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11 de septiembre 2021

Martín Schapiro

EL FIN DEL PRINCIPIO

Tiempo de lectura: 6 minutos

El 8 de diciembre de 1991 se anunció oficialmente la disolución de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas tras el anuncio conjunto de sus tres Repúblicas fundadoras, Rusia, Ucrania y Bielorrusia. La Guerra Fría, tal vez la conflagración más peligrosa de la historia humana, por ser la primera en la que la supervivencia misma de la especie estuvo en riesgo, armamento nuclear mediante, y quizás por eso mismo, la única de las grandes rivalidades en los últimos dos siglos que no decantó en una guerra abierta, se había terminado. Los Estados Unidos habían ganado.

El declamado “Fin de la Historia”, de aquel artículo y luego libro de Francis Fukuyama, la teórica realización del absoluto hegeliano en el modelo político occidental marcaron una época en la que, al menos desde la perspectiva del sueño americano, la democracia y el capitalismo, todo era posible o, cuanto menos, narrable.

Al final de la Guerra Fría no sólo se había derrotado al comunismo, sino que se habían borrado las principales fronteras de política interna de los países. Los debates, hacia adelante, serían sobre cuestiones sociales, morales y de costumbres. Bill Clinton y Tony Blair personificaron como nadie aquella idea. Tras los gobiernos altamente divisivos de Margareth Thatcher y Ronald Reagan, la llegada de dirigentes de los espacios progresistas no operó como vuelta atrás sino como consolidación de un modelo de servicios privados, comercio abierto, empleos flexibles, y  empresas multinacionales sin patria pero con bandera. A lo largo del mundo, el fenómeno sería replicado en distintas formas por partidos socialdemócratas o movimientos populares que, otrora abanderados en banderas nacionalistas, estatistas o distribucionistas, lideraron los procesos de privatización, concentración y globalización que, en un acierto de la geografía, dieron en llamarse “Consenso de Washington”.

Al final de la Guerra Fría no sólo se había derrotado al comunismo, sino que se habían borrado las principales fronteras de política interna de los países. Los debates, hacia adelante, serían sobre cuestiones sociales, morales y de costumbres.

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Si bien no hay poder imperial que no se justifique a sí mismo como tal ante sus ciudadanos, el poder imperial de aquellos Estados Unidos se distinguió de sus antecesores en narrar su propia justificación al mundo entero y esperar de aquel una respuesta afirmativa. Ingenuo como suena, aquello funcionó, al menos hasta cierto punto. La caída soviética dio inicio a un proceso de expansión de la OTAN y la Unión Europea hacia el este, penetrando con promesas de libertad y prosperidad  incluso la vieja frontera soviética, que encontró en el acompañamiento entusiasta de polacos, estonios o húngaros una intersección entre lo inevitable y lo deseable.

La guerra también encontró su modo de adaptarse al nuevo lenguaje. En el seno de Europa, y con la OTAN como protagonista, Yugoslavia se desmembró en nombre de los valores triunfantes. Las masacres de musulmanes bosnios y kosovares habilitaron intervenciones directas, relativamente breves y exitosas, en las que los derechos humanos y la “responsabilidad de proteger” operaron como justificación de una acción militar externa que ya no tenía a nadie capaz de resistirla. Karadzic, Mladic o Milosevic eran villanos obvios y convenientes, a la vez que absolutamente impotentes frente a los F-16.

A tono con aquel tiempo en que ningún límite se suponía hecho para durar y el triunfo de la pax americana aparecía, a su vez, global y al alcance, el optimismo alcanzó incluso a la China en la que sobrevivía el Partido Comunista. La devolución de Hong Kong por el Reino Unido, y la habilitación de su ingreso a la Organización Mundial de Comercio a partir de una ley del Congreso de los Estados Unidos no eran sino ladrillos para la construcción de la idea de que, con el capitalismo, vendrían el liberalismo y la democracia.

Si bien no hay poder imperial que no se justifique a sí mismo como tal ante sus ciudadanos, el poder imperial de aquellos Estados Unidos se distinguió de sus antecesores en narrar su propia justificación al mundo entero y esperar de aquel una respuesta afirmativa

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Si los atentados del 11 de septiembre del 2001 golpearon, en términos históricos, muy por encima de su peso real, las razones difícilmente puedan encontrarse en los propios ataques. Si bien es imposible subestimar el impacto de haber penetrado el precioso aislamiento geográfico que mantuvo a los Estados Unidos continentales a salvo de ataques severos en su territorio durante casi dos siglos, y golpear el corazón de Manhattan -la verdadera sede del Imperio-, generando un acontecimiento transmitido en vivo para la audiencia global de miles de millones de personas, el terrorismo -aún su versión más dañina y sofisticada- difícilmente hubiera tenido posibilidad de marcar seriamente el curso de la historia, de no haber sido por las certezas tóxicas de la década anterior, a las que se sumaron los sesgos políticos, económicos e ideológicos de la administración republicana encabezada por George W. Bush.

