09 de julio de 2026
El Fuego Que Hemos Construido
Hay un ciclo que incluye la hora existencial de una generación, un equipo que va y que sigue tirando. Un instinto de supervivencia. Un fuego sagrado. El fuego que hemos construido: con convicción, con carácter, con fe. La continuidad de la propia identidad amasada en los últimos años. Saber sufrir, saber gozar.
Recuerdos absurdos. A los 120 + 3 de la final contra Francia en 2022, después de la salvada tatuaje del Dibu, Argentina tuvo una contra casi tan peligrosa como el mano a mano de Kolo Muani. La llevó Messi, se la dio justo y a correr a Montiel quien tiró un muy buen centro. Por el medio del área, llegando, venían Lautaro y Enzo. Lautaro saltó, se esforzó y cabeceó afuera. Atrás, Enzo. Que llegaba más suelto, menos exigido y hubiera tenido tiempo y espacio para definir. No fue gol. Tampoco sabemos qué hubiera pasado si Lautaro no la cabeceaba. Es una pregunta inútil, un recuerdo arbitrario que quedó boyando después de ver en loop la última escena de la final más estresante de la historia. Ayer hubo otro partido legendario, aunque en octavos y frente a un rival menor como Egipto. Acá se da una inversión con los mismos actores: una suerte de yo que te saqué esa pelota para que definas ahora te la pongo en la cabeza para que tengas tu gol al final de partido. El centro de Lautaro -con marca encima- a la cabeza de Enzo -con marca encima- ya forma parte del panteón de los goles inolvidables de nuestra Selección en los mundiales.
El gol de Enzo Jeremías Fernández fue el décimo gol ganador hecho en el minuto 90 (o más) en esta Copa del Mundo. De vuelta: este mundial tendrá que revisar sus manchas y sus papelones, pero el fútbol sigue llevándose todo puesto. Es imbatible lo que genera. No hay deporte o evento que se le acerque. Mientras tanto, hay que seguir del lado de adentro. Cuidado: Cabo Verde, Egipto, ahora se llaman así los verdugos. Son tiempos de guillotina: ya no están CR7, Neymar, Neuer, Lucho Díaz, Modric. Con el cabezazo limpio de Enzo avanzamos y Argentina es la Selección viva que más estrellas tiene. Lo que importa es estar en los lugares en donde se va escribiendo la historia.
En un Mundial donde estamos viendo buenos arqueros, el Dibu Martínez todavía no estuvo a la altura del superhéroe que supo construir. (Él lo sabe y se vienen más días peligrosos.)
Hay que seguir escuchando los goles cantados por Mariano Closs. Hay que salir al sol, ya clasificados, después del encierro en el búnker: respirar ese aire fresco, frío, recuperar la lucidez y los oídos, aturdidos por la TV a todo volumen -ese volumen que subimos para tapar los gritos de los vecinos que miran el partido unos segundos en el futuro- y cantan los goles antes de tiempo. Hay que caminar todo lo que se pueda, todavía abombados, pero con el pecho inflado, con la misma seguridad ontológica con la que caminan Paredes o Enzo.
Argentina jugó mejor y mereció ganar sin invertir tanta pierna y salud mental. No ocurrió. Ahora que el fútbol es un deporte de cuatro cuartos, podemos decir que la Selección tuvo su momento de mayor fluidez en el segundo cuarto. Digamos lo obvio: Paredes entró bien, Tagliafico también. Pero muchos de los nuestros siguen volando bajito: Molina, De Paul, Alexis, Julián. En un Mundial donde estamos viendo buenos arqueros, el Dibu Martínez todavía no estuvo a la altura del superhéroe que supo construir. (Él lo sabe y se vienen más días peligrosos.) Será importante que los delanteros hagan goles y que Enzo y Alexis, que seguirán como titulares, mejoren cada partido. Todavía no están los outsiders que supimos construir en Qatar y da la sensación que el equipo necesita un zamarreo. Desde afuera dan ganas de ver más a Nico Paz, Palacios o a Barco.
El gol de Enzo Jeremías Fernández fue el décimo gol ganador hecho en el minuto 90 (o más) en esta Copa del Mundo. De vuelta: este mundial tendrá que revisar sus manchas y sus papelones, pero el fútbol sigue llevándose todo puesto
“Nos van a tener que arrancar la copa del corazón”, dijo Diego en el 90. Treinta y seis años después Argentina es un peso pesado que vuelve a un Mundial como campeón defensor. Messi, como Diego, no tiene ninguna intención de bajarse del ring. Ayer, en el segundo tiempo, cansado, lento y errático, volvió a cargarse al equipo. Insistió. Como pudo. Hasta los penales lo acercan a Diego: los viene errando como los erraba Maradona en su última hora (jugando para Boca, en el 96, llegó a errar cinco penales consecutivos). Pero Messi no suelta. En una versión floja pegó una pelota en el palo, asistió a Romero en el primer gol y empató el partido. Y al final se le salen las lágrimas, emocionado y asustado, porque no quiere que termine su hora. Llora como llora su entrenador, también conmovido por lo que está pasando. Lloran y conducen, nuestros lioneles santafecinos. Nadie los imaginó caudillos y ahí van: regalándonos match momentums; goles, copas, llantos, posters. Descuelgan sus propios cuadros con sus imposturas y hablan de lo que antes estaba prohibido: los miedos, las derrotas. Bajan al nivel del mar mientras reformulan códigos vencidos del fútbol.
El final del mundial, cuando toque, será como el fin de nuestras mejores vacaciones. Unas vacaciones que nos regalaron jornadas excepcionales, con una versión marveleana de Messi, después de hora, y con el fuego que construyeron con su troupe.




