30 de junio de 2026
“María, por su parte, conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón.” Lc, 2,19
Francisco pasó por este mundo haciendo el bien. Con gestos sencillos y palabras firmes, convocó a los pueblos a construir un futuro basado en la justicia social, la fraternidad política y el cuidado de nuestra Casa Común. En sintonía con aquella visión de Juan Pablo II, que definió a América Latina como el “continente de la esperanza”, su pontificado reafirmó que nuestra región no es un territorio periférico, sino un faro espiritual, cultural y político. Ese nuevo humanismo que propuso -y que Juan Pablo II vislumbró como esperanza para la humanidad- ancla en una tradición de pensamiento nacional latinoamericano de la que él mismo es tributario y que con su papado alcanzó proyección universal. Dentro de esa tradición, ocupa un lugar central la Teología del Pueblo, una corriente teológica surgida en Argentina que reconoce en la fe popular una fuente de sabiduría espiritual, cultural y política. Más que una estrategia pastoral, es una manera de mirar y comprender la realidad desde las periferias, desde los pobres, no para hablar en su nombre, sino para escuchar su voz, acompañar sus procesos y caminar con ellos. Heredera del Concilio Vaticano II y animada por figuras como Lucio Gera, Rafael Tello y Juan Carlos Scannone, esta teología no parte de ideologías, sino de la experiencia concreta del pueblo que cree, lucha, celebra y espera. Francisco se formó en ese horizonte y, como Papa, lo universalizó: propone una Iglesia que hable el lenguaje de su gente, que no colonice, que escuche y aprenda; una Iglesia encarnada, en salida, dispuesta a leer los signos de los tiempos desde abajo y con mirada misericordiosa.
Ese modo de mirar y de construir encuentra una síntesis clave en su método: el poliedro. Frente a la lógica de la homogeneización o del conflicto permanente, propone una figura que permite mantener la identidad de cada parte sin disolverla, integrándola en una totalidad plural y fecunda
Este pensamiento -encarnado también en figuras muy diversas como José Martí, José Carlos Mariátegui, Manuel Ugarte, Lucio Gera, Rafael Tello, Amelia Podetti, Enrique Dussel, el Padre Castellani, Alberto Methol Ferré, el Padre Carlos Mujica, Helder Cámara o Juan Domingo Perón- forjó una antropología política del pueblo: no como masa, sino como sujeto histórico, místico y ético. Allí donde las élites veían atraso o amenaza, estos pensadores vieron potencia transformadora y proyecto de dignidad.
En una época dominada por el cinismo, el desencanto y la exclusión, Francisco encarnó una espiritualidad de los gestos: lavar los pies, abrazar al pobre, besar al enfermo, llamar por teléfono al que sufre. Gestos que no buscaban el marketing fácil, sino encarnar un Evangelio vivo, cercano, profundamente político. Su magisterio es inseparable de su cuerpo, de su modo de mirar, de hablar y de caminar. Es allí donde se revela una pedagogía del amor político.
Resuenan en su voz la crítica lúcida a la economía del descarte, a la tecnocracia como paradigma dominante que subordina la vida y la dignidad a la lógica de la eficiencia, promoviendo una forma de insectificación que reduce la condición humana a pura funcionalidad, donde se pierde toda dimensión ética, espiritual y comunitaria, la defensa de la ecología integral, la opción por los pobres como centro del discernimiento, y una mística popular que hunde sus raíces en la religiosidad del pueblo. Francisco no habla desde afuera. Habla desde adentro de las periferias sociales y existenciales. Desde los márgenes. Desde las villas. Desde el Sur.
