21 de julio de 2026
A Jésica, auxiliar, maestra en formación
Mónica repasa el pasillo de las aulas de los más grandes, y da la sensación de que canturrea por lo bajo porque sus labios se mueven un poco y su mirada parece ir más lejos que el trapo de piso al que apunta, pero en realidad está escuchando, aguzando sus oídos para dirigir la atención al rumor escandaloso de las chicas de quinto, adentro de su salón, sobre los bancos, la de Matemática va a llegar unos minutos tarde, y después interrumpe su tarea y le avisa al Equipo Directivo: hay rumores intensos de que al mediodía va a haber, en la plaza de la vuelta, una pelea entre varias de “las nuestras” y unas de la escuela que está a tres cuadras. José lo detiene a Jonathan en la puerta, se le pone adelante para que no entre, siempre media hora tarde; el pendejo se hace el otro y pone cara de sorprendido, le abre mucho los ojos, pero José lo conoce y no se deja engañar: le pide que vuelva en un rato, para la segunda hora, que ésta ya está perdida, que vaya y se lave la cara y vuelta, que se tire algo, un perfumito o un desodorante, algo, pero que el olor a faso y los ojos rojos son incareteables, que lo van a volver a retar, que no se regale. Claudia le dice que espere a la mamá de Rebecca, tercera vez en el mes que la llaman y ella que va, que llega, pone cara de avergonzada, otra vez acá, y se vuelve a ir, seguro que para volver pronto, con su beba a cuestas, la más chiquita, y una espalda medio rota que no se corresponde con los veintisiete años que tiene; Claudia la frena a la mamá de Rebecca y le dice que espere, otra vez, que le va a dar una bolsa grande para que le sea más fácil llevar las cosas de la caja (así le dicen a los módulos alimentarios que todos los meses se dan en las escuelas), pero que le va a traer más cosas porque un par de mamás no quisieron llevarse todo y fueron dejando algunos productos. Juan, ex combatiente de Malvinas, tatuado indefectiblemente de Racing, aprovecha su casi metro noventa, los hombros de ropero y la mirada ésa como de falsa ingenuidad, con las cejas arqueadas y la boca apenas abierta, para acercarse sin perder la calma, él que ya las vio todas, más entre paravalanchas que entre trincheras, y agarrar a Rodrigo del brazo despacio pero firme, haciendo sentir, apenas agazapada, la fuerza de sus dedos y decirle suave y con el rigor de cien libros de Didáctica “calmate, pendejo”, y ahí sí, el otro deja su arrebato en el medio del patio, en off-side, medio nabo, picanteando por demás a sus compañeros que ya lo miran raro, copia fiel del fisura de su padre, personaje que Juan deplora, no tanto por sus pocas apariciones en la escuela, casi siempre maleducadas y que siguió con marca personal, sino por la presencia pesada en el barrio que comparten, acá cerca.
Ahí donde las preceptoras vieron “una disputa por drogas”, la auxiliar aclara: una pelea por un terreno entre los tíos. Donde un director se preocupa por “la violencia doméstica”, la portera de oídos afinados corrige: ayer se peleó con el novio
Si las ficciones paradigmáticas permiten reconocer algunos ecos cotidianos, dos sucesos educativos recientes, más verídicos que verosímiles, y de intensa resonancia pública, permiten retomar los sentidos complejos que asume el rol del auxiliar en la escuela. Actuando en los detalles, se destraban algunas incógnitas educativas de enorme valor. El más reciente, el caso del adolescente que mató a un compañero e hirió a otros, en San Cristóbal, Santa Fe. Fue un auxiliar el que logró reducir al alumno y sacarle el arma, en medio de las corridas desesperadas. Fue el que primero lo oyó, el primero en sentir su voz. El pibe estaba en shock y como perdido, según contó. Pocos meses antes, en otro caso conmocionante, en La Paz, Mendoza, una chica se había atrincherado con un arma durante seis horas. Fue una auxiliar la que logró desmotar las hipótesis mediáticas (el bullying, la venganza contra una profesora, la loca del curso) con frases sencillas -“la nena no es culpable, estaba triste, algo le pasaba”- en una investigación que concluyó con la detención del celador de la escuela en febrero de este año por presunto abuso sexual, tal como reconstruyó en una crónica excelente la periodista Gisela Marsala Cardona, en Anfibia.
