19 de julio de 2026
El domingo pasado fui a misa para acompañar una ceremonia familiar. La lectura del día era del Evangelio de Juan, Jesús dice “Yo soy el Buen Pastor” -Jesús se define como un trabajador-. Y agrega algo decisivo: “el Buen pastor da la vida por sus ovejas”. Da la vida por su rebaño. Da la vida, también, por su trabajo.
Tres semanas después de la Pascua, la Iglesia celebra la fiesta del Buen Pastor.
Esta figura estuvo ahí desde el comienzo, antes incluso de la Cruz. En las catacumbas de Roma, donde los primeros cristianos conservaban su fe, rezaban, se escondían, sepultaban a sus muertos en silencio, lo que pintaban en las paredes no era la cruz: era a Cristo cargando una oveja sobre los hombros. Esa fue, durante los primeros siglos, la imagen central de la fe.
Antes de los grandes conflictos doctrinales, antes de los grandes templos, la primera generación cristiana recordaba a Jesús así: como un trabajador, como un pastor que cuida ovejas.
Cuidar de otros es la forma más antigua del trabajo humano. Antes de la herramienta y antes del taller, alguien cuidaba la tribu y el rebaño.
Francisco lo dijo con una imagen que se nos grabó a fuego: el pastor con olor a oveja. Cuidar a otros deja marca, ensucia las manos, requiere proximidad. No hay pastoreo a distancia. No hay cuidado por delegación. El que pastorea está cerca, conoce a los suyos. Sabe sus nombres. Tener a alguien a cargo es hacerse cargo. Testimonialidad.
Cuidar a otros deja marca, ensucia las manos, requiere proximidad. No hay pastoreo a distancia. No hay cuidado por delegación. El que pastorea está cerca, conoce a los suyos. Sabe sus nombres. Tener a alguien a cargo es hacerse cargo.
El trabajo: “LA” clave
Pablo VI lo había escrito hace casi sesenta años en Populorum Progressio: en economía, el desarrollo es más que el crecimiento. La doctrina social, desde entonces, viene enseñando que el trabajo es la clave esencial de la cuestión social.
Francisco recogió esa herencia la actualizó dos veces, con dos tríadas.
La primera tríada es recogida por los movimientos populares: Tierra, Techo y Trabajo. Los tres bienes mínimos, sin los cuales no hay vida digna posible.
La segunda tríada es menos conocida. A lo mejor porque vino después, cuando la papamanía se había enfriado. A lo mejor porque es mucho más compleja, porque no habla de derechos, sino que enmarca la situación actual.
La pronunció en noviembre de 2017, en un encuentro de organizaciones sindicales en el Vaticano: Trabajo, Tiempo y Tecnología. Es la tríada de la cuarta revolución industrial. La rapidación —así la llamó Francisco— acelera todo, aplasta el tiempo de la persona, vuelve obsoleto al que ayer era productivo. La tecnología, que puede ser bendición, se vuelve dominio cuando la maneja un paradigma de poder y manipulación. El trabajo, en ese cruce, es el que paga el precio.
Hay una palabra en griego que indica qué es lo que nos protege frente a esa rapidación. Syn-dike: “justicia juntos”. Traducido es “sindicato”. Es bello que en su nombre lleve una idea entera de civilización. Hacer justicia, sí, y hacerla con otros.
Un Papa de la periferia soviética, Karol Wojtyła, acompañó desde Roma la transición de un mundo. Solidarność —el nombre del sindicato polaco— fue una palabra que primereo en la geopolítica del siglo XX. Hoy, con un Papa que vivió muchos años en la periferia estadounidense se abre otra transición. La hegemonía del globalismo financiero cruje, el gigante asiático avanza sin prisa y sin piedad, los pueblos buscan respuestas. León, al elegir su nombre para pastorear, vinculo esa identidad con un origen y destino: El papa León XIII, con la histórica Encíclica Rerum novarum en 1891, afrontó la cuestión social en el contexto de la primera gran revolución industrial.
Hoy la Iglesia ofrece a todos, su patrimonio de doctrina social para responder a otra revolución industrial y a los desarrollos de la inteligencia artificial, que comportan nuevos desafíos en la defensa de la dignidad humana, de la justicia y el trabajo.
