05 de julio de 2026
Dani Melingo post Abuelos de la Nada en Buenos Aires con la banda más irreverente y lisérgica de los 80, Los Twist, que más allá del título del disco -que nació el mismo mes que la vuelta de la democracia- realmente fueron la dicha en movimiento de los 80, con sus temas que parecían livianísimos, pero de pronto tocaban temas densos (grupos parapoliciales, la droga), y que en la ternura de su absurdo y su estética psicodélica nos daban felicidad: habíamos llegado (finalmente) a poder reírnos de muchas cosas, incluidos los falcon verdes. Todos queríamos a Los Twist.
Luego verlo con sus Lions in Love en un club de Madrid en medio de un humo de colores, principios de los 90, rock moderno, búsqueda experimental, siempre un paso más adelante. Dani, que sobrevivió a sus propios sótanos y salió más fuerte para luego pasarse 30 años creando con paciencia y voluntad de orfebre su alter ego artístico, Melingo.
Las generaciones suelen tener algún ser entrañable, una virtud inusual, tan elusiva como incuestionable cuando aparece. García Lorca fue el entrañable de la generación del 27 española (quizás del todo el siglo XX español), y también un artista en estado puro. Dani es nuestro entrañable de la generación de los 80. Otra resonancia con Lorca: para el poeta tener duende era poseer un poder misterioso y visceral. No es una habilidad técnica ni un don celestial, sino un espíritu de la tierra que brota en el cuerpo. Dani tenía duende, y para mí eso y su cosa entrañable eran como un fueguito al que me hacía bien acercarme.
A finales de los 90 Dani, ya de vuelta, vivía en la Paternal dedicado al tango, esa “música de cámara europea pasada por nuestras cloacas” como dijo. Recuerdo una conversación que tuvimos entre pilones caóticos de letras y partituras de Edmundo Rivero en un estudio al cual se accedía por una escalera exterior finita e interminable. Yo en ésa época cantaba tango en mi desarraigo neoyorkino, algo que me hacía sentir un poco más cerca de Buenos Aires. Saber que él estaba en esa fue importante, ya éramos dos de los 80 que nos habíamos aventurado en esa música a la que él decía que había llegado por “una voluntad del corazón” (como todo lo que hacía).
Las generaciones suelen tener algún ser entrañable, una virtud inusual, tan elusiva como incuestionable cuando aparece. García Lorca fue el entrañable de la generación del 27 española (quizás del todo el siglo XX español), y también un artista en estado puro. Dani es nuestro entrañable de la generación de los 80
Y así Dani unió tribus y derribó prejuicios -ambas tareas loables- fusionando sus mundos musicales. El tango es un género que tiene cierta rigidez formal, no es tan fácil maridarlo. En este caso el tango -y todos los géneros que tocó- se adaptaron a Dani, porque su figura los excedía. Hace como 20 años lo vi sacarse las medias en el escenario y limpiarse los dedos de los pies, una escena casi imposible de imaginar en un ámbito musical. El arte de encontrar lo más humano de lo humano, esos instantes tan individuales y tan en común. Huir de los cristales de la perfección, y sin embargo tallar, limar, dar forma a cada escena, a cada arreglo, con una dedicación profunda. Así trabajaba él. Quizás por todo esto lo llamábamos maestro.

Dani, que tenía formación clásica, atesoraba la cultura popular, y así llegó a la canción Linyera, de Ivo Pelay, cantada por Antonio Tormo. Para esa altura ya no importaba ni se sabía qué era balada, tango o reggae en su música, Dani tomaba todo y lo transformaba en Melingo puro. Música de puertos, la llamaba, mestizaje que enriquece, decía. La figura del linyera fue perfecta, un linyera porteño, de las orillas míseras de nuestra historia, el argentino que vive en el hondo bajo fondo donde el barro se subleva, y que sobrevive para contar una historia. Un linyera de voz aguardentosa y clarinete que simplemente con un toque de su sombrero, un brazo atrás de su espalda doblada, un guiño, nos contaba nuestra historia.

Cuando escuché por primera vez Corazón y Hueso me pasé toda la noche sola en casa bailando y cantando esa canción en estado hipnótico. Era como escuchar algo que estaba adentro mío desde chiquita, con su manera setentosa y melódica argenta. No pude dejar de grabarla en un disco, y la canté muchas veces en sus escenarios, territorio de un rejunte maravilloso de invitados que iba de Jaime Torres a Richard Coleman. Ahí podía encontrarme una vez más (entre otros) con Fernando Noy o con Fernando Samalea, con la familia musical Melingo (principalmente Muhammad Habibi de Pequeña Orquesta Reincidentes, Juan Ravioli, y el hijo de Dani, Félix), y con miembros de la orquesta, una mezcla fabulosa en un bazar donde imperaba el respeto y el cuidado siempre y por encima de todo.
Melingo fue filósofo (basta con leer cualquier entrevista, iba al hueso de las cosas) y poeta, y también supo unir su música a las letras que su mujer, María Celeste Torre, escribía en total consonancia con la poética de él. Ella es la letrista de Corazón y Hueso, y también de Anda, la otra canción de Dani que no pude dejar de grabar, de tan hondo que me caló, miren esto:
Anda que nada está viejo,
Es sólo el pellejo
Del traje mortal
Con olor a libro dulce
Ese aliento original
Desplegando bien las alas
El canto del viento se echó a volar
Llegaron miles de amigos
Y ya vendrán muchos más
En todos los calendarios
Yo te ofrezco este lugar
Un refugio, una guarida
Para poder regresar
Y volver a empezar.
Se fueron miles de hijos
Y nacerán muchos más
En todos los calendarios
Yo te ofrezco este lugar
Un refugio, una morada
Donde poder empezar
Si querés regresar
Anda……
Una poesía que me desarma y me da fuerza. Palabras que provocan una esperanza inmediata, dulzona y triste, porque ya sabemos lo difícil que es. La muerte ronda, me saca el aire y me da letra. Vuelvo a empezar y escribo, refugiada una vez más en la morada que nos deja el maestro.