Lo que Francisco nos dejó no es una herencia para ser archivada, sino un proceso vivo que reclama continuidad y compromiso. El tiempo es ahora
Ese modo de mirar y de construir encuentra una síntesis clave en su método: el poliedro. Frente a la lógica de la homogeneización o del conflicto permanente, propone una figura que permite mantener la identidad de cada parte sin disolverla, integrándola en una totalidad plural y fecunda. El poliedro no niega el conflicto: lo abraza y lo trasciende. Este método no es sólo una metáfora, es una clave política, pedagógica y espiritual que interpela a los liderazgos del presente. Forma parte de ese método, también, la decisión de hablarle al ser humano concreto, a cada persona y a todos los pueblos. Francisco no se dirige a categorías o entidades abstractas, sino al corazón de hombres y mujeres de carne y hueso, allí donde late la conciencia moral, la dignidad irreductible y la sed de justicia. Hablar a los pueblos del mundo es, para él, hablar al ser humano entero: con su historia, su cultura, su herida y su esperanza. Y se complementa con los cuatro principios de Evangelii Gaudium: el tiempo es superior al espacio, la unidad prevalece sobre el conflicto, la realidad es más importante que la idea y el todo es superior a la parte. Con ellos, Francisco nos ofrece criterios concretos para discernir y actuar en medio de realidades complejas. Y en el centro de todo ese discernimiento está la conversión: como movimiento espiritual y político, como salida individual y colectiva del encierro del egoísmo, la indiferencia o la comodidad. Convertirse, en la mirada de Francisco, no es cambiar de opinión: es cambiar de vida. Es dejarse tocar por el clamor del pobre y del planeta sufriente, y volver a empezar desde otro lugar.
Ahora la pregunta es: ¿qué hacemos nosotros con todo esto que Francisco nos dejó? Como militantes políticos y sociales, como hijos e hijas de esta tierra que ha conocido tanto el sufrimiento como la esperanza, estamos llamados a recibir, meditar y encarnar este legado. Como María en el Evangelio -que “conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc 2,19)- también nosotros debemos custodiar sus palabras y sus gestos, no como un recuerdo nostálgico, sino como una semilla de futuro. Lo que Francisco nos dejó no es una herencia para ser archivada, sino un proceso vivo que reclama continuidad y compromiso. El tiempo es ahora. Y desde el Sur estamos llamados a ser voz, testimonio y carne viva de una nueva palabra que -como tantas veces en la historia- debe nacer para el mundo.
Francisco encarnó una espiritualidad de los gestos: lavar los pies, abrazar al pobre, besar al enfermo, llamar por teléfono al que sufre. Gestos que no buscaban el marketing fácil, sino encarnar un Evangelio vivo
Tuve el privilegio de compartir junto a compañeros entrañables un viaje a Paraguay, durante la visita pastoral del Papa Francisco en julio de 2015. Caminamos juntos por las calles de Asunción, entre la esperanza popular y las ruinas de una Nación castigada por la historia. Estuvimos allí cuando pasó el papamóvil, a metros del imponente monumento al mariscal Francisco Solano López. Y lo escuchamos: un niño de no más de cinco años, parado sobre una loma de tierra frente a la estatua ecuestre del héroe nacional, gritaba con el alma: “¡Papa Francisco, llévame a tu casa!”. Esa frase fue como una herida abierta y una oración desesperada. Lo que ese niño pedía no era solo techo: era ternura, justicia, dignidad. Era pertenecer a un mundo donde la pobreza no duela tanto.
Ese grito sigue resonando. Nos marcó. Y como Juan Pedro escribió después, “ver a uno de los nuestros transformando la Historia de la Humanidad” nos dejó una certeza: este legado no es solo para admirar desde lejos, sino para encarnarlo como generación. Porque Francisco no nos deja un recuerdo, nos deja una tarea. Y desde el Sur, desde ese clamor infantil que todavía nos habita, estamos llamados a ser voz, testimonio y carne viva de una palabra nueva que -como en aquellas encrucijadas donde los pueblos supieron parir algo nuevo y verdadero- debe nacer para el mundo, una palabra que encarne justicia, fraternidad y ese nuevo humanismo nacido desde el Sur, o, como él llamó a esta región, desde “el fin del mundo”.



