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06 de enero 2024

@julietahbf

EL FIN DE UN MUNDO

Tiempo de lectura: 7 minutos

Parece que la cosa empezó así: se cruzaron en el evento de una amiga en común y él le dio su tarjeta personal. Parece que siguió con un mensaje en un contestador automático (corría el año 1997): Hola Darío, soy María Gabriela, te llamaba para invitarte a mi cumpleaños. Luego, hora y lugar. Parece que fue un mensaje monocorde, no muy entusiasta. Era la primera vez que la estrella de rock María Gabriela Epumer se comunicaba, o intentaba comunicarse con Darío Lopérfido, por entonces ya funcionario público y a cargo de la Subsecretaría de Cultura de la Ciudad de Buenos Aires.

Lopérfido asistió a ese cumpleaños y llevó un regalo. Se enamoraron. Al tiempo él dijo que sabía de memoria sus posiciones con la guitarra y el largo de sus piernas; y ella dijo que la noche en que se conocieron él se había hecho el lindo; “llamame si necesitás algo”, contó, fue la línea que acompañó la tarjeta. Y Epumer llamó. Poco antes del primer año de novios se mudaron juntos. Tuvieron un gato, hablaron de hijos. Dijeron que estaban bien, que querían compartir más cosas. En alguna nota de esas épocas, ella declaró: “En casa él es Darío y punto. Tratamos de aprovechar las pocas horas que tenemos para vernos, porque justamente nuestros intereses son distintos, como nuestras vidas también lo son”. Esto era algo que ella encontraba virtuoso. En la Rolling Stone, en el 2000 (meses antes de terminar la relación), comentó: “¿Lo que más me gustó de Darío? Que era un poquito aparato. Yo lo vi como transparente, me gustaba que fuera tan distinto de mí. Hay que trabajarle el espíritu, porque para él todo es vida real. A veces llega con la Casa Rosada puesta en la cabeza, con todos los ministros encima como una peluca, y le digo sacate ese traje, andá a bañarte, le hago unos masajitos”. Ante esto mismo, él diría que la pasaba bien en los dos mundos, pero se sentía más contenido en el de María Gabriela: “Hay muchas cosas que me gustan más que la política. (…) Estoy en la política a plazo fijo; ésta es una etapa que se va a terminar y después, no sé, produciré espectáculos, escribiré obras de teatro, tendré un hijo con María…”.  Y aunque por esos años Lopérfido era de lo más eventero e iba a sus recitales, María Gabriela Epumer insistiría en aquello de las vidas disímiles poco tiempo después, ya separados: “Fue una bonita experiencia, pero éramos de mundos muy distintos”.

"Hola Darío, soy María Gabriela, te llamaba para invitarte a mi cumpleaños. Luego, hora y lugar.Era la primera vez que la estrella de rock María Gabriela Epumer se comunicaba, o intentaba comunicarse con Darío Lopérfido"

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Se podría pensar que, al tener amigos en común y ser ambos figuras de la cultura, hay cierto grado de engodamia; que ‘mundos muy distintos’ es otra cosa. Sin embargo, se la recuerda como una de las parejas más extrañas de nuestra farándula.

María Gabriela nació en Villa Devoto, en una familia de descendencia indígena y de músicos (su abuelo Juan fue guitarrista del tanguero Agustín Magaldi; su hermano Lito compone, desde siempre, jazz, rock y folclore y trabajó con Spinetta; su tía es Celeste Carballo). Se formó en piano, en ballet, en danza contemporánea y en guitarra. Adoró a Sandro desde muy temprano. Fundó, pisando los años ‘80, la banda Rouge, que en menos de dos años devendría Viudas e Hijos del Roque Enroll, junto a su amiga bajista Claudia Sinesi. Viudas es considerada la primera banda de rock nacional integrada por mujeres: María Gabriela en guitarra, composición y, junto a Mavy Díaz, voz; Sinesi en el bajo, Claudia Ruffinatti en los teclados y Andrea Álvarez en la batería. Después tocó con Fito Páez, con María Rosa Yorio, con Sandra Mihanovich; después con Spinetta, con Los Twist, después fue convocada por Charly.

Darío Lopérfido nació en Villa Urquiza. Es hijo de un ex trabajador gráfico y delegado gremial del diario La Razón, izquierdista sin partido, que fue despedido el 24 de marzo de 1976, día del último golpe militar en Argentina. En ese momento Darío tenía 16 y estaba en cuarto año. Llevaba el pelo bien largo que más adelante, cuando salió sorteado para la Colimba, se tuvo que cortar. Tras el despido de su padre abandonó sus estudios para trabajar como cadete en una agencia publicitaria y se empezó a interesar por ese universo. Le gustaba el cine y escuchaba a Led Zeppelin. Cursó unos años de abogacía a pesar de haber dejado el secundario incompleto (hay una ley que lo habilita para mayores de 30), y tampoco la terminó. Entró a la esfera pública a través de la UBA, a cargo del Centro Cultural Ricardo Rojas, como subsecretario de extensión. Trabajó como periodista cultural en revistas y radios, participó de muestras relacionadas con el erotismo en el espacio Babilonia por 1992 y finalmente fue Secretario de Cultura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires entre 1997 y 1999. Luego dirigió el Festival Internacional de Cine Independiente (BAFICI). Con De La Rúa pasó a Secretario de Cultura y Comunicación de la Nación (con rango de Ministro) y más adelante, ya con Mauricio Macri en CABA −cuya candidatura a presidente respaldó−, tuvo el cargo de director general y artístico del Teatro Colón.