Un Papa de la periferia soviética, Karol Wojtyła, acompañó desde Roma la transición de un mundo. Solidarność —el nombre del sindicato polaco— fue una palabra que primereo en la geopolítica del siglo XX. Hoy, con un Papa que vivió muchos años en la periferia estadounidense se abre otra transición
Una sola clase de hombres
La frase, ya gastada de tanto uso, suena simple, casi obvia, hasta que uno se detiene a pensar lo que afirma. Que el trabajo une, que el trabajo es la condición compartida desde la cual se construye humanidad. Por eso es una frase profundamente humanista, profundamente cristiana, y por eso pudo ser, también, profundamente argentina.
Hoy, cuando en el país vuelven por enésima vez los cantos de sirena de la apertura financiera, la deuda externa, la desindustrialización, y el dogma de que el mercado se autorregula y la sociedad se acomoda, algo en esa sentencia del General nos convoca.
Una sola clase de hombres: los que trabajan. La estructura del problema es la misma. La deshumanización avanza, con una reforma laboral que se presenta como modernización. La pregunta correcta es qué se moderniza y para quién.
Hasta en su sonoridad, la rapidación se parece demasiado a lapidación y a rapiña.
Pero es en este escenario donde surge una hendija de esperanza. La CGT viene cumpliendo un rol fundamental. Frente a la reforma laboral en curso, hay un triple freno que ordena la respuesta.
El primero es el freno judicial: el respaldo en la legislación nacional vigente, el respeto a los poderes republicanos, la discusión con los argumentos del Poder Ejecutivo, la aceptación de las votaciones del Legislativo, el recurso a la inconsistencia jurídica cuando aparece. No es obstruccionismo. Es ejercicio cívico.

El segundo es el freno en la calle, que también es ejercicio cívico. La CGT es hoy la fuerza viva de la comunidad nacional con capacidad real de ganar la calle. De tener iniciativa, incluso en clima de repliegue. Esa capacidad es un patrimonio cívico que el conjunto del país necesita.
El tercero es el freno en la política. En la política con P mayúscula, esa que discute en serio el rol del trabajo en un modelo de país. La política muchas veces muestra la hilacha cuando exige el paro general y les arroga a los trabajadores resolver los problemas que antes ellos no pudieron, no supieron o no quisieron resolver.
Tres frenos que son tres formas de un mismo gesto: rehabilitar la política como construcción colectiva. Sin la organización sindical en el centro, esa rehabilitación no ocurre. Columna vertebral supo decírsele, tal vez porque se lo supo conducir, se lo supo pastorear.
Parafraseando: para pastorear a un pueblo la primera condición es que uno haya salido del pueblo, que sienta y piense como el pueblo.
Rehabilitar la política como construcción colectiva. Sin la organización sindical en el centro, esa rehabilitación no ocurre. Columna vertebral supo decírsele, tal vez porque se lo supo conducir, se lo supo pastorear.
Padre del Buen Pastor
San José Obrero no escribió libros, no hizo discursos, no fundó institutos. Trabajó. En silencio, con sus manos, sostuvo una familia y crio a un hijo. Ese hijo, después, eligió presentarse al mundo como pastor.
Carpintero el padre, pastor el hijo. Dos formas del trabajo, las dos enteras. La tradición cristiana sostuvo en su memoria, durante siglos, esas dos imágenes humildes —el oficio y el cuidado— como las primeras imágenes de lo divino.
La fecha civil del 1 °de mayo viene de Chicago, 1886. Una conquista universal del movimiento obrero. La fecha religiosa la fijó el papa Pío XII en 1955, al instituir la celebración litúrgica de San José Obrero. No fue una jugada decorativa. Fue una manera de decir que el trabajo no se reduce solo a una conquista material —aunque también sea eso—, sino que tiene una raíz más honda: la persona que trabaja colabora con la creación cada vez que pone manos a la obra.
Las dos fechas se necesitan. La primera sin la segunda se vuelve mera reivindicación. La segunda sin la primera se vuelve abstracción piadosa. Juntas dicen lo que es: que el trabajo es la forma más común que tiene la humanidad de cooperar consigo misma.
Entre la fiesta del Buen Pastor y este 1° de mayo, afirmamos nuestra convicción tan vieja como Nazaret y tan nueva como cada amanecer, de que el trabajo no es una mercancía. Es la forma más común que tiene la humanidad de hacerse, juntos, un mismo rebaño. La unión hace a la fuerza, mejor si se hace como trabajadores organizados en sindicatos.
Syn-dike. Justicia juntos.




