21 de julio de 2026
Uno
En el último libro de Lila Siegrist conviven dos cualidades: brevedad y estilo. El formato elegido, novela corta de ochenta y ocho páginas distribuidas en ocho capítulos (contabilizando el Estertor final), le permite a la narradora utilizar una de las características que Ricardo Piglia tradujo de Ernest Hemingway en sus Once tesis sobre el cuento: “un cuento siempre cuenta dos historias”.
Parafraseando esta tesis, se podría decir que Debilidad Humana (Ed. Mansalva, 2025), novela corta, cuenta dos historias: por un lado, la historia de India, una joven nacida en la alcurnia litoraleña de la ciudad de Victoria que pasa, bajo la potencia emancipadora del autodidactismo y la energía vital del no-talento, por distintos trabajos a lo largo de su vida. Todo ese periplo se dará en un lapso de tiempo histórico que va desde comienzos de los 90’ hasta la actualidad.
Entre los vaivenes del oficio que vive esta chica solícita, diligente, apasionada “por los libros y la rosca”, que sabe andar a caballo y usar computadora, apreciar un Butler y admirar las flores de un Ibirapitá, se da a conocer, en una segunda trama, un tipo de entendimiento estético-político de una generación: esa que nació entre el final de la dictadura y el principio de la democracia, gente común que al día de hoy ronda los cuarenta y pico de años.
Hija de padres setentistas, India ve con sus ojos la transición y profundización de la derrota, esa que Silvia Schwarzböck en su libro Los espantos no la narra como democracia sino como post-dictadura. India crece y adolece en los 90’, década atravesada por la clandestinidad, ya no como forma de militancia o de ejercicio de la fuerza represiva por parte del Estado, sino como forma de estado mental, de pensamiento.
En Debilidad Humana se narra la metodología hermenéutica y paranoica que heredó la generación de India para entender la política. Por eso, mientras en primera instancia se cuenta la historia de India, en el bajofondo la novela atraviesa y narra el ocultismo puesto en práctica de la realpolitik argentina post-dictadura. Donde los acuerdos para llevar a cabo una importante obra pública nacional (un puente que une dos provincias por encima de un río) no se celebra, en primera instancia, en una oficina estatal, y los fondos para realizarla no se gestionan, archívese, mediante la burocracia de las arcas público-privadas.
La política, como en los setenta, se sigue haciendo a la sombra, solo que ahora los puntos de encuentro clandestinos son las casas quintas con aire acondicionado del poder local y el dinero, como la información, se encanuta en cajas fuertes, se mueve en sobres y viaja a toda velocidad en una moto de baja cilindrada.
Dos
Si la brevedad narrativa es la que le permite a Siegrist narrar de forma sencilla y profunda dos historias al mismo tiempo, es el estilo que le impone a la novela el que provoca el ritmo particular, su tono. Las influencias de esa música que se escucha entre las palabras se puede rastrear en otro gran libro de Ricardo Piglia titulado Las tres vanguardias, donde el crítico argentino da, a través del análisis de la obra de tres escritores no canónicos pero sí influyentes (Saer, Puig y Walsh), su lectura post-vanguardista del estado de la ficción argentina de los noventa en adelante. De algún modo, Debilidad Humana revitaliza y sintetiza varias características de esos tres escritores argentinos.

En primer lugar, no se puede obviar la geolocalización litoraleña que emparenta la textura del primer tramo de esta novela con la zona saeriana donde la experiencia del lenguaje está atravesada por el paisaje donde la lengua se monta. En segundo lugar, son las referencias culturales, las formas visuales de narrar una familia en su disfunción, la picaresca social, la exploración de la intimidad política y la inclusión de elementos populares en la novela, propios de Puig los que le dan a la textualidad de esta obra la posibilidad de construir su propia subjetividad, el fotograma propio de la autora. En tercer lugar, aunque la novela no esté en primera persona, ni tampoco sea propia del género de la no-ficción (aunque tenga recursos de este), en ciertos tramos adquiere la potencia de un testimonio estético contra el establishment, y todo testimonio contra la concentración de poder, como Walsh lo inauguró en su escritura, es una forma de contar la verdad a través de la mentira, del arte de contar lo que la política tiene en sus manos.
La literatura de Siegrist se constituye bajo una tradición y una herencia. Debilidad Humana es una novela que se hace cargo de sí misma, de lo que la constituye. Es una novela que sabe angustiarse bajo el entorno de sus ancestros y dando lugar a los fantasmas. Hay un bonus por fuera del canon, donde aparece el fantasma de la escritura post-alfonsinista del Turco Asís, utilizando, en la construcción de los nombres de los personajes sus apodos o disposiciones sociales en mayúsculas. Por ejemplo: “el Ingeniero”, “el Abogado” y “el Turco”. Algo que también sucede en Saer, como lo de nombrar al peón de la estancia con el apellido (Quiroga) y a la empleada doméstica con el nombre (Ofelia), pero que es una marca registrada del estilo porteño construido por Roberto Arlt en los 30’ y mejorado por Asís como máquina nomencladora. En fin, la literatura de Siegrist sabe respetar al canon y también a quienes quedaron afuera.
La política, como en los setenta, se sigue haciendo a la sombra, solo que ahora los puntos de encuentro clandestinos son las casas quintas con aire acondicionado del poder local
Tres
Si el infierno está en los detalles y hay personas que viven en los detalles, por propiedad transitiva, hay personas que viven en el infierno. Una de esas personas puede ser India, que siempre está con el ojo puesto en algún lugar. Y ese nervio óptico es el que transforma una obra de arte en belleza y la belleza en una obra de arte. India mira tanto que a veces le explota la cabeza de tanto hacerlo.
Una novela siempre está hecha de pliegues. Es una fantasía absurda construir una ficción desde una cronología. Pensar en una novela en días, semanas, meses, años, como un diario íntimo es imposible. Hay un tiempo en Debilidad Humana que es todo el tiempo. Una gran abstracción: India escapándose de Victoria se vive como un gran lapsus que dura toda una vida, India volviendo a su tierra es un corte vivencial que se hace de un segundo para el otro.
En su libro El complejo de Telémaco, Massimo Recalcati escribe que existen cuatro tipos de hijos. El hijo Edipo, el hijo Anti-Edipo, el Hijo Narciso y el hijo Telémaco. El psicoanalista apunta al hijo Telémaco como ese hijo que se hace cargo de su condición en el mundo, ese hijo que, mientras espera que su padre vuelva del mar, de su aventura, se construye una vida y defiende su ciudad de los invasores.
India, la personaje principal de la novela, y Debilidad Humana, la novela que la tiene como protagonista, construyen una síntesis del complejo de Telémaco. India, hija de dos padres fantasmas, “El Ingeniero” y “el Turco”, reconoce sus carencias filiatorias, por eso puede llegar hasta donde llegó y construir una vida más allá del nombre del Padre (que durante toda la novela es una presencia ausente) y, por esa misma condición que le permite romper con el seno familiar, es que en un momento decide volver a su lugar de origen a buscar eso que nunca dejó porque supo cómo usarlo.
Si Siegrist construye una novela pictórica, el gesto final se figura como la respuesta a La vuelta del malón (1892) de Ángel della Valle, ese famoso cuadro argentino que inaugura la generación del 80’ del siglo XIX. Cuando India se cansa del “boscaje de testosterona del segundo piso que da a Plaza de Mayo”, es ella la que decide huir del secuestro del poder real, desarma su imagen cautiva y ubica a la clase política del siglo XXI como la barbarie del sueño argentino.