"En la Rolling Stone, en el 2000 (meses antes de terminar la relación), comentó: '¿Lo que más me gustó de Darío? Que era un poquito aparato. Yo lo vi como transparente, me gustaba que fuera tan distinto de mí. Hay que trabajarle el espíritu"

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El arco narrativo que completó Lopérfido no hace falta imaginarlo: todos los 24 de marzo se reviven sus entredichos con el escritor Martín Kohan respecto de si fueron o no 30.000 los secuestrados y desaparecidos durante la dictadura; entredichos que en realidad son la secuela de declaraciones que el funcionario hizo en 2016 a Edi Zunino y Luis Majul, cuando expresó que la cifra real rondaba los 8.000, pero que se arregló ese otro número en una mesa cerrada para conseguir subsidios. Esto, por supuesto, le valió reacciones, escraches y el pedido de su renuncia.

De Epumer, como falleció hace 20 años, nos queda intuir. Aunque algunas cosas se saben, por ejemplo esto que salió en Página/12 el día de su muerte: “No estaba dispuesta a hacer otra música que no fuera la que saliese de su sensibilidad. El día que Spinetta le dijo que le había encantado su versión de “Canción para los días de la vida”, no paraba de saltar de alegría. Lo mismo sentía por dentro cuando Charly tocaba con ella “Ah, te vi entre las luces” (…) Amaba a sus padres, acostumbrados a mezclarse en sus cumpleaños con una fauna que debía parecerles estrambótica, pero querible. No tenía enemigos en la Tierra”.

Esto último para mí es lo más resonante.

Se podría pensar, decía, que ‘mundos distintos’ es otra cosa. Una vez escuché que hay personas que son un mundo, que lo contienen, y quien lo dijo puso de ejemplo a Leonardo Favio. Es posible que en esa lista esté también María Gabriela Epumer. Pero quizás ‘mundos distintos’ fue la etiqueta más sencilla para explicar a la prensa el porqué de la separación, dado que volvían de un viaje juntos, vivían juntos, habían dicho que planeaban casarse y, claro, la noticia resultó sorpresiva.

"Una vez escuché que hay personas que son un mundo, que lo contienen, y quien lo dijo puso de ejemplo a Leonardo Favio. Es posible que en esa lista esté también María Gabriela Epumer. Pero quizás ‘mundos distintos’ fue la etiqueta más sencilla para explicar a la prensa el porqué de la separación, dado que volvían de un viaje juntos, vivían juntos, habían dicho que planeaban casarse y, claro, la noticia resultó sorpresiva."

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Supongamos que es cierto, o que para ellos era cierto (lo que, en definitiva, lo hace cierto) y que eso fue lo que los desunió. Es curioso ese fenómeno que, ya ampliando el plano, parece repetirse de forma más o menos directa en muchas parejas: aquello que enamoró ahora separa. Lo que daba gracia o simpatía ahora cansa. Lo que parecía único ahora resulta más de lo mismo. Es imposible ir contra la naturaleza de algunas sensaciones porque son cosas vivas y, como tales, mutan; quizás a mayor velocidad que la mente y el cuerpo. Cómo se hace entonces para no estar permanentemente corriendo detrás. Cómo se hace incluso para dejarlas ir de forma pacífica, decidir que ya está, que uno no va a hacer esfuerzo por perseguirlas, cazarlas y darles otra forma. Que basta de pensar. Quizás alcance con convencerse, moldear una cálida excusa que sirva para dormir tranquilos de noche sin rumiar las posibilidades que no se exploraron. Una simple, olvidadiza, sobrevolada, como “éramos de mundos muy distintos”.

Hay algo que yo repito mucho. No sé si aplica a todas las parejas, no sé ni siquiera si aplica a esta, pero: hay que ser valiente para separarse. Me pregunto si ellos lo sintieron así; si Lopérfido quiso revisitar de alguna manera y alguna vez ese mundo que fue Epumer o si le quedó demasiado lejos. Me pregunto si trabajó sobre su espíritu y su tanta vida real. Si extraña tener esa idea, esa posibilidad cerca.

"Hay algo que yo repito mucho. No sé si aplica a todas las parejas, no sé ni siquiera si aplica a esta, pero: hay que ser valiente para separarse. Me pregunto si ellos lo sintieron así"

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En 2004, después de un noviazgo con la periodista y política Gisela Marziotta, se casó con Esmeralda Mitre, actriz y heredera, chozna de un expresidente de la Nación y fundador del diario homónimo. En 2018 se divorciaron y al año él tuvo un hijo con otra mujer, una ex empleada del teatro, una desconocida (para la prensa, digo) de nombre inglés y doble apellido. Antes de todo aquello, a mediados de 2003, a María Gabriela Epumer le falló el corazón y murió de una miocarditis virósica. Primero hubo rumores de sobredosis que después se esclarecieron, aunque esas manchas nunca salen del todo. Cuando anunciaron su fallecimiento, dos o tres medios rememoraron aquel romance con el funcionario, y alguno dijo que era lo que la había hecho “romper su apego con el bajo perfil”. Al momento de morir ella tenía un novio, también desconocido. Al final, por separado y con matices, los dos eligieron algo de lo mismo. Tipos de mundo más −me sale decir, aunque sospecho que no es la palabra ideal− llevaderos.

A veces se intenta huir por ahí. O refugiarse. A veces es un mundo muy preciado ese, el anonimato.

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