Porteras, muchachos de mantenimiento, chicas de limpieza, cocineros, maestranzas, celadores, delegadas de ATE, compañeros de UPCN: auxiliares. Quizás el rol más subestimado de las representaciones de la vida educativa, las y los auxiliares de escuela cumplen algunas de las tareas más sensibles del cotidiano escolar. Ahí donde la escuela se piensa alrededor de los problemas del conocimiento (las afectaciones de cómo y qué se enseña y se aprende en la sociedad contemporánea), es probable que, sin embargo, los motivos más intensos de sus dificultades se encuentren en su afuera y los valores que desde ahí se le asignen social, política y culturalmente. Es más o menos claro: los mil capítulos de los debates de belicosidad productiva entre los límites entre juego, aprendizaje y socialización en el nivel Inicial, los métodos de alfabetización en la Primaria o los sentidos de la escuela Secundaria, las hipótesis que entran en la mirilla epistémica de los pedagogos, trastabillan y empequeñecen sus grandilocuencias frente a las narrativas heridas de los chicos y las chicas en sus casas, sus familias, sus amigos. Y es que lo primero que ve un pibe cuando entra a la escuela, el primer “buenos días” o también el primer reto –“otra vez tarde”- o la primera indicación –“andá directo a formar”- o el primer gesto amoroso –“¡hoy estás hermosa!”-, los disponen las y los auxiliares, atestiguando antes que nadie el vínculo liminar del pibe entre la escuela y la calle. El moretón, la cabeza gacha, la capucha en diciembre, la exaltación, el complot, la travesura, el bulto en la mochila, los restos de un llanto, de un beso o de un golpe, el nuevo look, la bici nueva, el remís, el miedo de la mamá, las torpezas del papá, la calentura de la prima, al que siempre lo buscan tarde, la desesperación por agarrar el desayuno, el rechazo sistemático del almuerzo, la caminata para el otro lado: vistazos primeros de lo que el pibe trae consigo, su ropaje social. En esa legitimidad se construye la autoridad del buen auxiliar.

Una auxiliar atenta, con el ojo entrenado en los enredos amorosos de la vecindad chismera, es la detectora de metales sensibles de la escuela. Su valor pedagógico –el del insumo, el del dato, el de la actuación en la prevención inespecífica– es inconmensurable y reposa en los valores escolares que no podrán resolver las inteligencias artificiales, cuando acechan las especulaciones alrededor del futuro incierto de la institución escolar y la atomización de los ejercicios pedagógicos. ¿Cómo sistematizar, dedicando qué espacios y qué tiempos de intercambios para estos ejercicios pedagógicos auxiliares? Su palabra es una palabra adulta y ordenadora, autorizada no en la posesión de un saber académicamente validado sino en la cercanía del cuidado de los espacios colectivos, materiales y simbólicos.
Esa cercanía, además, muchas veces se trama no sólo en los tiempos más heterodoxos de la escuela (la entrada, la salida, el recreo, la ida al baño –el terreno del uno y el dos, pero también de intimidades vertiginosas), con su sistema particular de complicidades; se trama en un recorte sociológico que, aunque no siempre, ubica a los auxiliares en las geografías que habitan los pibes y las pibas de una escuela. Las noticias del barrio. Si el docente, en la avenida, se toma el colectivo que va para el otro lado, muchas veces la portera comparte la SUBE con el pibito que se la olvidó abajo del banco. Ahí donde las preceptoras vieron “una disputa por drogas”, la auxiliar aclara: una pelea por un terreno entre los tíos. Donde un director se preocupa por “la violencia doméstica”, la portera de oídos afinados corrige: ayer se peleó con el novio.
