantra que el problema es que “no existen otras alternativas”.

Svampa, cientos de hectáreas quemadas antes, había ya advertido sobre el “analfabetismo ambiental” por parte de los políticos. Esa idea se hace patente cuando se ve que en Santa Fe, en Chubut, en Catamarca, en Mendoza, se levantan pueblos enteros, con más voluntarismo que eficacia, negándose a pagar los platos rotos de una cena a la que nunca fueron invitados, mientras la clase dirigente y los medios hegemónicos, “felices en su ignorancia”, miran para otro lado.

"Estas tierras inundables representan un cuarto del territorio nacional, y el nuestro es el quinto delta más grande del mundo. También ostentamos otro récord, menos célebre: la ley de presupuestos mínimos que busca preservar los humedales padeció más de dos encajonamientos."

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“Siempre se usaron las clasificaciones para dividirnos. Entendemos que el país necesita producir, pero se puede producir de otra forma. Se necesita un cambio de paradigma que vire hacia la agroecología” sostiene Peruggino, y Mangione, sincerandose, agrega: “No sabemos cuál es el camino, pero sí se sabe que este no es. Tiene que existir la posibilidad de producir de otra manera.”.

Y es que falta todavía un discurso vertebrador, una praxis común que combine postulados de la justicia ambiental con los de la justicia social, hasta que se entienda de una vez por todas que no hay avance posible para el bienestar de la Nación si desaparece el territorio sobre el cual se esgrimen esos deseos.

“Mañana es tarde” dijo Fidel Castro ayer nomás, en 1992, cuando en pleno auge del capitalismo financiero internacional llamó a los responsables a hacerse cargo de la deuda ecológica. Hoy ya es ese mañana. Esperemos que el Comandante, por una vez, se haya equivocado.

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