20 de julio de 2026
El título es engañoso. Pero no por vende humo: por conservador. En realidad, el título debería ser: El (antepen) último de Leo. Porque podemos pensar en eso. No soñar: pensar. Desde la razón, no desde la emoción. Pensar en el séptimo y hasta en el octavo Mundial de Lionel Andrés Messi Cuccittini.
Empecemos por lo evidente, por lo obvio: Leo Messi es la mayor figura de este Mundial. El jugador más determinante. Por juego y por estadísticas. El mejor, objetivamente. Más allá de su edad. Lo de los 39 años viene después. Eso sí, es el dato que nos permite pensar.
Pensamos, entonces: si está así a los 39, es posible imaginar que a los 43 llegue al menos al 50 por ciento de cómo está hoy. Si es así, tiene que estar en el plantel del Mundial 2030, sin dudas. En el del Centenario. En Argentina. Pero no por eso: porque va a seguir siendo determinante en un Mundial. O, quién te dice, en dos.
Si llega al 2030 al 70 por ciento de cómo está hoy, podría pensarse también en un 2034, en el octavo. Pero eso sería adelantarnos demasiado, un delirio. Por esa razón no usé la frase como título. Sí, puede ser que Messi juegue en el Mundial 2034. Es una posibilidad. Pero dijimos que íbamos a ser razonables.
Messi nos permite pensar. Pensar, proyectar, imaginar. Messi nos pone en eje. Nos hace creer que lo imposible puede ser real. No tanto por lo que está jugando, no tanto por hacerlo a los 39 años. Hay algo que va mucho más allá: Messi es un milagro por lo que logra socialmente.
No hay resultado que pueda alterar ninguna de las condiciones alcanzadas por Lionel Messi. Ni la de leyenda, ni la de mejor futbolista de todos los tiempos, ni la de ser el portador de la posibilidad de un acuerdo que hasta este momento parecía imposible
Messi es la unidad. La democracia argentina nació como consenso. Durante la dictadura, durante la Guerra de Malvinas (esa de la que tanto se habló estos días, más por los 50 años del partido de México 86, que por la guerra en sí), durante esos años existió algo llamado Multipartidaria. Los partidos políticos se ponían de acuerdo. Y ese acuerdo giraba en torno a la democracia.
La Guerra de Malvinas fue la alteración a esa consigna. La democracia se dejó de lado por un rato porque apareció ahí un consenso superior: la Patria. Soberanía no mata democracia, pero sí la pone entre paréntesis por un rato. Pero la democracia estaba ahí, esperando, como el dinosaurio de Monterroso. Y hasta quedó claro de entrada que soberanía y democracia eran cosas perfectamente compatibles. Mucho antes de que Alfonsín arrancara con su discurso: “Con la democracia se come, se cura, se educa…”.
Hubo un cantito popular durante la Guerra de Malvinas, que fue el aporte de la clase media hecha participación política, eso que encarnaba la Multipartidaria. Decía: “Galtieri, muchas gracias/ nos diste las Malvinas/ ahora danos democracia”. Fue, en el 82, algo así como el “piquete, cacerola/ la lucha es una sola”, del 2001.
El consenso democrático de 1982 le agradecía a Galtieri su aporte a la soberanía nacional. No renegaba del sentimiento popular que había abierto la dictadura con su ataque delirante. Las Malvinas eran algo sensible para la gente, para el pueblo, o como quieran llamarlo. Pero la democracia no era incompatible con esa soberanía. “Con la democracia las Malvinas son argentinas”, podría haber agregado Alfonsín en su discurso.
Alfonsín leyó el consenso democrático nacional y por eso ganó las elecciones el 30 de octubre de 1983. Messi, en cambio, no genera consenso, sino que lo inventa. Es el arte, es el pueblo, es algo a lo que nadie quiere ser ajeno. Que es como la patria, que es como la democracia. Pero no. Aunque sí.
Pensamos, entonces: si está así a los 39, es posible imaginar que a los 43 llegue al menos al 50 por ciento de cómo está hoy. Si es así, tiene que estar en el plantel del Mundial 2030, sin dudas
En aquella recuperación democrática se crearon gestas, fetiches. Y una sobresalió por sobre las demás: la invocación a un Pacto de la Moncloa. En 1976, Adolfo Suárez asumió como primer presidente electo democráticamente en España tras la muerte del dictador Francisco Franco, en 1975, que había gobernado el país desde el fin de la Guerra Civil, en 1939.