El último gran evento global con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas en existencia fue la primera Guerra del Golfo. Fue también el primer gran evento del nuevo tiempo.  George H. W. Bush la resolvió con las consideraciones típicas del período agonizante y no del nuevo. Mirando al balance de poder regional, decidió que no destituir a Saddam Hussein y terminar la guerra del lado de afuera de las puertas de Bagdad era la decisión más conveniente a los intereses estadounidenses. Así se hizo.

El último gran evento global con la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas en existencia fue la primera Guerra del Golfo. Fue también el primer gran evento del nuevo tiempo.  George H. W. Bush la resolvió con las consideraciones típicas del período agonizante y no del nuevo.

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Diez años más tarde, tras los atentados, con su hijo como presidente, aquellas precauciones fueron consideradas superfluas. Una superioridad militar ya sin ningún paralelo, la confianza en la superioridad y el alcance global de la democracia liberal occidental, y dosis cuya composición exacta jamás conoceremos de ideología, necesidades electorales, intereses del complejo militar-industrial y desorientación por el golpe recibido impulsaron la respuesta estadounidense.  Afganistán, con un régimen paria que había dado cobijo al autor intelectual de los ataques, fue una respuesta obvia y, quizás, inevitable. Irak, gobernado por uno de los villanos perennes de la década anterior, enemigo sanguinario que fungía de dictador en un país relativamente pequeño, a todas luces un exceso. El intento de justificar la guerra con la supuesta existencia de armas de destrucción masiva en las que nadie más o menos serio creía, y la obvia desconexión entre Saddam y los atentados convirtieron lo que fue una ola de solidaridad global con los Estados Unidos en el que fue el mayor golpe a su imagen global hasta la elección de Donald Trump. En perspectiva, sin embargo, las diferencias hasta en la legitimidad de origen de las guerras de respuesta dice poco sobre el muy similar cálculo estratégico con el que fueron concebidas.

Ni Irak ni Afganistán significaron en la guerra convencional grandes resistencias. La formidable maquinaria bélica estadounidense, con la ayuda de aliados más o menos prescindibles, funcionó adecuadamente. Bastaron unas pocas semanas para terminar con el emirato talibán en Kabul y la dictadura baazista en Irak. El problema, claro, es que no era ese el objetivo de la guerra. El gobierno republicano esperaba encontrar en Bagdad a sus polacos árabes, deseosos de democracia, bienestar y capitalismo, y de no hallarlo, construir en base a la superioridad objetiva de la democracia liberal un Lech Walesa iraquí que permitiera avanzar a un orden global verdadera, normativa y definitivamente estadounidense. De todas las razones que se presentaron para la guerra, además de los ataques, no creo que haya petróleo, gasoducto o recurso alguno, que se compare al sueño del príncipe de ser, a la vez, amado y temido. Un anhelo que sólo la borrachera de la victoria sobre el movimiento que había hecho un dogma del estudio científico del sentido de la historia podía hacer posible.

El gobierno republicano esperaba encontrar en Bagdad a sus polacos árabes, deseosos de democracia, bienestar y capitalismo, y de no hallarlo, construir en base a la superioridad objetiva de la democracia liberal un Lech Walesa iraquí

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Sería algunos años después, con Irak y Afganistán convertidos en pantanos, que la crisis financiera de 2008 y la elección de Donald Trump -o de Xi Jinping, a gusto del lector- terminarían de enterrar las certezas de la posguerra. Ni liberal, ni democrático, ni estable, el capitalismo que se consolidó como el único sistema posible empieza también a dejar de ser verdaderamente global, y se expresa en encarnaciones distintas y competitivas. Fue sin embargo aquel 11 de septiembre de 2001 el verdadero comienzo del final de aquel sueño de la razón que suponía posible decretar el fin de la historia y cobijar a todos, por su bien y, si fuera necesario, a punta de pistola, bajo una misma e inapelable bandera.

Dossier Los 20 del 11S | Dossiers

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