Porteras, muchachos de mantenimiento, chicas de limpieza, cocineros, maestranzas, celadores, delegadas de ATE, compañeros de UPCN: auxiliares
Estos mosaicos silenciosos de la atención pedagógica parten del amor, la propia responsabilidad cívica y la asunción del rol adulto en el espacio escolar, pero son tareas no pagas. La distribución de tareas que se realiza a principio de cada año con las y los auxiliares la mayoría de las veces se tramita en una repartija de aulas y espacios para la limpieza, turnos, insumos y niños asignados para la cocina, etcétera, y no incluyen para nada éste, su aporte específico en las premisas sociales que cumple la escuela. Hoy una auxiliar escolar, en la Provincia de Buenos Aires, con 30 horas semanales (¡tantas más en las tardes de Whatsapp organizando el acto o el diseño y la impresión de los cuadernos de comunicados!), cobra un salario de entre 700 y 900 mil pesos, dependiendo la antigüedad. En la Ciudad, los números son casi idénticos. Además, dentro del organigrama laboral de una escuela, son el claustro con menor estabilidad, pudiendo ser mudados y reasignados en sus tareas sin muchos fundamentos o estar bajo el régimen de “mensualizadas” –un cargo formal, aunque temporario-. Es decir, no sólo no se consideran las tareas pedagógicas (arrimando peligrosamente la asignación de tareas de cuidado al mero voluntarismo, a la solitaria puesta en servicio), sino que se pagan mal las propias tareas no docentes. Esto provoca, naturalmente, la desprofesionalización de las tareas, sostenidas casi siempre en la buena disposición de quienes trabajan y reconocen, en el mocoso que les pide más chocolatada, una obligación alrededor del cuidado y la enseñanza. Está la compañera que lleva su bolso, que aprovecha a vender algunos productos, el que hace arreglos en una casa, el que se bajó Didi. Formas del pluriempleo escolar, cada vez más extendidas.
Esta desprofesionalización parte de la suposición de un trabajador dedicado meramente a tareas del orden práctico, y no al ejercicio cultural que se despliega cotidianamente en la escuela, una institución dedicada prioritariamente a la construcción de conocimiento alrededor de las herencias culturales. Pero no siempre se asimila así por los propios trabajadores. Son incontables las y los auxiliares que, en la disposición de profundizar en los conocimientos didácticos, estudian en los Profesorados, preponderantemente mujeres en los de Educación Inicial y Primaria. A la hora de cursar las Didácticas o las Psicologías ellas y ellos ya tienen un saber ejercitado, que ahora pasa a extenderse sobre un cuadrante teórico. El sustrato de una mirada más realista sobre las escuelas, a su vez, colabora en las elaboraciones de la reflexión, para observar los matices vivos de las prácticas escolares. Son trayectorias terciarias que se sostienen, como siempre, con muchísimo esfuerzo y trabajo, robando horas al lado de la pava eternamente encendida para apurar un apunte de Vigotsky, antes del recreo.

Emerge la necesidad de una reelaboración política y pedagógica sobre la tarea de las y los auxiliares de escuela. Como signo positivo, en parte de los lineamientos curriculares tienden a incluirlos en la elaboración de jornadas, actos y eventos institucionales, con su voz, su voto, su espacio reconocido. Es tarea de los equipos de las escuelas, tanto como de supervisiones e inspecciones, favorecer y promover esta participación legitimada, sin sobreactuaciones. Así como los docentes tienen formaciones en servicio, es decir, espacios de reflexión en torno a las tareas y desafíos en las prácticas de enseñanza, pudiera lo mismo articularse para los auxiliares, dotando de herramientas y perspectivas de análisis en el trabajo cotidiano con chicos y adolescentes. Lo que implica respaldar e incentivar las trayectorias superiores de quienes opten por estudiar, propiciando estímulos para distintas actividades de profesionalización. Otorgar becas o extras salariales para un cocinero escolar que se forme en el campo de la alimentación saludable o una auxiliar que curse un seminario sobre padecimientos subjetivos en la infancia, solidifica la red de cuidados y enseñanzas de la escuela, el espacio común inalienable de nuestras niñeces y juventudes. Los aumentos salariales, por lo demás, son del orden de lo urgente.
…
Fue un portero, un auxiliar, el que se abalanzó sobre el pibe que acababa de matar a un compañero y herir a otros tantos. El dato se hizo notar poco. Frente al horror, el dedo en el aula: ¿qué hizo la escuela con el chico que entró, que arrancó la masacre? La escuela fue, en el teatro tétrico de un delirio adolescente, un portero que corrió a contramano de la turba de pibes desesperados y arrojó su cuerpo de papá arriba del enajenado para salvar a los demás, para que no avanzara, incluso para cuidarlo en su error espantoso.