Suárez pertenecía a la Unión de Centro Democrático, un partido de derecha o centro-derecha. Y pactó junto a socialistas, comunistas, empresarios y sindicalistas, las reglas básicas que regirían la vida política y económica del país desde entonces. Una base que permitiría reglas claras, acuerdos amplios, consensos inalterables.
En la Argentina esto fue visto como la panacea, la salvación, el rumbo a seguir. Ese fue el espíritu de la Multipartidaria y a eso aludían los dirigentes de manera cada vez más frecuente. Los alfonsinistas fundaron una nueva UCR socialdemócrata invocando el Pacto de la Moncloa. Y luego, la renovación peronista hizo lo mismo.
Messi parece ser el portador de un nuevo Pacto de la Moncloa, en un momento en el que nadie parece reclamar uno. Ni en la Argentina ni en España. Precisamente, los dos países de la final.
Estas palabras fueron escritas antes de que comience el partido. Pero no hay resultado que pueda alterar ninguna de las condiciones alcanzadas por Lionel Messi. Ni la de leyenda, ni la de mejor futbolista de todos los tiempos, ni la de ser el portador de la posibilidad de un acuerdo que hasta este momento parecía imposible.
Uno, dos, muchos mundiales más. Eso era lo que decía el Che Guevara, sobre la necesidad de crear, no nuevos mundiales, sino nuevos Vietnam. El Che, ese personaje argentino y cubano que murió como mártir y se inmortalizó como marca. El mismo que estaba tatuado en el brazo derecho de Diego Maradona.
En 2026, la Argentina le ganó la semifinal a Inglaterra con dos asistencias de Lionel Messi. La mano de Dios se archivó en los libros de historia, y en el magnífico documental El partido (y, dicho sea de paso, en El partido, el gran libro de Andrés Burgom que inspiró la película). De la selva boliviana a un nuevo consenso nacional. Que no es democrático y que, en verdad, nadie sabe muy bien de qué se trata. Pero que está, está.
Messi, en cambio, no genera consenso, sino que lo inventa. Es el arte, es el pueblo, es algo a lo que nadie quiere ser ajeno
Eso que nos convoca, eso que nos conmueve: Messi ganándole a dos pibes de veintipocos, a los 39 años, en el minuto 92. Hay ahí un consenso, hay ahí un proyecto, hay ahí algo para llenar de contenido. ¿Cuál es ese contenido? Quién sabe. Quién sabe, además, si alguien realmente quiere hacerse cargo.
El Gobierno ganó consensos a fuerza de combatir hipocresías. Y en eso, hay que reconocerlo, dio en el blanco. Supo representar un hartazgo. Pero cuando la confrontación y el odio pasaron del desahogo a lo programático, empezaron los problemas.
Por supuesto que la Selección puede representar este voto, estos valores. Por eso cada vez que alguien, desde un autopercibido purismo ideológico, les reclama a los jugadores “una definición concreta sobre los grandes temas”, siempre pensé: “No, mejor que no digan nada, a ver si se les da por confirmar lo que todos sospechamos”.
Aborrezco la sobrepolitización de todo. Pero más que eso, aborrezco la sobrepolitización de lo que pasa con la Selección. Sin embargo, existe un contraste brutal entre el estilo desbordado, sobresaltado y desbocado que representa Javier Milei, y la mesura, sensatez y prudencia que parece encarnar Scaloni.
Esto no quiere decir que Scaloni se enfrenta a Milei. Es probable, inclusive, que le caiga bien y hasta que lo haya votado. Sólo me refiero a dos estilos que parecen no sólo distintos, sino también antagónicos. Dos estilos, como las dos caras de una misma moneda de época.
Lo más sensato, entonces, es pensar en Messi 2030. Más allá de esta final, más allá de lo que pueda pasar hoy. Si hay 2030, el partido de hoy parece un trámite mucho más liviano. Pero, además, implica tener la certeza de que hay un mañana. De que se puede construir un mañana. Que se puede pensar. Con lo difícil que a veces resulta pensar.



