10 de julio de 2026
Era un penúltimo Mundial —de eso nadie dudaba, aunque nadie supiera tampoco explicar por qué esa cifra, penúltima, se había impuesto sobre todas las demás como una certeza matemática y a la vez supersticiosa— y la final resultó paradigmática, ibérica, inevitable. España se enfrentaba a Portugal. O mejor dicho, y esto lo entendieron todos a medida que transcurría el primer tiempo: Portugal se enfrentaba a España. Había una diferencia, sutil pero decisiva, entre ambas formulaciones, y esa diferencia terminaría por devorar el partido entero.
Empezaron los goles. Y empezaron, también, las anulaciones. Cada vez que la pelota cruzaba la línea, muy lejos de allí, en una sala sin ventanas, alguien murmuraba una palabra y el gol dejaba de existir. No es que fuera anulado: dejaba de haber ocurrido. El marcador seguía en cero como si el fútbol mismo se negara a dejar rastro.
El partido se fue haciendo infinito. Infinito en la agonía, infinito en la prórroga, infinito, finalmente, en los penales, que se sucedían unos a otros sin que ningún resultado lograra imponerse a los demás, como si el destino hubiera decidido tantear todas las combinaciones posibles antes de elegir una.
Fue entonces cuando empezó a correr el rumor, primero como chiste y después como certeza: los del VAR no estaban en ningún estudio de televisión, ni en ningún container junto al estadio. Los del VAR estaban alojados en el Aleph. Desde ese punto minúsculo donde caben, sin superponerse, todos los puntos del universo, controlaban —o creían controlar— las euforias y las angustias del mundo mundial. Veían, decían, el sudor de cada hincha en cada bar de cada ciudad, la mano que se llevaba a la boca una abuela en Vigo, el grito ahogado de un chico en Oporto. Y desde ahí, con esa información total, decidían qué goles merecían existir.
No sorprendió entonces —o sorprendió de esa manera particular en que ya nada sorprende cuando todo empieza a encajar— que el árbitro de aquella final fuera un tal Carlos Argentino Daneri. Nadie recordaba haberlo visto en un partido anterior. Nadie podía decir de qué federación provenía. Pero ahí estaba, con el pito colgando del cuello, administrando con silbatos secos ese purgatorio circular de penales que no terminaba nunca.
Fue entonces cuando empezó a correr el rumor, primero como chiste y después como certeza: los del VAR no estaban en ningún estudio de televisión, ni en ningún container junto al estadio. Los del VAR estaban alojados en el Aleph.
Fueron desfalleciendo todos, uno a uno. Se desplomaban al llegar al punto blanco, vencidos no por el peso del partido sino por algo más antiguo, como si patear ahí fuera patear contra el tiempo mismo. Los suplentes los reemplazaban, y también caían. Los arqueros, los defensores, hasta los que ya habían sido expulsados volvían a entrar por una regla que nadie recordaba haber aprobado.
Solo quedó, al final, Cristiano Ronaldo.
Se acomodó el pelo. Miró el arco. Miró a Unai Simón, que ya no tenía fuerzas ni para achicarse, y que lo observaba con la mansedumbre de quien sabe que está asistiendo al final de algo, aunque no sepa bien de qué. Cristiano dio los pasos de siempre, los mismos pasos de veinte años de carrera, el mismo gesto ritual repetido miles de veces bajo miles de cielos distintos.
Y antes de patear, murió de viejo.
Se derrumbó en el círculo central de esa agonía privada, y con él se derrumbaron, también, todos los relojes del estadio.
El punto de penal, sin nadie que lo pisara, empezó a hundirse. Muy despacio al principio, después con una decisión geológica, como si la tierra hubiera decidido tragarse la única marca que quedaba del partido.
Carlos Argentino Daneri se quedó solo en el medio de la cancha. Miró las tribunas: estaban vacías. Comprendió entonces que habían estado vacías desde el principio. Quizás desde siempre, y que él era el único que no lo había sabido. Desde una de esas gradas sin nadie voló, describiendo una parábola perfecta, una botella de Gatorade rota.
La recogió. La sostuvo un momento a la altura de los ojos, como quien examina por última vez los labios abultados y rojos de una mujer asesina. Después, sin apuro, se cortó las venas ahí mismo, en el círculo central, mientras el punto de penal terminaba de hundirse detrás suyo.
Ya nadie pudo anunciar el resultado de un partido infinito. No había cómo. Y, sin embargo, en aquel VAR ineluctable desde donde se ven sin superponerse todos los goles del universo, alguien seguía observando.

Lámina XI- De Spahera Pedifolli (atribuida, sin fundamento verificable, a un glosador anónimo del siglo XVII, hallada cosida entre los folios de un tratado de astronomia judicial en la Biblioteca Palatina, y jamás catalogada como tal)



